Serie: “Nuevo conflicto social. Extractivismo y política de lo común”: Entrevista a Raquel Gutiérrez

por Maura Brighenti



Para una política no estadocéntrica


Para empezar, querría retomar algo de la charla que diste en la CaZona de Flores (¿Qué pueden los movimientos sociales contra el narco? Intuiciones desde el presente mexicano) durante tu vistita a Buenos Aires en junio. En aquella ocasión hablaste del cambio que ocurrió en la gestión del narcotráfico en México cuando intervino el paradigma de la «guerra a la droga». ¿Qué efectos tuvo ese cambio en el control de los territorios?

La situación sigue siendo desastrosa. En 2006 hubo un proceso electoral fraudulento y una posterior disputa en torno a los resultados electorales que terminó con la continuación del gobierno del PAN, un partido absolutamente de derecha, empresarial, y clerical. Después de seis años, en 2012, el PRI se reinstala al gobierno con una capacidad prácticamente exhaustiva de controlar el territorio a nivel local. Ahí su gran desafío: el intento de volver a sujetar, a establecer los términos de una actividad empresarial muy redituable. No tenemos manera de comparar el narcotráfico en términos de rentabilidad, pero en términos de volumen, de divisas que mueve, creo que es la segunda actividad económica después del petróleo. De esto estamos hablando, de cómo se van a gestionar los términos en que se efectúa la segunda actividad económica más importante en un país.

Si bien el tráfico de droga está ilegalizado desde hace mucho, varían sin embargo los términos en los cuales se administra esta ilegalización, sobre cómo se efectúa. En un país donde ha habido tradicionalmente amplia producción y trasiego de droga, estaban establecidos unos términos –no formales- para regular dicha actividad; habían diferentes clases sociales implicadas: quiénes producían, quiénes se encargaban del transporte, quiénes financiaban, etc. Y, aun si el uso de la fuerza estaba siempre a flor de piel, sin embargo habían ciertos códigos, ciertos términos morales, pactos entre las mafias que gestionaban el negocio; y entre las mafias y las autoridades. Son precisamente esos términos, esos pactos que se van rompiendo en el gobierno de Felipe Calderón y de ahí lo que se conoce como "guerra a las drogas".

Creo que habría que leer esta guerra como un esfuerzo político con una doble finalidad, una más bien ligada al control estadounidense del tráfico y otra más interna. Por un lado, un intento de controlar un actividad empresarial que es porosa en su conjunto: de la producción al trasiego, a la ganancia que siempre se les escapa de las manos. En este sentido, la guerra contra la droga ha sido un esfuerzo enorme del gobierno estadounidense para establecer, por ejemplo, precios y destinos de la mercancía; es decir, por establecer términos de control del negocio. Algo similar primero lo hicieron en Colombia, después lo trataron de hacer en Bolivia, y ahora lo hacen en México.

Por otro lado, la guerra a la droga tuvo que ver con la necesidad de garantizar la existencia de un gobierno ilegítimo, implicado desde su ascenso al poder en una serie de escándalos que exhibieron la separación total entre política y aspiración social. No es mi intención, de ninguna manera, proponer una clave de interpretación que contraponga un "gobierno ilegítimo" a un supuesto "gobierno legítimo" (como proponía el candidato que en mi opinión ganó las elecciones en 2006, Andrés Manuel López Obrador). Lo que me interesa destacar es el desencuentro radical entre la esfera estatal –y sus proyectos y acciones- y las aspiraciones muy diversas provenientes de la sociedad mexicana centradas en detener tanto el empobrecimiento acelerado como la concentración de la riqueza; y en lograr cierta democratización de la vida pública.

