La abuela de Schäuble // Franco Berardi (Bifo)


Traducción: José Antonio García Simón
Schäuble - Mi abuela decía que la bondad es la antesala del desenfreno
1. La regla, la medida, la deuda
¿De qué reglas estamos hablando?
En un artículo de Jochen Bittner, un colaborador del prestigioso semanario Die Zeit, publicado el 18 de julio de 2015 en el New York Times bajo el título It’s time for Greece to go, se puede leer que “la paciencia se está agotando rápidamente, ya que los griegos han demostrado con el referéndum que, según ellos, ninguna regla puede considerarse del todo establecida”. La cuestión de las reglas es central en el contencioso cultural europeo. Principalmente, porque no está claro quién establece las reglas.
En condiciones de democracia las reglas son válidas cuando son el resultado de un acuerdo alcanzado por la mayoría de los electores. Pero como en Europa las elecciones no cuentan para nada, porque eligen a un organismo que no tiene ningún poder efectivo, las reglas son establecidas por el más fuerte, es decir, por el sistema financiero. Una prueba de la arbitrariedad de estas reglas la hemos tenido después de 2005. Así, el Tratado de Lisboa introduce de modo subrepticio algunas reglas que los ciudadanos holandeses y franceses habían rechazado en el referéndum de mayo de 2005.
Las reglas se establecen con la fuerza, eso ya lo sabíamos. En el caso europeo la fuerza ya no se oculta detrás de la formalidad democrática, pues no hay tiempo que perder. Sin mayor vacilación se impone un orden según las reglas despiadadas del modelo económico correspondiente a la desregulación.
En otros tiempos las reglas eran una transcripción legal de normas éticas o políticas inspiradas en un principio de universalidad racional de las leyes. La desregulación se ha despojado de ese viejo lastre universalista, pero sin embargo no ha instituido un régimen de libertad de las reglas. Al contrario, ha trasladado la regulación del campo de la voluntad ética y política al campo de la necesidad matemática financiera.
Por tanto, la vida social ha sido sometida al orden de los automatismos incorporados en la maquinaria técnica de gestión de la gobernanza.
Pero si en la visión protestante y teutónica del ordo-liberalismo las reglas constituyen un orden inalterable que garantiza la primacía del mercado, en la práctica política de los países católicos y mediterráneos las reglas son límites que hay que redefinir continuamente –o bien transgredir.
La cuestión de las reglas nos lleva al corazón de las diferencias culturales entre el norte y el sur de Europa, entre la Europa de la Reforma protestante y la Europa de la Contrarreforma católica y de la ortodoxia, en suma, entre la Europa “modernizada” y burguesa y la Europa mediterránea que ha resistido, durante los siglos de la modernidad, a la modernización burguesa.
El fin de la ética burguesa del trabajo
La Unión Europea fue concebida en las convulsiones de la segunda guerra mundial. Y fue antes que todo una tentativa por superar la guerra nacional entre Francia y Alemania, así como la dialéctica que opone la razón universal y los derechos humanos al culto romántico de la pertenencia, de la memoria y del territorio.
Pero ésta era sólo una parte de la problemática cultural aún por resolver en el mundo europeo. Hay otra discrepancia cultural que los europeos no han encarado, porque no tenía carácter de urgencia en la situación de la posguerra. Este segundo eje de la discrepancia, en cambio, se ha revelado explosivo en el momento en que las transformaciones de la economía global hacia una posindustrialización y las transformaciones ideológicas a favor del neoliberalismo han hecho surgir distintas concepciones del trabajo y de la relación entre individuo económico y comunidad social.
Europa del sur asimila con retraso el sentido de la responsabilidad individual, el respeto de las reglas y de la disciplina, pero estos valores de la modernidad burguesa parecen ahora disolverse y perder todo significado. La mutación digital y la globalización financiera hacen saltar el fundamento mismo de toda regla. La relación entre valor y tiempo de trabajo, entre dinámica monetaria y producción económica, se resquebraja, revienta, bajo la presión del indeterminismo financiero. Las reglas fijas de la época burguesa pierden sentido a partir del momento en que resulta imposible definir una relación entre trabajo, salario, precios, y cuando la precariedad se apropia de toda forma de colaboración y de prestación.
