Entrevista a Michael Hardt: Las luchas en la transición irresuelta

por Commonware



2011: levantamientos en el norte de África, las acampadas españolas, plaza Syntagma, Occupy, hasta llegar a los extraordinarios movimientos de Turquía  y Brasil de los últimos meses. Quizá habría que repensar el concepto de ciclo, pues ya no es útil en los términos clásicos: sin embargo, ¿es posible hablar, por decirlo así, de un ciclo de la subjetividad de la luchas en la crisis? ¿Qué rasgos comunes y diferencias hay?
Sumando Turquía y Brasil a la serie de luchas iniciadas en 2011, se ponen en evidencia al menos dos cosas. En primer lugar, existe una continuidad en la afirmación del común de las metrópolis. En Gezi y en las ciudades brasileñas las luchas han aportado elementos nuevos, que van probablemente más allá de 2011 pero en la misma línea: ciertamente son luchas anti-neoliberales, pero también contra el Estado, es decir, contra lo público. En Gezi el proyecto de hacer un centro comercial reconstruyendo una fortaleza militar del viejo impero –¡es difícil idear una combinación tan horrible! – muestra que no hay diferencia entre lo público y lo privado. El proyecto neoliberal de la privatización del parque es efectivamente un proyecto del gobierno, tratándose por tanto de una mezcla de lo público y lo privado. Obviamente hay otros muchos elementos dentro de la lucha de Gezi, pero seguramente destaca la afirmación del común de la ciudad contra lo privado y lo público. Igual puede decirse más o menos lo mismo en el caso brasileño. Esta es la continuidad.
La mayor diferencia es que tanto Turquía como Brasil no se encuentran bajo la crisis económica. Hemos pensado los movimientos de 2011 en el marco de la crisis, mientras que en este caso nos encontramos frente a luchas dentro de economías en crecimiento. Por tanto hay que pensar intensamente los movimientos por el común que transforman el ciclo en el ámbito del crecimiento económico. No sé todavía cuáles son las consecuencias de esta diferencia, pero me parece que, en general,  una lucha por la liberación es mucho más potente y creativa en un momento de expansión social que en uno de crisis, como por ejemplo ocurrió en el 68, lo cual hace muy interesante pensar qué viene después.
Este segundo elemento de diferencia nos parece central. En Turquía, y quizá aún más en Brasil, las luchas se dan en una situación en cierto modo inversa en cierto modo inversa con respecto a la europea y americana: no existe recesión sino crecimiento. Es quizás antes que nada la crisis de un modelo de desarrollo y sus promesas de progreso. En el caso de los llamados “Brics” (extendiendo tal definición a un país como Turquía), tal modelo es impulsado por el Estado en combinación con la iniciativa privada. En este sentido también la defensa de lo público parece no tanto ser superada, como que más bien no se da: como señalábamos las luchas se dan inmediatamente contra lo público-privado...
Es cierto y está en sintonía con la interpretación de compañeros como Beppo Cocco. Para ellos no se trata tanto del modelo neoliberal como del modelo de una modernización a largo plazo que está en crisis. Es también el modelo de la izquierda, ya acabado, y las luchas están intentando ir más allá.
Si esto es cierto, surge otra cuestión: tenemos que plantear una idea de otro desarrollo. A partir de aquí se podría desarrollar una posición anti-desarrollista, como puede ser la de un Paolo Cacciari. Me parece sin embargo que la apuesta está en la elaboración de una idea de desarrollo alternativo en negativo. Lo que podemos llamar alterdesarrollo no está definido por el crecimiento económico, en el sentido de la producción cuantitativamente mayor de mercancías. Tal vez pueda llamarse desarrollo humano y social, pero es demasiado indefinido. Queda el problema de cómo elaborar el alterdesarrollo en positivo. Dentro del marco de formación de nuestros proyectos sería útil profundizar la cuestión y comenzar a articular una idea de desarrollo.
Desde hace unos años se habla  de los procesos de desclasamiento de la clase media, que –dentro de las transformaciones productivas y la precarización del trabajo cognitivo– pierde cada vez más su función política de mediación respecto a la lucha de clases. Sin embargo muchos hablan de movimientos de clase media, sin tener en cuenta que esta categoría está obsoleta –al menos en Europa y Estados Unidos–, polarizada dentro de una nueva composición de clase. Los compañeros brasileños añaden un elemento: en Brasil la clase media nace ya desclasada, es inmediatamente proletariado cognitivo metropolitano. ¿Qué piensas?
