La multitud de todos los días

por Jon Beasley-Murray
(Traducción de Ana Fabbri exclusiva para Lobo Suelto!)


En el Manifiesto Comunista, Karl Marx y Friedrich Engels anuncian célebremente que “un fantasma recorre Europa”. Y en Imperio de Michael Hardt y Antonio Negri, un libro al cual Slavoj Zizek se refirió como “un Manifiesto Comunista para el siglo XXI”, se nos recuerda esta escena espectral que ahora, sin embargo, parece tener un alcance global: en las Américas tanto como en Europa, en el  Primer y el Tercer Mundos, “es medianoche en una noche de espectros”, nos dicen. Si algo cambió, entonces, es el número de apariciones fantasmales: no es una, sino varias. Al menos dos. Por un lado, está el nuevo modo supranacional de organización política y soberanía al que denominan “Imperio”. Y, por otro lado, existe un sujeto político compensatorio pero que es igualmente internacional, sin límites fronterizos, al que designan con el nombre de "multitud". “Tanto la creatividad inmaterial de la multitud como el nuevo reino del Imperio”, nos dicen Hardt y Negri, “se mueven en las sombras, y nada viene a iluminar el destino hacia el que nos dirigimos”. Pero en el caso del Imperio, a pesar de su carácter sombrío y misterioso, al menos podemos discernir sus huellas con bastante claridad en una serie de procesos que se desarrollaron desde la creación de las Naciones Unidas hasta el fin de la Guerra Fría y desde entonces. La multitud, en cambio, es particularmente difícil de aprehender. Es, como si dijéramos, el fantasma que recorre al fantasma del Imperio: un contra-fantasma de un “sujeto político […] comenzando a emerger en la escena mundial” (411). O como lo plantean en su libro siguiente -titulado, precisamente, Multitud – es “la alternativa viva que crece en el interior del Imperio”. Por mucho que nos encontremos en la sombra de la globalización y “bajo la nube de la guerra”, la multitud, sostienen, está en camino. Y sin embargo en cierto modo, cuanto más argumentan en favor de su actualidad, tanto más espectral parece: en respuesta a la crítica “Ustedes no son en realidad más que unos utopistas” declaran: “Nos hemos esforzado por demostrar que la multitud no es meramente un sueño abstracto e imposible separado de nuestra realidad presente sino que, al contrario, las condiciones concretas de la multitud se encuentran en proceso de formación en nuestro mundo social y que la posibilidad de la multitud está emergiendo de esa tendencia” (Multitud 226-27). Esto, de cualquier modo, no parece echar mucha luz sobre las cosas. Puede ser que la multitud tenga “condiciones concretas”, pero no permanece sino como una mera “posibilidad […] emergiendo” de una tendencia. Está perpetuamente “por venir”.

La multitud es la culminación, con su propio “telos”, de un proceso largo y tortuoso que condujo desde el “trabajador profesional” del siglo XIX pasando por el “trabajador masa” del fordismo y el taylorismo hasta el “trabajador social” del postfordismo (Imperio 409). La “formación de la multitud de trabajadores explotados y subyugados” también podría leerse “en la historia de las revoluciones del siglo veinte” desde 1917 a 1989 (394). Pero el rasgo peculiar que caracteriza a la multitud, en virtud del cual adquiere su aspecto más fantasmagórico, es que en cierto sentido estuvo siempre entre nosotros. Porque no sólo surge del Imperio; también lo precede. Si en algo consiste el Imperio, es en una respuesta a la emergencia de la multitud: “no es la causa sino la consecuencia del ascenso de estas nuevas potencias” (394). El Imperio es de algún modo la creación de la multitud, cuya “fuerza productiva [...] lo sostiene”, mientras que simultáneamente ocurre que ese mismo poder constituyente “exige y hace necesaria su destrucción” (61). En resumen, el carácter espectral de la multitud proviene del hecho de que extrañamente está  “por venir” y “ya siempre”. Es tanto la culminación del Imperio postmoderno como (en los términos todavía más claros con que lo plantea Negri en su libro Insurgencias) el origen de la soberanía moderna. Sus efectos y las condiciones de su emergencia están en todas partes a nuestro alrededor. Y sin embargo, la multitud como tal no está aquí. De hecho, es casi como si estuviera en todos lados menos aquí y ahora. Es tanto una presuposición y una fuente como un proyecto y un objetivo, pero no se hace visible en toda su plenitud mas que fugazmente en la dispersión de las insurgencias (desde Chiapas hasta Seattle) que estallan y se extinguen demasiado velozmente o son apropiadas por su enemigo imperial. Resiste a la representación, sí, pero Hardt y Negri a veces sugieren que solo lo hace porque no está aquí (todavía o ya no) para ser representada.

