Néstor Kirchner, la otra película, de Adrián Caetano

Por Ignacio Izaguirre
(http://hacerselacritica.blogspot.com.ar)




Néstor Kirchner, la otra película. La aparición de la película de Caetano sobre Néstor Kirchner es un hecho extraordinario. Uno de esos hechos que, un minuto antes de que ocurran, parecen imposibles, pero un minuto después se mimetizan con la realidad de tal manera que tenemos que hacer un esfuerzo para sostener la sorpresa y la fascinación. Esta característica es compartida con algunas famosas medidas kirchneristas.

Cuando se derogaron las leyes de impunidad (en 1998), los “especialistas” explicaban que ese hecho no tenía efecto retroactivo y, por lo tanto, ningún efecto concreto. Para poder reabrir los juicios las leyes debían ser anuladas. Era una forma de explicar que eso no iba a pasar nunca. En 2003 las leyes se anularon. Ahora estamos felizmente acostumbrados. Algo parecido se puede decir de la legalización del matrimonio homosexual, de la estatización de las AFJP o de la Asignación Universal por Hijo. Estas medidas tienen también ese aura y esa maldición.


El espacio donde apareció la película no es un hecho menor. Es el blog de Raffo. No sé quién es Raffo o qué hace de su vida, sé que es parte del coro estable de señoras indignadas de tuiter. Un conjunto de tuiteros famosos que todos los días desarrolla una competencia salvaje en la que triunfa el que logra descubrir el mayor atropello a la República en el hecho más pequeño y abstracto posible. Por supuesto que la competencia la gana siempre Quintín, el único auténticamente excesivo de todos ellos. Tangencialmente a este grupo se mueve Esteban Schmidt, otro intenso, un radical de modales peronistas al que vale la pena leer.

Los demás son una versión palermitana de Marcos Aguinis o Santiago Kovadloff. Casi tan básicos como ellos, pero mucho más cancheros. Debo agradecerle a este grupo la revalorización del apelativo “gorila”. Es una calificación que nunca me gustó mucho. Mientras su uso estuvo en animación suspendida era, para mí, sinónimo de antiperonista y el peronismo era, como me enseñó mi papá socialista, la derecha disfrazada de popular. Los hechos le daban la razón. El peronismo se opuso a Alfonsín por izquierda para después asociarse con los que lo chiflaron en la Rural. El peronismo fue el menemismo, la segunda mayor tragedia argentina. En ese contexto, ser gorila no podía ser algo malo. Ahora que la palabra resucitó suele molestarme su uso un poco fascista, estigmatizante de cualquier crítica.


Sin embargo, los gorilas existen. Gorila es el que se siente -o se expresa- superior por pertenecer a una elite cultural. Para el gorila, la antinomia fundamental es civilización o barbarie. Para el peronista (en el buen sentido de la palabra), en cambio, es popular o antipopular.  Así pudieron coincidir contra la dictadura (por razones obvias) o contra el menemismo (porque el menemismo además de antipopular es grasa). El gorila cree que a los pobres hay que educarlos. Cree que salir a chorear, meterse los dedos en la nariz o no pronunciar las “eses” son expresiones de lo mismo. También cree que es importante pronunciar las “eses”, “hablar bien”, como si alguien pudiera hablar mal su lengua materna.

El gorila pregona, desde sus ventajas, cómo tienen que comportarse los demás. Le encantan esas historias en las que una mucama, trabajando de lunes a lunes 17 horas por día, logra salir de la villa y mudarse a un departamentito con el marido, un muchacho muy trabajador también. Ni se le pasa por la cabeza que, ante esa perspectiva, seguir en la villa, morirse a los 30 años, pero trabajar una vez por semana y tener el resto del tiempo libre, es, sin ironía, una alternativa muy respetable.

Se regodea en la ética y la moral. Habla desde una supuesta pureza, la mugre no lo roza. Se indigna con la intervención del INDEC, pero no tendría reparos en ser ñoqui en ese mismo organismo durante años.

