Nos tienen adentro

Por Agustín Valle
(http://futboldepiesacabeza.com.ar/)

1. La marea argentina

Los portoalegrinos no la pueden creer, atónitos por la invasión de “los hermanos argentinos”, Porto Alegre capital argentina de Rio grande do sul, tapa de todos los diarios y centro de los noticieros, habla generalizada y ansiedad curiosa de los transeúntes: el efluvio celeste y blanco se hizo protagonista absoluto de la ciudad que, esta semana, tiene dos feriados (el partido acá de Argentina y el de Brasil emitido desde Brasilia). Y le cambió el tono al Mundial en esta sede por unos días. El lunes que jugó Brasil –y ganó- contra Camerún, la zona nocturna destinada a la sociabilidad mundialera (porque, sí: hay una zona nocturna destinada a la sociabilidad mundialera), consistente en una calle llena de bares que se cierra a los autos, estaba repleta de jóvenes brasileños, argentinos, holandeses, australianos, de clase cómoda, medio en plan viaje de egresados madurón, escabio, banalidad y algún levante, una escena apenas menos pedorra que el festejo de San Patricio. ¿Tanta historia para una especie de clima de hostel ampliado? Al día siguiente, martes, llegó el grueso de la marea maradoniana (sus miembros acaso individuamente no lo sean, por supuesto), y la cosa empezó a cambiar: por la noche (ya víspera de Nigeria), en esa misma calle, con lluvia incesante, el tránsito automotor también estaba cortado pero por una gran banda no de buscadores de limitada conquista genital, sino de hinchas enfiestados, contentados en sí mismos. Hay también predecibles buscadores de lo obvio (las minitas, el bardo), pero quedan desplazados a la periferia de la situación; en el centro, ahora, está este montón de argentos (no albicelestes, estrictamente, ya que muchos tienen las camisetas de sus equipos de acá; afirmados portoalegrinamente en su hermandad) que festejan la presencia, que dejan anonadados a los locales con su cántico colectivo, saltando, arengando; la celebración –autosuficiencia corporal-colectiva– mandó al consumo preformateado.
Bajo la lluvia que no para caer, saltando al grito común de que Maradona es más grande que Pelé, y de que el que no salta es de Brasil, en medio de la tribu distingo un grupo de cuatro o cinco pibitos agitando chochos, que saltan, cantan y también ríen: son brasileños. No son los únicos: prestamos atención y en la masa de carnaval argentino hay, apenas disimulados, unos cuantos brasileños. Vinieron a disfrutar nuestra fiesta, se meten en el pogo que se mueve para acá, se mueve para allá, y tienen una alegría que no se puede creer. La hinchada argentina (que no es “los argentinos”: es esto que les pasa a los-estos argentinos) brinda un oásis orgánico, festivo y de alegre desborde en medio de este maquetado escenario de consumo y ánimo programado. Durante el día, charlando con pibes militantes, nos habían dicho que el piberío portoalegrino anda refugiado en unos pocos lugares de encuentro nocturno, ante el aplastante avance de la infraestructura del mundial sobre la vida común de la ciudad; y resulta que la irrupción de estos miles de argentos, que vinieron sin entradas para el estadio, que vinieron al Mundial pero no al programa de la FIFA, abre una zona temporaria de alteridad afectiva donde los habitantes locales que quedan fuera de la afectividad oficial de la Copa, encuentran lugar de jolgorio jugando a la argentinidad. Todos los argentos que nos damos cuenta -que los oímos cantar en marrado castellano- nos alegramos mucho.