Así lo escribe Paul Mason en un artículo bajo el título The end of capitalism has begun (The Guardian, 17 de julio de 2015): “La información corroe la capacidad de los mercados de formar los precios de manera correcta, puesto que los mercados estaban basados en la escasez mientras que ahora la información abunda”.
La ética burguesa del trabajo deja de tener valor universal cuando el capitalismo sale de su forma burguesa industrial. En la esfera ética burguesa la propiedad privada y la justa retribución del trabajo eran principios de algún modo basados en el interés común –la expansión de la comunidad, el crecimiento de la producción y del consumo. Valores éticos e interés común estaban ligados. El trabajo duro merecía ser retribuido no sólo por su supuesto valor intrínseco, sino también porque pagar el trabajo era la única manera de desarrollar un sentido de la responsabilidad en el conjunto de la sociedad. La responsabilidad significaba respeto por el interés común. Pero ahora que el capitalismo financiero ha desterritorializado la producción y vuelto indeterminable la fuente misma del valor, las condiciones compartidas del comportamiento ético se han disuelto. Las fluctuaciones del mercado financiero tienen poco que ver con el comportamiento responsable de los accionistas. Al contrario, los beneficios financieros dependen cada vez más de la violación del interés común, como se ha visto en el caso reciente de la bancarrota provocada de las mutuales hipotecarias americanas.
El fundamento de la regulación burguesa era el trabajo asalariado. Pero el trabajo se necesita cada vez menos. La robotización reduce el tiempo de trabajo necesario. El desempleo crece, pero los gobiernos del planeta entero responden alargando el tiempo de la vida laboral –aumento de la edad de la jubilación, horas extraordinarias no retribuidas. Incapaz de afrontar esta contradicción cada vez más explosiva, la gobernanza europea opta por la reducción del salario, el empobrecimiento de la sociedad y la imposición de una disciplina del trabajo que ya no es necesaria.
La regla y la medida
Los fundamentos morales de la sociedad moderna eran la responsabilidad de la burguesía y la solidaridad entre los trabajadores. La burguesía era esencialmente una clase ligada al territorio. Su definición misma se refería al territorio del burgo en el que las energías productivas se reagrupaban y se protegía la propiedad. Incluso la riqueza del burgués era territorializada, ya que la acumulación del capital dependía de la producción de cosas materialmente ligadas al territorio. De este modo, tiempo de trabajo y territorio eran las condiciones de la medida racional universal. El burgués era responsable ante Dios y la comunidad territorial, porque de ellos dependía la prosperidad. El trabajador, por su parte, experimentaba la solidaridad con sus colegas, debido a la conciencia de compartir los mismos intereses, y consideraba su salario como un equivalente del tiempo de trabajo necesario que ponía a disposición de la empresa. Trabajo que a su vez era transformado por la empresa en bienes útiles a la sociedad.
Estos dos fundamentos de la ética moderna se han disuelto. El capitalista posburgués no se siente responsable con la comunidad ni con el territorio, porque el capitalismo financiero está básicamente desterritorializado y no tiene ningún interés en el bienestar futuro de la comunidad. Por otro lado, el trabajador posfordista no comparte ya los mismos intereses con sus colegas, sino que está obligado a competir cada día contra los demás trabajadores por un salario en un mercado del trabajo desregulado. En el marco de esta nueva organización precaria del trabajo la solidaridad se vuelve cada vez más difícil.
Además, el salario no se refiere ya a una medida objetiva, más bien es la sanción arbitraria de una relación de fuerzas cada vez más desfavorable a los trabajadores, que han perdido su única fuerza política –la solidaridad. En la esfera de la civilización burguesa moderna la regla se sostenía en una relación medible entre valor y tiempo de trabajo. Esta relación se ha perdido, porque en la esfera del semiocapitalismo el trabajo cognitivo es cada vez menos reducible a una medida común. Y también porque el capital financiero, por su parte, no es ya el resultado de los ahorros ni de la parsimonia ni de la acumulación procedente de un arduo trabajo. Es el efecto de un poder arbitrario, basado en el engaño y la violencia. Poder que se encarna en los automatismos técnicos, en los algoritmos que gobiernan el sistema financiero, en la gobernanza ciega e indiscutible que ha usurpado el lugar del gobierno político.
