La hipótesis libresca – Sobre la situación de Tiqqun // Gonzalo Aguirre


La tonalidad profética, se sabe, calibra un registro del Logos que cala hondo en los ánimos, predisponiéndolos a mejoras de postura y recuperación del orgullo. Como un tratamiento capilar o de belleza, todo lector embebido en la profética tonalidad recupera su confianza. Las apariencias no engañan. Sólo que en el ir y venir cotidiano quedamos desorientados ante su sucesión. Tiqqun ofrece un bien escaso: orientación. Posta. De la buena. Profeta del presente compite con todos los “Usted está aquí” oficiales y clandestinos que circulan en el Mercado (qué cosa más bella un mercado, y cuán sublime cuando se torna tan sutil, tan inmaterial). Al límite de ese Mercado, Derviche Tiqqun ofrece la orientación del límite, de quien está por fuera, de quien ha visto el lado exterior de la muralla,  y ha pasado muchas noches durmiendo junto a ella sin la protección del nomos de la Ciudadela.

El combate que desata Tiqqun por la orientación es colosal. Nadie alcanza el grado de orientación que Tiqqun logra. Tiqqun lo deja siempre bien en claro. Más aún, se orienta a partir de la desorientación de los demás. Incluso los más bravos teóricos que resisten al orden establecido pueden tener un pelo de ingenuos, un momento de debilidad, una distracción tal vez; resquicio por el que todo el Mal que se quería diagnosticar y ante el cual ubicarse penetra de nuevo en nuestra Teoría embebiéndola de desorientación narcotizante, arruinando el lúcido cartografiado de la situación. Una vez más las apariencias se nos escapan, se hunden. Allí entra en juego la palabra re-orientadora de Tiqqun. Salvífico, reparador como bien recuerda Rodríguez en el “extrálogo” del libro[1]. Reparado el desvío, descubrimos que ni estábamos tan orientados, ni nos habíamos desviado tanto: bastaba tomar por ese calleja que habíamos pasado por alto, que habíamos asumido como un callejón sin salida: Usted ya estaba aquí. Sólo le resta ahora darse la bienvenida a su auto-ubicación independiente de todo GPS.

Eso sí, para leer Tiqqun, para comprender su palabra, hay que venir muy orientado de antemano. Hay que ser un poco profeta también. O haberlo sido. O estar por serlo. Quizás haya que ser europeo también. O haberlo sido. O estar por serlo. Quizás se pudiera probar la lectura de La hipótesis cibernética en el tren San Martín camino a José C. Paz. Leer en el tren. Tradición noble, doble. Entre profetas de alfajores, protestas y otras yerbas, leer la palabra de Tiqqun. Y luego leerlo en el RER parisino o el S-Bahn berlinés. La trilogía suburbana hiede a cool, pero nada nos quita la chance de superponer la hipótesis locomotiva a la hipótesis cibernética. Ese loco-motor superpuesto a esos motores de búsqueda dislocados, digitales. Y bajo esa condición lanzar la pregunta ¿Dónde estoy? ¿Dónde está Usted? ¿Dónde está el piloto? ¿Quién, cómo se gobierna “esto”? Es la pregunta más antigua y la respuesta más antigua también. Gobierna el timonel, el kubernetes. Κυβερνετεσ. Y chau. Y listo. Basta con saber que no es un pastor griego de cabras, ni un pastor cristiano de ovejas. Es un pastor dueño de un barco que no se mueve más que in situ. En definitiva, basta con saber que no somos nosotros. Usted, que está aquí, o ahí, o también allí, no gobierna. Usted nunca ha gobernado, y mucho menos a sí mismo. Tiqqun anuncia la venida de su gobierno de Usted. Una mala nueva, por cierto, para Usted mismo sempiternamente insoportable.

Tiqqun se encuentra eminentemente incómodo con su palabra, con su posición de enunciación, con la complicada tarea de escribir desde el margen, de traer la palabra que anuncia que no hay más que un Gran Adentro, incluso un Gran Margen, desde fuera. El daño está hecho y es irreparable, susurra en sordina Tiqqun desde una clandestinidad inconcebible.

La hipótesis cibernética es a la vez obvia e indemostrable; una descripción sesuda de la realidad que nos toca, y un relato paranoide de una realidad que salva (que da sentido de vida) a todo modo de subjetivación que pueda ser designado Tiqqun. Así las cosas, el libro resulta de imprescindible lectura. En tren o en bar. Junto a la chimenea. En banco de parque. Y es que La hipótesis cibernética fue editada en formato libro. ¡Libro! Cosas de Hekht, que libra el combate más metafísico de todos: el combate por los campos de batalla. Tan sólo por eso ya corresponde sopesar la hipótesis cibernética. Y para hacerlo hay que sopesar el objeto libro. Las pantallas no sopesan.


[1] Los libros de Hekht son así. Ahora han comenzado a lucir “extrálogos”. En su combate constante por el campo de batalla, Hekht renuncia al “prólogo” y va a por otra cosa. No se trata de cambiar un nombre simplemente, si no de designar otro tipo de intensidad. El “extrálogo” deja respirar al texto, se pone aparte. Quisiéramos que esta “reseña” fuera leída bajo ese ánimo extra-lógico aún a riesgo de caer en la tentación de la “contra-seña”. Una vez más surgen aquí los peligros del mantenerse orientado: esos rodeos interminables para sostener, en este caso, una “extra-seña” sin convertirse en reseña ni contraseña. 
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