En el período que va desde 1992 hasta el 2006, en efecto, hubo en México un proceso creciente y sorprendente de acumulación de luchas, de ampliación de la capacidad social de intervenir en la vida pública; durante el cual, la cuestión de la autonomía política del estado devino algo muy abarcativo, configuró un sentido común: desde la aparición del zapatismo, la lucha por la tierra-territorio y contra el libre comercio, el planteamiento del reconocimiento legal de figuras colectivas –los pueblos indígenas- que fueran sujeto de derecho público; hasta acciones antiautoritarias de gran envergadura que se reapropiaron colectivamente de riqueza social como el levantamiento en la ciudad de Oaxaca durante 2006, cuando una ciudad vivió una insurrección popular durante seis meses con diversos medios de comunicación tomados por la gente, con las decisiones y los proyectos políticos asumidos de forma autogestionada, etc. Entonces, de 1994 a 2006, pues, vivimos un período de acumulación de luchas, de clarificación, de diversos ensayos de enlace y articulación política desde abajo. Todo ocurriendo de forma tumultuosa, caótica, enérgica. Sólo para ilustrarte: el primero de mayo de 2006 hubieron manifestaciones en Ciudad de México durante todo el día. La primera fue un desfile gigante de los obreros pertenecientes a los sindicados corporativizados tradicionales que, aun siendo los sectores más sujetos al control del estado, mostraban mucha bronca y dejaban ver claras fisuras en la posibilidad de ser controlados. Después vino el turno de los sindicatos independientes, otra marcha enorme, muy radical, muy enojada, centrando la cuestión de la defensa de lo público, por supuesto en clave estatal, como hace el sindicato, pero denunciando y confrontando privatizaciones, desmantelamiento de los derechos, etc. Y la tercera, con la delegación zapatista de la Otra campaña que habían llegado dos días antes a Ciudad de México. Una manifestación totalmente heterogénea, vital, festiva, encabezada por un conjunto de zapatistas encapuchados que caminaban por las calles principales de la ciudad. La energía era asombrosa, se gestaba una fuerza social de gran alcance. Una lo sentía, comenzábamos a ser una sociedad en movimiento.

Yo creo que está ahí lo que hay que leer para entender la posterior “guerra a las drogas” que se nos vino encima. Quizás te lo estoy contando de manera un poco apresurada, pero la intención es trasmitirte esa vitalidad que se sentía. Una vitalidad que se expresaba en la capacidad de dar palabras a las cosas que estaban pasando, de plantear una articulación de consignas explícitas, muy claras. Si tomamos, por ejemplo, el cariño con que muchos otros movimientos nutrían al zapatismo, nos damos cuenta de la gran empatía que circulaba; pese a las dificultades y contradicciones que también existían. No se trataba de seguir una línea, sino más bien de generar lazos para abrir el diálogo entre diversas luchas. Bueno, a mi juicio, la clase dominante leyó lo que ocurría reconociéndolo como, justamente, lo que había que cortar. Así se explican los dos niveles de la «guerra a la droga»: un negocio que hay que controlar estableciendo términos centralizados para su administración –básicamente el interés de los EE.UU.- y la desarticulación de un proceso interesante y potente de acumulación política en marcha. Ese es el contenido político contrainsurgente y represivo de lo que ocurrió después. Y ahí encontramos otra clave de lectura.

Es bien interesante esta cuestión de esta clave de lectura. El tuyo es un intento de restituir una clave de lectura política a un conflicto social cada vez más violento y encubierto. En la charla en la CaZona de Flores dedicaste mucha atención a la dificultad de comprender lo que está pasando en México. Se establecen unos falsos términos del conflicto (por ejemplo la representación binaria de una lucha entre el bien y el mal o la reducción de la violencia a una mera luchas entre bandas narcos) para inhibir otras maneras de comprender, dejarte sin las claves analíticas necesarias. En este sentido, podríamos quizás pensar la «guerra a la droga» también como una guerra de sentido, mediante la cual se intenta encubrir la violencia implícita en la disputa por el control de una empresa económica tan rentable. Me parece un tema particularmente importante que merece ser pensado más allá del especifico contexto mexicano. Teniendo en cuenta las diferencias profundas de cada experiencia nacional, la impresión es que América Latina en su conjunto vive al interior de un modelo contemporáneo de acumulación capitalista de tipo extractivo, que captura valor de una articulación territorial compleja y difusa, donde resultan cada vez menos distinguibles economía formal e informal, legalidad e ilegalidad. Al mismo tiempo, para gobernar, los aparatos estatales necesitan reconducir esa misma realidad a una retórica discursiva legal-formal que inhibe la posibilidad de visibilizar, entender, narrar la articulación compleja de poder y conflictos que se dan a su interior. Para retomar una expresión tuya, ¿podemos hablar de una "captura semántica" generalizada?

