Carta Abierta al pensamiento

Por Raúl Cerdeiras


No soy quien para juzgar a los compañeros que suscribieron la última Carta Abierta. Porque tanto ellos como esta pequeña apuesta en que se sostienen las palabras que voy a escribir, soportan las inclemencias de un vacío producido ante nuestros ojos consistente en el desmoronamiento del ideal emancipativo del comunismo y la feroz consecuencia de la mundialización del capitalismo. El comunismo fue el primer proyecto político laico que afirmó la posibilidad de liberar a la humanidad en su conjunto de toda dominación, poniéndolo efectivamente en marcha; el capitalismo realiza por primera vez un tipo de sociedad que cubre, atenaza, atraviesa y condiciona, directa o indirectamente, a toda la humanidad. Vivimos en el “entre” que se ha formado, por un lado, por la  caída de una Idea política universal de emancipación y, por el otro, por la instalación universal de un sistema de explotación salvaje que arrincona a la condición humana hasta reducirla al simple anhelo de sobrevivir a cualquier precio. Estamos en el medio de dos universales, pero intrínsecamente diferentes, no sólo por su contenido (emancipación vs. dominación) sino por el significado mismo del término universal.

Pese a todo, ante semejante circunstancias, ¡qué antigua resulta la Carta Abierta n°14! Ella se anuncia diciendo que “vivimos tiempos de urgencia y de esperanza”. Sin duda la devastación que ha sufrido el pensamiento político emancipador es muy profunda. ¿Cómo puede ser que en el 2013 se siga navegando en una gelatina compuesta con las imágenes de un populismo de la década del 50 entreverado con un marxismo lavado e históricamente agotado? ¿Podemos seguir esbozando discursos políticos que coquetean con la palabra emancipación en los que se mezclan una rémora de nociones, imágenes, figuras, frases, slogans, etc. que corresponden a un pasado hoy inerte? Los gobiernos progresistas de América Latina ¿están ratificando lo que en su momento dijo Marx que los hechos y personajes de la historia se producen dos veces: “una vez como tragedia y otra vez como farsa”? ¿No es hora de abrir una nueva etapa y “dejar que los muertos entierren a sus muertos”? ¡Si, es hora! Y ese es el lugar en el que me ubico para dialogar con los compañeros de Carta Abierta, sabiendo que entre las cosas que hay que enterrar hay muchas que pertenecen al mismo Marx y sus descendientes, pero para dar un paso más, es decir, para inventar y proponer nuevos trayectos políticos que se inscriban en el horizonte que él abrió para siempre. Además, aspiro a que me escuchen como uno más que acepta la invitación que hacen para “convocar a compañeros que buscan destinos similares a los nuestros y permanecen fuera del proyecto”.  El único destino que nos acerca es una palabra que usamos en común: emancipación.

Alrededor de esta palabra, que es una idea latente en busca de una nueva significación, se juega el destino político de la humanidad. Parto del supuesto que ustedes no se suman a la legión que comanda el capitalismo más salvaje que ha sustituido, para mejor dominar a los pueblos, esa palabra por la de gestión. Pero tampoco soy tan ciego para no comprender que el gobierno de la década Kirchnerista esta enterrada, y para mí absolutamente maniatada, dentro de la lógica de la política entendida como gestión. Aquí parece abrirse un inmenso abismo, sin embargo debemos encontrar el terreno de las dificultades comunes que tiendan puentes. Eso obliga a delimitar el ámbito de las cuestiones sobre el cual verter nuestras ideas.

La historia como tragedia.

