Las terapias laicas

Por Pablo E. Chacón



A la pregunta de si existen terapias laicas capaces de curar enfermedades en su materialidad o en su representación simbólica, habría que calificarla de retórica: no sólo no existen sino que en los pasillos de los hospitales -el ejemplo es absurdo- curas y monjas se pasean como peces en el agua repartiendo bendiciones, biblias y estampitas. Al grano: también yo tengo experiencia en hospitales, de esa que se adquiere viendo morir internos, médicos apretando enfermeras, abnegación, corrupción, pobreza. La equivalencia entre la descomposición de un gobierno y el cuerpo herido de su encarnación es un viejo tema de la teología política. Pero pocas veces se habrán escuchado tantas canalladas como estos días.

¿A quién le importa si la señora presidente hubiera pensado que sacarse de encima al gobernador de la provincia en las próximas elecciones, para retornar pasados cuatro años después del 2015, incluiría un mecanismo de relojería tan ajustado como darse uno, dos o tres palos para conseguir un hematoma en la cabeza, una operación de urgencia? A los burócratas de los diarios que viven del mercado de conferencias, como Carlos Pagni, o al señor Néstor Castro, esa tía que quiere lo mejor para nosotros sin advertir que algunos de nosotros no quiere lo mejor para nosotros. Ese furor sanandis ni siquiera es susceptible de pensarse como un expediente oblicuo que festejaría la muerte de la señora. Demasiado fácil, no debe ser cierto, decía Oscar Masotta. Masotta era un tipo inteligente, no una estrella de los medios en la era de la reproducción digital. El punto es que Pagni y Castro son personajes respetados, se les cree, se cree lo que escriben o dicen sólo por mostrar las culatas. Eso sí es descomposición social. ¿Alguien está en contra de que piensen como piensan? Sería otra ingenuidad. Al profesor de historia, como al señor Castro, sólo les interesa el dinero -es un destino, un deseo tan respetable como cualquier otro. Pero de lo que deberían cuidarse es de la materia que usan para amasar sus módicas fortunas.

Pagni escribió sobre el síndrome de Moria. Castro sobre el síndrome de Hubrys. La señora padecería esos síndromes que activados, neutralizarían las inhibiciones que impone la ley de hierro del dispositivo neuronal, hasta el punto de provocar una suerte de manía que por ejemplo, la habría empujado a elegir como vice al señor Amado Boudou. En un rapto de locura, diría Franco Lindner, de Noticias o Perfil. Sin calcular las ventajas de tener al motoquero de la Ucedé en el gobierno. La hubrys que tanto preocupa al señor Castro existe en los diccionarios de griego. Pero no existe en ningún manual de desórdenes psiquiátricos. Es una palabra que traducida, aproximadamente quiere decir desmesura. Descontrol, desmadre, estar fuera de sí, decir barbaridades, romper el protocolo: hubrys. Si la señora Ruth Padel escuchara semejante burrada, entendería por qué razón en el periodismo argentino no se concursan los cargos.

Finalmente digamos que no otra vez, no existen terapias laicas no sólo en la Argentina sino en ninguna parte del mundo. Si usted se muere, encomendarse a no sé qué entidad sobrenatural es pensarse por fuera del discurso de la ciencia y del discurso del capital: eso puede encaminar su camino en el más allá, tal vez, y acá, servir para explotar ajenidades, porque la salida a determinados intríngulis viene del futuro.

Así como reconocer derechos humanos a los aborígenes es una reparación que a Buffalo Bill deja en paz, reconocer derechos humanos a tipos como Pagni y Castro es un deber institucional. Pero pensar, no ya que digan la verdad sino que digan algo que no sea una estupidez, es otra estupidez que duplicada y reduplicada supone el albur de convertirse en una verdad.
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