Entrevista a Sandro Mezzadra: Alambradas para el mapa europeo

por Héctor Pavón


Los conflictos que movilizan multitudes desde las márgenes –o la vieja categoría de periferia– hacia el centro o los centros del mundo producen cambios en sus conceptualizaciones y obligan a leer con atención las políticas y sus consecuencias inmediatas. Esta serie de conflictos preocupa y motiva a Sandro Mezzadra a analizar los fenómenos migratorios y los desafíos que plantean los límites, las fronteras y los muros que la globalización había dicho que iba a derrumbar. Por el contrario, las alambradas –reales, simbólicas y virtuales– se multiplicaron. En 2005, Mezzadra lo advertía en su libro Derecho de fuga (Tinta limón). Estuvo recientemente en Buenos Aires presentando La cocina de Marx y el año próximo se conocerá La frontera como método , libro que escribió junto con Brett Neilson, dictar un seminario en el IDAES (Universidad de San Martín) y dar una conferencia en la Facultad Libre de Rosario. En esta entrevista habló de la tentación de erigir muros a la que sucumben algunos gobiernos.
–¿Cuál es la idea de frontera que impera en la Europa actual?
–La idea y la realidad de frontera se empezó a modificar en Europa en los 80 con la posibilidad de una supresión de las fronteras entre los países de lo que hoy es la Unión Europea. Al mismo tiempo creó las nuevas fronteras, lo que se llama fronteras exteriores europeas. En los últimos 20, 25 años el estrecho de Gibraltar devino frontera entre la Unión Europea y África. Lo que significa que el manejo del espacio fronterizo de Gibraltar no es más solamente un asunto español, sino que hay una coparticipación de otros países de la Unión Europea. Después, por un lado, hay una tendencia a cerrar estas fronteras, a militarizar el control y esto produce lo que se ve cada día en el Mediterráneo: un montón de muertos. Por otro lado, hay una tendencia a flexibilizar el manejo de las fronteras exteriores. Hay una tendencia hacia lo que se llama “una exteriorización de la frontera”, estas mismas fronteras se hacen móviles, son desplazadas hacia Africa, por ejemplo, con la involucración cada vez mayor de gobiernos africanos en el manejo de la frontera sur de la Unión Europea, y al mismo tiempo retroactúan hacia el interior del espacio europeo donde los controles fronterizos siguen siendo un asunto cotidiano y donde hay instituciones vinculadas con el control fronterizo, como los centros de detención que están en toda Europa. Se habla de una ubicuidad de las fronteras. En los últimos años la situación cambió por la crisis, porque, este doble movimiento de cierre y de externalización-movilización, tiene mucho que ver con la producción de dispositivos de inclusión selectiva de los migrantes dentro del espacio, de la ciudadanía, del mercado de trabajo europeos. Y es claro que en los últimos años, con la crisis, este dispositivo se hizo mucho más rígido.
–¿Y qué es lo que intentan detener hoy las fronteras? ¿Cuál es el discurso oficial?
–Hay en el discurso un vínculo muy estrecho entre migración y criminalidad, sobre todo en las retóricas sobre la trata y el contrabando. Y hay toda una retórica alrededor de este enlace entre movimientos migratorios llamados ilegales o clandestinos y operaciones de organizaciones criminales que organizan este tránsito con ganancias enormes. Hace años, un político italiano dijo que estamos frente a una nueva trata de esclavos. Pero la diferencia es que la gente que toma estos barcos ilegales para cruzar el Mediterráneo lo hace bajo su voluntad, quiere cruzar. Si fuera posible cruzar legalmente no existiría todo el negocio. La mayoría de los que hoy intentan cruzar el Mediterráneo está ejerciendo su derecho de fuga de la guerra. Se calcula que desde la caída del Muro, más de 20.000 personas murieron en el intento de cruzar las fronteras exteriores de Europa.
–El gobierno británico dijo que no va a ayudar a los que vengan en barcas, si se están hundiendo, no va a hacer nada...
–Claro, surgió después de una operación que el gobierno italiano empezó después de la gran tragedia de octubre del año pasado cuando murieron 368 migrantes en frente de Sicilia. Esa era una operación de la marina militar, pero con el objetivo de rescatar vidas. Y también tiene que ver con el carácter, la naturaleza muy compleja de régimen de control de la frontera exterior en Europa. También en este caso hay una situación en que hay dos lógicas distintas que se mezclan, y hay un momento en el que la lógica militar es la lógica claramente prevalente, mientras que hay otros momentos en que la dimensión humanitaria juega un papel importante. Y la posición del gobierno inglés, compartida por otros gobiernos de la Europa del norte, es una posición, para mí, criminal. Pero los migrantes siguen cruzando el Mediterráneo, y van a seguir.
–¿De dónde vienen los movimientos migratorios del presente? ¿Desde Africa, desde el Este?
–Hay un movimiento migratorio vinculado a las guerras. De fuga de Siria, de Senegal, de Bangladesh. En América Latina hay un movimiento migratorio importante que es el de Ecuador, que ha sido muy importante en los últimos 10, 15 años. En Italia se concentra básicamente en dos ciudades, que son Génova y Milán. Y el tema de la migración de Europa Oriental cambió mucho en los últimos años porque los países de Europa Oriental, desde los cuales hubo movimientos migratorios importantes (y hay todavía movimientos migratorios importantes), se incorporaron a la Unión Europea, y entonces la condición de los migrantes, por ejemplo de Polonia o de Rumania, cambió radicalmente. Porque si sos un ciudadano europeo tu situación es completamente distinta de la situación de un migrante de Senegal o de Marruecos. Pero hay todavía un movimiento migratorio importante de países de Europa del este que no forman parte de la Unión Europea. Como Ucrania, entonces se cruza con lo que decía antes, Bielorrusia. En Italia hay muchísimas mujeres que migraron de estos países y que siguen migrando. Y esas mujeres trabajan en hogares, como domésticas y sobre todo como trabajadoras de cuidado de mayores y niños.
