20 fragmentos para ser leídos en el Metrobús (o La política del común de Raquel Gutiérrez Aguila)

por Rosa Lugano



I.

Riccieri, domingo once y pico de una noche helada. El aeropuerto va quedando atrás. Raquel Gutiérrez Aguilar nos debe estar viendo ya como luces de alasita en movimiento. Fin de una intensa semana de la que sobrevienen destellos, fragmentos de lo conversado. Me abstraigo de las anécdotas y de las derivas más personales e intento armar, en cambio, la constelación conceptual que le permite hoy pensar, desde los movimientos sociales, una política de lo común.

II.

Antes que por los conceptos, me siento atraída por el ritmo de su voz y por la variabilidad de sus tonos; un registro por momentos mesurado, por momentos pasional; siempre afectado por el esfuerzo de poner nombre a los propios problemas, eso que atraviesan su experiencia vital/militante. Los conceptos se vuelven, en esa faena, un aliado fundamental.

III.

Primera cuestión de relevancia, entonces: la necesidad de nombrar los problemas con una tonalidad propia como modo de politizarlos, de construirlos como objeto de una política.

IV.

Segunda y fundamental: una voz y un tono propio que habla desde las luchas. No “sobre” o “de” las luchas. Luchas y movimientos no son el objeto sociológico de un intelectual o de un becario de doctorado, sino una forma de vida. Luchas que son, al mismo tiempo, motor y origen de la política. Nos encontramos frente a un lenguaje a contrapelo de los imaginarios dominantes cuyo lema es que solo desde la lucha en las calles es posible pensar la transformación de las relaciones sociales; una transformación que anida precisamente en el despliegue más intenso de esas luchas (semanas atrás propuse en borrador pensar las movilizaciones y luchas en Brasil a partir del par fertilidad/infertilidad, algo que, como es evidente, va en el mismo sentido).

V.

Acorde con esta precepto de hablar desde (y como modo de impulsar) las luchas, el pensamiento de RGA se organiza, no tanto en función del registro de lo que hay, sino más bien como el ejercicio de una imaginación que proyecta lo que puede haber. Más que a la gestión de lo que hay, podríamos llamar política, precisamente, a la irrupción de esa imaginación colectiva.

VI.

De otro modo: las luchas son ese (especial) momento de politización en el que irrumpe una imaginación colectiva orientada a fundar un sentido común disidente que despliegue y potencie los posibles que habitan en cada situación.

VII.

Nada nuevo bajo el sol: Marx clásico derecho viejo. La lucha de clases como partera de la historia, como fuente de creación e irradiación de vitalidad colectiva. Pero, también, como piso de comprensión de lo real y del horizonte político. Es en la lucha misma donde se alumbra lo que puede haber o lo que se puede conseguir; momento en el que lo social recupera su capacidad de intervención pública expresando deseos que anidan, secretos, en sus entrañas. Algo nuevo bajo el sol: Marx desprendido del viejo marxismo.

VIII.

Las movilizaciones y las luchas en la calle son, entonces, fuerza creativa de nuevas imágenes políticas, momento de gestación de lo nuevo. ¿De dónde nace esta fuerza? De su capacidad social de veto, de negación, de decir “no” ante una realidad que se presenta como inexorable (y que casualmente es siempre funcional a la concentración de capital). Las luchas y su fuerza denegativa, sin embargo, se encuentran hoy –entre nosotrxs- desarmadas frente a la puerilidad del elenco de los adherentes y entusiastas.

IX.

El último gran ciclo de luchas (que tuvo como epicentro el 2001 argentino, tanto como las masivas y constantes movilizaciones en Bolivia y Ecuador -entre otras- y que hoy resuena fuerte en Brasil) nombró e hizo visible un horizonte de la política del común.

X.

La política del común se cimienta sobre dos rasgos principales de esas luchas:

- La fuerza con la que éstas plantearon el problema de la reapropiación social de la riqueza material y natural.

