Elecciones, crisis y decepción

Pablo Stefanoni


La Revolución Bolivariana se encamina hacia las parlamentarias del 6 de diciembre en un contexto de crisis originado en la ausencia de un liderazgo carismático y la caída de la renta petrolera. Los diversos sectores de la oposición llaman a canalizar mediante el voto un descontento que alcanza incluso a los “chavistas no maduristas”.

La nación venezolana depende ahora de los jóvenes profesionales que migran; como en el caso de la diáspora armenia, ellos serán los encargados de preservar nuestra cultura.” La frase, dicha por una “señora bien” refleja dos síntomas de la Venezuela actual: las tendencias escapistas de una parte de los críticos del régimen de Nicolás Maduro y, al mismo tiempo, una situación que parece tocar fondo y –por razones reales o imaginadas– dejaría a la emigración como única opción de futuro para muchos jóvenes profesionales pertenecientes a las clases medias o altas. Un video de 2012, disponible en Youtube, habla de Caracas como una “ciudad de despedidas”. “Mis fines de semana son para despedir amigos”, dice uno de los participantes; “Estoy enamorado de Caracas pero no podemos vivir juntos”, acota otro, y la canción de fondo reza: “Parece que mi vida dejó de ser interesante” (1). Al mismo tiempo, los rostros y fenotipos (blancos) así como las marcas sociales (de las clases medias altas) dejan ver una de las grietas de la sociedad venezolana, que no empezó con Chávez pero que sí se politizó desde fines de los años 90 (2). Hoy la crisis fomenta estos discursos, pero la decepción también parece incluir a muchos “chavistas pero no maduristas”.

Si la fuente de legitimidad del chavismo fue la poderosa combinación de carisma del líder y elevada renta petrolera, con proyecciones hacia toda América Latina, el fallecimiento del Comandante Supremo, oficialmente el 5 de marzo de 2013, y la caída de los precios del petróleo erosionaron en sus cimientos a la Revolución Bolivariana. Por su parte, en la oposición predomina la expectativa respecto a los comicios parlamentarios del 6 de diciembre, aunque sin la certeza de que la crisis juegue automáticamente a su favor en las dimensiones que sus líderes y adherentes desean. Ahora la apuesta es al “factor López”, quien, tras su reciente condena, se ha transformado en un virtual mártir de la democracia y las libertades desde la cárcel de Ramo Verde.

Economista, 44 años, descendiente de Simón Bolívar de parte de su madre, buen orador y ex alcalde de Chacao, Leopoldo López fue encarcelado hace un año y medio acusado de incitar a las protestas en las que el dirigente antichavista buscó desplegar en las calles la estrategia conocida como “La salida” (para forzar la renuncia de Nicolás Maduro, cuyo mandato termina recién en 2019), condimentada por las llamadas “guarimbas”. Y el pasado 10 de septiembre fue condenado a 13 años, 9 meses, 7 días y 12 horas de prisión por la jueza Susana Barreiros, quien ocupa su magistratura de forma “provisional”. “Si me condena, le va a dar más miedo a usted leer la sentencia que a mí recibirla”, interpeló el dirigente opositor a la magistrada en la última audiencia, cuando en Caracas se esperaba con ansiedad la decisión del tribunal.

Esa ocupación de las calles –que culminó con 43 muertos, unos 600 heridos y centenares de detenidos– chocó entonces con la apuesta electoral de líderes como Henrique Capriles, del partido Primero Justicia, que en 2013 había estado cerca de derrotar a Maduro en las urnas. Ahora la oposición llama a “canalizar el descontento” en el voto del 6 de diciembre. En el nuevo escenario, salir a la calle significa acudir en masa a votar contra el gobierno. “La Justicia en ntra Venezuela está podrida (sic), hoy +q nunca entendamos q el camino a la libertad de Leopoldo y todos empieza el #6D”, tuiteó rápidamente Capriles.

