Contra Córdoba: “El pasado nunca es del todo propio”

Entrevista a Diego Tatián

por Pablo E. Chacón
 

El escritor, ensayista, poeta y docente Diego Tatián, expone una hipótesis cultural -cuyo genérico contra Córdoba- resume en seis episodios de la vida de esa ciudad una teoría de la memoria y de la política, de la vanguardia, la ciencia y la política revolucionaria, sobre su destino y su despliegue en un campo pocas veces fértil para evitar que las pulsiones represivas no terminen dando, con suerte, una arqueología o un método que sirva para desenterrar esos emprendimientos. Tatián nació en Córdoba en 1965. Es doctor en Filosofía por la Universidad de esa provincia, y en la actualidad es el decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de esa casa de estudios. Sus libros escritos son múltiples.

¿Podrás enumerar las seis proposiciones que componen contra Córdoba?

La expresión contra Córdoba no expresa ninguna denostación; más bien enuncia una hipótesis cultural, una pequeña teoría de Córdoba según la cual la historia de la ciudad aloja un conjunto de experiencias de ruptura contra Córdoba, o al menos a pesar de Córdoba, que no componen un recorrido homogéneo sino más bien una secuencia de singularidades sin orden, cuyo sentido se obtiene de lo que enfrentan: un conservadurismo vuelto naturaleza que impide lo que nace y sobrevive finalmente a todo lo que se rebela. Cordobesismo es el nombre reciente de esa persistente ciudad con arañas nocturnas hilando infamias -como escribió alguna vez Enrique González Tuñón en una Elegía dedicada a Deodoro Roca.

En este caso tomo seis episodios muy disímiles de la historia cultural de la ciudad -tal vez más abiertos al buscador de perlas que al trabajo científico del historiador-, que presentan como único punto de articulación esa resistencia conservadora que enfrentan, y esa sintonía permite hacer -o más bien inventar- una tradición que no existe como tal.

El primero de esos episodios remite a la contratación de científicos extranjeros para impulsar la ciencia en la Argentina que realizó Sarmiento tras asumir la presidencia en 1868. La ciudad más clerical, monástica, españolista y contrarrevolucionaria del Rio de la Plata era elegida como sede de este polo de desarrollo de las ciencias naturales, que marcaría un punto de inflexión en la historia cultural del siglo XIX. Sarmiento le encomienda al médico y naturalista prusiano Hermann Burmeister la creación de las primeras cátedras de ciencias naturales en la Universidad de Córdoba, y en 1871 funda el Observatorio Astronómico bajo la dirección de Benjamin Gould. En 1869, el Congreso Nacional autoriza la contratación de profesores extranjeros para impartir ciencias en la Universidad. Entre 15 y 20 científicos europeos llegaron a Córdoba entre 1868 y 1873. Una vez aquí, el Consejo Superior de la Universidad se niega a incorporarlos al cuerpo de profesores alegando un artículo del estatuto según el cual era requisito para acceder a los claustros que el título habilitante hubiera sido expedido por la propia Universidad de Córdoba. Esta resistencia de la corporación de profesores motiva el abandono de todo propósito de implantar el estudio de la ciencia en la Universidad y así surge la Academia Nacional de Ciencias que dependía directamente del Ministerio de Justicia. Finalmente, tras diez años de organización institucional, el reglamento de la Academia Nacional de Ciencias es aprobado durante la presidencia de Nicolás Avellaneda. La intensa experiencia de un grupo de científicos en una ciudad de provincia, finalmente sería devorada por el embrujo conservador de esa misma ciudad.

El segundo episodio es la historia de una tesis doctoral, la tesis de Ramón J. Cárcano, Sobre la igualdad civil de los hijos adulterinos incestuosos y sacrílegos (1884), cuyo escándalo se inscribe en el contexto de la contienda entre católicos y liberales; claramente liberal, el tema de la tesis va a contramano de la impronta religiosa y jesuítica de la Universidad. En una primera instancia es rechazada pero por intercesión de Miguel Juárez Celman, que había sido gobernador de la provincia, con voto dividido, queda finalmente aprobada para su defensa, lo que dio lugar a uno de los mayores escándalos en la historia de la ciudad -llega hasta motivar una reacción del Vaticano. Con su tesis de la igualdad absoluta entre todos los hijos más allá del tipo de vínculos entre sus progenitores, Cárcano se adelantaba un siglo a la reforma legal que la establece. La plena igualdad entre hijos matrimoniales y extra-matrimoniales fue sancionada en 1985.