Creo que esto que dices de la captura semántica tiene relación con un tipo de dispositivo contrainsurgente que se empezó a ensayar en Estados Unidos después de los atentados del 2001. Lo he visto pasar en varios países de América Latina, en momentos duros, de confrontación social y política tensa. Antes la cuestión era muy distinta. Por un lado, los políticos, los medios, enunciaban mentiras; por otro, era posible contar versiones que contradijeran lo que estaba siendo proferido, pero, y este es el punto relevante, desde un piso común de los términos de comprensión. El par clasificatorio mentira/verdad estaba vigente en el sentido clásico del término, de la correspondencia entre palabras y cosas. En la última década, me parece que se da un movimiento que busca inhibir profundamente la posibilidad de comprensión. Siento que este es el paso nuevo en términos contrainsurgentes. Esta estrategia se puede encontrar de manera muy clara, por ejemplo, en Bolivia durante 2008, en el momento más álgido de la confrontación con la oligarquía terrateniente del oriente ya durante el gobierno de Evo Morales. Todo lo que tuvo que ver con la movilización de la derecha en Santa Cruz y con los afanes separatistas o “autonomistas” que se proferían consistió, básicamente, en generar pura confusión: discursos que estaban siendo proferidos en distintos niveles, de diferente manera, como en una especie de orquestación dirigida a que no lograras comprender lo que estaba en juego. Qué no pudieras ver lo que pasaba. Esa misma orquestación, esa inoculación de confusión difusa y superpuesta, se puede percibir en México en otros niveles. Y está costando mucho trabajo restituir, producir colectivamente, un hilo de comprensión.

Ensayé la noción de captura semántica para estudiar la manera en que el estado se enfrenta a experiencias de luchas muy profundas. Cuando una aspiración social es puesta con fuerza en el tapete de la discusión pública, el estado toma el desafío pero tratando de decodificarlo para recodificarlo: con frecuencia usa las mismas palabras, desnaturalizándolas. Por eso hablo de captura semántica, de una manera muy trabajada de desnaturalizar las demandas, las exigencias, las aspiraciones que surgen desde abajo: “pides pan, no te dan, te dan un hueso… que te se atora en el pescuezo”, ese es un dicho mexicano que si bien no describe exactamente lo que digo, si lo vuelve comprensible. O sea, el estado y sus funcionarios, simulan todo el tiempo, ni hacen ni “conceden” lo que está a discusión, no dialogan con los de abajo pues: toman las palabras, las vacían de contenido, las llevan a otro lugar y luego proclaman que “ya cumplieron”. Es muy confuso.

Sin embargo, en la “guerra contra las drogas” parecería como si hubiera una especie de captura semántica hacia la sociedad en su conjunto. Es decir, como si la pregunta fuera, ¿cómo se inhibe la posibilidad de entender de manera general lo que ocurre? Creo que esta es una parte fundamental de esa inoculación de miedo que en México ha tenido tanto éxito. Los años 2006, 2007, 2008 fueron propiamente pavorosos. Y el punto máximo de este ensayo fue, no sé si te acuerdas, cuando nos lanzaron la amenaza de la epidemia de gripe aviar y a 20 millones de personas –los que vivimos en el DF y zona conurbada- nos taparon la boca en el sentido literal, obligándonos a usar cubre-bocas en el espacio público –trapos que eran completamente inútiles en caso de que la susodicha epidemia fuera real.

