Entrevista a Jacques Rancière: Los intelectuales y la izquierda en el ascenso del Frente Nacional

por Eric Aeschimann 
(Le Nouvel Observateur)


— Hace tres meses, Francia desfilaba en nombre de la libertad de expresión y de la convivencia. Las últimas elecciones departamentales estuvieran marcadas por un nuevo impulso del Frente Nacional (FN). ¿Cómo analiza la rápida sucesión de estos dos acontecimientos, que parecen contradictorios?

No es seguro que haya contradicción. Por supuesto, todos estuvieron de acuerdo en condenar los ataques en enero y felicitarse por la reacción popular que siguió. Pero la unanimidad exigida en torno a la “libertad de expresión” supone una confusión. En efecto, la libertad de expresión es un principio que rige la relación entre los individuos y el Estado, prohibiéndole a este último impedirle la expresión de opiniones que le sean contrarias. Pero lo que se ha violado el 7 de enero en Charlie es un principio completamente diferente: el principio de que no se le dispara a alguien porque no te gusta lo que dijo, el principio que regula la forma en que los individuos y grupos conviven juntos y aprenden a respetarse mutuamente.
Pero no ha habido interés en esta dimensión, y se optó por polarizar sobre el principio de la libertad de expresión. Al hacerlo, se añadió un nuevo capítulo a la campaña que, desde hace años, utiliza los grandes valores universales para descalificar mejor a una parte de la población, oponiendo a los “buenos franceses” partidarios de la República, del laicismo o de la libertad de expresión, a los inmigrantes, inevitablemente comunitaristas, islamistas, intolerante, machistas y atrasados.
El universalismo es invocado a menudo como un principio de vida en común. Pero precisamente el universalismo ha sido confiscado y manipulado. Transformado en signo distintivo de un grupo, sirve para acusar a una comunidad específica, en particular a través de las campañas frenéticas contra el velo. El 11 de enero fue incapaz de distanciarse de esta desviación. Los desfiles han juntado sin distinción a quienes defendían los principios de convivencia con los que expresaban sus sentimientos xenófobos.

—¿Quiere decir que los que defienden el modelo republicano secular contribuyen, a su pesar, para liberarle el terreno al FN?

—Se nos dice que el FN se ha “desdiabolizado”. Qué significa eso? ¿Que ha apartado a las personas demasiado abiertamente racistas? Sí. Pero, sobre todo, que se ha evaporado la diferencia entre las ideas del FN y las ideas consideradas respetables y pertenecientes a la herencia republicana. Después de una veintena de años, los argumentos en el servicio de la xenofobia o el racismo vinieron de algunos intelectuales de la izquierda llamada “republicana”. El FN ya no tiene necesidad de decir que los inmigrantes nos roban nuestro trabajo o que son matones. Le alcanza con proclamar que no son laicos, que no comparten nuestros valores, que son comunitaristas... Los grandes valores universales —laicismo, reglas comunes para todos, igualdad de género— se han convertido en el instrumento de una distinción entre “nosotros”, que adherimos a estos valores, y “ellos”, que no adhieren. El FN puede ahorrarse sus argumentos xenófobos; se los suministran los “republicanos”, bajo la más honorable de las apariencias.

—De acuerdo a Ud., entonces, es el sentido mismo de laicismo lo que se habría pervertido. ¿Qué representa el laicismo para usted?

—En el siglo XIX, el laicismo era para los republicanos el instrumento político que les permitía liberar a la escuela de la influencia que tenía sobre ella la Iglesia Católica, sobre todo luego de la ley Falloux, aprobada en 1850. El concepto de laicidad se refiere al conjunto de medidas específicas adoptadas para destruir esta influencia. Sin embargo, desde la década de 1980, se optó por elaborar un gran principio universal. El laicismo había sido concebido para regular las relaciones entre el Estado y la Iglesia católica. La gran manipulación ha sido convertirlo en una regla a la que todos los individuos tienen que obedecer. Ya no se trata de que el Estado sea laico, sino de que lo sean las personas.