La tercera historia remite a la creación de una revista de vanguardia -se llamaba Clarín- por Carlos Astrada, Saúl Taborda, Juan Filloy, y otros intelectuales de cuño reformista. Duró menos de un año (entre 1926 y 1927), pero dejó una marca relevante a contrapelo del convencionalismo cultural reinante. El vanguardismo irreverente de Clarín se inserta nítido en la estela que dejaba Proa (1924-1926) -la mítica revista de Borges, Brandán Caraffa, Güiraldes y Xul Solar-, y dialoga con otras como Amauta -creada por Mariátegui en septiembre de 1926-, Martín Fierro (1924-1927), y sobre todo, con la Revista oral -hermandad que testimonian colaboraciones en Clarín de Alberto Hidalgo, Macedonio Fernández, Emilio Pettoruti o Norah Lange.

La cuarta historia que propongo es la de Raúl Baron Biza, cuya vida presenta todas las condiciones para la leyenda: la militancia en el radicalismo -en tiempos en que ese partido hacía honor a su nombre- y su singular literatura le valieron la persecución, la cárcel, el deportamiento, la execración social y dos procesos por obscenidad. Su producción literaria no sólo fue demasiado extensa (diez libros aproximadamente), pero las tiradas de cada uno de ellos constaban de decenas de miles de ejemplares. ¿Dónde ha ido a parar todo ese papel impreso? ¿Dónde hallar esos ejemplares editados para nadie, como un potlatch libertino? El nombre de Raúl Barón Biza se buscará en vano en los catálogos de las bibliotecas públicas cordobesas; sus obras jamás fueron reeditadas, ni son invocadas en las cátedras universitarias, ni casi han obtenido recepción crítica. La obra de Raúl Barón Biza ha desaparecido, material y culturalmente. Por qué me hice revolucionario, Punto Final, Todo estaba sucio son algunos de sus libros. En ellos nada podrá encontrarse ética, literaria o políticamente correcto. Escarnios: del matrimonio, de la herencia, de la aristocracia argentina, de los judíos, de la patria, de la madre, de Dios. Elogios: la violación de la mujer honesta, la liberación del cuerpo femenino; el asesinato por amor, odio y droga (...sólo comprendes la maravilla de la hembra bajo la influencia del polvo blanco), el suicidio, el asesinato político. Pero el título más significativo de su obra quizá sea El derecho de matar (1933), que le valiera el primero de los procesos por obscenidad mientras ya estaba en prisión por motivos políticos. El derecho de matar enseña que el poder consuma su ejercicio sobre los cuerpos: de niños, de trabajadores, de prostitutas, de enfermos, de presos, y que toda liberación debe comenzar allí. La energía moral y literaria de su prosa se conserva intacta no obstante su ausencia de deriva cultural, o tal vez por eso.

La quinta historia es la de una librería y un grupo revolucionario. Durante muchos años hubo en Córdoba una librería (la librería de Bernardo) y un librero llamado Bernardo Nagelkop, que cultivó ese noble oficio hoy casi extinto. En esa librería tuvo sede una de las más importantes aventuras intelectuales de la ciudad, producida por el grupo de Pasado y Presente, y en el que Bernardo Nagelkop estuvo involucrado, esta vez como editor. Los últimos años 60 y los primeros 70 no fueron un momento cualquiera ni en el mundo ni en Córdoba. Pero el repaso de las ediciones que produjo la ciudad en poco más de un lustro no deja de sorprender. La política, la antropología, la poesía, la literatura erótica, la reflexión sobre las drogas, la sociología, la crítica de arte, el marxismo, el existencialismo, se conjugan por un momento para dar lugar a una singular experiencia en expansión, desdisciplinada, intensa, insumisa, descentrada de los cánones intelectuales de la izquierda argentina de entonces. Sade, Barthes, Sollers, Klossowsky, Mallarmé, Bataille, Ginsberg, Burroughs, Merleau-Ponty, Genette, Levi-Strauss ó Deleuze fueron algunos de los autores editados (en algunos casos tal vez por primera vez en español). Este breve catálogo de una cultura que pudo haber sido y no fue, a no ser por un instante relámpago, nos llega como el fruto exótico de un mundo perdido en el que los libros importaban, afectaban, transformaban y, a veces, costaban la vida.