Esto no sucede sólo en Brasil, sino también en parte en Túnez y Egipto. Cuando hablamos de una clase media desclasada la lucha nace de la rabia de perder lo que se tenía; sin embargo, en estas sociedades veo una esperanza frustrada. En Brasil, al menos para una parte de la juventud intelectual, existe una nueva y grandísima capacidad, que sin embargo está bloqueada. Cuando antes evidenciábamos la diferencia de las luchas en una sociedad en crecimiento, la cuestión deviene central desde el punto de vista de la subjetividad. Pensemos de nuevo en el 68: en Europa occidental, en Checoslovaquia, en los Estados Unidos, en Japón, en México y en otros países había una expansión subjetiva que derribaba los obstáculos de la vieja sociedad. Esto es lo que veo en las capacidades intelectuales, sobre todo metropolitanas, en Brasil: existen nuevos horizontes bloqueados por una vieja sociedad, con su gobierno y su ideología de modernización.
Con respecto a esta nueva dimensión subjetiva, ¿en qué manera pueden verificarse o  modificarse  los cuatro tipos de subjetividad que Toni y tú habéis señalado en “Declaración” –el hombre endeudado, mediatizado, seguritizado, representado? ¿puede decirse que tal vez tales formas de subjetividad (quitando el mediatizado, el más ambivalente) contemplan principalmente el lado del sometimiento, mientras hoy –siguiendo lo que dices– nos encontramos frente a una subjetividad en expansión?
Quizá sea testarudo, pero creo que estas cuatro subjetividades funcionan también en estas sociedades. La cuestión de la deuda, por ejemplo, asume formas diferentes, pero pienso que incluso el “hombre endeudado” funciona –a pesar de ser el tipo más variable. La cuestión de la seguridad, como disciplina de vigilancia, es bastante obvia. El tema de la representación es el más importante, y quizá sea la continuidad más fuerte: no sólo desde el 2011, sino que ya desde Seattle se experimentan formas participativas contra la representación. O tal vez, por decirlo de otra manera, es una experimentación para reinventar el concepto de liderazgo. La consigna ‘no nos representan’ está clara, por tanto son luchas contra la representación. Creo, sin embargo, que al mismo tiempo tenemos que encontrar una reinvención del concepto de liderazgo, o por decirlo en términos simples un liderazgo de la multitud. De todos modos, el tema de la representación me parece igualmente importante en diferentes contextos.
Criticaría estos cuatro tipos de subjetividad en sus límites, es decir, no son suficientes. En estos años hemos pensado en otras subjetividades, como el precario o el explotado, que deberían añadirse.
La subjetividad del “hombre endeudado” iría probablemente pensada en combinación con la cuestión generacional. En Brasil, por ejemplo, los jóvenes protagonistas de las luchas han crecido en la época de Lula, en  una sociedad en cierto modo  post-neoliberal, o siendo socializados inmediatamente dentro de las promesas de crecimiento de las que hablábamos antes. En este contexto, y probablemente esto valga también para Turquía, la deuda no se presenta tanto en su forma económico-financiera sino como deuda respecto a la promesa de progreso y crecimiento, así como endeudamiento moral hacia la familia. Desde este punto de vista, si es correcto, los movimientos también son una revuelta contra este tipo de sometimiento a través de la deuda.
Me parece interesante y cambia de modo importante el concepto de deuda, que en este punto debe comprender cosas distintas: no sólo es una cuestión monetaria, sino también una forma social. Incluso a nivel monetario la deuda es diferente en distintos países: por ejemplo, en África occidental hay poca deuda individual, la mayor parte de las personas son dueños de sus propias casas y tierras aunque sean pobres, mientras la deuda estatal les obliga constriñe a todos dentro de vínculos precisos. Si el concepto de deuda funciona como hilo conductor de las diversas luchas, es necesario modularlo para cada sociedad de manera distinta. Modulándolo así alguien podría decir que no es útil como concepto general, pero no creo que sea así: probaría en cambio a plantear la deuda de modo diferente y buscar un hilo conductor.
Hemos dicho muchas veces que estas luchas son extraordinarias en su forma destituyente y sin embargo se agotan o se bloquean en su forma constituyente. Resulta un problema de poder, que evidentemente es completamente repensado actualmente. No obstante tenemos que abandonar una mirada ciclotímica, de exaltación en la fase insurgente y de depresión en la fase de reacción. Los casos de Túnez y Egipto, y obviamente los de Turquía y Brasil, nos muestran que ambas actitudes son erróneas: la partida es dramáticamente ardua y al mismo tiempo completamente abierta. Sobre la base de estas experiencias y basándonos en el común, ¿cómo podemos repensar el nexo entre forma destituyente y forma constituyente?
