Mary Kay (o el Management del subsuelo de la patria) Diego Picotto



Cuando sonó el timbre por tercera vez, decidí poner pausa y gritar quién era. Doña Olga soltó su nombre con voz tímida, como sabiendo que molestaba. Hacía tres días que me estaba buscando, dijo, y entendí de inmediato que lo que buscaba era la única computadora del PH. Antes de que pudiese articular una excusa medianamente creíble, ya me contaba: “Estoy tan entusiasmada, me aceptaron en Mary Kay Cosméticos para enseñar el cuidado de la piel y técnicas de maquillaje…”, dijo de memoria. Mi sonrisa era falsa, pero no importaba. Ensayé una felicitación, que sonó tan poco creíble como la sonrisa. Y mientas agitaba un papel con la diestra, agregó: “Si no es molestia –es un minutito nomás— quisiera que me ayudes a pasar a la computadora esta lista de nombre para vender Mary Kay. Se la tengo que enviar a mi Iniciadora por la computadora, o por Internet, bueno, no sé, al correo ¿viste? Tiene que ser hoy mismo”.

Doña Olga es la vecina de al lado. Alquila una pieza en el departamento más chico del PH. Son cuatro habitaciones pequeñas para cuatro mujeres solas de entre 50 y 60 años. El precio que pagan bordea la estafa, pero es mucho más barato que alquilar un departamento y no necesitan garantía, ni recibo de sueldo, ni adelanto, ni depósito, un conjunto de requisitos imposibles para quien –como Olga- no tiene trabajo en blanco. Bueno, tampoco en negro. Hace, más bien, “rebusques”, “changas”. En un momento vendía tortas en Plaza Francia hasta que el horno de uso común pidió pase a retiro y no hubo plata para comprar otro; luego vendió algo en el Parque Centenario, creo que ropa. Ahora, parece, cosméticos.
Se la veía ilusionada. Decía que la había recomendado una amiga a la que le estaba yendo muy bien en el “negocio”, que estaba juntando cerca de 900 pesos por mes, que ella era buena vendiendo y que siempre había querido entrar a una Empresa y que ahora tenía la oportunidad. Me entusiasmó su entusiasmo. Me dictó unos pocos nombres (casi todas las mujeres del PH y alguna de la cuadra), los copie, imprimimos la lista y la enviamos por mail a la dirección de su Directora que figuraba en una carta que olvidó al irse.

Querida Consultora:

Estamos muy felices que te unas a nuestra Empresa! Tomar la decisiones de hacer de Mary Kay tu Carrera deber haber sido un paso fuera de tu zona de confort, pero, con entrenamiento, la confianza crece y te encontrarás divirtiéndote con nuevas amigas y también ganando dinero!

Nuestra empresa es como una familia muy unida. Damos la bienvenida a las nuevas integrantes y nos alentamos unas a otras, especialmente si se demuestra interés en la carrera asistiendo a los Meeting y Clases de Orientación para la Nueva Consultora.
Como tu Directora, te dedicaré todo el tiempo que necesites para que puedas construir un negocio exitoso y me aseguraré de que lo logres!

Siempre dale a tu Iniciadora la oportunidad de ayudarte llamándola primero con tus consultas. Ella estará ansiosa por acompañarte en cada etapa del camino.

Querrás comenzar ya a confeccionar una lista con los nombres de todas las mujeres que conozcas.
Te entusiasma empezar a contarle a la gente acerca de tu nuevo negocio?
Además, querrás expresarte profesionalmente. Cuando hables acerca de tu nuevo negocio, en lugar de decir, “Te enteraste? Estoy vendiendo Mery Kay?, debes decir, “Estoy tan entusiasmada, me aceptaron en Mary Kay Cosméticos para enseñar el cuidado de la piel y técnicas de maquillaje”. No crees que la palabra “enseñar” suena mucho más profesional que “vender”?

Ante cualquier duda, podrás contar con mi apoyo, para lo cual podrás ubicarme al 15-2389-1476. mariela-ramirez@yahoo.com.ar.
Sé que serás excelente.

Felicitaciones por tu decisión. Estamos felices de tenerte con nosotras, alentándote hacia el éxito,

Mariela Ramírez (Directora de Ventas)

La carta, por qué negarlo, me generó cierta inquietud. Quizá eran esos nombres de fantasía que, cual personajes de una obra de teatro, van haciendo su aparición a lo largo del escrito (la Nueva Consultora, la Iniciadora, la Directora, las amigas). Quizá, el uso insistente de las mayúsculas como modo de indicar importancia (Empresa, Carrera, Cosméticos, etc.) o el desinterés evidente —en lo que, se supone, es un carta formal— por atender a las reglas básicas de ortografía y sintaxis, de cohesión y de coherencia.