“Matar un tigrito” 

Los llamados bachaqueros son un grupo social emergente de la crisis venezolana. Se trata de los revendedores de productos básicos que no se pueden conseguir en supermercados o tiendas y cuya escasez provocó que las largas colas se volvieran parte del paisaje venezolano. Muchos de esos productos están regulados por la Ley de Precios Justos que, además, penaliza con cinco años de cárcel esa actividad, sin conseguir contener la “plaga”, como llamó a los bachaqueros el poderoso presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. El alcalde oficialista de La Victoria, Juan Carlos Sánchez, fue más allá: en la lógica de la “reeducación”, obligó a varios bachaqueros capturados a realizar trabajo comunitario vestidos con mamelucos de colores chillones con la leyenda “Soy bachaquero, quiero cambiar”. Y lo mismo ocurrió en Puerto Cabello pese a las críticas de organizaciones de derechos humanos que señalan que los alcaldes no pueden imponer penas.

Pero esta “plaga” tiene como caldo de cultivo una situación de escasez que el presidente Nicolás Maduro atribuye a la “guerra económica” contra su gobierno. Muchos venezolanos pasan siete u ocho horas a la semana haciendo colas (de acuerdo a su disponibilidad de tiempo). En teoría, cada uno puede comprar el día que le toca según el último número de su documento, pero muchos van a hacer trueque a las filas, a “resolver”, a “matar un tigrito”. Para comprar productos regulados hay que poner el dedo en un captahuellas electrónico. En Caracas dicen que antes el término “bucear” se usaba cuando alguien miraba a una chica o un chico por la calle, y que ahora se utiliza también para observar, con más o menos disimulo, lo que otros llevan en sus bolsas: harina PAN (utilizada para hacer arepas) , champú, desodorante, máquinas de afeitar e incluso papel higiénico, así como numerosos medicamentos son algunos de los productos “escasos” –y/o excesivamente caros en el mercado negro– que les quitan el sueño a los venezolanos.

El cierre de la frontera con Colombia en el estado de Táchira se vincula con el mismo problema: la corrupción y el contrabando, sobre todo de combustible, que en Venezuela es casi gratis (3). Llenar un tanque de un automóvil promedio cuesta unos 4 bolívares, mientras que una cajita de chicles llega a 60. Pero a esto se suman los cuatro tipos de cambio, que van desde 6,30 (el que se usa para importar medicinas y alimentos) hasta 700 bolívares (el dólar paralelo), pasando por uno de 13,50 (que se utiliza para bolivarizar los gastos de los viajeros que consiguen permisos (4)) y otro de unos 200 bolívares. Una práctica expandida es viajar al exterior a “raspar tarjetas”: se consiguen dólares en efectivo mediante falsas compras, luego esas compras se bolivarizan al valor oficial y los billetes conseguidos son cambiados, al regreso, en el mercado negro. En varias ciudades de Latinoamérica hay puntos para “raspar” y las ganancias justifican el viaje y la estadía fuera de Venezuela. 

En una reunión de la ONG Unión Vecinal en el barrio popular de Catia, en el oeste de Caracas, priman los críticos y también el escepticismo. “Tenemos que hacer colas kilométricas para comprar dos pollos, acá tenemos que guapear todos los días. ¿Qué esperamos? A veces ya no esperamos nada”, dice Mercedes Pérez, que lidera el colectivo de mujeres emprendedoras ATRAEM. Otro dice, para explicar su mala situación: “Yo no tengo ni pistola, ni estoy enchufado, ni tengo contactos con el gobierno” y un tercero explica por qué a la oposición le cuesta tanto crecer, incluso en el actual escenario de crisis: “Algunos opositores creen que estamos en la IV República [antes de la V de Chávez], que porque la gente esté arrecha [enojada] con el chavismo va a votar por la oposición. Antes era así, entre adecos y copeyanos (5), pero ya no funciona de esa manera”.

La oposición está articulada en torno a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), a la que se sumó una treintena de partidos, y es controlada por el denominado G4, compuesto por los partidos Voluntad Popular, de Leopoldo López; Primero Justicia, del ex candidato presidencial Henrique Capriles; la tradicional y hoy debilitada Acción Democrática (AD), y Un Nuevo Tiempo, liderado por el también ex presidenciable y ex gobernador de Zulia Manuel Rosales, actualmente autoexiliado en Panamá. Un problema de la oposición para llegar a los sectores populares es el origen de “niños ricos” de sus tres principales líderes (Capriles, López y María Corina Machado), en un contexto de clasismo y racismo estructurador de jerarquías sociales que Chávez fue capaz de visibilizar y politizar presentándose él mismo como un mulato. Por eso muchos antichavistas lo llamaban mono, haciendo un juego de palabras con “mico-mandante”. Mientras que el partido que lidera López –Voluntad Popular– se considera a sí mismo como socialdemócrata, y fue aceptado como observador en la Internacional Socialista, para el oficialismo se trata de una oposición de extrema derecha que quiere desestabilizar al gobierno con apoyo externo.