En América Latina en la década de los sesenta cuando los jóvenes nos asomábamos a la política encontrábamos un mundo solidamente conformado alrededor de dos opciones: el capitalismo o el comunismo. Eso no significaba que del lado revolucionario había paz, nada de eso. Las discusiones en ese territorio eran intensas pero las unificaba un eje en común. Las organizaciones debían ser vanguardias del pueblo (pero se discutía el tipo de organización y la composición de clase de ese pueblo); la toma del poder del Estado era el fin absoluto para todos (pero se discutía las formas de capturarlo); desde el Estado conquistado comenzaría la ardua tarea de cambiar la sociedad en una nueva llamada socialista (pero ya se adelantaban discusiones basadas en las experiencias de diversos países para llevar esa tarea adelante). El influjo de la Revolución Cubana fue decisivo para que la lucha armada pasara a ser el núcleo de todas las aspiraciones revolucionarias. Una de esas corrientes, Montoneros, resulta de un proyecto de articular al pueblo, esencialmente al proletariado encarnado en el peronismo proscripto, con las ideas marxistas. Muchos, yo entre ellos, formamos parte de ese aluvión político-militar desde diversos lugares. Como toda lucha de ese tipo abrazó la gloria, los errores y también las miserias. No me arrepiento. Ese intento ya había fracasado políticamente antes de ser exterminado militarmente. Políticamente, por la gestión del Estado democrático que hizo Perón (expulsión de la Plaza de Mayo de la juventud maravillosa) y militarmente por el Estado dictatorial. Fin de la historia como tragedia.

En vísperas del desmoronamiento del “campo socialista” y el fin de la “Revolución Cultural” de Mao, las dictaduras militares desde la griega y las de toda nuestra región, al mismo tiempo que aniquilan todos los intentos subversivos abren las economías de sus países para que se establezca la primera cabeza de puente de lo que luego sería el desembarco neoliberal. Jimmy Carter hace girar toda la política exterior de su país poniendo como principio de su accionar diplomático la Defensa de los Derechos Humanos. Luego viene el Consenso de Washington, la caída del Muro y la oleada antitotalitarismo en nombre de la Democracia. Desde ese momento la política se divorcia de la emancipación y se fusiona con la gestión, y la única elección real que imponen los amos del mundo en el campo de la política es la disyuntiva entre dictadura o democracia, esta última presentada piadosamente como el mal menor. Simultáneamente se anuncia el fin de la Historia, de la Filosofía, de las Ideologías, etc. La mesa está servida: entramos en la era posmoderna del capitalismo mundial cuya estandarte reza: vive sin ideas.

Los jóvenes que se asoman a la vida política en la década del ochenta encuentran activo otro cuadro político. El tema central es la transición de la dictadura a la democracia. La juventud se viste de color morado y su líder es Alfonsín. Empieza a consolidarse el sistema político de la Democracia, y una inmensa cantidad de intelectuales que veinte años atrás se proclamaban revolucionarios, vuelven de su exilio (no solamente los exiliados) y pasan por el altar de la Democracia a confesar y arrepentirse del pecado de haberse sumado a la locura totalitaria. Y en ese gesto también arrojaron al fondo de la historia, con en el paquete que decía “totalitarismo”, a la idea misma de la emancipación. “Antes queríamos cambiar el mundo, ahora nos conformamos con arreglar el jardín de la vereda”, se le oyó decir a muchos.

Cada uno a su manera, tanto Galtieri como Alfonsín no captaron la esencia del nuevo tiempo político que se abría en el mundo. El primero pensaba que como brazo armado de la destrucción de la subversión, al momento del manotazo de ahogado de invadir las Malvinas los EE.UU le harían un guiño y mirarían para otro lado. Mientras  Alfonsín, que aturdía gritando todas las cosas que se podían hacer con la Democracia (comer, estudiar…etc. etc.), en plena inflación motorizada por la ley inflexible del capital, confesó que le fue a hablar a los empresarios con el corazón y le contestaron con el bolsillo. Tuvo que irse más pronto que ligero. Galtieri no entendió que el momento de la limpieza había terminado, que para la mundialización del capitalismo era imprescindible el consenso democrático. Alfonsín (¿ingenuo?) nunca se percató que la Democracia no es otra cosa que la Democracia S.A, es decir, la forma política de administrar y gestionar los intereses y conflictos de la globalización en expansión. Comienza a montarse el escenario para representarse la historia como farsa.

