Tiempo de vida, tiempo de muerte: entrevista a Mauro Libertella

por Pablo Chacón


En Mi libro enterrado, Mauro Libertella encara un relato sin piedad sobre la relación con su padre, Héctor, centrándose en sus últimos meses de vida, e iluminando retroactivamente un pasado común.



Una narración de este tipo, a tu juicio ¿opera como un duelo, un conjuro o es la apertura a honrar un legado o todo eso junto?


Supongo que todo eso junto. El duelo, en términos estrictos y personales, duró un año, que es el tiempo exacto que marca la tradición judía, a la que supongo me acoplé de modo natural porque es el lugar donde me crié. Después vino un proceso mas lento y extendido, de unos años, donde empezó a germinar la idea de escribir el libro, idea que fue creciendo hasta cobrar la forma definitiva de un proyecto concreto.
En el momento de escribir, entonces, ya había pasado por diferentes fases, y creo que no podría haber apurado ese momento: necesité de esa maduración, de esa destilación de los recuerdos y las emociones respecto de mi viejo, sacarlo de un lugar y ponerlo en otro, asumir continuidades y quiebres, etcétera.
Cuando lo escribí ya había hecho el laburo del duelo mas profundo, ese que incluso te impediría sentarte a escribir, pero supongo que la escritura terminó de cicatrizar las cosas. Al mismo tiempo, sí, es un modo de homenajear la relación, de recordarlo y de perpetuar el vínculo que tuvimos, que fue en cierta medida literario y textual.
El cariño con que tratás a la figura de tu viejo no ahorra la crudeza, el dolor. Es imposible plantearse estas cosas a priori, pero ¿cómo las trabajaste?

No quería hacer un relato idealizador. Como te decía antes, no podría o no debería haber escrito el libro antes del momento en el que lo hice, y una de las razones es que me llevó un par de años de psicoanálisis bajar a mi viejo del podio donde lo tenía, dejar de negar defectos y poder ver con la misma claridad las cosas buenas y las malas.
Hay relatos sobre la muerte del padre que pueden ser conmovedores o estar bien escritos, como El olvido que seremos de Héctor Abad, y que, sin embargo, no me terminan de convencer, porque el padre es como una especie de enorme santidad inmune a las críticas, un hombre perfecto.
Un libro genial es Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente; es durísimo, le da con un caño al padre, pero en esa crítica está implícito el amor que siente el hijo. Te confieso que cuando terminé la primera versión, el texto estaba todavía como encorsetado: le faltaba una explosión de verdad, había cosas que no me había animado a escribir. Quizá estaba cuidando demasiado a mi viejo, o estaba siendo excesivamente pudoroso, lo que claramente entra en contradicción con la intención misma de escribir un libro así.
Al final me convencí de escribir algunas cosas más, quizá porque recordé que él también era un tipo crudo, que enfrentaba al dolor. El homenaje estaba también en ir a fondo con algunos temas. Como dice Paul Celan, “honremos a los muertos con las palabras que les sirvieron para vivir”.
¿Cómo vivía tu viejo ser considerado un escritor de "vanguardia" y qué pensás que pensaba de esa caracterización?

Me parece que lo vivía con orgullo y resignación. Con orgullo, porque desde su juventud beatnik hasta su madurez hermética, pregonó siempre por una literatura rara, marginal, en los bordes del canon, intraducible. Y no sólo escribió esa literatura sino que la difundió, erigió un marco teórico, armó conexiones continentales entre escritores excéntricos.
Podría decir: militó. Y con resignación porque como toda etiqueta, cuando se te pega es muy difícil sacártela de encima, y puede tener la longevidad de un tatuaje. Me acuerdo de una noche en la que estábamos leyendo una especie de enciclopedia de la literatura argentina, y le leí la entrada con su nombre. Decía algo así como “autor inclasificable, que invierte y confunde los límites entre ficción y teoría, y lleva las palabras hasta el fondo de sus significados”. Me miró como diciendo “qué aburrido escuchar siempre la misma formula”.
Es difícil sacarse los estigmas. A mí, su libro que mas me gusta es La arquitectura del fantasma, que es al mismo tiempo una autobiografía de vanguardia y otra, transparente y clásica.
El legado, ese cartapacio abierto que te deja, ¿tenés algún plan con eso, estás escribiendo algo que no sea sólo periodismo? ¿Podés contarme algo?

Lo primero que escribí fuera del periodismo son algunos cuentos horrorosos que ya debería haber mandado a la papelera de reciclaje. Y después vino este libro, que es algo así como un testimonio ejecutado con recursos narrativos, o una autobiografía prematura, o algo por el estilo, pero que no es periodismo tampoco.
Ahora tengo en mente un libro “basado” en mi grupo de amigos del secundario (que debe ser como cualquier grupo de amigos que viven en casas compartidas, tienen bandas de rock, fuman marihuana, son asociales y dilatan el fin de la adolescencia todo lo que pueden) pero al que todavía no le busqué ni la estructura, ni el tono; o sea que no existe. Y estoy escribiendo algunos ensayos sobre libros argentinos de ficción publicados en los últimos diez años, pero tampoco sé en qué va a terminar eso. Por lo pronto, acabo de quemar los dos proyectos contándotelos.



Es extraño en el texto la ausencia de mujeres. Sospecho que la muerte de Héctor, por madres, mujeres, amantes que puedas tener, más allá de la obviedad, ¿qué clase de intemperie te dejó?

No digo nada nuevo si digo que el padre es importante para un hombre (como también lo es para una hija mujer, en otros múltiples sentidos). Con las mujeres supongo establezco relaciones complejas y con los hombres relaciones directas.
Es cierto que en el texto hay una ausencia de mujeres, salvo por la presencia de mi hermana. Como en Ocio, de Fabián Casas, por ejemplo, ¿no? Durante los meses de agonía de mi viejo me acompañó mi novia de entonces, y también estaban mi vieja y mi hermana, y todas fueron fundamentales. Pero el libro se fue cerrando en una relación padre-hijo muy cercana, como si hubiera erigido una suerte de muro o cápsula de cristal para aislar los momentos mas puros de esa relación entre dos hombres.

Después, cuando tu viejo se muere, perdés un poco ese anclaje masculino, eso es inevitable. Tres días después de su muerte, River le ganó a Boca 3 a 1, y ahí me di cuenta de que lo iba a empezar a extrañar en serio. 
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