La deuda metafísica
En un artículo escrito en 1996 (Dette mondiale et univers parallèle) Baudrillard sostiene que la deuda se ha convertido en una entidad metafísica que orbita alrededor de la tierra.
En efecto, la deuda no será pagada nunca. Ninguna deuda será pagada nunca. Nunca se harán las cuentas finales. Si de hecho el tiempo se puede cuantificar, el dinero está más allá de cualquier posibilidad de rendición de cuentas.
La deuda es una entidad virtual debido a la desaparición del universo referencial. En la esfera de la proliferación infinita de los signos, el significante se independiza de la referencialidad y la definición de la verdad se basa sólo en el poder arbitrario de la auto-ratificación semiótica. La desproporción entre el volumen de los intercambios financieros y la masa del producto económico es prueba del carácter post-referencial del capitalismo financiero.
Según Baudrillard:
[L]a deuda circula en su órbita, con su trayectoria formada por el capital libre de toda contingencia económica en un universo paralelo: la aceleración del capital ha exonerado al dinero de sus implicaciones en el universo cotidiano de la producción del valor y la utilidad.
Y por lo tanto concluye:
Vivimos sólo gracias a ese desequilibrio, a la proliferación y a la promesa de infinidad que la deuda crea. La deuda global planetaria no tiene naturalmente ningún significado en términos clásicos de obligación y de crédito.
Baudrillard describe a la perfección la naturaleza arbitraria del dinero y de la deuda en la época post-referencial del capitalismo global, aunque su predicción haya fallado en un punto: la infinidad de la deuda en órbita ha recaído sobre la tierra y está destruyendo la vida social.
Guiado por la fe protestante en la referencialidad, el sistema financiero europeo ha reclamado la restitución de la deuda metafísica. Es imposible de satisfacer dicho pedido. Y de hecho los países europeos, acuciados por los imperativos de la austeridad, se han visto obligados a deshacerse de parte de sus recursos y a empobrecer la vida cotidiana de la sociedad para aplicar reglas que no pueden ser aplicadas.
El resultado es un doble fracaso: la producción decrece, el desempleo se incrementa, la recesión se acentúa, y al mismo tiempo la deuda aumenta cada vez más.
Esta es la razón por la que, en un momento dado, después de haber ganado las elecciones griegas, Syriza intentó parar el espectáculo.
Indeterminación de los valores fluctuantes
En las últimas décadas del siglo pasado, a causa del proceso de desterritorialización digital y de la financiarización del proceso de acumulación del capital, la burguesía fue desapareciendo de la escena del poder a la vez que fue afirmándose una nueva clase predadora cuya riqueza se basa en la finanza. Tal como lo predecía Baudrillard, en El intercambio simbólico y la muerte en 1976, el sistema conduce precipitadamente a la indeterminación de los valores fluctuantes; por consiguiente, la determinación del valor deviene aleatoria y arbitraria y la fuerza bruta pasa a ser el único factor de control y medida de la dinámica económica.
El concepto de gobernanza, que sustituye al concepto de gobierno, indica la sumisión de la vida social más bien a los automatismos tecno-lingüísticos que a la voluntad política y al consenso. La matematización del lenguaje y la inscripción de los automatismos técnicos en el cuerpo social son el fundamento del poder en la esfera del ámbito financiero. El proceso de valorización deviene esencialmente semiótico: los bienes producidos en la esfera de la economía digital son cada vez más bienes semióticos: programas, pruebas, servicios de comunicación. El intercambio financiero pierde también todo contacto con los referentes reales y se vuelve una esfera virtual de auto-replicación sin determinantes físicos cuantificables. Las transacciones financieras proliferan a una velocidad creciente y la valorización del capital se separa de la producción de los bienes físicos. El dinero se crea a partir del dinero, sin necesidad de una transformación real del mundo existente.
La integración de la infoesfera en la economía es un rasgo dominante del nuevo paisaje en el que el ámbito financiero se consolida. La infoesfera, que cerca e infiltra el sistema nervioso de la sociedad, permea la psicoesfera –el espacio en el que se forma el inconsciente y la afectividad. La aceleración del ritmo de las emisiones semióticas provoca una intensificación de la estimulación nerviosa. Así, mientras más se acelera la infocirculación menos la atención y la voluntad racional pueden elaborar y gobernar la esfera social. Y la vieja racionalidad burguesa pierde el control sobre la realidad.