El problema de “la multitud ya desde siempre y futura” puede ser abordado, en parte, advirtiendo que Hardt y Negri se internan en dos registros diferentes. La multitud por venir es a menudo descripta como un “sujeto político” que comprende algo así como un programa político y demandas tales como la ciudadanía global y un salario social. “Tenemos que investigar específicamente”, sostienen, “cómo la multitud deviene un sujeto político en el contexto del Imperio” (394). O bien “¿cómo devienen políticas las acciones de la multitud?” (399). Mientras que el otro registro en el que escriben sería más filosófico, una interrogación de las presuposiciones ontológicas del orden social actual. Aquí, la multitud ya sería un sujeto, pero de diferente tipo: pre-político, o la encarnación de un poder que pone las bases pero sin aparecer directamente en el reino político. Aquí seguramente subsiste algo de la distinción tradicional entre clase en sí y para sí. Pero más allá de la noción bastante limitada de lo político que esta distinción implica –una limitación de la que en otro lugar y de otros modos Hardt y Negri  se desembarazan de manera consistente- se les escapa, además, un tercer registro, que podríamos llamar antropológico. Este terreno corresponde en medida mucho mayor a Paolo Virno, cuya Gramática de la Multitud investiga no únicamente la experiencia cambiante del lugar de trabajo sino, además, aspectos de “la vida cotidiana” tales como “la charla” y “la curiosidad” (88). Virno comienza a esbozar una fenomenología de la atención distraída, interesada en todo y en nada, que caracteriza (por ejemplo) nuestra experiencia contemporánea en internet. La descripción de la multitud que realiza Virno es más ambivalente y comprende más matices que la de Hardt y Negri, pero se queda en un mero esbozo. Lo conduce a un examen breve de lo que llama “tonalidades emocionales” de la multitud, entre las cuales destaca “el oportunismo, el cinismo, la integración social, las retractaciones incansables, la resignación animada” (84). Pero esto es sólo un comienzo. Lo que necesitamos es una etnografía afectiva mucho más exhaustiva de lo que podríamos llamar “la multitud de todos los días”, que se distinga tanto de la multitud filosófica como de la (más estrictamente) política que Hardt y Negri impulsan consistentemente. Esta es la multitud en tanto “común”: no tanto en los sentidos filosófico o político del término, como una relación particular con las relaciones de propiedad (por ejemplo) que no es privada ni pública; sino como en “ordinario”, ubicuo, común y corriente, una segunda naturaleza. Es lo que se pasa por alto, lo que a menudo pasa desapercibido. No obstante es lo que la teoría política aún podría aprender de los estudios culturales, cuyo movimiento fundacional en el trabajo de Raymond Williams y otros consistió en atraer nuestra atención hacia los entresijos ocultos de las costumbres cotidianas.

