La lapicera testaruda

por Allan  da Rosa
La lapicera reluce, hundida en el bolsillo de algodón, comprada en la finura del mismo shopping donde autografió la mediocridad en la librería. Lapicera fina que sigue burlándose de nuestro lápiz, esos que caen y se rompen por dentro pero que insisten en garabatear, en no meterse orejas adentro pero que conocen las palabras de gloria y de miedo que se escurren de las orejas, esos que tamborean en la mesa de las contradicciones, tizones y misiones. Del olor a ajo en la punta de los dedos y de la grasa en las uñas la lapicera de exportación no debe contaminarse. De los empleados que, después de guardar los repasadores y esperando que el congestionamiento se alivie, tienen historias para contar que los bacanes las pescan y les ponen la firma.
Pero esta vez hasta de Alemania se quejaron. Se dieron cuenta que están llevando una tarjeta postal soleada montada en medio de una tempestad. En la mesa de los 70 escritores que van a representar a Brasil, ese país que la Avenida Paulista, el barrio de Vila Madalena y de Leblon estereotiparon y desconocen, pero que les queda bien fingir que hablan desde adentro cuando dan conferencias a gringolandia; en ese yate de 70 escritores que en la Feria de Literatura de Frankfurt va a devorar negociados, bifes y buffets, allí hay un cisco negro, una manchita indígena maculando la delegación.
Machado de Assis, Lima Barreto… ¿tendrían hoy editoriales donde dar sus autógrafos? Si la Granier encuadernó la mañas de los cuentos del Malandro Machado, hoy la compañía limitada de las altas letras no se rebajaría al suelo, no arriesgaría borrar su palidez. Nórdicos somos ¿Quieres vivir el verbo, camarada? Para eso sirve el micrófono, desfila ahí tu elegancia, todo tu talento rojizo en los ojos por la necesidad de sobrevivencia y por el gusto de hermanar cada día. Y que esa playa de la voz, orilla de mares de llanto y de carcajadas, dibujo de sueños y combates, magnético puente de comprensión, majestad nuestra nacida del azote y del rebenque, no quiera conocer a su hermana e hija, la escritura. Que nuestra realeza centelleante de la saliva, de melodías y rasgos, cantada que hace llorar y bailada que da escalofríos, profesora de desafíos, timbres, solfeos y  redondillas, no vaya a tomarse una natilla en la mansión de la página. Allí las bellas letras tienen sus gansos y perros guardianes trilingües, bien protegidos por los uniformes y herencias pero melindrosos en recordar los corsés y diplomas que les garantizan el té inglés.
Lima Barreto en 1921 escribió sobre la nación avergonzada. Caso serio, ultraje, probables suicidios en las redacciones de Rio frente a la vergüenza de los jugadores negros convocados para un amistoso contra Argentina. Pelota negra. Cuando ya oí de la necesidad nació el amague, allá a comienzos del siglo 20. Si tú, mi negro, empujaras un bacán blanco, si solo lo rozas, ya es falta. De ahí el juego del cuerpo, el no voy hacia allá pero estoy yendo, el golpe a una gota de sudor, el paso por el medio y tú no me agarras. Del baldío a los grandes negocios, por la pelota mucha gente ya bogó, antes de la sequía. La pelota es capaz de rebotar feliz y llenita en un corazón marchito.
Pero el suelo aún se asusta en el perineo de la vida, no cambió tanto. Nostalgias e insultos despejados, casas de corrección disfrazadas de escuelas y viceversa, shocks eléctricos por dentro del cerebelo a través del látigo del control remoto, cada mañana la nación ociosa trabada en la avenida, aplastada en los vagones de la desvida. En la Bahia patrimonizada, la que chorrea monedas para embellecer la barra y activa el acero frente a todo sospechoso, el equipo del Reaccione o Lo Matamos/La Matamos demuestra el manto y el escudo que es la letra sudada, el estudio enamorado del pie que camina y de la mano que construye. Dominando principios del derecho logra defenderse por más de una o dos noches del hambre de sangre militar y paramilitar. Ahorita, comienzos de octubre, enseñando qué es el desvío de conducta para los soldados (¿?), Hamilton Borges Wale logra frenar el escuadrón diplomado en un cajón y cerrar de nuevo su puerta violentada a la noche por quien garantiza la paz millonaria, por quien aún hace volar el barrilete de los cinco siglos asesinados. Pero sabe que sigue en la Suburbana y en las carcelitas la escritura de las cartas, los grafitis que se vengan, la poesía necesaria que llama a la reflexión y al gesto. En San Pablo, en los Rios Grandes, en los mil morros playeros, sigue nuestra fuente de letra e historia, agarrada a la ladera, cabrera y buscando amor. Pero eso es muy raso, no cabe en una acolchada literatura, no cierra negocios ni abre whiskies. Demasiado caliente que quema la boca.
Y hasta Alemania, caldeada en casos de concentración, con sus barrios turcos y africanos, ya se dio cuenta que nuestra página va demasiado blanca.
Nuestra palabra conoce de meollos y orillas, es Mel, es de Sobrenome Liberdade.
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