Estallido y expansión de las protestas del junio brasilero

por Salvador Schavelzon


Mientras se prepara para ser sede del mundial de fútbol 2014, Brasil arde. Una decisión gubernamental desató una de las protestas más importantes de toda su historia. ¿Cómo estalló? ¿Cómo se expande? ¿Qué deja? Las preguntas que son respondidas en este  análisis de un dossier que ofrecemos para comprender que es lo que está sucediendo en tierras del gigante sudamericano. 

I. Cómo estalla

En la ciudad de San Pablo, después de varios días se sigue hablando de aquel “lunes”, del que en toda reunión de amigos, compañeros de trabajo o estudios hay algo para comentar. La ciudad paró y sorpresivamente para locales y extraños ocurrió una histórica movilización imposible de prever. Por recorridos nuevos en la ciudad, con muchos jóvenes saliendo a la calle por primera vez, con fuerza transformadora que tendrá consecuencias que se seguirán observando por mucho tiempo pero que fundamentalmente ya cambió al país, a la ciudad y a los que salieron ese lunes 17 de junio a manifestarse.

Era la quinta movilización convocada por el Movimiento Passe Livre (MPL-São Paulo) en oposición a un aumento en el pasaje del transporte público que en esta ciudad pasaría de 3 a 3,20 reales (1,5 dólares) pero que, como muchos decían, “no es sólo por 20 centavos”. El aumento era semejante en varios estados del Brasil, donde habría una ola de movilizaciones que alcanzaría también ciudades pequeñas y un número de manifestantes que superarían el millón, según la prensa. En Río de Janeiro se recordaría aquel “jueves” en que se llenó la Avenida Presidente Vargas, y lo mismo en otras ciudades…

El MPL de San Pablo está formado por un núcleo de 40 participantes, comentaba uno de sus miembros en el programa Roda Viva de la televisión, el mismo lunes de la quinta movilización. Pero habían conseguido tocar las fibras de una sociedad que evidentemente tenía mucho para decir. La policía ayudó al crecimiento de las protestas: su obstinación y violencia para evitar que los movilizados llegaran a la Avenida Paulista, habían permitido llamar la atención en las primeras convocatorias que comenzaron el 6 de junio y fueron creciendo en número hasta el jueves 13, cuando la violencia policial llegó a la tapa de los diarios denunciada como abuso, y ya no como acciones adecuadas contra el “vandalismo”. Varios fotógrafos y periodistas de importantes medios habían sido alcanzados por balas de goma y gas de efecto moral. Sólo entonces sus periódicos dejaron de tratar las movilizaciones como minorías que desobedecían la ley, sumándose a las voces indignadas que confluyeron el lunes 17. En pocos días las convocatorias pasaron de cientos a cientos de miles de participantes.

La violencia policial, sin embargo, es sólo uno de los elementos para explicar la convocatoria que sorprendió aquel lunes. Hubo otras manifestaciones fuertemente reprimidas en el pasado reciente que no crecieron de la misma manera. El tema del transporte como unificador también explica la convocatoria masiva en una ciudad donde la velocidad promedio de los ómnibus es de 12 km por hora y su precio representa el segundo gasto más alto y un tercio del salario mínimo de un trabajador. Mucho incentivo desde el gobierno de Lula a la industria automotriz, uno de los vectores de expansión del consumo, no desentonan con una realidad en que el transporte es un problema urbano y social de primer nivel en las preocupaciones cotidianas. Pero las movilizaciones por este tema también fueron convocadas en otros años sin este resultado.  

Con Lula no hubiera salido tanta gente con críticas al gobierno, algunos piensan, destacando su carácter conciliador y flexible. O que su llegada junto a los movimientos y sindicatos todavía lo blindaban como representante de los de abajo. El estilo tecnocrático y marquetinero de Dilma y Fernando Haddad (el intendente de San Pablo, también del PT) es una buena pista para otros. Lula pudo hacer que sus candidatos sean elegidos pero quizás algo quedó en el camino. Algo de lo que significaba el PT se perdió en la máquina estatal, o quien sabe vino madurándose desde que este partido es gobierno pero sólo ahora lo vemos en la calle con fuerza, conectado con deseos de una nueva época y también indescifrable para el resto de los sectores políticos organizados.

Observando cómo el conflicto se expandió a otros temas puede darnos más elementos, pero la única certeza parece ser la de una frase que se escuchó por estos días: “si no estás confundido es que todavía estás mal informado”.


II. Cómo se expande.

El martes 18 de junio el intendente de San Pablo junto al gobernador Alckmin, en simultáneo con Río de Janeiro, suspendían el aumento. Por varios días, sin embargo, la gente continuó movilizada. Tanto en las pancartas y carteles improvisados o canciones de las movilizaciones, como en los temas que convocaron otros actos y marchas se desplegó una plétora de razones para estar en la calle y hablar. Por otra parte, de un comienzo con las clases medias urbanas, durante la semana las protestas empezaron a llegar a las periferias, con movimientos como el de los Sin Techo empezando a salir a la calle. En Río de Janeiro hubo una movilización en dos grandes favelas, una de ellas reaccionando a la violencia policial que mató 13 personas en la noche después de una protesta, justificadas desde el gobierno como acciones de lucha contra el narcotráfico.

