¿Quién lleva la gorra? Juguetes Perdidos y la filosofía del raje
por Diego
Sztulwark
“Cuando elogio el raje no es simplemente a
partir de una visión desde las alturas, para mí se trató siempre de una manera
de laburar”
J. Ranciére
“La línea de raje es una forma de tomarse el
palo. Los franceses no saben muy bien lo que es eso. Por supuesto, como todo el
mundo, se las toman, pero piensan que rajarse, o bien es escaparse del mundo,
mística o arte, o bien es una especie de cobardía, una manera de eludir los
compromisos y las responsabilidades. Pero el raje no significa, ni muchísimo
menos, renunciar a la acción, no hay nada más activo que un raje”.
G. Deleuze
“Es posible que me las pique, pero mientras
dure mi raje, buscaré un arma”
G. Jackson
I.
La
filosofía no morirá mientras alguien fugue, todo lo demás es interpretación.
Juguetes Perdidos juega en ese tablero: todo lo que huela a máquina
universitaria de producción será rudamente apartado. No es desprecio por la
reflexión teórica, sino una nueva comprensión de lo teórico como tal: menos
como sistema de saberes acumulados y más como relación con lo que aún no
sabemos pensar.
En ¿Quién lleva la gorra? (Tinta Limón
Ediciones, Bs-As, 2014), la última década transcurre de nuevo ante nuestros
ojos. Es notable advertir cómo se retuerce una escritura que se evade de lo
político mayoritario cuando actúa bajo presión de la coyuntura. Página a página
desfila una procesión de figuras mutantes nacidas tras la llamada crisis del
2001: de la miserable barriada al mundo de la batalla por el consumo; de la
auto-organización a la vida loca. Más allá de lo que se discuta en torno a lo
que se puso en juego durante esta década larga, lo cierto es que el paisaje
social resultó trastocado.
La única
actualidad que importa es aquella en la cual nos enteramos de lo que estamos
dejando de ser y entramos en contacto con las fuerzas que nos reconfiguran.
Nada que ver con el tiempo-ahora del periodismo que no comunica sin castrar el
acontecimiento, para que “se entienda”. Ni con la militancia, esa niña bonita
de una Argentina adecuadamente inserta en el mercado mundial vuelta oficio de
administrar las ilusiones aceptables de la sociedad. Antes bien, se sale a la
búsqueda de una complicidad para darse valor y afrontar las propias opacidades.
Toda fuga parte del lado oscuro de la ciudad y aspira, arma en mano, a hacer
vida en tierra nueva.
Este punto
de partida, el viaje en intensidad, dará lugar a una ciencia nueva. Una
sofisticada sociología del raje capaz de registrar dispositivos, flujos y
figuras tales como “realismo engorrado”, “nuevos barrios”, “vidas mulas” y
“pibes silvestres”. En vano será consultar en la academia de las Ciencias
Sociales: las jergas y berretines que afectan la escritura deberán elucidarse a
fuerza de lectura.
II.
Por
caótica e “insustentable” que nos pueda parecer, la ciudad es conjunto afinado
de dispositivos de orden y comunicación. Convulsiones abismales como la
ocurrida en diciembre del 2013, con autoacuartelamientos policiales, cortes de
luz y batallas campales en las puertas de los supermercados, nos recuerdan el
valor de la gestión normal y razonable de los flujos sociales.
Nada que
objetar. Salvo que la proliferación de maná caído del cielo de las
exportaciones de soja y minería, amén de las muy desarrollistas exportaciones
de autos a Brasil, regulada a partir de un nuevo tipo de presencia estatal, dio
lugar a un ensamble de dispositivos cada vez más rígido, y nunca, ni en sus
mejores tiempos, del todo desprovisto de fuertes cargas de racismo clasista. Precariedad es el nombre que los JP usan
para ligar con esas vidas que se debaten en torno a las líneas duras a la que los vecinos y
vecinas, gente buena, intentan aferrarse a los codazos y en torno a las cuales
se pone en juego una violencia que la filosofía política identifica con la
ruptura del pacto que nos rescata del estado de naturaleza.
III.
En la
medida en que nos recostamos en una representación del capitalismo como
proliferación de flujos, no hay lugar para pensar lo subversivo del raje.
Efectivamente, ¿qué lugar positivo puede ocupar el raje, si no es más
aceleración de flujo entre flujos, no es más de lo mismo? Puede que no, pero
para pensar esta posibilidad tenemos que alterar la idea del capital como pura
proliferación.