De modo que así como Williams comenzó su ensayo pionero, “La cultura es algo ordinario”, con la historia de un viaje en colectivo (desde la catedral de una ciudad del Sudoeste de Inglaterra hasta la frontera montañosa del Sur de Gales), permítanme ilustrar todo esto con una anécdota basada en mi propia experiencia que también es una historia de viaje. Quizás pueda hacer las veces de alegoría o de parábola (autocrítica) acerca de lo que tendemos a pasar por alto en nuestra búsqueda de la multitud por venir. A finales de diciembre de 2001, justo antes de Año Nuevo, se dio la casualidad de que me encontré en Buenos Aires para pasar la noche. En verdad, no se trató más que de un cambio de planes que se extendió de manera extraña: estaba viajando desde Nueva Zelanda hacia Chile, pero la conexión me dejó con alrededor de quince horas en Argentina. En vez de quedarme en el aeropuerto, se me ocurrió que iría a buscar un hotel barato al centro de la ciudad. Tomé un taxi y terminé en la calle Florida, no lejos de la plaza San Martín. Era una tarde abrasadora de domingo, pero después de deshacerme de mis valijas decidí salir a echar un vistazo. Argentina había estado en las noticias, después de todo, aunque como yo pasaba unas vacaciones familiares en Nueva Zelanda, no me había concentrado particularmente en lo que ocurría. Pero había visto imágenes de manifestaciones y de disturbios, como consecuencia de los cuales había renunciado el Presidente. Existían rumores de movilización continua y de conflictos callejeros. Mis parientes habían estado mirando las noticias televisivas más de lo que yo lo había hecho, y me expresaron algunas preocupaciones acerca de mis planes de viaje. “Voy a estar bien”, les dije. Y ahora que estaba en Buenos Aires, me di cuenta de que había llegado el momento de ver qué era lo que estaba ocurriendo. Me dije a mí mismo (y después a otros), sólo en parte bromeando, que estaba en busca de la multitud. Así es que deambulé por la calle en dirección a la plaza principal -la Plaza de Mayo- y la Casa de Gobierno -la Casa Rosada-. No me cabían dudas de que si efectivamente se estaban produciendo manifestaciones, allí era donde iba a encontrarlas. Después de todo, la plaza había sido por mucho tiempo el sitio icónico de la rebelión popular y la protesta, desde las demostraciones tumultuosas del 17 de octubre de 1945 que fundaron el mito del peronismo como movimiento contra el orden social, hasta las rondas semanales de las madres de los desaparecidos durante la dictadura de 1976-1983. La plaza de mayo también es, desde una perspectiva más compleja, el lugar en el que históricamente se representa la dramaturgia del Estado. Pero para llegar allí, primero tuve que caminar a lo largo de la calle Florida: el corazón comercial tradicional de Buenos Aires, famoso como destino turístico, un camino público peatonal flanqueado por cafés y tiendas que venden prendas de cuero y similares, con numerosos kioscos en los que pueden comprar suvenires y postales. Con frecuencia se encuentran bailarines de tango u otras formas de entretenimiento callejero. Este día no era notablemente distinto de ningún otro –la calle estaba concurrida y activa, casi atestada con gente moviéndose al ritmo de sus rutinas cotidianas- pero yo tenía confianza en que las cosas serían distintas al llegar a  la plaza. En el camino, el único signo de los recientes disturbios que encontré fue el hecho de que los bancos más importantes estaban cerrados con tablas, con grafitis  en las carteleras protestando contra los “chorros” o los “ladrones”. Después de todo, las manifestaciones habían emergido en su pleno vigor con el así llamado “corralito”, por el cual se les prohibió a los ahorristas el acceso a su propio dinero, el cual fue al mismo tiempo masivamente devaluado cuando el gobierno abandonó el esfuerzo por fijar el peso argentino al dólar. Esto era, entonces, el detritus de la convulsión en curso, como si dijéramos las huellas de la multitud espectral que ansiosamente anhelaba encontrar. Pero cuando finalmente llegué a la plaza, no había ninguna señal de las muchedumbres que habían destrozado las ventanas de los bancos y desfigurado sus paredes. No había casi nadie. La plaza estaba vacía.

Un poco decepcionado, después de deambular brevemente por las calles, emprendí mi regreso al hotel. Estaba cansado después de mi vuelo trans-Pacífico, y tenía que levantarme a la mañana temprano para regresar al aeropuerto para el siguiente tramo, a Santiago. Tomé una ducha rápida, programé la alarma y rápidamente me quedé dormido. Lo próximo que recuerdo, sin embargo, es que estaba despierto  mirando la hora y parecía que me había quedado dormido. Eran las diez en punto e iba a perder mi vuelo. Rápidamente, me vestí, reuní mis cosas y bajé la escalera trastabillando, sólo para encontrar que la gente de la recepción me observaba de una manera un poco extraña. Lentamente me fui dando cuenta de que eran sólo las diez de la noche, en vez de la mañana siguiente como había creído, y por lo tanto había estado en la cama nada más que un par de horas. Sintiéndome un tonto, subí de vuelta con mi equipaje por la escalera. Pero ahora ya estaba levantado, y a decir verdad bastante hambriento. Así las cosas, decidí salir a comer algo. Ya en la calle pasé por un kiosco en el que el dueño y un par de parroquianos estaban pegados al televisor. Seguí caminando hasta doblar en la esquina hasta llegar a un restaurante casi desierto, donde ordené algo para comer y una cerveza. Nuevamente, el televisor estaba encendido y los mozos, sin mucho de qué ocuparse ya que yo era casi el único cliente, estaban arracimados, mirando intensamente la pantalla. Lentamente entendí lo que estaba ocurriendo: una conferencia de prensa en la cual el entonces presidente de Argentina, Adolfo Rodriguez Sáa, quien había asumido el cargo apenas la semana anterior, anunciaba su renuncia. Al mismo tiempo también se informaba que el siguiente en la línea presidencial, el Presidente del Senado Ramón Puerta, renunciaba del mismo modo. La presidencia del Senado recayó entonces en el presidente de la Cámara Baja. Después de un rato de mirar junto con los mozos, pagué rápidamente la cuenta, volví al hotel, pasando de nuevo al grupo del kiosco, que todavía absorbían las noticias de la TV. Algunas horas después tomé un taxi hasta al aeropuerto y volé fuera del país. Durante las menos de veinticuatro horas de mi estancia en Argentina, se habían sucedido tres presidentes. Pero (aparentemente) ninguna multitud.