¿Y cómo se distingue si una persona se aparta del principio de laicismo? Por lo que lleva en la cabeza... Cuando yo era niño, el día de la segunda comunión, nos íbamos a la escuela para encontrarnos con nuestros amigos que no eran católicos, llevando nuestros brazaletes de comuniantes y distribuyéndoles imágenes. Nadie pensaba que eso ponía en peligro el laicismo. En esa época, lo que estaba en juego con el laicismo era el financiamiento: en la escuela pública, fondos públicos; en la escuela privada, fondos privados.
Este laicismo centrado en las relaciones entre escuela pública y escuela privada fue sepultado en favor de un laicismo que pretende regular el comportamiento de los individuos, y que se utiliza para estigmatizar a una parte de la población a través de la apariencia física de sus miembros. Algunos han llevado el delirio hasta el punto de reclamar una ley que prohíba el velo en presencia de un niño.

—¿Pero de dónde vendría este deseo de estigmatizar?

—Hay varias causas, algunas relacionadas con la cuestión palestina y con las formas de intolerancia mutua que ha alimentado aquí. Pero también está el “gran resentimiento de izquierda”, nacido de las grandes esperanzas de los años 1960-70 y la liquidación de estas esperanzas por el partido llamado “socialista” cuando llegó al poder. Todos los ideales republicanos, socialistas, revolucionarios, progresistas, han sido invertidos y puestos contra sí mismos. Se han convertido en lo contrario de lo que se suponía que debían ser: no ya armas de combate por la igualdad, sino armas de discriminación, de desconfianza y de desprecio contra un pueblo presentado como embrutecido o atrasado. Imposibilitados de poder combatir el aumento de las desigualdades, se las legitima descalificando a quienes sufren sus efectos.
Pensemos en la forma en que la crítica marxista ha sido dada vuelta para alimentar la denuncia del individuo democrático y el consumidor despótico, una denuncia a que apunta a los que menos tienen para consumir... La transformación del universalismo republicano en un pensamiento reaccionario, que estigmatice a los más pobres, corresponde a la misma lógica.

—¿No es legítimo combatir la portación del velo, en la que no es evidente que se vea un gesto de emancipación de la mujer?

—La pregunta es si la misión de la escuela pública es emancipar a las mujeres. En ese caso, ¿no debería también emancipar a los trabajadores y a todos los dominados de la sociedad francesa? Existen todo tipo de sujeciones: sociales, sexuales, raciales. El principio de una ideología reactiva es apuntar a una forma particular de sumisión para confirmar mejor a las otras. Las mismas personas que denunciaron el feminismo como “comunitarista” se han descubierto posteriormente como feministas para justificar las leyes anti-velo. La condición de la mujer en el mundo musulmán es ciertamente problemática, pero es a las interesadas a quienes corresponde en primer lugar identificar qué es opresivo para ellas. Y, en general, quienes sufren la opresión son quienes debe luchar contra la sujeción. No se libera a las personas por sustitución.

—Volvamos al FN. Ud. Ha criticado a menudo la idea de que el “pueblo” sería racista por naturaleza. Para usted, los inmigrantes son menos víctimas de un racismo “de abajo” que de un racismo “de arriba”: controles de fisonomía por la policía, marginamiento a las zonas periféricas, dificultades para encontrar alojamiento o empleo cuando se tiene nombre extranjero, etc. Pero cuando el 25% de los votantes le da su voto a un partido que quiere congelar la construcción de mezquitas, ¿no es signo de que, a pesar de todo, existen pulsiones xenófobas que operan en la población francesa?

—En primer lugar, esos impulsos xenófobos van mucho más allá del electorado de la extrema derecha. ¿Dónde está la diferencia entre un alcalde del FN que rebautiza la calle del 19 de marzo de 1962 [fecha del alto al fuego entre Francia y el FLN argelino], los diputados electos de la UMP que exigen que se enseñen os aspectos positivos de la colonización, Nicolas Sarkozy, que se opone a los menúes sin carne de cerdo en los comedores escolares, o los llamados intelectuales “republicanos” que quieren excluir de la universidad a las chicas con velo?
Por otra parte, es demasiado simple reducir el voto al FN a la expresión de ideas racistas o xenófobas. Más que ser un medio de expresión de sentimientos populares, el FN es un efecto estructural de la vida política francesa, tal y como quedó organizada por la constitución de la V República. Al permitirle a una pequeña minoría de gobernar en nombre de la población, este régimen le abre mecánicamente un espacio a un grupo político que pueda declarar: “Nosotros estamos afuera de ese juego.” El FN se instaló en ese lugar tras la descomposición del comunismo y el izquierdismo.
En cuanto a los “sentimientos profundos” de las masas, ¿quién los mide? Hago notar simplemente que en Francia no existe un equivalente al Pegida, el movimiento alemán xenófobo. Y no creo en la comparación que se hace a menudo con los años 30’. No veo nada comparable en la actual Francia con las grandes milicias de extrema derecha de la época de entreguerras.