Fue muy impactante…

Si. Fue tremendo: los datos sobre la epidemia no cuadraban nunca, la información que brindaban las autoridades –y con la que saturaban el espacio público- era completamente fragmentaria y era imposible tratar de componer un argumento general sobre lo que pasaba. Eso genera un enorme miedo. En mi opinión, todo tenía que ver con impedirte entender lo que estaba ocurriendo. No se trataba entonces no más de mentirte, sino de impedirte entender, que no es lo mismo. Deberíamos desarrollar un análisis más en detalle de esta forma contrainsurgente.

Entonces, para retomar lo que venís planteando: nos encontramos con una potente acumulación social producida desde abajo que en un punto se enfrenta con el nivel estatal. El estado toma el desafío, cede algo, y modifica parcialmente sus instituciones para poder incorporar por lo menos una parte de esa acumulación al interior de su propia dinámica, para «capturarla». ¿Cómo te plantearías la relación entre «capturas semánticas» y «capturas materiales»?; vale decir, ¿entre la captura de sentido (impedirte entender) y la captura de la riqueza producida por la cooperación social?

Yo siempre pienso en tres niveles de captura, no necesariamente secuenciales, sino a menudos sobrepuestos y combinados. En primer lugar, la captura semántica de la cual hablamos, ya que ahí se arrebata el hilo y sentido a las palabras producidas por el movimiento, se las obliga a designar cosas distintas, se las empuja a ir hacia otro lugar. Después, una captura política y, por fin, una captura organizativa. Es una dinámica muy clara si tomamos por ejemplo el caso de la Asamblea constituyente en Bolivia. En el momento en que esa consigna alcanzó una fuerza tal como para volverse un horizonte de aspiración común, se produjo una disputa en torno de su sentido que se tradujo, al final, en su inserción en otro orden discursivo. En Bolivia se decía, durante los años de lucha: “Asamblea constituyente sin representación partidaria para producir el país donde queremos vivir”. Eso no pasó.

Esto de las “capturas” es parte de lo que solemos también llamar cooptación: un fenómeno que se da de maneras muy distintas y que, creo, debemos tomar muy en serio. La cooptación no remite a una mera entrega, una rendición, sino más bien a una confusión, confusión inoculada, también. Ya no es claro de que estamos hablando, ya no es claro por qué estamos peleando; se trata de fisurar aquello que producimos en común. Y ocurre que las discusiones acerca de los pasos a seguir empiezan a variar. Este es un punto muy importante: cuando tenés claridad en el horizonte que persigues, tenés también un criterio moral de cómo lograrlo, una claridad política que te sirve por sí misma. Es precisamente esto lo que hay que romper, lo que hay que capturar. Y así el horizonte se va moviendo hacia su captura política: ya no tenemos más un proyecto de reapropiación y control social, estamos construyendo un estado plurinacional. Así funciona la captura política: una cosa no es otra, pero la segunda se nutre de la primera. Se trata de un proceso muy tenso, donde empiezan a construirse las estructuras que van a sostener la captura política, las estructuras da la captura organizativa.

Y entonces la necesidad de volver nuevamente a escapar, no para irte a otro lugar. Por supuesto tenés que salirte, porque si te quedas capturado va a continuar el proceso de digestión de tu fuerza anterior por el capital y el estado para que se vuelva fuerza nutricia de ellos. Tenés que salirte para volver a empezar, para generar una nueva impugnación.

Me parece muy relevante pensar la relación entre esas formas de capturas -el riesgo de volverse elemento pasivo de digestión estatal y capitalista- y la persistencia de una pulsión autonomista en las formas de vidas que se dan en los territorios. ¿Cómo la ves?