En los
hechos, el capital es una axiomática de flujos, cada vez una fracción de las
clases dominantes hace pasar el conjunto de los flujos sociales a través de su
propia organización. Según explican en las frondosas páginas de Mil mesetas Deleuze y Guattari, no
habría que confundir la “conjunción” de flujos, en la que el más abstracto de
los flujos se coloca de modo tal que hace de suelo de los demás para
territorializarlos y aplicarles sus propios códigos (tal la operación a cargo
de la fracción más desterritorializada del capital, actualmente las finanzas);
con la “conexión” de flujos, definida como el mutuo relanzamiento entre los
flujos en posición de fuga. No hace falta ser demasiado perspicaces para
detectar en esta sutil distinción la operatividad del raje.
IV.
Si en Por atrevidos (Juguetes Perdidos, Tinta
Limón Ediciones, 2011) el protagonismo, desde la tapa misma del libro, refería
al desacato de “Pibes”, en ¿Quién lleva
la gorra? ese protagonismo se vuelve territorial: se descubren los “nuevos
barrios” y aparece el horizonte de una adultez “pilla”.
No hay
inocencia en este desplazamiento. Cada vez más se rodea a “los pibes” de los
barrios pobres con un lenguaje que apunta, o bien a santificarlos, o bien a
sacrificarlos. Sean los “ni-ni” a incluir, o los pibes chorros a aniquilar, su
eufemística centralidad en el discurso público no resulta comprensible por
fuera de un mapeo más complejo a través de un nuevo paisaje social. Sobre todo
en una coyuntura como la presente, en la que se juega el endurecimiento de las
fronteras de demarcación clasista y racista de la articulación social de las
mutaciones ocurridas estos años.
Para
comprender las tensiones en este proceso de articulación, antes que la
discusión estratégica militante, importa reparar en la generalización de unos
estilos masivos de consumo, así como en la emergencia de las llamadas “nuevas
clases medias” (un significante más que discutible), y en el modo en que, como
parte de estas transformaciones, se configuran los “nuevos barrios”, vinculados
a una nueva imagen de la pobreza.
Como parte
de la lucha por inscribir vida y propiedades en las líneas duras del
dispositivo securitista en las zonas en las que éste resulta más precario, se
generaliza un realismo barrial, un movimiento vecinal orientado a reforzar la
seguridad por mano propia. Si el “engorrarse” subraya el gesto pro-policial de
los conatus a la búsqueda por consolidar la ecuación de ampliación del consumo
junto a una intensificación seguridad, el raje de los pibes, raje que opera
como un contra-realismo feroz, supone la más incómodas de las preguntas: ¿y si
la “vida mula” y su continuo no fuese sino precariedad totalitaria?
V.
“Sin
terror no hay sociedad”, se dice en ¿Quién
lleva la gorra? Es de suponer que un terror que hace sociedad no se agota
en el poder de matar, sin prolongarse, como decía León Rozitchner, en las
categorías de la economía política (es decir, de la estructura de la propiedad
privada). Es la entera subjetividad la que es tramada por categorías del terror
social.
Ya no es
–sólo– la dictadura. “Nuestra época incubó su propio terror”, dicen. “La
precariedad, un terror anímico”,
rematan. A diferencia de las generaciones que soñaban con –y estaban dispuestas
a dar la vida por– la revolución, “nuestros muertos queridos no oprimen como
una pesadilla los cerebros de los vivos”. El terror anímico de la precariedad
totalitaria se vincula menos con la represión y más con lo que Ignacio
Lewkowicz llamó angustia del “des-existir”; menos como amenaza de muerte justa
o injusta, y más como condena a una vida devaluada
por la fuerza de cosas.
Des-existir
es menos –o más– que morir. Pero para entender esto hay que partir del hecho de
que la ciudad-empresa, a partir de sus dispositivos, opera produciendo zonas de
valorización/devaluación de la existencia. Valorización y devaluación de la
vida: es el lenguaje de la lucha de clases en la ciudad gobernada según la
razón neoliberal.
“La
precariedad” es un “suelo”, hecho de todo aquello que “se arma para vivir
(relaciones, redes, amores, trabajos, consumo)” cuando “no es posible pararse”
sobre superficies más aseguradas. En esas condiciones dicen los JP “cualquier
roce puede generar quilombo; y esto sí es un axioma casi inevitable: cualquier
cosa puede desarmar el frágil equilibrio cotidiano”.
El
quilombo es esa violencia latente y circulante que enfrenta potencial o
efectivamente a las personas por el derecho a las posesiones. Como si de
reescribir el Leviatán se tratase, la
precariedad totalitaria es tal que a cada propietario se le impone ser el
asegurador constante de sus propiedades, su vida incluida. En efecto, “nadie te
va a cuidar por vos”. La vida devaluada es renta no asegurada. Pura
exasperación por desesperación que causa el perderlo todo a la primera de
cambios.
