Llegó el día: murió Videla.

por D.S.


Murió Videla: soñé mil veces con este momento. Dicen que desear la muerte de alguien es triste: alegrías tristes te da la vida. De más joven soñé con matarlo. No recuerdo ahora el nombre de la película que acaba con el asesinato de un genocida (Astiz). Entiendo el orgullo que despiertan las madres y su corrimiento de la violencia, pero me gusta el cine de Tarantino en la que se reescribe la venganza sangrienta y feliz de los humillados.

Un amigo hipersensible a los lugares comunes del progresismo fácil escribe a las horas de conocerse la noticia: “cuando alguien muere hay que recordarlo por sus cosas buenas”. Eso me propongo.

Videla no fue un sorete solitario. Su soledad actual da cuenta, en todo caso, de una exitosa y masiva capacidad de blanqueo y lavado de cara que recorre la historia reciente de nuestro país. De la prensa a la Iglesia, de los partidos políticos a las fuerzas de seguridad, de los sindicatos a los empresarios. Causa pavor reflexionar estos días sobre Rodolfo Walsh, Agustín Tosco o Monseñor Angelelli. Los contrastes hablan por sí mismos. No es sólo Van der koy, como dice hoy con verdad Horacio Verbistky. Es también el agente del 601 Gerardo Martínez al frente de la UOCRA.

Es cierto que estos gusanos de uniforme se van muriendo ya. Pero su obra perdura como hueso duro en la economía y en las instituciones (lo indiscutible del régimen de propiedad y de trabajo).

Un par de años antes de morir Videla sostuvo en un libro escrito por el oficial de no sé qué fuerza, Ceferino Reato (Disposición Final, la confesión de Videla sobre los desaparecidos), que el golpe de estado fue un "error" y que con la legislación de Isabel-Luder se hubiese podido realizar la acción de disciplinamiento social que clase dominante, la iglesia y el ejército se proponían con gran apoyo social.

La reflexión de Videla posee la fuerza de un poderoso ejercicio retroactivo: ¿le daba el cuero a aquel peronismo de las Tres A, para legitimar el genocidio, ya con Perón muerto? Esa hipótesis no tiene fuerza histórica positiva. Sin embargo tiene el valor de permitirle a Videla confesar la única verdad histórico que pueda ofrecernos: ¿cómo pudo ocurrir que un General en Jefe del Ejército Argentino robustecido en su tiempo junto al cuerpo y alma de toda una clase y un segmento nada menor de nuestra sociedad, muriese solitario e insignificante, ya casi sin cuerpo, sostenido por el fino hilo de su entrega espiritual a la virgen?

Esta pregunta es la tragedia del último Videla: el haber sufrido algo más duro que la prisión en la que lo colocó con justicia la democracia: la constatación cotidiana de que la fuerza con la que pudo realizar el genocidio lo abandonaba y se blanqueba, traicionándolo, para dejarlo como un símbolo impotente y solitario, para reconvertirse con éxito en el tejido del presente.

Los que dejaron sólo, los que llegaron a blanquearse a tiempo, ese cuerpo del capital que de un modo u otro sigue mandando, esta mierda nacional no muere con Videla: sigue con nosotros....
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