El declive y la lenta disolución de la cultura burguesa, al igual que la emergencia de un nuevo estilo de hegemonía cultural, pueden ser reconstruidos y descritos como una transición religiosa y estética a la vez: de hecho el eclipse de la ética protestante se acompaña del retorno del espíritu barroco en el campo de la imaginación y de la ética.
2. Gótico y barroco
Polaridad estética del espacio cultural europeo: gótico y barroco
En La guerre des images Serge Gruzinski cuenta la historia de la colonización española de México y de la evangelización, asumiendo el punto de vista del barroco en tanto que mezcla y sincretismo, y en esta óptica delinea la larga trayectoria que conduce hasta la emergencia del imaginario tardomoderno –Hollywood y el cyberpunk inclusive.
Si bien el imaginario americano se basa en un fondo de anulación puritana de la identidad histórica, y en la continua desterritorialización que se manifiesta en el culto de la frontera, el imaginario californiano es a la vez el punto de llegada de la desterritorialización puritana y digital y el momento de reactualización de la mezcla barroca. No hay que olvidar que California lleva en su historia cultural la herencia de la colonización mexicana y la influencia del imaginario barroco español e italiano.
En Vuelta de siglo el filósofo Bolívar Echeverría subraya que el retorno del barroco acompaña la explosión de una complejidad que no puede ya ser contenida en las categorías racionalistas de la modernidad.
El contraste entre la cultura protestante y la cultura católica está en el centro de la tragedia europea cuyos actores principales son la deuda y la culpa –dos conceptos que en alemán se expresan con la misma palabra. La deuda y la culpa han desempeñado, de igual modo, un rol fundamental en la tragedia europea del siglo veinte. En efecto, el nacimiento del nazismo en Alemania fue consecuencia de la humillación y la agresión económica impuestas a Alemania después del Congreso de Versalles, y de la hiperinflación y de la miseria consiguientes. Ahora el problema de la deuda opone en el continente europeo los países protestantes a los católicos y este conflicto está llevando la Unión al colapso.
El proyecto de la Unión Europea ha saldado la división política que oponía la herencia de la Ilustración, representada por Francia, a la herencia del romanticismo, representada por Alemania. Pero no ha saldado un conflicto cultural aún más profundo, el que opone el culto de la responsabilidad económica, de origen protestante y que cobra las formas estéticas de la severidad y de la esencialidad gótica, a la disipación barroca que se basa en la confianza parental en la comunidad y la irresponsabilidad personal.
Cuando, con el giro de Maastricht al inicio de los 90, el modelo neoliberal se impuso rompiendo la solidaridad social que había caracterizado al modelo europeo de posguerra, esta oposición empezó a volverse decisiva, al punto de llevar a la ruptura entre los nórdicos, responsables y laboriosos, y los meridionales, ociosos y derrochadores. Naturalmente esta caricatura esconde un asunto mucho más profundo, que ni siquiera ha sido rozado, esto es, la inadecuación del modelo clásico de tipo ordoliberal alemán para explicar y afrontar la transición semiocapitalista en curso al comienzo del nuevo siglo.
La imaginación protestante está basada esencialmente en la severidad de la semiosis verbal; y, en cambio, se muestra sospechosa con el lenguaje ilusorio de las imágenes: el aniconismo gótico y la ética protestante son las condiciones que prepararon la racionalidad económica de la burguesía. La sensibilidad protestante rechaza pues el ornamentalismo del barroco como un despilfarro del tiempo de trabajo. La severidad gótica se afirma así como estética dominante de la burguesía industrial moderna.
La cultura barroca, al contrario, saca su fuerza del proceso de desterritorialización geográfico e imaginario. Después del Concilio de Trento la estrategia de la Iglesia romana se basó en el proyecto de evangelización del Nuevo Mundo. Ni la severidad de la imaginación anicónica ni la asertividad inequívoca del texto escrito, sino más bien la proliferación de las imágenes y el triunfo de la energía derrochadora del barroco son las condiciones de la expansión religiosa católica, que se basa en el sincretismo, en la ambigüedad polisémica del mensaje, en la simulación imaginativa.