- La ineficaz forma (liberal) en que el poder estatal asimila la participación política en clave de delegación.

(* Art. 22 de la Constitución Argentina: “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición”).

XI.

Esas luchas vislumbraron como posibilidad una reconfiguración política orientada a la reapropiación tanto de riqueza material como de capacidades políticas anteriormente expropiadas. Es decir, las luchas generan las condiciones materiales y simbólicas para la constitución de una res común.

XII.

La constitución de una res común remite a una profunda reorganización del cuerpo social fundada, centralmente, en tres rupturas: primero, una ruptura con los procesos dominantes de acumulación de capital; segundo, una ruptura con la disposición colectiva a la obediencia y; tercero, una ruptura con el cumplimiento acrítico de normas heredadas.

XIII.

Dicho de otro modo: asistimos al pasaje de una res pública de tipo estadocéntrica –en el que la política se realiza en su encuentro con la institucionalidad estatal– a una res común en la que la política se funda tanto sobre su capacidad de interrumpir los procesos de acumulación de capital y de expropiación de recursos comunes como de tensionar las formas liberales de lo político, que bajo la figura de la delegación, anula la posibilidades de gestionar colectivamente lo que a todos incumbe porque a todos afecta.

XIV.

Ojo: la res pública no es un “modelo” a desarrollar (o al que llegar), sino un camino. Es decir, no es una totalización que organiza el conjunto de los posibles, sino la búsqueda de claves para que la lucha (como reorganización del cuerpo social) pueda ir transformándose ("no modelo, sino camino": el “buen vivir” –el Sumak Kawsay puede pensarse en la misma clave).

XV.

La res común, planteada de esta forma, desarticula y subvierte el esquema político liberal-estadocéntrico erigido sobre la escisión público-privado que, remitiendo uno al estado y el otro al mercado, excluye e invisibilidad todo el espacio social en el que se crean y recrean las tramas de producción y reproducción de la vida.

XVI.

Los momentos de lucha son tiempos propicios para la producción y reproducción de lo común. Lo común no es una categoría clasificatoria que aluda a la propiedad, sino que es una idea-fuerza central de la reorganización de la convivencia social. O, mejor, lo común es una forma de hacer que genera una forma de relación social en constante riesgo de ser fagocitada por el estado y/o el capital: una forma de relación social que expresa esas tramas de la reproducción de la vida (tramas que, en muchos casos, son capturadas por formas de relación mercantil, pero que, en otros, prima la disposición a establecer modos de producción colectivos con capacidad de discutir los criterios de usufructo de lo producido).

XVII.

Lo común es una manera de nombrar eso “público no-estatal”, aquello que se produce colectivamente y cuyo control y decisión no se delega en otras mediaciones políticas que no sean los mismos que lo producen. El horizonte de lo común es, ante todo, una perspectiva de lucha que se lanza a reapropiarse y recuperar directa y colectivamente lo que ha sido arrebatado de las manos de las colectividades: el control de su destino. Lo común es, así, relación social no reducida a lo dado. Producción reiterada de sentido y de vínculo que dotan al colectivo de la capacidad de intervención en asuntos generales.

XVIII.

La circulación de la palabra y los afectos son la base de lo común.

XIX.

La producción de lo común se funda en un nosotrxs, es decir, en una fuerza colectiva que garantiza la reproducción de la vida material y que habilita la regeneración de un sentido de inclusión colectiva.

XX.

La res común es, entonces, la construcción de un camino de búsqueda de las claves para mantener abierto un proceso de lucha que se despliega sobre un espacio que no es ni público ni privado, sino lo común; es decir, el espacio en el que se crean y recrean tramas de producción y reproducción de la vida. Es desde estas tramas –ajenas a cualquier consistencia ideológica– desde donde hay que pensar la política. La política, concluirá Raquel, es entonces una política del común, de producción de común, allí donde se comparte el trabajo y se definen colectivamente los términos de su usufructo.
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