Hoy, en el contexto de deterioro económico y falta de un liderazgo carismático, el chavismo vive una crisis emocional y partidos más pequeños como Marea Socialista buscan capitalizar el descontento en clave “chavista pero no madurista”. El eje de su campaña, por estos días, es la Plataforma para una auditoría pública y ciudadana para “detener el desfalco, la fuga de divisas y la corrupción”. “Marea busca contener a los decepcionados, evitando que se vayan a la oposición”, resume su líder Nicmer Evans, quien considera que su partido sufre una suerte de proscripción en virtud de la cantidad de candidatos invalidados de su fuerza, incluido él mismo.

Socialismo militar 

Una arista del chavismo fue, desde el comienzo, la fuerte presencia de los militares en el gobierno, y esa presencia no ha hecho más que aumentar tras la muerte del presidente. “Nunca los militares tuvieron tanto peso económico y político, ni siquiera con la dictadura de [Marcos] Pérez Jiménez (1953-1958)”, dice el historiador Tomás Straka. Doce de los veintitrés gobernadores provienen de las fuerzas armadas. Y una gran proporción de los altos funcionarios lucen o lucieron uniformes verde oliva. El propio Chávez dijo, en 2013, que Pérez Jiménez había sido uno de los mejores presidentes de Venezuela (6).

Hoy, algunos chavistas críticos se ven entre la espada, los militares, y la pared: Nicolás Maduro, el sucesor de Chávez, ex chofer de metrobús y hombre muy cercano a Cuba. Maduro revalidó su poder frente a Capriles triunfando por escaso margen (50,6 a 49,1%) el 14 de abril de 2013. Hoy, los militares son acusados, con evidencias, de formar parte de vastas redes de contrabando en la frontera con Colombia y de estar involucrados en numerosas corruptelas con las importaciones de alimentos y equipos médicos, sobre todo desde China.

El problema es que si el chavismo tiene filones autoritarios –y violatorios de la división de poderes (7)– está lejos de generar un orden, y ese autoritarismo, a menudo, es desorganizador en varias dimensiones. En ese marco, Venezuela vive una profunda crisis de seguridad: la vida nocturna de Caracas se fue apagando al ritmo de los datos que la posicionan como una de las ciudades con más crímenes del mundo; los secuestros son parte de los argumentos para migrar, y las cárceles funcionan como fortalezas en las que el Estado solo controla las murallas, dejando que en su interior operen todo tipo de redes criminales lideradas por los llamados Pranes (PRAN: preso reincidente asesino nato). El asesinato de la ex reina de belleza Mónica Spear en enero de 2014 conmovió a los venezolanos y puso el tema en los medios internacionales. En cada restaurante de Caracas hay colgado un cartel que prohíbe la portación de armas y municiones. Y ese clima de violencia está en la base de la puesta en marcha de la controvertida Operación de Liberación y Protección del Pueblo (OLP), que para la organización de derechos humanos Provea impulsa acciones de las fuerzas militares que carecen de cualquier garantía; incluso chavistas críticos consideran que termina por criminalizar los barrios y la pobreza.

A esto se suman diversos grupos políticos armados, como algunos de los llamados colectivos, organizados para “defender a la Revolución” y que responden a diferentes liderazgos. Entre ellos se encuentran La Piedrita, Tupamaros, Alexis Vive o 5 de Mayo. Pero también otras organizaciones militarizadas son los Comandos Populares Antigolpe, las Milicias Estudiantiles y Campesinas, la Brigada Especial contra las Actuaciones de los Grupos Generadores de Violencia, la Fuerza de Choque de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana o las Milicias Obreras (8).