Bueno, estoy elaborando una idea. La necesidad de ir pensando los elementos de una política no estadocéntrica. No me gusta la palabra no estatal, porque termina remitiendo al estado, en el sentido que sigue teniendo al estado como unidad de medida. O sea que vas a entender el no-estatal a partir de lo estatal y entonces tus prácticas van a seguir definiéndose en negativo por el otro término, en una especie de reflejo infinito. ¿Qué tal si pensamos una política no estadocéntrica donde nos salgamos de este binarismo? Claro: está el estado, está el capital, igual estamos nosotros, todo está en el mundo. Ahora la pregunta sería: ¿cómo nos reacomodamos en el mundo? Quizás inhibiendo paulatinamente capacidades de los otros términos (el estado y el capital) y conservando y agrandando capacidades y potencias nuestras. ¡Una especie de lucha popular prolongada general! –parafraseando al maoismo-, centrada en la defensa y expansión de nuestras posibilidades y condiciones de reproducción; es asunto es que si no tomamos una visión de largo aliento, parece que no podemos mantener vivas muchas de las creaciones que logramos durante los momentos álgidos de lucha. Parece como si fuera siempre la empresa de Sísifo. Es decir, nos enriquecemos colectivamente por momentos –pues conseguimos fuerza social y creamos todo tipo de cosas-, pero solamente para volvernos a empobrecer. Para mantener esa capacidad creo que debemos cambiar los términos del pensamiento de lo político y la política: en lugar de quedarnos bloqueados en el interior de las dicotomías de una situación heredada, tratar siempre de moverlas, de trastocarlas. Esta es para mí una política no estadocéntrica; que se centra, por el contrario, en nuestras propias creaciones y alcances; en lo que se ha conseguido desde abajo en una lucha.

Me parece que en Argentina esto no ha alcanzado a pasar tras las luchas de comienzos de siglo. Fue quizás aquí, el lugar donde más claramente la cuestión del estatal/no-estatal marcó todo, y de ahí la historia de un estatalismo populista contrapuesto a otro estatalismo, violento, militar. En México la historia del estatalismo es mucho más larga y más aguda, pues durante muchas décadas vivimos en el estado que se reconstruyó después de la revolución de 1910-1921 –que fue muy profunda; por eso la idea clave en México de que para trasformar cualquier cosas tenés que asumir una posición autónoma del estado. Es una idea inmediata, que se puede ver y escuchar de forma muy general, aunque es muy difícil practicarla. El problema es que ese antiestatalismo contiene en si otro tipo de condena, que se ha discutido bastante en los movimientos: o te concentras en el durísimo esfuerzo por mantenerte lo más lejos posible del estado –y del capital- o te conviertes, de manera muy directa, en alimento del poder, como si fuera una maldición. Me pregunto si esa es la única posibilidad. ¿No tenemos capacidad de pensar y concentrarnos en crear otros lugares donde podemos movernos de manera más fluida y desde donde podemos impugnar los designios estatales y capitalistas de manera más contundente?, ¿dónde podemos dar la pelea de otra manera, sin asumir esos pares dicotómicos típicos de la política estadocéntrica –por la positiva o por la negativa? Yo creo que sí se puede, o al menos trato de pensarlo. Y lo que veo es que un buen punto de partida para pensar en esto es, como dice Silvia Federici, desde el ámbito de la reproducción social en su conjunto.

A propósito de la necesidad de plantear una política no estado-céntrica… En una ocasión usaste una fórmula que me encantó: dijiste que necesitamos encontrar un "tono de voz". ¿De qué se trata?

El tono de voz está relacionado con el hablar entre nosotros. Es que tenemos otro gran problema que es la articulación. En el curso de la luchas, ya lo hablamos, se dan momentos importantísimos de unificación, cuando se disuelven muchas barreras, los diferentes puntos de vista se acomodan, y se va produciendo, juntos, no tersamente, pero más o menos juntos, un horizonte común. Pero ¿cómo se mantiene esa unificación en ausencia de una confrontación tensa y generalizada? En los momentos menos aguerridos de la lucha es donde empiezan las fisuras y lo que al principio funcionaba como distinción qué se acomodaba en un horizonte compartido, ahora pone seriamente en riesgo la posibilidad misma de la unificación: es el riesgo de la atomización, de la disgregación. Entonces el problema de la articulación adquiere mucha importancia: ¿cómo podemos articular cuestiones diferentes en un horizonte común? o, lo que es lo mismo, ¿cómo podemos hacer palabras comunes, cómo podemos hablar entre nosotros? De ahí la idea del tono de voz, la búsqueda de cómo conservar, en cada momento, unas palabras para nosotros, unos guiños, unas señas; como nos autoconstruimos algún tipo de mecanismo, algún tipo de lenguaje que nos permita reconocernos.