El pueblo brasilero no se movilizaba así desde el impeachment de Collor de Mello, o incluso desde las manifestaciones que exigían la apertura democrática en 1984. Fue fuerte y nuevo. Además no era impulsado por una crisis económica o política ya instalada en la percepción general. No había líderes visibles, más allá de los jóvenes del MPL que insistían en no ser individualizados como líderes, proponiendo discusión horizontal, además de mantenerse firmes en la reivindicación del transporte, aunque recordarían otras luchas en una carta previa a su reunión con Dilma donde decían que se trataba de tomar medidas y no de reunirse a conversar, y hacían presente la negativa del gobierno de recibir a pueblos indígenas –recientemente afectados por acciones y omisiones del gobierno y aliados–  así como también de otros sectores postergados.

La multiplicidad de voces que salían a la calle tenía algunos temas mencionados con más insistencia. Los negocios de la copa, que alcanzan 15 mil millones de dólares en contratos con menos control que el habitual, por la urgencia, fueron uno de ellos. En coincidencia con la realización de la Copa de las Confederaciones, Comités Populares de la Copa convocaron actividades y movilizaciones que continuaron las del aumento del transporte, especialmente en Río de Janeiro, Belo Horizonte, Fortaleza y otras ciudades, denunciando remociones de población, la destrucción de una aldea indígena urbana para la reforma del Maracaná (y privatización), el elitismo de la concepción general de las obras –y sus beneficiados– en lo que fue sentido por el pueblo como una provocación, dadas las necesidades no satisfechas en varias áreas. La mercantilización y violencia con que se conduce el proceso, dio lugar a grupos pensando la ciudad que en estos días se unieron a las manifestaciones.

En las protestas también se cantaba sobre salud y educación, e indignó fuertemente la aprobación en una comisión del congreso de un proyecto sobre la “cura gay” impulsado por la derecha religiosa, fuerte en el congreso y aliada al gobierno del PT, que en este contexto terminó por bloquear el proyecto pero varias veces retrocedió en propuestas y acciones para no enemistarse con esos sectores. Se escuchaba también un reclamo contra la corrupción, genérico, y al proyecto de enmienda constitucional “PEC 37” que quitaba poderes de investigación al Ministerio Público y era entendido como impunidad para el poder ejecutivo, que controlaría las investigaciones a través de la policía. Esta reivindicación se articulaba en el tema de la corrupción, recordando la reciente investigación que condenó el llamado “mensalão”, que consistía en un esquema de pagos por parte del PT a pequeños partidos para conformar una base de apoyo en el congreso. En una lectura política, algunos piensan que el fracaso de la estrategia de comprar a estos partidos en el primer gobierno Lula es lo que lo terminó llevando a las alianzas con fuerzas conservadoras más fuertes y establecidas, en particular con el PMDB, oposición legalizada de la dictadura que desde la vuelta a la democracia está en el poder a través de pactos como los que hoy le dieron la vicepresidencia y varios ministros del gobierno de Dilma. Esta alianza del PT con ruralistas, religiosos y partidos conservadores es sin duda parte de lo que debe ser tenido en cuenta para analizar los motivos del estallido popular, y de la salida a la calle de una juventud movilizada que no encuentra ningún canal de recepción en el PT, hace 10 años en el gobierno.

Los que salieron a la calle en las primeras movilizaciones pueden ser identificados con la izquierda militante y universitaria o juvenil. El lunes 17 la marcha que recorrió la ciudad encontraba a los jóvenes ya sin apego afectivo con la vieja historia de un PT de luchas sociales, con los que sí eran tradicionales votantes del PT, recientemente partícipes del triunfo de Haddad en la ciudad contra fuerzas conservadoras, pero en un voto mucho más pragmático y coyuntural que ahora mostraba su lado crítico. Desde el jueves 20 de junio, embanderados en el tema de la corrupción, y con un notable cambio de orientación de los grandes medios, más simpáticos con las movilizaciones, ganó visibilidad un componente que se alejaba del manifestante que podría haber votado por el PT en otra época. Banderas verdes y amarillas, el himno nacional y gritos contra partidos de izquierda (de los identificados como “sin partido”), mostraban un nuevo escenario que se hacía ver desde dentro de las manifestaciones y que podían rememorar un clima de Que Se Vayan Todos, pero más bien se acercaban a los cacerolazos conservadores vistos en Argentina y otros países, que el progresismo letrado no tardó en calificar de barbarie fascista, a la que se oponía un Estado que no era más el de la represión policial de días atrás, ni el que especialmente favorece bancos y empresas, sino el de la protección y el Estado de Derecho de ciudadanos seguros en sus casas.