Creo que el lapso que va desde la transición a la democracia (vía Alfonsín) seguido de la transición al neoliberalismo sin trabas (por la vía de Menem) anudado entre ambos en el Pacto de Olivos, es crucial. ¿Por qué? Porque toda la clase política y sus intelectuales progresistas compraron y aceptaron sin beneficio de inventario, un proyecto de estructuración de la política destinado no a la transformación sino a la administración de la realidad. Ante la esterilidad y el desamparo en que habían quedado, tanto las izquierdas revolucionarias como el populismo que se pretendía con capacidad de ruptura, en vez de encarar una revisión de toda esa secuencia hasta llegar a sus raíces, algunos se empecinaron en seguir encerrados en la vieja doctrina (la izquierda retórica) y otros se alistaron en el horizonte que proponía el balance que la derecha hizo del siglo XX. El populismo ahora pasa a ser nacional y democrático.

Otros pocos decidieron (me incluyo) encarar un análisis lo más profundo posible de los fundamentos del proyecto político que nace en el Manifiesto de 1848 hasta su agotamiento pero rechazando de plano el pescado podrido que vendía el capitalismo bajo el ropaje de elegir entre dictadura o democracia.

La historia como farsa.
Cuando la juventud de nuestro país se asoma a la política en la primera década del año 2000, se encuentra con una situación inédita: no se le ofrece nada para elegir. Ni capitalismo o comunismo; ni democracia o dictadura. Tiempos difíciles: no se puede elegir ¡no queda más remedio que decidir! En diciembre del 2001, la muchedumbre mezclada sale a tomar las calles, como el fogonazo de un relámpago, una serie de luchas no tradicionales que se venían sosteniendo se arremolinan en un confuso y tenso escenario pero destinado a dejar varias huellas para el futuro  entre ellas, quizás la más profunda, portadora de inquietantes interrogantes: “¡que se vayan todos y no quede ni uno solo!”

Es este el primer dato real incontrastable que en la política tal cual funcionaba algo había concluido. No estuvimos a la altura de los acontecimientos. Toda la diferencia que tengo con el Kirchnerismo y los intelectuales que honestamente promueven su proyecto, es que ante el nuevo presente político que abrió los sucesos de diciembre del 2001, creo que esa huella debe ser sostenida como imborrable, en el sentido de tomarla como punto real de referencia para desplegar e inventar todas sus posibilidades; mientras que Kirchner considerará un trofeo mayor de su política haberla borrado. Llamamos a esa política el producto de un sujeto reactivo, sin duda diferente al que pudo haber desatado un sujeto oscuro una de cuyas muestras es la masacre del Puente Pueyrredón instrumentado por el Dhualdismo.

La derecha y el orden constituido cambian su táctica y su discurso en momentos en que un nuevo presente emancipativo los amenaza. También parecen reconocerlo ustedes cuando hacen referencia a la ilusión de un capitalismo humano y  que el fin del ciclo de los estados de bienestar fue revelador de que se trataba de una “estrategia” frente al mundo socialista. Debería profundizarse el alcance de este argumento, puesto que no solo era una competencia con el mundo socialista, había algo más peligroso para el reino del capitalismo. Después  la Segunda Guerra, con un capitalismo debilitado y el ascenso del fantasma del comunismo montado en las rebeliones obreras de Europa, se desata la última oleada revolucionaria comandada desde el Tercer Mundo. China y su Revolución Cultural, Cuba, el Che, Argelia, Lumumba, Allende, Indochina, Vietnam, etc. etc. El imperialismo desparrama para ahogar ese nuevo presente político en Europa, primero el Plan Marshall y luego monta el Estado de bienestar; y en América Latina la Alianza para el Progreso. Eran sujetos reactivos. El sujeto oscuro emergía según las circunstancias, como por ejemplo la invasión militar a Cuba, etc. Finalmente, se comprobó que a la larga el sujeto reactivo no es un dique seguro respecto a las fuerzas oscuras y que finalmente terminan trabajando para ellas, o preparando el terreno para que puedan restaurar sin medias tintas su dominio.

La farsa consiste que en el 2000, las fuerzas políticas que 40 años atrás, trabajando en el interior de una lógica revolucionaria plenamente vigente en el mundo (Marx-Lenin-Mao, articulada con las variantes nacionales), hoy reaparecen en el escenario para representar un simulacro de ese pasado. La farsa consiste en disfrazar con los antiguos ropajes de una epopeya pasada a una política ahora destinada a sofocar  (borrar la huella, apagar el incendio) un nuevo presente que sigue estando a la espera de su propio e inédito despliegue.