“El miedo
al despojo de la propiedad privada o a la violencia contra el cuerpo” se
engendra en la dinámica de una acumulación sin reglas, a todo o nada. La
devaluación del cuerpo es la condición primera para su explotación a bajo
costo.
VI.
“Quizás,
la lucha por correrse de la exposición violenta a ese fondo, la lucha por salir
de sus efectos inmediatos, sea la forma de la
lucha de clases actuales”. La lucha por el acceso diferencial a la
infraestructura urbana, a los cuidados de la salud, a las redes a las que
apelar “ante la quemazón urbana y laboral (psicólogo, terapias alternativas,
descansos)”. La lucha de clases se da en el plano de la valorización y el
aseguramiento de las vidas como capital. Esta premisa permite comprender desde
abajo –y no como mera estadística probatoria– el significado del hecho que poco
menos de la mitad de la fuerza de trabajo, en nuestro país, está sometida a
precariedad.
VII.
La vida
mula refiere al continuum de trabajo, consumo, pedido de tranquilidad, familia,
realidad barrial, códigos morales, francisquismo, “parejismos”. Es ella la que
brinda enlace posible, más que coherencia, a “imágenes, escenas, vidas”: no es
menor el “auge de la religión, como cierre por arriba de algo que ya venía
haciéndose solapadamente”.
VIII.
“Hay una
profunda derrota social de la década ganada”. Una condena de reclusión en el
interior, lo más confortable posible. “Si hubo eficacia de la época del consumo para todos, del engorrarse y de
la vida mula, se dio para adentro de los hogares”.
“Ahora
todo es interior”. No importa cuán estallados e insoportables resulten: “No importa cómo, quedémonos acá. La casa
y los trabajos, las imágenes cotidianas de asfixia por hacinamiento, el parejismo o la familia tentacular replegada en
pocas habitaciones, todo convive con el consumo y con la invasión de pantallas
–de todos los tamaños y formas- que también ayudan a perforar ese rejunte
opresivo (me voy a la redes sociales o a Youtube).
Y tanto interior llama al desborde, al reviente, al estallido anímico”.
Un saber
de encuevados anima al “realismo vecinal
que mira y distingue aquello que ordena el barrio y aquello que lo desborda”, y
que se hace presente “ante una conflictividad barrial”. Un realismo
“implacable” hecho de imágenes apabullantes, que habilitan la posibilidad de
enfocar “el terror anímico en una determinada imagen o secuencia, situarlo y
fijarlo en conductas o personajes”.
IX.
“Los pibes
silvestres pasan por este continuo, se desplazan y no terminan de encajar.
Pisan algún casillero, pero enseguida rajan, cambian de rol”. Pibes a la que te
criaste, astutos y callejeros, calculadores y cuestionadores, realistas y en
vías de rajar-se”, sobrefabuladores. Y en riesgo, en la medida en que al
desplazarse “dejan al descubierto” y por tanto desafían “las debilidades de ese
continuo de una vida mula”, abriendo una grieta “hacia otro posible” nunca
preexistente al raje mismo, que es deseo de otro orden barrial. Un “realismo
pillo”, que todo lo mapea y capta, buscando la ocasión para la fuga.
X.
Es la Vecinocracia El
realismo vecinal “se continúa en –y a su vez se retroalimenta de– las pantallas
y discursos políticos securitistas, en un rodeo complejo; el securitismo como
programa político, el fascismo 'por arriba' legitimado, es este realismo
vecinal 'vuelto' al barrio una vez pasado por ese afuera de circuitos
mediáticos, encuestas políticas y mesas de gestión”
Frente a
él: ¿a qué modos políticos da lugar el contra-realismo realismo pillo del raje?, ¿se articulan en algún
punto los rajes en una máquina de guerra, no cancerígena ni suicida? Una
máquina tal –exterior por definición a la lógica de los dispositivos, aunque
nazca de su propio interior- no funciona a partir los tantos “afuera” barriales que denuncian
al realismo vecinal a partir de un ideal cualquiera de politización.
El
problema de las politizaciones enteramente sugeridas desde afuera de los
dispositivos barriales consiste en la ilusión de que habría un sujeto
extranjero al juego de los dispositivos de captura. No es un problema de
dentro/fuera respecto del barrio, sino de confrontarse con la ilusión de una
contestación política que no pasase la prueba de poner en variación, sobre
territorio concreto, las líneas organizadas por los procedimientos de mando.
Al
contrario, tal vez se trata de percibir en los rajes las pistas para reavivar
un cuestionamiento liberatorio a la persistente moral organizada en las formas
de vidas consagradas en estos años. Una adultez pilla, dicen los JP, depende de
una cierta capacidad para “escuchar el murmullo cada vez más audible del agite de
lo silvestre”, en la “disputa por la intensidad de la vida, por las aperturas”.
