Los dos filósofos del rey // Pedro Yagüe


Hace un tiempo con unos amigos nos preguntábamos si había que tomarse en serio las declaraciones de Alejandro Rozitchner. Relajado y provocativo, el coach ontológico de Macri se enfrentó en las últimas semanas a periodistas con ese estilo “rockero” que poco se condice con la sobria imagen que uno espera de un filósofo. ¿Qué se esconde detrás de la pose canchera del marihuanero nietzscheano que hoy le escribe los discursos a Macri? Sus declaraciones generan en el amplio espectro intelectual una mezcla de indignación y desprecio. Una muestra de ello es la nota de Ricardo Forster –publicada hace unos días en Veintitrés– en la que el ex secretario del pensamiento intenta poner a Rozitchner en su lugar. La nota deja, sin embargo, un gustito amargo en los ojos. No porque no haya que poner al filósofo del entusiasmo en su lugar, sino justamente por el lugar en el que Forster lo pone.

Como reacción frente a una provocativa entrevista a Alejandro Rozitchner –en la que afirma, por ejemplo, que Cambiemos retoma y realiza las banderas de la izquierda– Ricardo Forster escribió un artículo en el que básicamente se burla de cada línea pronunciada por el filósofo de Macri. Entendemos que es inevitable hacerlo, pero a la vez insuficiente. El ex secretario del pensamiento, entre ironía e ironía, nos invita a advertir la hipocresía, el cinismo y el borramiento de la memoria histórica presentes en el discurso de Alejandro Rozitchner. Pero si hablamos de hipocresía, cinismo y borramiento de la memoria histórica habría que señalar que el referente de Carta Abierta se diferencia de Rozitchner tan sólo por su estilo barroco y encriptado. Una diferencia de eficacia, digamos, en la que Forster lleva las de perder.

Pasaron ya varios meses de macrismo y todavía nos escuchamos diciendo las mismas frases rimbombantes que hace un año creíamos lúcidas y potentes. Mucho hay que pensar, mucho que entender y, sin embargo, nos encontramos repitiendo lo mismo que hace cinco o seis meses. Como si nada de lo que estuvo pasando en este tiempo hubiera afectado nuestro pensar y nuestro sentir. Queda claro que el llamado pensamiento crítico del que muchos se vanaglorian ha sido tan sólo una impostura intelectual de estos últimos años. La idea de crítica hoy en día circulante está deshecha, despolitizada. Sólo hay retórica violenta autocomplaciente que se limita a las discusiones coyunturales y a todos conforma.

Es por eso que nos resulta difícil identificar las nuevas formas neoliberales de producir sociedad. No creemos que alcance con repetir los lemas foucaultianos del Nacimiento de la biopolítica ni con denunciar el regreso maquillado de los años noventa. Si nos alejáramos por un momento de las categorías con las que, sabemos, nos resulta más cómodo pensar el presente político nos encontraríamos frente a la evidencia de que todavía no sabemos cómo problematizarlo. La crítica que decimos hacer no se encuentra a la altura de la batalla que queremos librar. Para que haya una problematización real, ésta debe tener arraigo en la materialidad de nuestra experiencia cotidiana. En esa materialidad sensible que se constituye en nosotros como pensamiento. La crítica que buscamos –esa capaz de desentrañar los hilos invisibles sobre los que el neoliberalismo macrista se asienta– debe buscar un núcleo práctico y no limitarse a la retórica violenta o a la abstracción petulante.

Es por eso que necesitamos sacar a Alejandro Rozitchner del lugar en el que Forster (y muchos otros referentes del campo intelectual) lo pusieron. Ubicarlo donde realmente está será el primer paso para dejar de discutir con caricaturas y así esbozar una crítica eficaz del pensamiento macrista.

El macrismo, se dijo y se dice, es la última etapa del neoliberalismo argentino. Criticarlo implica un intento por reconocer las estrategias sobre las que su poder se asienta. Es en este sentido que vemos en Alejandro Rozitchner algo más que un simple vocero o referente. Sus habituales talleres sobre entusiasmo, positividad inteligente y felicidad (a los que asisten muchos funcionarios y ministros del actual gobierno) nos colocan frente a un pensamiento con mayor eficacia de la que creemos.

El asesor de Macri propone un interrogante –en apariencia sencillo y trivial– que tomado seriamente no es fácil de rebatir. Nos pregunta: ¿Por qué enojarse y mantener un neurotismo con respecto a la vida neoliberal? La vida puede ser maravillosa, nos dice, si la asumimos plenamente y dejamos de comparar el presente con una situación posible o imaginada. Ignorar la dimensión política de esta pregunta, por trivial que parezca, nos impide ver la fuerza con la que el neoliberalismo –en este caso macrista– se impone.

La crítica de la izquierda aparece desde su punto de vista como algo moral, producto del resentimiento y de la comodidad retórica. La crítica intelectual, afirma Alejandro Rozitchner, sólo es una falsa inteligencia. No se trata de amargarse porque el presente sea problemático, sino de dejarse llevar por la felicidad, esa materia explosiva que nos permite romper con el pasado y asumir el presente pleno en sus posibilidades. Por eso es que la historia, dice nuestro filósofo, se encuentra sobrevalorada. Se busca en ella respuestas que en realidad vienen de otro lado. El primer paso para la afirmación del deseo es justamente la ruptura con el propio pasado. O mejor dicho, la ruptura con aquello que elegimos no retener. No vamos a mejorar a la Argentina observando su historia, nos dice, sino viendo qué queremos y cómo lo vamos a hacer. Una teoría que va, con sus tropiezos, desde la autoayuda hasta el liderazgo político.

Insistimos en tomarnos en serio este discurso. No porque encontremos en él un desafío exegético, sino porque entendemos que produce una coherencia afectiva con esa vida emputecida que el neoliberalismo produce. El macrismo no se impone a partir de grandes retóricas complejas y sofisticadas (de allí la ineficacia de críticas como la de Forster), sino a partir de una apología de la sensibilidad que el propio neoliberalismo genera. El pensamiento de Alejandro Rozitchner brinda palabras claras y eficaces a esa libertad con mandato autovalorizante que hoy organiza el entramado social. Entonces volvemos a la clásica pregunta: ¿qué hacer? De nada servirá burlarse, ni denigrar a pensamientos que, de una u otra manera, funcionan en lo más profundo de nosotros. Hace falta sí –y, claro está, este texto no es su realización– un inteligente reconocimiento de los efectos que el discurso de Alejandro Rozitchner produce. Para ello también hace falta advertir la resonancia que su pensamiento tiene con los años felices que hoy muchos intelectuales añoran. Tarea que, por obvias razones, el ex secretario del pensamiento no está en condiciones de realizar.
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