La última es la historia breve de un gobierno. El 11 de marzo de 1973 la fórmula del Frejuli compuesta por Ricargo Obregón Cano y Atilio López se imponía en la primera vuelta de las elecciones provinciales, y definitivamente un mes más tarde con el 54% de los sufragios, en lo que parecía ser la desembocadura institucional de un conjunto de luchas sindicales y populares que sacudían a Córdoba desde los meses finales del Onganiato. La alianza entre el peronismo revolucionario y el sindicalismo combativo iniciaba con la asunción del gobierno, el 25 de mayo del mismo año, uno de los momentos más singulares de la historia política de Córdoba.

Fue breve. La noche del 27 de febrero de 1974 un grupo armado comandado por el Teniente Coronel Antonio Navarro, entonces Jefe de Policía, desalojó a las autoridades democráticas de la Casa de Gobierno, abriendo de ese modo el período más oscuro y sangriento de la provincia. Entre otros crímenes atroces de dirigentes sociales y luchadores populares, el 16 de septiembre de ese mismo año el depuesto Vicegobernador Atilio López era acribillado con más de cien balazos. Los nueve meses de gobierno que transcurrieron entre mayo de 1973 y febrero de 1974 se presentan para Córdoba como un signo aún a ser descifrado, no obstante la profusa investigación académica y periodística acumulada desde entonces. A cuarenta años de esa intensa experiencia política que quedaría clavada en la memoria de la ciudad no obstante su brevedad, el Dr. Ricardo Obregón Cano tiene 98 años de edad, vive en un austero departamento en el barrio porteño de Caballito, y su nombre, como el de Atilio, despiertan una compleja inspiración emancipatoria que incluyó a grandes sectores populares, cuya violenta aniquilación ha dejado una huella aciaga en la imaginación y los cuerpos de varias generaciones.

¿Qué concepto vehiculizarían esas ideas respecto a la cultura (en general) y a la cultura política de Córdoba?

Una ciudad no es nunca una pura obra de la intervención humana; existe en ella lo involuntario, lo inintencional, lo que sus habitantes hacen sin saber lo que hacen; significados imprevistos de prácticas que procuraban cualquier otra cosa. Por eso también la relación con el pasado de un lugar y los vestigios y legados que los vivos reciben de los muertos están marcados por lo involuntario y lo imprevisto. El pasado nunca es del todo propio; es decir, no se halla ahí, disponible para su apropiación. Esa impropiedad es lo propio del pasado -tanto individual como colectivo-, que en rigor no pertenece a nadie. Una ciudad puede estar, de hecho está, llena de cosas secretas y sentidos no destinados a nadie, que las anteriores generaciones escondieron en lugares poco frecuentados, o simplemente olvidaron allí sin tomar ninguna precaución para su hallazgo por los descendientes (son tal vez las cosas ocultas desde el comienzo del mundo de las que habla la Biblia). Así considerada, la ciudad es un lugar de pérdida, un inmenso yacimiento de objetos perdidos que, a veces, encontramos sin querer. La pregunta política que me interesa aquí es: ¿cómo desarrollar un arte de la memoria pública, capaz de entrar en juego con lo involuntario? Se trata, seguramente, de un trabajo de preservación, pero también de descubrimiento. Hacer una arqueología política es no sólo hallar ideas que alguna vez estuvieron vivas, afectaron o conmovieron una ciudad, y hasta hoy estaban enterradas y sin recuerdo, sino también es hacer una arqueología urbana en sentido estricto, es decir descubrir puntos de encuentro, casas, plazas, lugares de reunión, patios, calles, objetos, bibliotecas, muros, donde acciones, ideas y pasiones alguna vez tuvieron origen y por donde transitaron o dejaron marcas quienes las experimentaron o concibieron. La recuperación conservacionista de capas urbanas, sociales y hasta arqueológicas, que parecieran haber quedado sepultadas bajo un régimen de signos completamente distinto -pero que nunca dejaron de estar ahí- se presenta como una tarea política de primera importancia. El problema de la transmisión se revela como un asunto central en política; la herencia de ese conjunto de generaciones es justamente la invención, el propósito explícito y lúcido de hacer algo con el tiempo y en el espacio donde les tocó vivir. Ese espíritu puede ser siempre aceptado como herencia -la necesidad de inventar una herencia-, para vivir en un mundo que es totalmente otro. Más que de una política cultural se trata de un trabajo con lo involuntario para inventar tradiciones.