XI.
Si en el
mundo de las izquierdas militantes se practica un lenguaje más próximo a la
física: “movimientos” y “bloqueos”, “abajo” y “arriba”, clases “medias”,
“centro” y “periferia”, “incluido” y “excluido” “despliegue o repliegue”, los
JP nos enseñan el poder, ni menos bélico ni menos visual, del lenguaje de la
química, hecho de mezclas de elementos, contagios y combustiones: “la ciudad estalla”… se trata de procesos combinatorios
a veces sutiles, subterráneos, con una temporalidad impredecible y una
causalidad compleja, dominada por elementos que, como “precursores” químicos,
“activan” el quilombo latente en la “precariedad totalitaria”.
Quizás “el
pedido barrial de la presencia de la gendarmería” no sea más que un impulso
destinado a responder a los “signos de terror anímico”, un deseo de
consistencia, antes que una supuesta posición ideológica o un corrimiento sociales “por derecha”. ¿No reconocemos,
acaso, en el pedido de seguridad una añoranza “de comunidad”?
XII.
Aunque uno
no necesariamente pueda hacerlo, resulta aconsejable leer este libro en serie
(o resonancia) con otros libros cuyas únicas cualidades comunes son las de
haber sido publicado en los últimos meses de este 2014 en Buenos Aires, las de
combinar un saber en guerra contra los discursos dominantes (sean conservadores
o liberales, o bien progresista o “populistas”, como ahora se les llama) y una
sensibilidad apasionada con el costado libertario de las cosas.
En orden
de salida pienso en primer lugar en la contundente obra Christian Ferrer Amargura metódica. Vida y obra de Martínez Estrada, en donde el “amargor” no remite a pasiones tristes sino a un
método de planteamientos de problemas largamente postergados por una
intelectualidad prejuiciosa, ocupada más en sus propias ilusiones que en
afrontar los fenómenos que permite comprender la persistencia de nuestros
males.
El segundo
es el compendio de clases de Deleuze sobre Foucault, editadas por Cactus bajo
el nombre de El Poder, en las que
–entre muchas otras cuestiones que ahora
no vienen a cuento– se plantea la necesidad de una micro-sociología que no tome
como punto de partida a los sujetos individuales ni a los grandes conjuntos
(pues siempre son citados como explicación, pero poca veces se los explica),
sino a las corrientes de deseos y creencias que por imitación se propagan, por
antipatía se rechazan y por conexión se relanzan a la creación.
El tercero
es el texto del historiador Bruno Nápoli,
En nombre de mayo, el impresente político:
de temperamento desmitificante, se dedica a narrar el modo en que una y otra
vez, a lo largo de la historia del estado nación se justifica la persistencia
del hecho escandaloso de que (en dictadura y en democracia, cierto que no de
igual modo) el estado mata.
El último
de los libros que conviene aproximar es La razón neoliberal. Economías Barrocas y Pragmática Popular,
de Verónica Gago, que indaga sobre los límites de una teoría política populista
a la hora de comprender los nuevos sujetos de la insurrección del 2001, de la
economía informal o de las poblaciones migrantes, hoy abiertamente
criminalizadas. Su investigación se toma en serio la idea de Foucault de que el
neoliberalismo es más que unas políticas de ajuste y privatización y asume la proliferación
de un “neoliberalismo desde abajo”. Pero lo hace advirtiendo algo que para
nosotros es fundamental. Que esos nuevos sujetos no son neoliberales plenos.
Son más bien conatus estratégicos que combinan dimensiones de
auto-empresarialidad con elementos familiares, de sexo-género y comunitarios,
todos ellos atravesados y a la vez desafiando las líneas duras de los
dispositivos de gobierno.
De
conjunto estos textos ayudan a componer una crítica imprescindible y por
izquierda al cierre producido esta década por el sistema de la polarización
discursiva.
XIII.
Ni arriba
ni abajo, ni dentro ni fuera. Más que de espacio se trata de líneas diversas y entralazadas. La vida, a
cada momento, está hecha de líneas que se cruzan y combinan: de ese campo de
fuerzas emerge el texto de Juguetes Perdidos como una límpida mirada de un
entorno social trastocado, en el que un realismo vecinal extremo y
ordenancista, que atraviesa los “nuevos barrios”, busca inscribirse en los
dispositivos urbanos (de consumo, de deuda, de representación, de seguridad y
de mediatización) y se exaspera ante las no menos realistas estrategias de raje
de las vidas jóvenes, igualmente devaluadas y en permanente choque con las
expectativas sociales. ¿Quién lleva la gorra?, entonces, no remite a un sujeto,
sino a un máquina social. De lo que se trata, nuevamente, es de mostrar su
funcionamiento, mientras buscamos las armas.