Sin embargo la carta afirma que la década Kirchnerista “se atrevió a desafiar el orden establecido” y que se “abrió una grieta en esta humanidad desolada”. Y aquí está la braza candente de una disputa política que sería desastroso no enfrentarla abiertamente. Porque es en el acontecimiento del 19/20 de diciembre de 2001 que se abrió una grieta y se desafió al orden establecido. Por el contrario, el kirchnerismo produjo con su política “reparadora” no solo el necesario socorro a las víctimas del desastre neoliberal, sino la reparación integral del sistema político y económico de nuestro país. Esto significa: la política entendida como la gestión dentro del sistema democrático y apresada en el dispositivo del Estado; y la economía como sinónimo del desarrollo del capitalismo. Democracia y capitalismo, así de crudo.

Entonces la farsa puede peligrosamente volverse una tragedia pero esta vez sin tragedia. La juventud, decíamos, no tenía al comienzo de este siglo nada que elegir, pero Kirchner parece decirles que no había nada que elegir por que la política estaba ausente y ahora volvía. Pero lo que se les entregó como el renacimiento de la política no es otra cosa que los restos funerarios de un pasado de la política agotado, y junto con ellos, los emblemas del poderoso Mundo Libre de Occidente: democracia y capitalismo, así de crudo. Tan crudo como decir que el kirchnerismo intenta dar una batalla (con un aroma de liberación) cuarenta años después contra los dueños del mundo, pero con las armas que le dan esos mismos amos, que son el resultado de su triunfo de hace 40 años.

Miremos la política real tal como se muestra alrededor de su acto sublime: las elecciones. Cumple al pié de la letra las exigencias que imponen los recalcitrantes enemigos. Basta observar una tira de propaganda de todos los partidos para sentir una sensación de repugnancia e indignación, que hace renacer el deseo de gritar nuevamente “que se vayan todos y no quede ni uno solo”. Es la prueba aplastante de la esterilidad de todo este andamiaje de la Democracia S.A., de la manera en que se maniata toda capacidad de decidir, pensar y actuar autónomamente a la gente. Transforman al pueblo en simples animales vivientes encerrados en el corral de la Democracia S.A., y los políticos sonrientes subidos en las empalizadas ofreciendo “lo que la gente quiere”: ser feliz. Una felicidad hecha de seguridad, salud, comida, educación, familia, bienestar, proyectando una nación cada vez más grande y…etc. ¡Si quieren todo eso, vótenme! afirman con gesto adusto y firme. Ustedes solos no pueden hacer casi nada, parecen decirle, porque no tienen el poder que a nosotros nos da el Estado. ¿No se enteraron que volvió la política? ¡Alegría: sí, volvió! Ahora el Estado se ha convertido en un arma que puede poner orden y límites a todas las injusticias que se desparraman por el mundo. Por fin, exclaman, ¡un mal menor ilumina nuestro horizonte! Después de todo esto, cualquiera que sean los resultados, nadie, absolutamente nadie, dejará de decir que ha sido “un triunfo de la democracia”. Es la única verdad que la casta política pronuncia en estas circunstancias.

Una revolución copernicana en las políticas de emancipación.

Se que suena grandilocuente pero estoy convencido que vivimos tiempos de re-fundación. Hoy algunos síntomas recorren el mundo que nos comprometen aún más a prepararnos para producir y recibir una nueva experiencia de pensamiento y acción política cuyas formas apenas si podemos balbucear. He llegado a algunas conclusiones y desde ellas intentaré articular este diálogo que supongo difícil pero fraterno.

La primera liberación es la que tenemos que hacer nosotros mismos respecto a una vieja matriz que ha condenado a la política que se pretende emancipativa a quedar atada y dependiendo férreamente de fuerzas sociales ya preconstituidas y del Estado como su lugar de ejercicio natural. Una revolución copernicana es sacudir profundamente esa idea que parece tan evidente para todos como lo era en su momento la certeza de que la Tierra se hallaba inmóvil y el sol, junto con el resto de la bóveda celeste, giraba a su alrededor.