1’. Un rato más tarde buscamos dónde morfar. Somos cuatro: uno, Simón, es chileno. (En realidad, de madre chilena exiliada y padre argentino y vueltos a exiliar, es plurinacional, vivió en México, Chile, Argentina, Chile, España, hasta que eligió vivir en Argentina. Más que plurinacional, apátrida, y, por elección, Bielsista. Hincha decididamente por la roja por cómo juega: bielsistamente. Es, entonces, el chileno.) Buscamos dónde morfar; llueve en la noche de la ciudad invadida, remeras blanca y celeste por todos lados, autos de chapas nacionales, carpas hechas en las veredas, comederos llenos… Encontramos uno: dos cuadras antes ya se oyen los cánticos argentinos adentro. Es un lugar enorme; la entrada está en el medio, da al medio del salón. Muertos de hambre entramos, a la cabeza Simón: tan rotundo que parece adrede, nomás entramos todo el lugar trona un “¡Che chileno che chileno, qué amargado se te ve, si te agarra un tsunami, que te ayude un inglés!”, y continuadamente –con nosotros recibiéndolo en el medio del enorme salón- “¡Chile, compadre, la concha de tu madre!”. Por supuesto, es fútbol, y Simón sabe bancársela; pero su cara me parece no es tanto de odio, ni de sorpresa, sino de inevitables ganas de llorar. No es inimaginable esta tropa argenta aplastándole la cabeza a uno que esté en el piso. Días después todos hinchando por Chile contra Brasil…
1’’. El turismo futbolero tiene mucho de congreso de pícaros de plata y la hinchada argentina tiene momentos nítidos de proto fascismo, pero esto, más que desmentir, revaloriza aún más las fuerzas de hinchismo festivo y fraternal. Porque son fuerzas que alteran a las disposiciones.
Se vieron al día siguiente de nuevo, durante la escena ampliada del partido contra Nigeria, en el llamado Fan Fest. El Fan fest es el perímetro y escenario (en la orilla del mismo lago que el estadio Beira Rio) de una suerte de festival permanente con que la FIFA consagra al Mundial como evento de entretenimiento general que tiene al fútbol como ingrediente. Pero que hoy, acá, se vio desbordado por el río más ancho del mundo, el de la patria futbolera que lo rebalsó con sus banderas, sus remeras, sus payasadas (las pelucas de brillante blanco y celeste), la emoción de su encuentro imposible, tan grande que forzó la colocación de una segunda pantalla gigante, fuera del predio propiamente dicho, para ver el partido; hay treinta mil argentinos dentro del estadio, setenta mil afuera: ¡¿qué carajo hacemos acá, mirá todos los que somos?!, dicen las caras, pero nadie lo dice, porque es un hecho, estamos acá, esto, ahora, es nuestro. Donde mirás, celeste y blanco, caras con gestualidad conocida, pibes tomando fernet, remeras de Patricio Rey, un ligue con esa pelota que tiene Messi, pasa para Di María… “Brasil, decime que se siente/ tener en casa a tu papá” es un enunciado no tanto tierno –en tanto olvida la primacía macaca en el fútbol mundial- sino pragmáticamente performativo: cantar esto acá nos hacer padres, irmaos queridos. Para ellos es una buena noticia nuestra presencia exuberante en medio de este megaevento programático: por las calles (porque la calle deja de ser lugar de tránsito y pasa a ser de habitación), de noche y de día, buscan la charla, el encuentro, preguntan cosas, de todo, no la pueden creer y quieren saber, quieren constatar que sí, que los hermanos argentinos están acá. Y sobre todo, hablan entre ellos, se avisan en las redes sociales, no sabían, se sorprenden y lo difunden, nos paran en la calle (¡nos invitan cerveza, carne asada!) para preguntar, para confirmar y aceptan sin drama, aprenden, se hinchan: Pelé debutó con un pibe.
