Perder la forma humana: entrevista a Ana Longoni

por Verónica Gago


Ana Longoni es Doctora en Artes en la UBA. Es escritora e investigadora y una de las curadoras de “Perder la forma humana”. En una visita guiada para algunxs pocxs invitadxs, mientras se ve el río marrón de fondo, explica que la hipótesis con la cual empezaron a trabajar fue dividir en cuatro zonas las modalidades por las cuales el arte y la política en América Latina durante los años 80 entraron en relación: activismos artísticos, espacios underground, desobediencias sexuales y redes y solidaridades. Pronto esa división se mostró insuficiente: “nos dimos cuenta que era mejor enfocar las conexiones, resonancias, modos de hacer comunes, más que los territorios estancos”. Fue por eso que optaron por buscar por otro lado, por “conceptos transversales, muchos acuñados por los protagonistas de las prácticas, no introducidos por la teoría. Tampoco delimitamos por zonas nacionales. Hay incluso temporalidades distintas, entre países que están en dictadura y países en transición democrática. La afinidad es por conceptos-nudos”.

¿Y de dónde surge la noción de ¨imagen sísmica¨?

La imagen que esta investigación teje sobre los nuevos modos en que se entrecruzaron el arte y la política en América Latina en los años ochenta no pretende ser de ningún modo panorámica, exhaustiva ni representativa, sino que se presenta como un diagrama posible de las transformaciones y tensiones que atravesaron esa época. Su carácter sísmico remite al ejercicio de generar una imagen en la que colisionen múltiples temporalidades y territorios. Una imagen turbulenta que registra un estado de conmoción social que oscila entre el arrasamiento represivo y la emergencia de nuevas subjetividades. En la alusión al carácter sísmico de la imagen que esta investigación colectiva quiere componer reverberan tanto la aproximación del filósofo Georges Didi-Huberman a la obra del historiador alemán Aby Warburg como la conceptualización que propone Jacques Derrida sobre los “acontecimientos sísmicos” en Espectros de Marx (1993).

¿Qué tipo de innovación sobre lo que tradicionalmente se llama curaduría expresa la Red de Conceptualismos del Sur? ¿Cómo se manifiesta en esta muestra en particular?

La Red Conceptualismos del Sur, una plataforma internacional de trabajo, pensamiento y toma de posición colectiva surgida en 2007,agrupa a un conjunto de investigadores y artistas dispuestos a intervenir críticamente en los procesos de recuperación de la memoria de las prácticas poético-políticas surgidas en América Latina a partir de la década de los sesenta. Entendemos la curaduría como un laboratorio de activación de dichas experiencias. “Perder la forma humana” se inició hace cuatro años como proyecto de investigación aún en curso, del que forman parte 31 investigadores dispersos en distintas partes de América Latina. Esa condición ya marca algunas diferencias. La primera, no trabajábamos sobre lo que era visible o evidente, la superficie, sino que nos implicamos en un proceso de exhumación de documentos y registros que nunca antes habían ingresado a un museo. Al encarar episodios de los que no se sabía casi nada, lo hicimos sin saber muy bien adónde íbamos a llegar (ni nosotros ni el Museo Reina Sofía que corrió ese riesgo y apoyó el proceso). La segunda diferencia está dada por la condición necesariamente colectiva de esta elaboración, dada sus dimensiones, que implica también ensayar un modo de trabajo complejo, horizontal, difícil pero potente a la hora de llegar a acuerdos y establecer un vocabulario común. Esta dificultad es quizá el mayor hallazgo del proyecto: ayudar a poner en evidencia las relaciones de afinidad y contagio entre distintas experiencias aparentemente desconectadas entre sí, contrastarlas en sus proximidades, distancias o fricciones.

¿Cómo fue la discusión de la periodización política? ¿Cómo ¨fechar¨ se vuelve una práctica decisiva y cómo aparece el zapatismo?

Los ochenta  latinoamericanos están signados por las dictaduras y procesos de guerra civil y violencia de Estado, que implican la derrota de los proyectos emancipatorios que marcaron el horizonte de expectativas revolucionarias de la época anterior, y también de agotamiento de los modos en que se había practicado el encuentro del arte y la política. Decidimos comenzar el proyecto en 1973, año del golpe de Estado de Pinochet, que implica claramente una clausura no solo en Chile sino en todo el continente de esas expectativas radicales de transformación.  Hubo que reinventar la acción política con nada más que el propio cuerpo, sin estructura ni programa, desde la precariedad y el aislamiento, y a partir de soportes baratos y efímeros. Descubrir nuevos modos de comunidad, de estar con otros, y nuevos  modos de sexualidad, indisciplinados y esquivos a la norma. Luego de muchas discusiones, decidimos cerrar el período estudiado en 1994, año en que emerge el movimiento zapatista en México, porque allí se inaugura un nuevo ciclo de protesta global. La llamada “primera guerrilla posmoderna” supo articular muy bien la dimensión poético-política al  idear nuevos modos de lo posible. Si los años 60 fueron recuperados como escena mítica fundante de las prácticas artístico-políticas de ese nuevo ciclo, en cambio los años 80 habían quedado desdibujados y silenciados. Contribuir a trazar esa genealogía interrumpida fue un motivo más para iniciar esta investigación.
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