¿Qué es el barroco? Deleuze responde a esta pregunta, diciendo que el barroco es el pliegue, la complicación infinita. Después del gran vuelco, en tanto percepción y proyecto, que representó el Renacimiento, después de la afirmación del punto de vista humano como fundamento de la visión y de la proyección de la realidad arquitectónica, urbana y social –la perspectiva como expresión de un punto de vista racional y ordenador– el barroco emerge como multiplicación del punto de vista.
No es posible reducir la visión de dios a la unicidad de un punto de vista, porque la visión de dios es infinitamente múltiple, y los mundos que derivan de su mirada son innumerables. El barroco desconfía de la simplicidad racionalista. En el plano social el espíritu barroco rechaza el principio de responsabilidad, porque la historia no puede reducirse a la simple visión de un encadenamiento lineal de causas y efectos.
En la época moderna la visión burguesa prevalece con su severidad estética y moral. La simplificación de perspectiva reduce el futuro a una consecuencia lineal de las acciones cumplidas en el presente y reduce la idea de riqueza a la acumulación del producto del trabajo-sacrificio.
La ética de la responsabilidad presupone una relación simple y unidimensional en el proceso de determinación. El barroco, en cambio, se abre a una lógica de la pluralidad de las perspectivas de determinación, a una visión indeterminada de la relación entre presente y futuro. Esta lógica, reprimida o marginalizada en la modernidad industrial resurge progresivamente en la modernidad tardía, cuando el principio de determinación pierde fundamento y la pluralidad de las líneas de determinación revela un universo aleatorio y complejo.
Por otra parte el barroco, aunque derrotado y marginalizado en la confrontación con el racionalismo y el determinismo de la burguesía industrial moderna, nunca desaparece del todo de la historia moderna. Se queda oculto en los pliegues de la modernidad como un lastre al progreso y a la razón triunfante. Hasta cuando, en el siglo veinte, el barroco vuelve a irrumpir en el escenario mundial como fuerza irreductible del espectáculo y de la irracionalidad. Reemerge así como corporeidad agresiva y se encarna ante todo en el espectáculo del fascismo italiano.
Vitalidad del fascismo en el imaginario
En un libro de 1925 titulado L’Europa vivente, Curzio Malaparte se rebela contra la pretensión de que la modernidad sea reducible a la racionalidad nórdica y a la moral protestante. También nosotros somos modernos, escribe, es más, somos la modernidad extrema, como lo demuestra Benito Mussolini.
El fascismo italiano puede entenderse como el resurgimiento del barroco en el escenario histórico europeo, mientras que el nazismo –que equivocadamente es asimilado al fascismo, cuando culturalmente le es bastante lejano– representa el dominio absoluto del principio de funcionalidad, de eficiencia, de rigor gótico.
Aunque en la segunda guerra mundial el fascismo histórico es derrotado junto a su aliado nazi, la vitalidad imaginaria del uno y del otro quedan presentes en la historia del mundo. A comienzos del siglo posmoderno tanto el fascismo –espectacularidad barroca, culto de la corporeidad irracional que resurge como reivindicación de la pertenencia y de la identidad– como el nazismo –primacía de lo funcional sobre la ambigüedad de lo humano– retornan al escenario mundial asumiendo diversas formas, pero siempre arrastrando el mundo hacia un despliegue de violencia.
Por un lado se afirma el dominio funcional de la abstracción –la finanza, lo digital. Por el otro vuelve a aparecer la agresividad del cuerpo descerebrado –la identidad, la pertenencia, el racismo, el nacionalismo.
El ascenso de Berlusconi en Italia puede ser leído como un resurgimiento del barroco en Italia: el bombardeo de la sensibilidad colectiva con un flujo continuo de imágenes televisivas y publicitarias y el uso desinhibido del lenguaje publicitario en la comunicación política han producido un efecto de saturación sensorial, así como la imposibilidad de interpretar unívocamente los mensajes. Algo que se emparenta con el gusto por el exceso del siglo XVII.
En el cine italiano de la última generación se intenta captar los elementos de persistencia de la espectacularidad barroca y del cinismo moral que la acompaña –en particular en los filmes de Paolo Sorrentino, Il Divo y La grande belleza, los de Matteo Garrone, Gomorra y Reality, y aun en Habemus Papam de Nanni Moretti.