2. Pelotas y balas 
En la escena del Fan Fest copado, mientras veíamos el partido, un argentino me vio que interactuaba con un grupo de pibes brasileños, de los que aprovechan a la banda maradoniana para experimentar esta alegría, y me dijo “ojo que esos vienen a armar quilombo”. Ciego: los pibitos (diecisiete, dieciocho años) me habían convidado puchos, me regalaron una birra, estaban viviendo un momento especial. Nuestra voluntad festiva produce hermandad aún a pesar del chauvinismo, del resentimiento, del miedo, que no dejan de estar. Ahora bien, esto no debe eclipsar que el enorme dispositivo de seguridad cala hondo en los cuerpos, y, si bien hay algunos quilombetes desmadrados, en general todo mundo, nosotros también, nos sentimos seguros, seguros “de lo que somos” (un efecto identitario innegable y que solo puede durar un rato; identidad de utilidad situacional, apego provisorio), pero también “tranquilos” de que puede abordarte cualquiera y no hay temor alguno; en parte, claro, por la fuerza que implica estar en posición activa, pero también porque sabés que hay una terrible fuerza dura puesta en abortar cualquier bardo dañino apenas empiece: pensemos lo que pensemos del control securitista, incluso aunque le temamos, en principio lo entendemos físicamente, y si no aceptamos esto, no podemos leer nada y la violencia del despliegue represivo se vuelve incomprensible.
Es muy visible la tutela policial de la fiesta programada. Pero la contradicción estética (pelota-balas) parece no arruinar la fiesta de los que la consumen. Luces de espectáculo, calles amplias para la muchedumbre, carteles de algarabía mundialera por doquier, el estadio como enorme cúspide arquitectónica de la condensación de libido colectiva, de la modernidad andante impulsada por el juego, las nacionalidades conviviendo (mucha promoción de la igualdad entre parcialidades nacionales, el mundial como lavado encuentro fraterno multicolor), todo abrochado por milicos armadísimos de estirpes varias, policía militar, policía federal, policía especial, drogocops con el cuerpo más o menos oculto tras los armazones de matar. Pero de alguna manera un consenso logra que las visibles balas no desmientan esta candidez sórdida, esta mueca del placer. Vamos a una manifestación rebelde, pequeñísima; la sostenida y dura represión que sufren las movilizaciones desde el año pasado (no solo en las marchas, sino recrudeciendo en las favelas, y con invasiones policiales en las casas de los militantes), aumentada en la inminencia de la Copa, amedrentó, y por eso hay mucha menos gente en las movilizaciones. Pero también es evidente que el torneo atrae libido general, que es hasta impostado pelear contra la Copa durante la Copa, que no se puede afirmar la intolerancia de un dolor oponiéndose a un placer. Las “protestas” funcionaron con la copa como objetivo mientras estaba siendo preparada, pero una vez en ruedo la pelota, patinan, rebotan, el campo de juego es indemne; las exigencias se reacomodan bajo la premisa de que el problema no es la Copa, sino el capitalismo actual, y aprovechan incluso la Copa como instancia de visibilización de discusiones y vejámenes: en Porto Alegre, el Bloque de Luchas, que articula diversos colectivos políticos, emplea una táctica conversacional, la manifestación a la que vamos se dispersa activamente, en parejas, para interpelar a los transeúntes y hablar. Parece abierto el panorama, con un ánimo general hacia la Copa que, nos cuentan, es mucho menos intenso que en mundiales anteriores (94 por ejemplo), en buena medida porque las críticas al modelo FIFA de desarrollo se incorporaron como sentido común. Si con la Copa la dirigencia brasileña quería instalar al país como potencia, lo que se instaló con las movilizaciones (desde el estallido de junio 2013 hasta su sostén restringido actual) son los dolores que vive buena parte de su población, y la escisión entre los granes tratos del estado mercantil y la vida como experiencia popular. Los planes de asistencia social y la inclusión de millones de pobres en niveles más potentados del mercado de consumo y trabajo oscilan, en la percepción de la gente con la que charlamos, entre ser el corazón de la política del PT, y ser un ingrediente que ayuda a sostener un modelo de capitalismo donde los sectores de riqueza concentrada se bancan cierto desprestigio retórico mientras son los más beneficiados económicamente (los bancos, los terratenientes, las constructoras).