Hubo entonces un cambio de signo, con las movilizaciones iniciales perdiendo fuerza ante el riesgo de que las protestas con un horizonte más allá del PT pudieran ser utilizadas por la TV Globo con un sentido más acá del PT, del discurso de la seguridad que en lugar de planes sociales proponía presión para los bandidos de la favela. Este viraje fue aprovechado por cierta militancia progubernamental para alejarse de esbozos de autocrítica que surgieron al principio y que fueron reemplazados por el fantasma del golpe de Estado contra las conquistas sociales. Al contrario de núcleos de base del PT que empezaban a salir a la calle buscando sumarse a lo que sin duda era una expresión popular y por profundización de conquistas –que los propios Lula y Dilma valoraron– estas voces llamaban a “volver a casa” y a confiar en el rumbo ratificado en las últimas elecciones. En ese marco surgen algunas medidas desde el poder institucional que parecían responder a la calle pero para que la iniciativa volviera al ámbito estatal. La reinterpretación de lo que estaba pasando como “amenaza de golpe” operaba en tándem con los medios de comunicación conservadores para desviar en propio provecho los mensajes de la movilización.

No hubo un intento desde el PT de buscar reconstruir un vínculo con la gente que sin duda se estaba mostrando resquebrajado. Me refiero a los pactos políticos propuestos por Dilma en la última semana de junio, que volvían a los lugares comunes de la agenda estatal en lugar de actuar como gobierno de izquierda que se apoya en la calle para avanzar en un gobierno disputado. También en el gobierno de la ciudad de San Pablo fue bastante visible como a pesar de que el intendente caracterizaba por izquierda la situación (la injusta distribución de costos en el precio del pasaje, a favor de las empresas) se insistía en la imposibilidad de revocar el aumento y se salió del conflicto en coordinación con los gobiernos de ciudades y estados gobernados por los partidos de derecha, como clase política unificada, junto a las empresas que continuarán con ganancias excepcionales en términos comparativos mundiales, violencia policial y miedo de la gente en las calles. El retroceso del aumento sería a costa de inversiones de la ciudad no especificadas que serían canceladas. Parecía el corolario de la foto de Haddad con Maluf durante la campaña, símbolo de corrupción neoliberal que Lula auspiciaba como aliado.

En el ámbito nacional, Dilma habló de convocar una constituyente para hacer una reforma política (electoral, más bien), pero en menos de 24 horas, ante la reacción de los viejos poderes, se transformó en un plebiscito de carácter más limitado. Parecía que el gobierno sólo sacaría de las movilizaciones una reforma que afecta nada más la formalidad de un sistema donde el poder económico manda. Vuelvan a sus casas porque estamos con ustedes y los escuchamos, parecía decir el poder político, mientras seguía sin ser discutido un status quo donde apenas hay lugar para pequeños gestos cínicos o impotentes. Se ratificaba que en el pequeño espacio que le queda al gobierno para definir el gasto se daría espacio a la salud, educación y, ahora, al transporte, mantras reconocidos como prioridad por una clase política alejada que no entendía un mensaje que no se limitaba a lo que el gobierno tiene para ofrecer, iba más allá de las pretensiones golpistas de la televisión, y no se resuelve en la disputa electoral interpartidaria.


III. Qué deja.

Algunas manifestaciones y los desdoblamientos de lo que pasó seguirán pero por lo pronto vemos que Brasil ya cambió. El mundial y las olimpiadas, pensadas como vidriera para la proyección internacional de un Brasil potencia, deberán mostrar también su costado de sociedad desigual y militarizada. La calle no es más apenas carnaval y tránsito, con una generación que acorta su distancia con la política y la transformación de la sociedad, sin que necesariamente se acorte la distancia con el poder político que aparece cada vez más lejos, cada vez más indistinguible.

Las movilizaciones también despertaron monstruos oscuros, que sin duda son parte de un cuadro político complicado donde el PT sigue jugando, atado con compromisos de campaña y pactos de gobernabilidad, pero lejos de los gobiernos que pasaron por la primavera árabe, o que carecen de apoyo electoral genuino.  Si no en el PT del gobierno, ni en cambios políticos desde un poder desconectado, una de las claves para entender qué dejaron las movilizaciones quizás esté más bien en discusiones de movimientos y organizaciones sociales, como el propio MPL y los pobladores que desde barrios populares o contextos urbanos colapsados discuten hoy una realidad cuya posibilidad de construcción se mostró al alcance de la mano. En este sentido, por lo pronto, tenemos mucha gente reuniéndose para discutir el transporte, la copa, la ciudad, que antes no lo hacía.

Si no queda duda que los problemas puestos por la calles encuentran al PT del otro lado, no parece totalmente cerrada la discusión de si en la solución este partido que fue importante en luchas del pasado tendrá solamente un papel desmovilizador y represivo. Pero esta no es la discusión central, sin duda, siendo la novedad la fuerza con que la gente en las calles abrió canales políticos para expresarse y repensar la política, el país y la vida en común.
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