Por un Marx sin marxismo

por DS

Isaiahs Berlín ha escrito “Karl Marx” (Alianza Editorial, 2009): se trata del primer libro de un pensador liberal luego afamado, escrito en torno a los años 30, cuando el autor tenía unos 30 años y apenas si fue retocado en sus sucesivas reediciones. Impresiona el texto no por el detalle biográfico (aunque tiene cosas muy bellas, como un cuadro de la condición de los judíos en la Alemania de comienzos del XIX, cuando su padre Marx-Lévi, descendiente de rabinos, se convirtió al protestantismo liberal ilustrado), sino por la rica reconstrucción del carácter de Marx y la agraciada reconstrucción de los debates de su época.
Las tesis del libro nos entregan a un Marx pensador del determinismo histórico y natural. Las leyes de la naturaleza ofrecen un marco dentro del cual los hombres constituyen estructuras sociales históricas. La acción humana se juega sus posibilidades dentro de este marco del cual brotan y al cual deben orientarse en sentido transformador. Las aptitudes morales e intelectuales de individuos, clases y partidos poseen valor referidas a esta dialéctica concreta.
Marx es presentado como un maestro en el arte forjar armas analíticas a partir de la producción de síntesis de elementos muy variados provenientes de doctrinas filosóficas (sobre todo Hegel), económicas (sobre todo Ricardo) y políticas (sobre todo Saint-Simón, Fourier) de su tiempo.
Surge de allí un nuevo modo de comprender la historia. Ya no como sucesión de episodios, ni como despliegue de una idea, sino como movimiento cuya coherencia debe ser comprendida a partir de las condiciones materiales de su desenvolvimiento.
Marx se distingue por su concentración. En una Europa poblada de grandes científicos y revolucionarios románticos, la elaboración de su método histórico y la publicación del tomo I de El Capital lo distinguen, perdurable, del fondo agitado de ideas y valores de cambio.
Lo que Marx crea –y el marxismo no logró aniquilar- es un modo radical de la crítica en el que la influencia hegeliana se amalgama al calor del fragor de las luchas políticas y sus investigaciones económicas, que desemboca en la superación práctica de la filosofía: el proletariado como sujeto revolucionario.
Este es el hilo rojo con el que Marx lee el período que va de la revolución del 48 a la Comuna de París, y que en los hechos tiñe su teoría de la revolución, de la francesa a la rusa.
La perspectiva de Marx combina, entonces, un razonamiento de la transformación en la historia junto con una analítica capaz de comprender tendencias históricas, y de construir mecanismos reflexivos abstractos aplicados a la economía y al análisis de las diversas coyunturas (lo cual se hace evidente en su oficio de periodista).
La determinación del proletariado como agente político fundamental en las transformaciones históricas de su época es el paso a la práctica, a la afirmación del pensamiento en las condiciones de la situación efectiva. El proletariado industrial naciente, las ideologías obreras, toda la actividad organizativa en torno a la Asociación Internacional de Trabajadores, su labor como periodista, agitador, táctico, remite a una nueva concepción de la praxis y la política.    
Una segunda tesis del libro de Berlín  -muy compatible con la reciente aparición de un libro de Fredric Jameson (“Representar El capital, una lectura del tomo I”, Ed. Fondo de cultura económica, Bs-As, 2013), señala que el discurso de Marx no es propiamente filosófico (económico ni estrechamente político). Se trata más bien de un pensamiento que –transversal a esos discursos- busca intervenir prácticamente en torno a los puntos de servidumbre  en los cuales se subordina a la subjetividad y se la articula a la estructura histórica y social que lo determina.
El pensamiento riguroso y la praxis emancipatoria se conjugan, en Marx, en la doble tarea de detectar la eficacia actual de esos puntos de servidumbre (hoy más proliferantes que en la época del primer industrialismo, y del fordismo) y de desanudarlos.
Lo que la filosofía llamada “crítica” llamaba condiciones “trascendentales” de posibilidad descubren con Marx su historicidad, su materialidad, y su transformabilidad. La crítica que apunta a las raíces se convierte en praxis transformadora tomando por objeto a la estructura en la que se conservan estas condiciones.
La economía -entendida como relaciones de producción de hombres y de cosas-, del mismo modo que las instituciones,  los hábitos y las creencias en torno a las cuales se organiza, se encuentra sometida a las vicisitudes del juego político entre las clases sociales. No hay política que sea exterior (y pueda regular) a la economía.
La obra de Berlín es una pieza sutil, en la que casi no hay citas al pie de página. Su posición en referencia a Marx es completamente desprejuiciada y libre (ni marxista, ni antimarxista): retrato fascinado de alguien que parece situarse en sus antípodas, al despreciar el problema de la “libertad” central en la obra posterior de nuestro autor.
El libro termina así: “Marx erigió el sistema para refutar las proposiciones de que las ideas determinan decisivamente el curso de la historia, pero la misma extensión de una influencia sobre los asuntos humanos debilitó la fuerza de sus tesis. Pues al alterar la opinión hasta entonces dominante de la relación del individuo con su contorno y con sus semejantes, alteró palpablemente esa misma relación; y, en consecuencia, constituye la más poderosa de las fuerzas intelectuales que hoy transforma permanentemente los modos en que los hombres obra y piensan”.
Nuestra relación con Marx permanece abierta (incluso habría que abrirla más), al punto que incluso este último párrafo se nos ha vuelto anacrónico, y corre el riesgo de dar por sentada una influencia actual que no sólo no se verifica, sino que además toca a cada generación (como diría Benjamin) recobrar en toda su problematicidad.   
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