—Escuchándolo, parece que no habría ninguna necesidad de luchar contra el FN...

—Hay que luchar contra el sistema que produce al FN, y por lo tanto también contra la táctica que utiliza la denuncia al FN para ocultar la derechización galopante de las élites gobernantes y la clase intelectual.

—¿La hipótesis de su llegada al poder no lo inquieta?

Dado que analizo al FN como el fruto del desequilibrio de nuestra lógica institucional, mi hipótesis es más bien la de una integración al interior del sistema. Ya existen muchas similitudes entre el FN y las fuerzas presentes dentro del sistema.

—Si el FN llegara al poder, esto tendría efectos muy concretos para los más débiles de la sociedad francesa, es decir, los inmigrantes ...

—Sí, probablemente. Pero me cuesta ver al FN organizando deportaciones masivas de cientos de miles o millones de personas, para hacerlas volver “a casa”. El FN no son los blancos pobres [petit Blancs] contra los inmigrantes. Su electorado se extiende a todos los sectores de la sociedad, incluyendo a los inmigrantes. Así que por supuesto que podrían haber acciones simbólicas, pero no creo que un gobierno UMP-FN sería muy diferente que un gobierno UMP.

—Al aproximarse la primera vuelta, Manuel Valls criticó a los intelectuales franceses por su “adormecimiento”: “¿Dónde están los intelectuales, dónde están las principales conciencias de este país, los hombres y mujeres de la cultura, los que deben defender la causa, dónde está la izquierda? “, reclamó. ¿Ud. se sintió interpelado?

“¿Dónde está la izquierda?”, preguntan los socialistas. La respuesta es simple: está allí a dónde ellos la condujeron, es decir, en la nada. El papel histórico del Partido Socialista ha sido matar a la izquierda. Misión cumplida. Manuel Valls se pregunta qué hacen los intelectuales... Francamente, realmente no veo qué pueden reprocharles gente como él. Se denuncia su silencio, pero la verdad es que desde hace décadas que ciertos intelectuales han hablado muchísimo. Se los ha sacralizado, convertido en stars. Han contribuido en gran medida a las campañas de odio sobre el velo y el laicismo. Más bien han hablado demasiado.
Añadiría que hacer un llamamiento a los intelectuales, es apelar a personas lo suficientemente idiotas como para jugar el papel de portavoces de la inteligencia. Ya que sólo se puede aceptar ese papel, por supuesto, en oposición a un pueblo compuesto por embrutecidos y atrasados. Lo que vuelve a perpetuar la oposición entre los que “saben” y los que “no saben”, que justamente es la habría que romper si se quiere luchar contra la sociedad del desprecio, de la cual el FN no es sino una expresión particular.

—Sin embargo, hay intelectuales —incluido usted mismo— que combaten esta derechización del pensamiento francés. ¿No cree Ud. en la fuerza de la palabra del intelectual?

No hay que esperar que unas pocas individualidades desbloqueen la situación. Eso sólo podrá venir de movimientos democráticos de masa, que no estén legitimados por la posesión de un privilegio intelectual.

—En su obra filosófica, usted demuestra que desde Platón, el pensamiento político occidental tiende a separar a los individuos “que saben” de los que “no saben”. De un lado estaría la clase educada, razonable, competente, que tiene como vocación gobernar; del otro, la clase popular, ignorante, víctima de sus pulsiones, cuyo destino es ser gobernados. ¿Este marco de análisis se aplica a la situación actual?

—En el pasado los gobiernos justificaban su poder adornándose con virtudes consideradas propias de la clase ilustrada, como prudencia, moderación, sabiduría... Los gobiernos actuales se valen de una ciencia, la economía, de la no harían más que aplicar sus leyes declaradas como objetivas e inevitables; leyes que son milagrosamente de acuerdo con los intereses de las clases dominantes. Sin embargo, hemos visto los desastres económicos y el caos geopolítico producido desde hace cuarenta años por quienes se arrogan la antigua sabiduría de los gobernantes y la nueva ciencia económica. La demostración de la incompetencia de personas supuestamente competentes despierta simplemente el desprecio de los gobernados frente a los gobernantes que los desprecian. La manifestación positiva de una competencia democrática de los supuestamente incompetentes es una cosa totalmente distinta.

(Gracias Pablo Stefanoni por mandar la entrevista original y Lada Laika por traducirla.)

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