Más allá de esto, lo que era evidente era que mi vecina había dado un paso “fuera de su zona de confort” (aunque hay que ser muy cínico o muy ciego para llamar confort a la húmeda cucha en la que pasaba sus tardes pagada a un televisor 14 pulgadas o a los forzados paseos por Plaza Francia intentando colocar por dos mangos y medio una porción de torta); decía, había dado un paso “fuera de su zona de confort”, había iniciado una Carrera en una gran Empresa y eso ponía muy felices a su Iniciadora y a su Directora y a ella misma.

Lo que no me quedaba tan claro —y quizá también era esto, ahora que lo pienso, una de las cosas que me inquietaba— era por qué la carta relegaba a un segundo plano el hecho de ganar dinero, anteponiéndole el “divertirse con nuevas amigas” y el de pertenecer a una “familia muy unida”. Bueno, pensándolo bien, mi vecina no tenía amigas, ni familia cercana, ni parecía divertirse seguido (más bien se la veía siempre sola, encerrada con su televisor). Sí, seguramente la amistad no le parecía un mal plan. Quizá ya hacía rato que estaba esperando divertirse, que alguien le diera la bienvenida a algún lugar, que la alentasen por algo y que la invitasen a Meetings y Clases de Orientación, aunque no supiera con certeza qué se hacía en esos lugares (recuerdo que me comentó, mientras pasábamos la lista, que le había preguntado a la Iniciadora si era obligatorio saber inglés para hacer el trabajo y que ésta le habían contestado que no, que no era imprescindible, pero que tenía que aprenderse cómo pronunciar correctamente el nombre de los productos, muchos de ellos en inglés y francés). Incluso, la Directora se ofrecía a dedicarle “todo el tiempo que necesite para que pueda construir un negocio exitoso”. Y que se iba a asegurar de que lo logre. Le ofrecían, en síntesis, dinero y amistad, familia y contención, a cambio de su dudoso confort, y de que vendiese Mary Kay, claro. Parecía un buen negocio.

Por un momento, me acorde de Elba y de Julio, los del “H”, el departamento de enfrente. Ellos se habían sumado, en lugar de a Mary Kay (o a Tupperware, o a Abón, o a PSA), a la evangélica de Yerbal, frente a la Plaza. Ellos habían encontrado allí (vaya uno a saber a qué precio) amistad, familia y contención. Mejor volvamos a la carta.

Podríamos detenernos en la metáfora del camino (“cada etapa del camino”) o de la “Carrera hacia el éxito”; o en el desplazamiento de lo que es un trabajo (quizá precarizado, part time, en negro, a comisión… pero trabajo al fin) hacia la esfera del negocio; o en ese modo tan televisivo de decir lo que el otro quiere cuando no es probable que lo quiera hasta el instante anterior a que es dicho (“Querrás comenzar ya a confeccionar una lista con los nombres de todas las mujeres que conozcas”, “Te entusiasma empezar a contarle a la gente acerca de tu nuevo negocio”, “Querrás expresarte profesionalmente”). Pero no, utilicemos estas últimas palabras para detenernos sobre el lenguaje, sobre la atención que esta primera carta pone sobre el lenguaje: “Cuando hables acerca de tu nuevo negocio, en lugar de decir, “Te enteraste? Estoy vendiendo Mery Kay?, debes decir: “Estoy tan entusiasmada, me aceptaron en Mary Kay Cosméticos para enseñar el cuidado de la piel y técnicas de maquillaje”. No crees que la palabra enseñar suena mucho más profesional que "vender?”
Sí, es esto lo que más me inquietó cuando ayer a la mañana leí —de modo diagonal— la carta olvidada (aunque, a esta altura, podría ser una remake medianamente libre de la “Carta Robada” de Poe); ese intento empresarial por codificar y estandarizar el lenguaje, ese ademán impune que fuerza a decir de otro modo –bastante falaz, por cierto— aquello que uno prefería decir con palabras propias, esa exhortación a mostrarse tan entusiasmada (¿y si pongo cara de infeliz y vendo el doble, qué?, se debe haber preguntado más de una de estas mujeres condenadas a mostrar su algarabía), entusiasmada no por vender (palabra siempre evitable cuando de lo que se trata es de… vender), sino por enseñar (cuidado de la piel, maquillaje) que “suena mucho más profesional”, ¿no?

***

Enseñar se trueca con vender y vender con enseñar, y en ese desplazamiento, presentimos, hay más que un consejo ingenuo de una Directora de Ventas de este submundo precario. Hay toda una lógica. Todo un mundo.


Sí, sin duda, hay un mundo en la carta, un mundo en el que interactúan la Consultora, la Iniciadora, la Directora y las Amigas; un mundo de Belleza y de deseos, de negocios y de soledades, de cosméticos y de precariedad. Un gran mundo. Un gran sueño. Y como todo mundo, requiere de un leguaje que lo haga decible, comunicable. Este es el mundo de Olga y de Mary Kay. Un mundo de negocios: los negocios  del subsuelo maltrecho de nuestra patria.
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