La idea es sencilla, se trata de afirmar la autonomía de la política. Considerar que su capacidad de transformación depende de que no esté sujeta al tejido que impone el régimen social dominante (el capitalismo) y debe renunciar a pensar que el Estado es un instrumento de transformación si está en manos de revolucionarios o de regresión si lo manejan las fuerzas conservadoras. El Estado, que ha sido la tumba de todas las revoluciones del siglo pasado, tiene una sola función: garantizar el orden establecido, apenas si le hace cosquillas quien lo ocupe. Una fórmula se ha acuñado para sintetizar esta idea: la política no es representativa y debe practicarse a distancia del Estado.

La idea es clara pero las consecuencias son tremendas. ¿Porqué la política tiene que repetir eternamente la misma cantinela de los partidos y sus programas, la representación, el voto (o las armas) para llegar al Estado? La experiencia debería ser suficiente como para sacar la conclusión de que esa vía es el fracaso, la impotencia: nunca la humanidad ha estado tan aplastada política y económicamente como en nuestra época. Nuevamente mi pregunta acompaña el desafío hecho en su momento por Marx, cuando afirmaba que “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro el  de los vivos”,  y se indignaba al ver que cuando los vivos “se disponen precisamente a revolucionarse y a revolucionar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionarias” entonces se conjuraban todos los espíritus del pasado para abortar este nacimiento vistiéndolo con los antiguos ropajes. Lo que vino después del 19/20 de diciembre del 2001 puede ser un caso emblemático de esta conjura del pasado. Pero el mundo no cesa de manera cada vez más testaruda de ofrecernos esas explosiones de presencias en las calles apuntando no tan directamente al sistema de explotación capitalista sino a las formas políticas que la apuntalan y administran.

Desarticular el sistema capitalista global que nos tiene atenazados en cuanto a nuestra subsistencia inmediata resulta una tarea casi imposible (ni tampoco es seguro que nadie esté en condiciones de controlar sus complejos dispositivos y sus efectos). Pero distinta es la posibilidad que cualquiera tiene de intentar pensamientos, organizaciones, luchas, etc. que vayan abriendo otra subjetividad política, otras experiencias que debiliten el armazón político establecido y vayan creando nuevos. Por dar un solo ejemplo, una huelga general es algo que el capitalismo asimila sin mayores problemas, pero –hagamos casi ficción– una abstención masiva de votantes puede conmover el andamiaje de la legitimación del poder y, además, la subjetividad que debe acompañar esa decisión implicará sin lugar a dudas una nueva mirada política de la situación. No es una propuesta, es algo que debe pensarse. No se trata de construir formas económicas “autónomas” en las orillas del capitalismo, sino de inventar políticas autónomas a la lógica del capital (es decir, liberar a la política de su determinante en última instancia) y situarla a distancia del Estado. Esta autonomía de la política no puede sino desembocar en un tercer principio en el cual recostar esta revolución copernicana. Es la afirmación de que la política es un pensamiento. Sí, la gente piensa, y es ese pensamiento el que crea una secuencia política, mínima o no. Por eso un pensamiento político no es para nada un conocimiento riguroso de una realidad política que se supone objetiva, como si fuera una montaña y los políticos geólogos que la escudriñan. No, la política es el pensamiento mismo de lo que se declara como político a lo largo de su historia. Es una invención, no una revelación. Pero ese pensamiento conlleva una práctica, una organización y una disciplina respecto a sus consecuencias. Finalmente, lo que no es sino un punto de partida, se lo puede resumir así: La política es un pensamiento autónomo de la red que organiza los lazos sociales y del orden político que organiza el Estado, y es por eso que tiene la capacidad de procesar ideas y practicas emancipatorias.

Política  o gestión: el nudo real de la cuestión.

Si hablamos de proyectos de liberación cabe hablar de política. Si se trata de administrar desde el Estado la realidad tal cual es, entonces la palabra política debe dejar su lugar y en su reemplazo hay que decir gestión. Cuando una política de emancipación se pone en marcha, cabe hablar de políticas reactivas  (o democráticas) y políticas oscuras (o fascistas). El mando afirmativo y creador pasa al campo de las políticas de rupturas que son las que  obligan a que el orden constituido se defienda por vía de estos dos sujetos políticos: el reactivo y el oscuro.