En los pobres y en la pobreza sólo ve algo deficitario, incompleto, defectuoso. No son vidas válidas, son vidas perdidas, truncas. “Chávez les mejora las condiciones, pero no los saca de la pobreza”, les leí alguna vez. No tienen la menor idea de lo diferente que es tener muy poco a no tener nada. Si lo ven sucio, no debería existir. En su mejor versión no ven la diferencia entre un villero con laburo y un villero muerto de hambre. Su peor versión es más conocida, matarían a todos los negros de mierda.

En fin, en el blog del gorila de Raffo, y no de otro, se publicó, con una linda introducción, la película de Caetano.


La primera gran y evidente diferencia con la película de Paula De Luque es el exclusivo uso de material de archivo. No hay imágenes producidas específicamente para el film. De Luque necesita producir porque su relato intenta descubrir el “costado humano” del personaje. Las entrevistas con su hijo, su madre y su suegra buscan un retrato íntimo o cercano. Los otros personajes (el violinista, la que vendía flores en la 9 de Julio, etc) cuentan su encuentro personal con Néstor. Son historias emocionantes, pero no hablan de un presidente, ni de la política como instrumento de cambio, sino más bien de un tipo macanudo con poder.

En este intento por encontrar al hombre detrás del político, el mejor momento, sin duda, es el plano en el que la mano izquierda de Kirchner estruja el atril desde el que habla a la multitud en la ex ESMA. En esa mano aparece el nerviosismo que no se nota en su voz entrenada.

El problema parece ser que la potencia de Néstor Kirchner no está en su versión íntima. La intimidad parece quedarle como un traje chico donde aparece torpe. Recuerda más bien a esos compañeritos hincha pelotas de la escuela que no podían quedarse quietos. Es el pavote que le hace cuernitos a la novia mientras lo filman.

La nueva película, en cambio, centra su atención y la sostiene en la imagen del Kirchner político. Las palabras que llevan el relato no son las de los entrevistados, sino las de él mismo en sus apariciones públicas a lo largo de casi treinta años.


Caetano libera a Kirchner en los espacios enormes de la exposición pública. Es en esos espacios donde los gestos dejan de ser pavotes. Por ejemplo, esa mano sutilmente levantada y acompañada de una casi sonrisa cuando un tanque gira el cañón hacia él para cumplir con el saludo protocolar en un desfile público. Es un gesto pariente del aspecto relajado con el que llega, parado en un jeep, al colegio militar a decirles a todos los oficiales que no les tiene miedo y que quiere el ejército de Mosconi y Savio, no el de Videla. La falta de solemnidad le da una soltura que convence de la falta de miedo.

La película es kirchnerista en sus maneras. Avanza sobre la realidad con lo que hay, con las imágenes sucias, fragmentarias, imperfectas. No intenta cubrir los huecos para lograr una superficie suave ni un discurso cerrado u homogéneo, y sin embargo, pasando por el super 8, el HD o la TV, el relato se mueve construyendo la figura de un político impresionante. De la misma manera que descubrimos, pasando por el menemismo o el duhaldismo, la continuidad del discurso a favor de la independencia del Estado, del desendeudamiento, y del sostenimiento del empleo. En todos estos años kirchneristas llenos de contradicciones y contramarchas no se encontrará una sola medida en contra de esos tres pilares.



Al ignorar los años menemistas, la película de Paula de Luque los hacía más visibles. Hacía evidente que de eso no se hablaba. La de Caetano, en cambio, se anima a mostrar a los dos expresidentes juntos mientras se escuchan las palabras elogiosas de Néstor. Pero también en esas palabras se cuelan los principios que luego prometerá no dejar en la puerta dela Casa Rosada y que podrían identificarse con los tres pilares mencionados. Así es el kirchnerismo y así es la película de Caetano, una fuerza desprolija, hecha de retazos casi incompatibles, que se empeña en luchar contra la pérdida del misticismo, y que tiene como principio avanzar por donde la realidad lo permita. Parece no tener un centro, pero si miramos la totalidad se descubre que el camino, no por sinuoso deja de tener un objetivo.
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