La cuestión es evidentemente central y las luchas no tienen todavía una respuesta. Me parece claro, y todos somos conscientes, que ahora lo más importante es desarrollar, crear y concebir un poder constituyente, o una forma de governance que corresponda a las luchas. Decir común y gestión del común indica una guía conceptual, pero no afirma todavía nada a la altura de una nueva forma. Mientras tanto, sin embargo, ayuda pensar en la cuestión de la subjetividad en lugar de la governance porque las luchas ya son capaces no sólo de destruir dispositivos de producción de subjetividad perniciosa de la crisis, sino también de crear nuevas subjetividades. Esta es para mí una estrategia para no deprimirse: después de reconocer que las luchas tienen un fuerte poder destituyente sin una capacidad constituyente, tenemos entonces que desplazar el punto de vista a la cuestión de la subjetividad y reconocer de qué forma una subjetividad alternativa está ya funcionando. Esto me hace pensar en lo que dice Bifo respecto al 68 o al 77, que ha criticado frecuentemente tanto la anti-globalización como las nuevas luchas sosteniendo que en el 68 existía la capacidad y se conseguía cambiar modos de vida y subjetividades sociales, había una revolución en este sentido. Incluso no siendo un éxito el 68 ni siendo siquiera concebida una estrategia constituyente, hubo una nueva perspectiva social y una nueva subjetividad. Así que, al nivel que tenemos que pensar, tal vez esto ya sea un resultado de las luchas actuales. Para que después de la euforia de las luchas no venga la depresión, que acompaña al reconocimiento de que no tengamos un proyecto constituyente, quizá debamos precisamente cambiar el punto de vista.
Quisiéramos volver para finalizar sobre la cuestión del desarrollo, justamente señalada por ti como central. Quizá tendríamos que hacer aquí una operación similar a la que Toni y tú habéis hecho en “Commonwealth”, criticando la dialéctica entre modernidad y anti-modernidad para identificar las líneas genealógicas y la potencia de una altermodernidad. En este caso se trata de criticar radicalmente tanto la tradición desarrollista del socialismo y de la izquierda, como su reflejo opuesto, esto es un anti-desarrollismo que ha asumido, por ejemplo, las apariencias del decrecimiento. El problema actualmente es pensar y practicar formas de organización y desarrollo, el alterdesarrollo, basado en el común y en la producción de subjetividad en el común. ¿Es esta una de las principales tareas a las que nos enfrenta este “ciclo” global de luchas en la crisis?
Estoy de acuerdo y supone un reto difícil. Efectivamente la cuestión del desarrollo es paralela a la dicotomía modernidad y anti-modernidad. No somos pocos los que estamos insatisfechos tanto con el modernismo desarrollista y extractivista como con las propuestas de decrecimiento.
Por tanto el problema es salir de la dialéctica del desarrollo...
Así es. Creo que en América Latina, al menos en mi experiencia, se da esta necesidad y también la dificultad para satisfacerla. No estoy completamente convencido de que el gobierno Lula haya sido un gobierno post-neoliberal: creo que tanto el post-neoliberalismo como el post-extractivismo están aún por llegar. Ni siquiera para los gobiernos denominados progresistas en América Latina ha sido fácil abandonar el neoliberalismo. No estoy diciendo que Lula o Chávez fuesen neoliberales disfrazados, no se trata de eso en absoluto. El tema es que es difícil la tarea de idear otro modelo que sea alterdesarrollista. Y el tema del extractivismo es central en esto.
Podríamos decir que un gobierno como el de Lula –y distintamente puede valer también para otros gobiernos latinoamericanos– fueron ambiguos, teniendo conjuntamente elementos de continuidad con el neoliberalismo y una apertura respecto a las demandas constituyentes autónomamente expresadas por los movimientos. Probablemente esa ambigüedad ha sido, al mismo tiempo, su límite y su fuerza. Las luchas en Brasil parecen basarse en esta ambigüedad, convertida en potencia expansiva de la nueva composición de clase.
Me parece un buen punto de vista para pensar la fuerza y el origen de estas luchas dentro de esta ambigüedad. Entonces, históricamente tenemos que plantearnos tanto a Lula como a Chávez como momentos de transición sin resolver. Por lo tanto, las luchas se sitúan en el interior de esta transición irresuelta.
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