Reivindicando en este punto preciso a Borges –que decía que la democracia es un abuso de la estadística– creo que en un futuro no muy lejano si irrumpen experiencias políticas revolucionarias respecto al formato hoy vigente, se va a empezar procesar una distinción entre ser un estadista y hacer política. Llamaremos “estadistas” a esa clase encaramada en la gestión gubernamental del Estado, sabiendo que el núcleo central de su acción será el contenido real de una política que no podrá ser pensada ni practicada con los parámetros propios de una medida de gobierno. Después de todo un estadista no es otra cosa que una persona versada en los negocios concernientes a la dirección de los Estados, mientras que estadística es el recuento de la población y de los recursos naturales, industriales o de cualquier otra manifestación de un estado, provincia, etc. Asombrosa coincidencia que entregan los diccionarios. Y todo esto regido, lo sabemos, por el número.

El capitalismo mundial obtuvo un triunfo de consecuencias funestas al lograr que la palabra política quede diluida en aquello de lo que es una política. Liberan  así el cuchicheo ensordecedor propio de toda gestión: política de transporte, política de seguridad, política económica, política sanitaria, etc., etc., pero jamás política política, es decir, la política en la afirmación de su autonomía y potencia transformadora. Por supuesto que las medidas que toma un gobierno son importantes pero la evaluación de las mismas debe ser política. Si abandonamos este principio entonces nos entregamos encadenados a las pretensiones de los que nos dominan que no cejan de insistir en que, al revés, toda política sea valorada por la gestión.

En el plano de la gestión de los intereses inmediatos de la población hay medidas que benefician a un sector o a otro. El interés y el beneficio junto con el reconocimiento de derechos, son los parámetros más importantes que se ponen en juego al momento de evaluar una gestión con los recursos que son los propios de la lógica gestionaria.

Pongamos por caso el matrimonio igualitario. Desde el punto de vista del reconocimiento de los derechos de las minorías y la igualdad ante la ley, es una medida progresista porque progresa hacia ese objetivo frente a los que piensan lo contrario, es decir, los conservadores. Pero la ideología política que se promueve es, desde una visión emancipativa, reaccionaria. ¿Por qué? Porque es totalmente concordante con el fortalecimiento de la institución familia, abortando toda la fuerza que tuvieron las luchas de hace 30 o 40 años de las “minorías sexuales” que buscaban subvertir la institución de la familia y no adaptarse y ser reconocidos como parte de la misma y sus derechos. Y, además, es plenamente coincidente con uno de los caballitos ideológicos de la posmodernidad neoliberal que se llama el multiculturalismo, que es la reducción de toda política al reconocimiento de los derechos individuales y de las diversas identidades. Si hoy estuvieran activas las luchas que en otro tiempo llevaron adelante Foucault, Leo Bersani, etc., esta ley sería conservadora. Estamos festejando un mal menor, las ruinas de una lucha que seguro renacerá por otros medios.

Mis conclusiones son tres: a) si una gestión no encuentra ningún otro obstáculo que otra gestión entonces tenemos un reforzamiento pleno del orden; b) nada impide que gobiernos fascistas puedan gestionar medidas progresistas, (la reactivación de la industria y la inclusión de miles de desocupados producto de la derrota de Alemania y la crisis del 30, fue decisivo para consolidar al nazismo en el poder); c) un programa de medidas progresistas, en especial económicas, puede inclinar ideológicamente a la población hacia posiciones de derecha. Este es el caso nuestro, según interpreto los resultados electorales del 27 de octubre. ¿Qué puede ambicionar una clase media que quiere consolidarse (se habla de 9.000.000 de ascendidos a esa condición) como tal, sino defender el bolsillo (inflación) o que no se lo roben (seguridad)? ¿Por qué será, como dice siempre el gobierno, que los que se quejan son aquellos que les van bien?

Finalmente, mi anhelo sería que los compañeros que invitan a dialogar sinceramente, estén dispuestos a salir de la impronta ideológica que sella la dupla gestión-Estado, y hacernos cargo no de una promesa por venir sino de la vigencia real aquí y ahora de la palabra que, insisto, es el único puente que habilita este intento: emancipación.

Buenos Aires, 31 de octubre de 2013
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