La noche del 9 de agosto

por Juan Pablo Maccia


La secuencia de la política argentina llama a la moderación. Es una pena que por derecha algunos se arrebaten. El kirchnerismo ha jugado fuerte y en muchos aspectos ha logrado colocar una impronta diferente. Quienes deseamos profundizar este camino somos quizás minoría (no tan chica). Pero igualmente minoritarios son quienes quieren volver todo atrás, hacer como si nada hubiese pasado. Por el medio, se desarrollan proyectos moderados, que buscan nuestro apoyo, pero que aún no son claros ni se han definido del todo.

Desde que Cristina tomó la decisión de no forzar una reforma constitucional con reelección el espacio de quienes queremos profundizar el modelo quedó sin expresión electoral (cosa ostensible en el acto de La Cámpora del sábado) y tal vez sin conducción política. Sin desarrollo posible, nos hemos confinado a la defensa del modelo. Mal que nos pese, Cristina vio más lejos que nosotros al advertir, hace tiempo, que la crisis que se cernía sobre la región y el país restringiría las posibilidades de forzar una re-reelección. La defensa de lo hecho es revolucionaria en épocas derrumbe. Pero no hay que exagerar con el escepticismo. No hay economista desinteresado que no pronostique un fuerte repunte económico para los próximos años. Lo que discutimos hoy, en la coyuntura, es cómo atravesamos 2015, es decir, cómo hacemos –a partir de 2015–para exponer lo hecho a la falta de compromiso de un nuevo equipo de gobierno.

Personalmente, creo que la única candidatura que garantiza la continuidad de nuestro proyecto es la de Axel Kicillof. Fruto tardío de lo mejor del jardín kirchnerista, su liderazgo prolongaría lo más interesante de estos años: la lección fundamental de que nuestro pueblo no desea ser gobernado por una economía de austeridad y racionalizaciones neoliberales. La democracia no es crear trabajo (en esto me diferencio del ala nacional-desarrollista del kirchnerismo, a la sazón menos comprometida con el liderazgo de Cristina), sino distribuir riqueza. El kirchnerismo ha demostrado que no hace falta crear trabajo para distribuir riquezas. Esa enseñanza, notable, requiere ser profundizada. Sobre todo en un contexto en el cual resulta estructuralmente imposible el plano empleo de calidad.

Pero la candidatura de Kicillof no se ha concretado (aún). Y las PASO nos encuentran divididos según proyectos presidenciales sin futuro. Urribarri y Rossi no tienen proyección. Son los candidatos del afecto. Lo mismo que Taiana que, sin posibilidades de llegar al sillón de Rivadavia, tiene seguramente una prometedora carrera política por delante. Randazzo, Fernández y Domínguez son cuadros probados y participaran de lo que viene, seguramente, pero al día de hoy no pintan para liderar una elección presidencial.

El escenario más probable, según la conversación cotidiana y la apuntalada por las encuestas, apunta a Scioli. De concretarse las PASO, lo más previsible es que la noche del 9 de agosto Daniel Scioli anuncie la candidatura oficial del FpV, primera fuerza del país. Esa noche deberemos resolver el dilema planteado desde las últimas elecciones legislativas de octubre: ¿vamos a apoyar el congelamiento de la política que Scioli representa, una moderación que aniquila la pasión con que nos hemos entregado a la militancia estos años a la espera (desde la gestión o desde el mundo privado, según cada quien, de próximos e inesperados acontecimientos calientes) o vamos imaginar vías para continuar incendiando la pradera?

El desafío es evitar que no se nos congele la sangre en tres etapas. A la primera, las PASO, llegamos bien. A la segunda, las generales, con dolores de huevos/ovarios, según el caso. Pero… ¿y a la tercera (pongamos que la cosa se resuelva entre Scioli/Macri)? De no mediar milagros, el decurso pesadillezco de los hechos parece sentenciado. El fin de la ilusión política tiene fecha: el 9 de agosto de 2015.

¿En qué consistirá nuestra militancia a partir de allí? ¿No hay derecho a formular públicamente esta pregunta?
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