Nada de esto intenta sugerir que no hayan existido, por supuesto, manifestantes enojados en la Plaza de Mayo, tanto antes de mi visita como en el transcurso de las semanas y meses posteriores. Lo que a veces se conoció como el “Argentinazo” permanece como un momento culminante de las movilizaciones que condujeron a los así llamados “Giros a la Izquierda”: la instalación de supuestos gobiernos de izquierda como los de Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, y Néstor y Cristina Kirchner justamente en Argentina. El eslogan del momento, “Que se vayan todos” todavía resuena, quizás ahora en la desilusión provocada por muchos de esos regímenes, en  medida no menor el de los Kirchner. Esas demostraciones de fuerza, en Buenos Aires pero también en Caracas y Cochabamba y en otros lugares, transformaron el paisaje político de la región, al menos brevemente, parecieron anunciar la emergencia de un sujeto político conforme al vislumbrado por Hardt y Negri. Y hay huellas de ese sujeto que todavía permanecen, no importa cuán espectralmente, en las manifestaciones continuas ahora tan frecuentes como no dirigidas contra la izquierda en el poder –durante los últimos doce meses, de manera más evidente quizás en Brasil. Entender esos movimientos y afirmar su poder constituyente es un aspecto vital de nuestro rol como intelectuales y activistas. Todavía queda mucho por hacer en la región, y es ocioso sugerir que esto involucra meramente la defensa de los regímenes en el poder sin importar en qué medida (como en Venezuela, por ejemplo) son igualmente objeto de cólera por parte de la clase media o de los nuevos oligarcas de los medios. No es “ultraizquierdismo” mantener viva la memoria de los deseos y demandas encarnadas en momentos como diciembre de 2001 en Argentina; es simplemente fidelidad a una visión expandida de la política, a lo que Jacques Rancière llamaría política como opuesta a la policía de las fronteras de lo que cuenta como lo político. Pero si miramos siempre a la multitud por venir, corremos el riesgo de pasar por alto las actividades ordinarias en las cuales ese tipo de demostraciones están integradas y a las cuales los manifestantes regresan consistentemente.

Este es precisamente el espíritu de la fidelidad a una concepción expandida de la política, como la región de la parte ignorada de los que no tienen parte, que deberíamos transformar en lo común y corriente. La multitud de todos los días experimenta y sufre muchas tipos de interacción, con toda la variedad de afectos en los que ellos incurren: curiosidad, pero también aburrimiento y desafección de bajo nivel; júbilo, pero también placeres más simples y rutinarios; ira, pero también formas de frustración y de irritación más apacibles. Estas interacciones están entrelazadas, pero nunca en una sincronización total, con transacciones comerciales como las de la calle Florida, con momentos de compañerismo social como mirar televisión con otros/as, y con la rutina del lugar de trabajo como en un turno laboral lento para un mozo. Reflexionar sobre esta fenomenología de la vida cotidiana, en la tradición de los estudios culturales pero con conceptos y categorías renovados (multitud por pueblo, afecto por emoción, hábito por opinión, posthegemonía por hegemonía) contribuye a restaurar una concepción completamente materialista de los modos en los cuales los cuerpos interactúan tanto físicamente como (de manera no menos material) virtualmente, en la calle y (digamos) las redes sociales. Los cuerpos pueden encontrarse unos a otros de maneras sorprendentes y con resultados inesperados, y de hecho siempre hay algo excesivo e innombrable en ese tipo de encuentros.  Pero lo que es excesivo y recalcitrante para el discurso es igualmente verdad para los encontronazos casi (pero quizás sólo casi) predecibles y regulares entre los cuerpos (en el aeropuerto, en un hotel) incluso los ausentes y sus encuentros fallidos (en la plaza, en las escaleras) que dan surgimiento a una tarde y noche de domingo abrumadoramente ordinarios, sin importar cuán rodeados estén por escenas de crisis e insurgencia, o escandidos por las imágenes televisivas del derrumbe de un gobierno. Pero pienso que sostener que esto es de algún modo no político es un error. Antes bien, un énfasis en lo cotidiano aumenta nuestro sentido de la composición en toda su comunidad de un sujeto emergente pero también pre-existente, sus pequeños obstáculos y victorias cotidianas que yacen detrás y son reforzadas (y al mismo tiempo complicadas y debilitadas) por los desafíos mayores y las expresiones más dramáticas que deslumbran los ojos de aquellos con una visión más romántica de la multitud.

Ponencia presentada en el Congreso de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA) 
Chicago, Mayo de 2014
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