Si bien Berlusconi representa el retorno del barroco en el contexto italiano, fenómenos barrocos de locura en el poder no se dan sólo en Italia. En el verano 2015 otro fenómeno definible en términos de barroco ha aparecido en Estados Unidos, la emergencia del multimillonario Donald Trump. En inglés la palabra “trump” significa triunfar –y también tirarse pedos.
El único contenido que este individuo ha sometido hasta ahora a discusión es que él tiene que ganar porque es un ganador y los demás tienen que perder porque son unos perdedores. Sin embargo, el problema no es que exista semejante personaje. Siempre ha habido casos parecidos y en otros tiempos eran tratados en los hospitales psiquiátricos. El problema radica más bien en el hecho que, en el desconcierto general, este individuo obtenga en los sondeos un apoyo mayoritario. Sólo dentro de unos meses se sabrá si ganará las primarias republicanas –lo cual, por el momento, es lo más probable– y sólo en noviembre de 2016 se sabrá si será presidente de los Estados Unidos. Lo cual significaría que el mundo es, en definitiva, rehén de la psicopatología producida por el barroco mediático.
Lo que aquí me interesa es destacar que en el caso de Trump, como en el de Berlusconi, lo que cuenta es la sustitución del discurso crítico por la fantasmagoría agresiva de las imágenes.
¿Retorno al orden?
Ante estos ejemplos de locura barroca, uno podría sentirse tentado de lamentar la severidad gótica de la razón burguesa de una época en que la comunicación escrita dominaba la infoesfera, las facultades críticas no estaban asediadas por la mitología mediática y los valores eran medibles en términos de tiempo de trabajo socialmente útil. Pero eso no funcionaría, porque las reglas han perdido su medida (su ratio). Y sin medida la regla deviene un orden arbitrario que puede ser más o menos impuesto durante mucho tiempo, pero a la larga termina por destruir el organismo social.
En Italia fueron muchos los que, comprensiblemente, disfrutaron cuando el pobre Berlusconi, un tiempo ganador por autoproclamación, aunque también por aclamación popular, fue ninguneado por el establishment europeo –y en particular por Angela Merkel, quien tenía toda razón para despreciarlo. Cuando en 2011 las dificultades financieras amenazaron la permanencia del país en la zona euro, Berlusconi (elegido por la mayoría de los italianos) fue obligado a presentar su dimisión para dejarle el puesto a un funcionario de la eurocracia, Mario Monti.
La eurocracia ha intentado restablecer el orden de las reglas, agrediendo y sometiendo con fuerza la difusa (sin)razón barroca. Pero la tentativa autoritaria de afirmar una falsa universalidad de la ley matemática sobre la complejidad de la vida, está provocando el fracaso del proyecto europeo.
La crisis de Europa –que antes que todo es una crisis de la relación entre trabajo, valor y regla económica– no puede ser superada mediante una reafirmación autoritaria del orden del trabajo asalariado. Se trata de elaborar una forma semiótica y social que vaya más allá del trabajo asalariado. Y ése es el salto que la cultura moderna del capitalismo no es capaz de dar.

Fuente: http://www.re-visiones.net/



Referencias
Baudrillard, J. (15 de enero de 1996) “Dette mondiale et univers parallèle” en Libération. Disponible en: http://www.liberation.fr/tribune/1996/01/15/dette-mondiale-et-univers-parallele_160152 (Acceso noviembre 2015)
Baudrillard, J. (1976) El intercambio simbólico y la muerte. Caracas, Monte Ávila.
Bittner, J. (18 de julio) “It’s time for Greece to go” en New York Times. Disponible en:https://www.questia.com/newspaper/1P2-38487535/it-s-time-for-greece-to-go (acceso noviembre 2015)
Echeverría, B. (2006) Vuelta de Siglo. México, Ediciones Era.
Gruzinski, S. (1989) La guerre des images de Christophe Colomb à "Blade Runner" (1492-2019) París, Fayard.
Malaparte, C. (1925)[1923] L’Europa vivente. Florencia, La Voce.
Mason, P. (17 de Julio de 2015) “The end of capitalism has begun” en The Guardian. Disponible en: http://www.theguardian.com/books/2015/jul/17/postcapitalism-end-of-capitalism-begun(Acceso noviembre 2015)

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