3. Suárez y el Imperio Pantallista
Luis Suárez, heredero de la larga tradición de sesuda antropofagia charrúa; Chiellini la sacó más barata que Solís, pero al marino aunque sea tuvieron la deferencia de matarlo antes de hincarle el diente. Suárez, desde aquella mano en 2010 contra Ghana, prócer; primero Suárez, después Artigas. Igualmente, la devoción argentina por la celeste es muy sintomática: ponderamos las virtudes con las que no toleraríamos contentarnos nosotros (pegar, ser ascéticos, pobres pero serenos, etc). A Inglaterra y a Italia, Uruguay, es cierto, les ganó con el alma. Potencias económicas, potencias militares, el paisito se plantó como potencia anímica. Pero Colombia aguantó las patadas, los pisotones, el resentimiento violento oculto tras la modestia nacional, y les ganó con puro fútbol, con fantasía y magia futbolera; su propuesta no sólo excede la fortaleza física y el cálculo táctico, sino que hasta la sutileza técnica es poco para referirse al fútbol que apuesta decididamente al talento, a la inventiva de cuerpos educados en bailar. Pero volvamos a Suárez, el gran escándalo. Suárez, parece, le pasa algo, no puede aguantarse, le cabe morder, le tira el diente, el cuerpo del otro como instancia de bocado… No es ni venganza, como el sublime cabezazo de Zidane, ni provocación (como aquel dedo en el orto a Román), es incontención: y, en efecto, eso es festejable, acaso no tanto él como atrevido, como el juego en su capacidad de producir desmesura, la pelota llevando los cuerpos a sus extremos. Ahora bien, la mordida pasó a un segundo plano, y más información hay en la sanción. Crueldad de separarlo de los compañeros; la FIFA criminalizó, embargó, y psiquiatrizó. Cuerpo, billete, cerebro… Pero, ¿por qué tamaña sanción? ¿Cuál es la ofensa, dónde está la proporción? No en el hombro de Chiellini, que sigue cumpliendo su función y a esta altura no debe ni dolerle (nada comparado con quedar afuera en primera ronda…). La dinámica estrictamente “deportiva” del juego daña mucho más los cuerpos que esa mordida (por las patadas, pero también por la autoexplotación rendimientista; Medel contra Brasil, por caso). No: lo que la FIFA sanciona es que alguien actúe desoyendo la visibilidad permanente en la que ella manda. Suárez sustrajo su cuerpo (y el de Chiellini) del imperio pantallista: eso pagó tan caro.
4. Destribunización
Antaño para hacer un Mundial había que aumentar la capacidad de los estadios, construirles tribunas nuevas, producir espacio; ahora, para estar a la altura de hacer un mundial, Brasil tuvo que achicar sus estadios para que sean mundialistas. Lo que anticipó Bilardo –hay que aceptarlo- hace vaya saber cuántos años, “vamos hacia estadios de treinta o cuarenta mil personas y todo centralizado en la transmisión televisiva”, es una de las grandes consagraciones de este Mundial. Una destribunización del fútbol. Hoy –Argentina vs Nigeria- se vio desbordada, esa destribunización, y el “Fan Fest”, kermese de divertimento programado, fue una gigantesca tribuna (rebalsado, con una enorme ranchada afuera que forzó pantalla adicional). A la pantalla los argentinos le gritan, la putean, la alientan, la aplauden, todo como si estuvieran en la cancha, y se abrazan entre sí, y comentan jugadas entre desconocidos… La pantalla es un puro medio; se la niega: la usamos para estar en la cancha. Y en reverso, en la cancha la pantalla tiene un lugar supremo: muestra el partido, pero cada vez que muestra hinchas, los mostrados se ven y festejan a lo más. Acá dice el compa Leandro Barttolotta: ¿hay ser humano más abyecto que el que festeja cuando lo enfoca la cámara mientras se está quedando fuera del mundial? Esos hinchas cumplen su rol, se ponen a la altura de la representación. Festejan, saludan, felices, agradecidos. Antes (y antes es una dimensión del presente, minoritaria) la cancha era el lugar de realidad suprema, y la tele