Vamos reanudando los hilos de la conversación. Hablaste de cómo los territorios están al centro de una disputa por el control de negocios económicamente muy rentables (el narco sería unos de éstos); y de cómo al interior de tal disputa ocurren estrategias de captura cada vez más finas y generalizadas. En una perspectiva no estadocéntrica como la que venís trazando, ¿cómo plantearías la cuestión de la producción de riqueza?

Es un tema muy complejo. Hay ensayos, quizás convendría volver a repasarlos. Por un lado, está la idea de las empresas recuperadas, con sus diferentes experiencias. Se recupera la propiedad y se la establece entre algunos. No se trata precisamente de una propiedad común: en un nivel local, entre los trabajadores, se establece una propiedad colectiva, pero en nivel más general, sigue funcionando como una propiedad privada, por tanto que sea solidaria y reformule los términos de gestión. Es una posibilidad.

Hay toda una serie de experiencias, en Grecia por ejemplo, donde se está trabajando a partir de esa idea. Y otros esfuerzos que tratan de sustraerse más radicalmente de la economía capitalista: inventan sus monedas, se vuelven pequeños productores de cosas que intercambian entre ellos, y se arman una vida. Una clave, como señalaba, de todo este proceso, es que se trata de reconstruir la vida en su conjunto para garantizar condiciones para su reproducción: ahí se despliegan una enorme cantidad de esfuerzos y luchas cuyo centro es la reproducción colectiva –y expansiva- de la vida; ese es el lugar, creo de la postura no-estadocéntrica.

Tenemos para nutrirnos también, por supuesto, de toda la experiencia zapatista que en muchos sentidos se parece a estas últimas de Grecia, con la diferencia relevante de estar inserta en un territorio continuo que abarca la totalidad de la vida. Ellos han mostrado: “aquí estamos y aquí nos autogobernamos nuestra forma de vida, nos la vamos auto-produciendo, con todo lo que esto comporta”. Hay muchas dificultades en un camino como este, que puede mirarse –desde fuera- como lleno de renuncias, por ejemplo, a toda una serie de mercancías que circulan para valorizar el capital; algunas de las cuales son finalmente útiles, aunque muchísimas sean inútiles. Entonces, hay que renunciar a ciertas mercancías, aunque vale la pena destacar otro conjunto de valores de uso que se producen de manera autónoma. Esas mercancías que hasta ahora se producen solo de manera capitalista son un problema. Al mismo tiempo, hay muchas otras cosas que se pueden recuperar de otras maneras de producir y ensayar otras formas de intercambiar. Se produce otro tipo de riqueza, centrada en la producción de condiciones para la reproducción de la vida en general, que no es sólo consumo de mercancías –aunque muchas hagan falta. En fin, por ahí lo pienso.

La cuestión es si se puede pensar en esto como en un proyecto general. La cuestión es, centrándonos en la crucial cuestión de la reproducción de la vida, de su garantía y expansión (que el capital sistemáticamente niega), como también incluimos en nuestra lucha, una vez más, el asunto añejo de la reapropiación de otra clase de riqueza material que hoy sólo tiene forma de mercancía. Al fin de cuentas, se trata de la vieja cuestión de defender y producir lo común, planteada en el siglo XIX y ahora vuelta a pensar con todas las experiencias del siglo XX y todas las cosas que nos han alumbrado las oleadas de luchas que nos precedieron.