El episodio de la vanguardia cordobesa, acordonada bajo el auspicio de la revista Clarín, ¿podrías ampliarlo?

Durante su último período de gobernador, Cárcano produce un segundo episodio (además de su Tesis) destinado a sacudir la modorra cultural de la ciudad: en agosto de 1926, tras visitar la exposición de Emilio Pettoruti en la Galería Fasce de Córdoba, adquiría para la Provincia la obra Los bailarines, que el artista había pintado en Italia bajo inspiración futurista. En el contexto de este debate -al que no fue ajena la visita de Marinetti a la UNC en junio de ese mismo año-, la defensa del arte nuevo y en particular de la obra de Pettoruti es el principal motivo por el cual sería creada Clarín. Más allá de su contexto y del espíritu de conjura que animaba el emprendimiento, la aparición de esta rareza cultural en una ciudad que consideraba cualquier innovación como una afrenta social, remite por sobre todos al nombre de un joven estudioso que con el tiempo se convertiría en uno de los más destacados filósofos argentinos: Carlos Astrada -quien dirigió la revista durante los primeros meses para luego dejarla en manos de Taborda, cuando hacia fines de 1926 se va a Europa a estudiar con Max Scheler. No únicamente la defensa de Pettoruti, alguna humorada de Macedonio o una temprana y anticipatoria reseña de Jacobo Fijman sobresaltaban otra vez la ampulosa autocomplacencia de un provincianismo incólume; también lo hacían otros nombres -los de Joyce, Cocteau, Papini, Valéry, Rodin, Apollinaire, Éluard, Rimbaud, Ossip Zadkine o Adolf Loos- albergados en esas páginas extrañas que anhelaban un público de vanguardia para solo obtener indiferencia y un prolongado olvido.

¿A qué obedece el concepto contra Córdoba?

En la Elegía de González Tuñón que mencionaba al comienzo -escrita en 1942, es decir un siglo después de la conocida página sobre Córdoba que Sarmiento incluye en el Facundo y en absoluta sintonía con ella- hay una descripción estremecedora de la ciudad, una ciudad de nichos con espectros feroces, de ventanas ciegas, de antiguos muertos de levita y retratos al óleo de los antiguos muertos de levita..., que todavía, más allá de la ceniza, consiguen opíparos nombramientos oficiales para sus descendientes; Córdoba de marchitas vírgenes arrepentidas, arañas nocturnas hilando infamias, el cretino importante y las familias venidas a menos; Córdoba con poetas que hablan de efebos rosados, con ruiseñores ciegos; Córdoba del pequeño burgués, del filofascista y del encapuchado, topo, rata huidiza, mosca verde”. “Negra ciénaga, vivo cangrejal oscuro, esa Córdoba es ciudad triste de toda tristeza: arañas, sudarios, telegramas del señor Ministro, subvenciones a campos de concentración, murciélagos y nidos de murciélagos. Este retrato es el persistente fondo sobre el que se recortan estas seis historias contra Córdoba -una ciudad en la que, por obra de un embrujo, todo lo nuevo parece estar destinado a desvanecerse inmediatamente en el aire casi sin dejar huella- que no componen ninguna unidad: se extienden desde el liberalismo decimonónico hasta el libertinismo, la vanguardia estética, la izquierda radical y el peronismo revolucionario, y sin embargo presentan vasos comunicantes. Algunos nombres son protagonistas en más de una de ellas, como en esas secuencias de short stories que cultiva el cine norteamericano, donde unas se meten en otras con las que no tienen ninguna relación. Se trata de pequeños episodios catastróficos, acontecimientos mínimos que nunca prosperan. Y sin embargo extraños legados de inspiración y resistencia, retazos de una involuntaria memoria urbana que, sin haber llegado a constituirse en mitos, a veces resplandecen en los momentos de peligro. La Reforma universitaria y el Cordobazo en tanto, son aquí omitidos como el vacío en torno al que gira lo demás, hasta tanto logremos estar a la altura de esos legados. Y esto porque su recurrencia puramente conmemorativa los ha despojado en buena parte de la inspiración libertaria que los impulsaron.
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