una representación subsidiaria; ahora (la faz dominante del ahora), ir a la cancha permite acceder a la superficie de realidad suprema que es la pantalla. En la transmisión de los partidos –esto también se viene comentando bastante-, presentan las formaciones de los equipos mostrando cada jugador haciendo el mismo gesto: parados de perfil giran para mirar a la cámara cruzando los brazos: es como la play station, o es la play station en su cúspide. Las cámaras hiper lentas, maravillosa tecnología de visibilidad, también emulan el control total sobre el acontecimiento imaginalizado (hecho imagen, Pablo Hupert dixit) que es concebible desde la consola de juegos, desde la realidad virtual. La carne sirve para su representación. Por eso los seudo hinchas festejan, porque cristalizar su participación en el simulacro, que es su verdadero acontecimiento (superando a Debord, lo falso es un momento de lo verdadero); ser apantallados es el mayor rendimiento que puede darles la cancha. Simuladores, viven de nosotros, de nuestra pasión; son hinchas anodinos, sin dolor.
4’. Arbitros conitos. El imperio pantallista tiene otro efecto: los árbitros, en este mundial, obstaculizan con su cuerpo las jugadas, como nunca. Es muy notable, quedan en la línea de pase, les pega la bocha, obstruyen la visión de los jugadores, en casi todos los partidos. En el régimen de visibilidad total, su labor queda expuestísima, entonces los tipos quieren estar al lado de la pelota, en el núcleo de la jugada. Hace poco un amigo viajó en bondi de larga distancia con una terna arbitral, y le sorprendió que hablaban de que iban “a jugar”: es que el referí es parte del juego (aquel, acaso, que ama tanto pero tanto la pelota que se banca no tocarla y que lo insulte la masa con tal de estar ahí cerca), y ahora les ponen máquinas para que hagan parte de su tarea -otra consagración de este mundial-, máquinas que pasan a ser su parámetro de medida, máquinas que los empujan a estar tan cerca de la pelota que interrumpen el juego.
5. Congreso de hichas 
Nunca hubo una localía argentina como esta. “Argentina juega de local en el Bela Río”, dice la tele gaúcha, y es aún más fuerte que eso: acá, en Porto Alegre, se arma un suelo argentino futbolero que no existe nunca en otro lado. El fútbol argentino rivaliza las regiones; incluso cuando juega en Buenos Aires la selección, si aburre, hay cánticos entre bosteros y gayinas. Pero cuando “une”, cuando estamos todos contentos con la selección, es cada uno en su lugar, y ver a los compatriotas por tele. Acá en Porto Alegre llegaron autos, combis, motos, aviones llenos, camionetas, bondis repletos, grupos de amigos, pibes y ex pibes futboleros, de Santa Fé, de Córdoba, de Mendoza, de Jujuy, de Quilmes, Paternal, Lanús, Mar del Plata, Río Cuarto, Formosa, Rosario, de La Pampa… Las camisetas de los clubes, que hay muchas, funcionan para eso: no tanto para distinguirse opositivamente dentro de los argentinos, como para nutrir a la marea albiceleste de anclajes situados. Unión, Instituto, Gimnasia de La Plata y de Jujuy, Defensa y Justicia, Central, Aldosivi, etcétera. El fútbol argentino es esto: multitudes de tribus que se autoorganizan y salen y vienen y van, que arman su campamento con ferné, morfi, carpas que se ponen en los parques, en los estacionamientos, bajo la lluvia… Esto es el fútbol argentino, esta es la energía que lo hace existir. Y este es el sustrato que insufla las canchas brasileñas con un soplo monumental y empuja, empuja a ese equipo de argentinos jugadores –pibes que tan pronto se fueron a tierras más ricas- a jugar mejor. Los jugadores son millonarios, pero son solo eso, son pibes millonarios, y el ambiente aquí enfatiza su pibismo, y los argentiniza, entonces los vemos protagonizando mesas de asado compartido y cantos de hinchada (de hinchas) que los enfervorizan: ídolos del neocapitalismo, tomados por fuerzas plebeyas.