¡Desde hace dos siglos nuestros abuelos en lucha se toparon una y otra vez con el problema de la propiedad privada, de la monopolización de la riqueza y de la voz! La propiedad de la tierra, de la naturaleza y la propiedad, en general, de la riqueza material. Tenemos la necesidad de plantearnos la reapropiación de estas cosas: ¿cómo podemos hacerlo? Ya se ensayó la conversión de esa propiedad privada en propiedad estatal; que a la larga se mostró nomás como otra forma de propiedad privada. Se trata ahora, creo, de centrarnos en la producción de lo común que es algo bastante distinto; pues comienza con rechazar la fractura entre reproducción y producción que está en la base de la producción de capital. Y ahí se funda el no estado-centrismo.

La reapropiación común de la riqueza material es un camino, no un modelo. Considero que esta es una pregunta política central y, ¡ojo!, no tiene que ver con la toma del poder del estado. Reapropiación común de la riqueza y toma del estado son dos cuestiones muy distintas que quedaron enganchadas desde el comienzo del siglo XX; desde esa confusión es que creo que, al hacer la crítica, se terminó tirando al niño junto con el agua sucia… O sea, cuando colectivamente tiramos a la basura la cuestión de la estrategia política contra-hegemónica, del andar acumulando partidariamente poder y de orientar nuestros pasos de lucha por la “toma del poder”, etc.; terminamos confundidos en relación a la central cuestión de la re-apropiación común de la riqueza socialmente producida para que ésta deje de ser capital. Ahí, me parece están aspectos relevantes de nuestras dificultades políticas actuales.

Cambiaria, pues, el objeto de tu pregunta en verbo. ¿Cómo podemos volver a plantearnos la cuestión de la apropiación colectiva –y tendencialmente común-de las cosas que existen al tiempo que nos proponemos producir y reproducir otras maneras de producir la vida en su conjunto? El primer paso de todo esto es la lucha contra los nuevos despojos, que se expresan mediante ese conjunto de esfuerzos colectivos que dicen “NO”: “No te lleves el agua”, “No te apropies de la tierra”, “No destruyas el bosque que hemos producido”, etc. Hay muchísimas comunidades y pueblos levantados en contra de esto a todo lo largo de América Latina. Este es el punto de partida, sin embargo, la fórmula que necesitamos sería más bien: "no me quites, y esto que ya me quitaste ¡a ver cabrón, ahora me lo devolvés!".Es es un gran problema y debemos encontrar la manera de plantearlo y articularlo. Ya está volviendo a aparecer.

Las recientes movilizaciones en Brasil fueron un intento de repropiarse de su propio mundial, de su fútbol. Podemos tratar de leerlas en esta clave. Es decir, estaba la cuestión del transporte, pero estaba también el esfuerzo por conformar un cuerpo colectivo en las calles para ponerle límites a la expropiación salvaje de su deporte favorito y del  espectáculo fantástico que consideran suyo. Las luchas recientes en Brasil son, en este sentido, acciones que tienden también a la reapropiación de la riqueza social. Si las leemos desde esta perspectiva podemos entender esos esfuerzos de lucha desde una clave distinta y podemos contribuir a producir una forma de politización distinta: una politización no estadocéntrica. En fin, necesitamos de todos estos tipos de experiencias, como las de Chiapas, las de Grecia, las de las empresas recuperadas y de las cooperativas; y también necesitamos entender de otro modo el asunto de las luchas tumultuosas y enérgicas, necesitamos contribuir a ampliar el significado de esos anhelos. El nudo sigue siendo la cuestión de la re-apropiación de la riqueza colectiva y socialmente producida y privadamente monopolizada. Y este es un lado del problema político central desde el siglo XIX. El otro lado de ese mismo asunto es garantizar para nosotros mismos, de manera expansiva, condiciones para la reproducción de la vida en su conjunto. La cuestión claramente, es difícil; pero somos muchos, muchísimos, pensando en esto. De ahí la importancia de poder conversar.
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