–¿Existe la tentación del muro? Vemos que, por ejemplo, en Ceuta y Melilla, no hay paredes, pero están esas alambradas gigantes que de algún modo funcionan como tales. Y hay más muros en el resto del mundo.
–Sí. Hay una tentación muy fuerte del muro, hay en el Sahara; entre Bangladesh e India. Hay otros que cruzan ciudades, cercan barrios cerrados, villas, etc. Es otro ejemplo para mí muy bueno de la versatilidad y de la flexibilidad del tema frontera, porque estamos hablando de dispositivos fronterizos que se difunden cada vez más dentro de espacios que teóricamente no son espacios fronterizos. Pero al mismo tiempo yo no creo que el muro sea la imagen más apropiada para entender lo que es hoy la frontera. El muro en Israel está articulado con otros dispositivos de control. Es una imagen muy potente, que te mata. Pero también, enfocándose unilateralmente en el muro, la frontera se reduce a control y dominación, mientras que para entender lo que es una frontera hay que mirar también a los movimientos que desafían la frontera. Ceuta es un ejemplo excelente en este sentido, porque hay una continuidad del empuje por los migrantes, y hay que mirar a esta tensión, a la manera en que la fortificación de la alambrada desvió el movimiento migratorio hacia Canarias. Hay que multiplicar las miradas hacia los movimientos que las cruzan. Fortificar, cruzar: esto para mí es, en general, lo que es una frontera.
–Publicó con Brett Neilson un libro titulado “La frontera como método” ¿Qué significa esa propuesta?
–Tomamos el concepto mismo de frontera como un método para revisar y pensar un conjunto de temas que están en el centro de la discusión crítica contemporánea, también más allá de la cuestión migratoria y de las fronteras en sentido literal. El punto de partida es bastante simple: si se piensa la discusión que hubo en los años 90, cuando se empezó a hablar de globalización, la idea era “la globalización significa que las fronteras van a perder sentido, relevancia y quizás van a desaparecer”. Y lo que pasó en estos veinte años es algo totalmente distinto: se multiplicaron las fronteras, cambiaron, se hicieron más volátiles, por un lado, y más duras por otro lado, se difundieron en espacios formalmente no fronterizos. Y hay gente que dice que esto es la prueba de que la globalización sólo es ideología, sólo retórica. Nosotros tomamos una posición muy distinta. Decimos, “bueno, había retórica, pero la multiplicación de las fronteras es justamente multiplicación de dispositivos de articulación de flujos globales”. Tratamos de mirar la manera en que la articulación misma de los flujos globales no produce un espacio así liso, plano, sino que produce continuamente procesos de heterogeneización del espacio mismo, del espacio global mismo y que nosotros tratamos de analizar esos procesos. Tengo un ejemplo muy claro: la multiplicación de las zonas económicas especiales. En particular, nosotros trabajamos el caso de China, donde en los últimos 30 años se multiplicaron estas zonas. Poseen fronteras muy distintas de las fronteras geopolíticas. Son dispositivos fronterizos, articulados con las fronteras geopolíticas y, en el caso de China en particular, jugaron en estos años un papel fundamental en el control del movimiento migratorio dentro del espacio chino, que ha sido el movimiento migratorio más grande de los últimos 30 años. Y bueno, hay gente que dice “esto es migración interna”. Observando el mapa de China se ve un continente: la migración significa cruzar fronteras múltiples. Lingüísticas por ejemplo. Y estas zonas económicas especiales delimitadas por sus fronteras juegan un papel importantísimo en el control de la migración: hasta 2000, 2001, había regularmente deportaciones en China. Deportaciones de ciudades, de zonas económicas especiales hacia el campo, de donde venían los migrantes. Después hubo un caso de un joven que murió durante la deportación. Eso provocó un escándalo en China y para las deportaciones. Pero todavía en China hay un dispositivo de registración de domicilio, y si uno no tiene el domicilio correspondiente no se puede acceder a servicios sociales esenciales.
–Y entre las consecuencias deseadas y no deseadas de la globalización, más allá del límite geográfico. ¿Qué pasó con las culturas? ¿Qué pasó con la gastronomía? ¿Qué pasó con las identidades de los países?
–En los primeros años de los 90 se hablaba de la mcdonaldización, la cocacolonización y también de la occidentalización de mundo. Estas fórmulas eran críticas, pero había también dentro del establishment tendencias en este sentido. Otra vez, la idea era una homogeneización creciente de las culturas oficiales, de las culturas populares, de las identidades de los países. Bueno, no es lo que pasó en el sentido de que hoy seguimos enfrentados con tendencias hacia la homogeneización cultural. Pero estas tendencias conviven con otras de apropiación de estas mismas tendencias homogeneizadoras y su traducción dentro de contextos específicos. Y, por otro lado, con tendencias hacia el reforzamiento de una especificidad en contra de estas tendencias homogeneizadoras. Y además, lo que hay que agregar, es que no estamos viviendo una occidentalización del mundo. No es esta la realidad hoy. Claro, hay una difusión global de tecnologías, de lenguajes, de estilos de vida que tienen originariamente un marco occidental. Pero, bueno, hablar de occidentalización del mundo, en Asia por ejemplo, no tiene ningún sentido hoy. Existe esta situación de abigarramiento creciente, en donde me impresiona que Occidente está perdiendo cada vez más poder, perdiendo hegemonía sobre todo.
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