6. Táctica y actitud; el efecto de la hinchada.
En el primer partido, con Bosnia, Sabella puso cinco defensores con la idea de que los laterales ataquen. Subían cada vez que teníamos la pelota, entonces Mascherano, siempre pensando más en nuestro arco que en el contrario (aunque hoy contra Nigeria le puso gran pase a Di María para el primer gol), se metía atrás entre los centrales, de manera que quedábamos sin referencia clara de salida por el medio del campo, y Maxi y Di María quedaban amontonados con Zabaleta y Rojo, Messi tenía que abajar hasta el círculo a buscarla… Sabella apostó por el desborde y no por la creación.
Mejoramos apenas con Irán, con Gago hay más salida y con Higuaín, si Messi baja tiene más terreno por la opción de pase a los dos puntas. Y mejoramos más hoy con Nigeria: con Irán Mascherano y Gago se quedaban como “últimos hombres del ataque”, sin avanzar ellos como opción de receptores, lo que tornaba al equipo predecible y estático, mientras hoy Gago se movió un poco más yendo a buscar devoluciones, y, sobre todo, Di María anduvo bien suelto para no solo ir al fondo contra la banda izquierda sino encarar la cancha de frente por el medio con la pelota al pie; incluso hizo fantasías con Lavezzi por derecha. Se supone que el equipo que no tiene la pelota se cansa más; pero como plantea el partido el equipo de Lionel, los delanteros nuestros, así como los “mediocampistas” (que en realidad no tenemos, porque Mascherano y Gago son contenedores, y Di María es un atacante jugando veinte metros atrás), tienen que moverse permanentemente para dar opción de pase y movilizar la estructura defensiva del rival, llena de hombres, para que muestre grietas por donde colarse. Agüero no lo viene entendiendo (tuvo dos jugadas buenaws, a lo más, en tres partidos), lo que es raro; Higuaín hoy jugó para el equipo. Como sea, a lo que voy es a que el cambio del planteo táctico, de Bosnia a Irán, modificó menos la creación de volumen de juego que el cambio actitudinal visto hoy ante Nigeria, el cambio modal: moverse, buscar, agitar para provocar posibles donde no los hay. Pasar la pelota pero no solo entre las posiciones programadas por la táctica; ya con Bielsa nos fracasó la ofensiva programática (de cuyo fracaso aprendió Pekerman). Pasar la pelota para tantear la defensa rival, sus líneas de ensamble, para que insinúe sus inconsistencias, lugares desde donde pegarle, puntos donde meter un sombrero o un pase en cortada, un pique corto… Todo esto no depende de dónde están parados los jugadores en el planteo, sino de cómo están donde están. Del ánimo. Confianza en la creación inmanente y atrevida por sobre la planificación calculada. Y esto solo se explica por el aliento que baja de las tribunas, esas tribunas que, a diferencia de lo que pensábamos hasta no muchos día atrás, no se limitan a gerentes, barrabravas y algún sacrificado que tuvo suerte en el sorteo (el sorteo, esa radical rotura del código futbolero de acceso al estadio operada por la FIFA), tribunas esas que no son solo las tribunas, sino el aliento traficado de manera complejísima por los cuerpos en complicidad, que envuelve la situación: estos pibes, nuestros jugadores, representantes de la patria futbolera, no lo viven en Europa; el Mundial les da eso, y nos los da a ellos hinchados.
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