Maduro vuelve a apelar a un libreto conocido: denuncia intentos de asesinato de la derecha uribista, una guerra económica y otras amenazas –reales, exageradas e imaginadas–, sin prestar suficiente atención a las propias dinámicas económicas que genera el desorden monetario. El salario mínimo es de 10 dólares a la cotización del paralelo, que está fuera de control, lo cual termina alentando la creatividad popular para conseguir los productos básicos. Venezuela sigue importando casi todo lo que consume, lo que agrava la crisis, y la “siembra de petróleo” fue otra vez, como en el anterior auge petrolero de los 70 con la Gran Venezuela de Carlos Andrés Pérez y su Estado de Bienestar, una quimera.

La muerte de Chávez y la desorganización económica acabaron con la perspectiva de algún tipo de “socialismo del siglo XXI” (el creador del término, Heinz Dieterich, es hoy un opositor radical a Maduro). El propio Cabello advirtió desde su programa “Con El Mazo Dando” sobre los riesgos de división dentro del chavismo y del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). En ese programa, el líder del ala militar del chavismo suele utilizar información de los “patriotas cooperantes”, informantes destinados a combatir a los “escuálidos”, como se denomina a los opositores en el militarizado lenguaje chavista.

Escenario incierto 

Desde la oposición piensan en ganar la Asamblea y desde allí abrir espacios de negociación con el gobierno. Pero, pese a la crisis, el escenario electoral no es sencillo y además, el armado de las circunscripciones electorales beneficia al oficialismo. Por lo pronto, muchos en ese espacio tratan de despegarse del mote de derechistas con que los trata el chavismo. Por ejemplo, Freddy Guevara, 29 años, parte de la generación de estudiantes que se movilizaron en 2007 y uno de los líderes del partido de Leopoldo López, ubicó entre sus influencias “la socialdemocracia, el socialismo liberal, el anarquismo de Kropotkin y la democracia liberal”.

En un clima de expectación, hay quienes imaginan barcos llenos de alimentos para descargar justo antes de las elecciones y otras maniobras oficiales de último momento, siempre vinculadas al consumo de primera necesidad. Algo estilo “Dakazo”, en referencia a la ocupación gubernamental de la tienda Daka y la puesta a la venta de sus productos a “precios justos”, en el marco del relato de la guerra económica, en las pasadas elecciones para cargos locales.

En algunas santerías caraqueñas hoy se vende la imagen de Chávez, y la gran incógnita es qué harán los chavistas desencantados el 6 D. Lo que es claro es que cada vez menos opositores parecen imaginar un reemplazo tout court del chavismo y anticipan un intrincado y sinuoso escenario de pactos entre sectores del oficialismo y de la oposición para diseñar la Venezuela postchavista. Tras el frustrado intento de golpe de 1992, Hugo Chávez fue encarcelado y luego liberado por el presidente Rafael Caldera… “Por ahora no pudimos”, profetizó… Habrá que ver entonces cómo afecta la dura condena judicial al líder de Voluntad Popular y a la oposición en su conjunto.
2. Para poner este tema en perspectiva histórica, véase: Tomás Straka, “La larga tristeza”, La República fragmentada. Claves para entender a Venezuela, Alfa, Caracas, 2015.
3. Sobre los abusos y expresiones de xenofobia involucrados en esta operación, véase Daniel Pardo: “‘D’, la marca que condena al derrumbe las casas de los colombianos deportados de Venezuela”, BBC en español, 26-8-15.
4. Para conseguir cupos de dólares para viajar al exterior es necesario tener una cuenta en un banco estatal, pero el sistema público se encuentra desbordado de solicitudes.
5. Por los partidos AD (Acción Democrática, socialdemócrata) y Copei (Comité de Organización Política Electoral Independiente, socialcristiano).
6. “Yo creo que el general Pérez Jiménez fue el mejor presidente que tuvo Venezuela en mucho tiempo. ¡Ufff! Fue mejor que Rómulo Betancourt, fue mejor que toditos ellos. No los voy a nombrar. Fue mejor, ¡Aahh! Lo odiaban porque era militar”, El Universal, Caracas, 23-1-13.
7. La propia presidenta del Tribunal Supremo de Justicia, Luisa Estela Morales, dijo en una ocasión que la división de poderes debilita al Estado (El Universal, Caracas, 5-12-09).
8. Situación de los derechos humanos en Venezuela. Informe anual enero/diciembre 2014, Provea, Caracas, 2014. 
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