Crack sin ruptura

por Juan Manuel Sodo - DPAC



En términos de transgresión: así procesa nuestra sensibilidad estética la genialidad; en términos de ruptura. El crack es el genio que viene a romper con algo. Como mínimo, con la normalidad de cualidades del resto. Como máximo, con el estado de cosas de un empate parejo. Pero hasta consigo mismo puede romper, el crack, en el mejor de los casos, haciendo estallar de novedad su propio historial. Ibrahimovich. Para no recaer en el Diez, piénsese en Ibrahimovich. Busquen goles y jugadas parecidas entre sí del sueco. De Román Riquelme. ¿Pero de Robben? ¿Y de Messi? ¿Cuántas veces le vimos a Messi hacer la apiladita del gol contra Bosnia?  Se sabe que lo va a hacer. El técnico rival lo sabe. También los defensores y el arquero. Y entonces es ahí cuando la agarra, agarra y decide que ya es hora de hacerlo de nuevo. Como si rompiera consigo mismo pero por la vía de lo cuantitativo, futbolista de básquet, genio de la repetición, máster en identidad, barrilete cósmico, recordman de lo igual. La lengua narrativo-futbolera no estaba acostumbrada a esto. La lengua narrativo-futbolera asociaba al distinto, al diferente, con el impredecible. Ese tipo que iba a hacer algo pero no se sabía qué. Y jugando para Colombia contra Uruguay hacía el primer gol de James. Una inquietud: si el transgresor nos conmovía, el genio de lo estable, ¿qué registro de emociones nos despierta? Aunque algo es seguro: si el crack viene a romper con algo es porque no está sino que viene, aparece. Otro es su régimen de presencia. Aparece, como en todos los partidos de este mundial ese distinto sin lengua que es Leo Messi.
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