La frente (y la) marchita: duelo del kirchnerismo

Por Juan Pablo Maccia



Agua mineral, natural. Mirada perdida: “no me aguanto más este juego, los guachos ganan una y otra vez, como si el 54% no significara nada ¿Qué quieren que desconfiemos de la democracia, que busquemos otros medios?”. Así escucho a mi prima Laura, luego de un par de meses de ausencias. Empujada por una angustia que viene de lejos, su discurso se extravía. No es que los índices electorales no den derechos, sino que la representación es más compleja de lo que aparenta. En democracia, sí señorita, votan a los mismos candidatos personas muy diferentes. La cantidad, por eso, no se traduce tan fácilmente en radicalidad. Agreguemos el hecho de que quienes votan a otras fuerzas participan también de la síntesis institucional. La democracia es así, es esto, Lau.

Antes de partir, veía posibilidades para que se realicen mis deseos políticos: la reelección presidencial de Cristina. Ahora, regresando, dudo bastante de que la cosa se nos pueda dar. Los problemas de la economía –el dólar, la inflación- abandonan, a una velocidad inusitada, toda pertenencia al mundo técnico-monetario, y al de la gestión administrativa del estado para ocupar un lugar central en la gestión de los ánimos. El domingo, cuando por fin pude ver la nueva temporada de la serie que conduce Lanata me quedé pasmado. El juego ha alcanzando una sutileza y una agresividad que no esperaba. Ya no se lucha por construir alternativas, sino que se apunta a destruir la fuerza del gobierno, de desmoralizarlo. ¿Golpismo? No, algo mucho más elemental: desafección.  

La cosa se da así. En las filas del kirchnerismo son varios los militantes que creen, los más peronistas, que Néstor era mejor que Cristina. Que era más astuto, más atento a los grises, mejor conductor, más prolijo para los cierres. No estoy de acuerdo. Creo que los compañeros que así piensan  –los hay, incluso, que elogian la torpe verba de Néstor, convirtiendo al hombre sin oratoria en un Bartleby patagónico- exageran el valor del tartamudeo en política. Romanticismo. El asunto no es para inocentes. La reivindicación mítica del ex presidente fallecido se ha transformado en el mejor flanco de ataque al gobierno. Sea Mujica “La vieja es mas terca que el tuerto”, o Lanata (diciéndole “chorro” al fantasma de Néstor). Los compañeros que en secreto más añoran a Néstor constituyen, mutantis mutando, el recurso afectivo más valioso para atacar a Cristina, porque de ella se trata.

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Conviven en su habitación sin aparente fastidio las obras de Adorno y las fotos de Néstor Kirchner. Soy demasiado laico para dejarme afectar en lo personal por un presidente que ya no es. A lo sumo he echado lágrimas adolescentes frente a la imagen heroica de algún revolucionario ido. Será esa relativa insensibilidad la que me hacer ver estas cosas con una perspectiva de cierta distancia. Cosa que Lau (sólo a veces) agradece.

Lo cierto es que haber construido de Néstor un mito en donde amparar a la desprovista subjetividad política kirchnerista implicó, a la corta, ofrecer un inesperado flanco de ataque. En efecto, lo que hace la parte más astuta de la oposición es intentar bloquear el único proyecto serio oficial (la re-re de Cristina) a través de un trabajo de demolición de la escasa mitología k. Se trata de desacreditar la legitimidad simbólica (y los afectivos que la sostienen) a fin de desacreditar toda connotación valorativa positiva vinculada a las políticas en marcha para gestionar la crisis. La tesis opositora apunta a desnudar una supuesta falla psicológica en la estructura de la personalidad oficialista: la falta sustento racional y coherencia práctica en las políticas oficiales explicaría una creciente fuga espiritual hacia la figura del líder fallecido.

En el fondo, se trata de distinguir al interior de un mismo llanto, las diferencias entre las lágrimas de cocodrilo vertidas por Néstor, de las que infundieron lealtad al General Perón. Con Perón muerto, no hay viuda que resista. No es sólo que la primera presidenta haya sido Isabel. Eva y su amor a Perón, tampoco hubiesen podido. Esto es lo que no saben quienes –como Lau- lloran ante una foto. Que Néstor no es Perón. Y más importante aún,  que Cristina no es la “leal” mujer del líder.  

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Los libros de Adorno deberían tomar la palabra. No sólo la razón occidental, instrumental, está en crisis, sino también la sentimentalidad que la sostiene y compensa. Me refiero al peronismo, claro. Ni Néstor es Perón, la conducción, el padre eterno, un Cristina es Evita, amor obrero, gran mediadora, servil del patriarca. Siendo muchos menos, Néstor y Cristina han logrado ser más: él frágil para Jefe, ha protagonizado una política de afectos anti-militares que alcanza incluso al General del Pueblo; ella conduce, y lo hace con una decisión que cualquier de esos progresistas que anda por ahí añorando la superación del peronismo debiera sacarse el sombrero.

Sucede que esta conducción post-peronista irrita a los compañeros más sensibles, no son pocos. ¿Qué de donde le viene este “post?”. Es claro: del 2001. Digan lo que digan los compañeritos de larga memoria, Cristina representa –solita en el sistema de partidos- la ruptura del 2001 con el peronismo.

Solo a un cuadro amasado en las arenas del viejo peronismo le era dable realizar, sin estar destinado a ellos, el milagro histórico de dirigir al peronismo desde un exterior que lo supera. Si me apuran afirmaría que la felicidad que movilizó en la tristeza a los cientos de miles jóvenes que desfilaron ante el féretro de Néstor ofrendaba, desde lo más hondo, sus cuerpos y corazones para trazar, a partir de lo conquistado una política ya-nunca-mas-peronista. Hacer de Néstor un mito no suponía necesariamente hacer peronismo. Sostengo, al contrario, que la operación consagratoria iba dirigida a hacer lugar en el santoral de un nuevo movimiento desplazando hacia el fondo la figura del primer trabajador.

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El juego de las lágrimas es demasiado complejo, demasiado sutiles los intercambios en la serie de los nombres y los rostros. Los compañeros que así no lo entienden (y el propio discurso del comandante Chávez fallaba a menudo al respecto cuando a Perón de un modo que nuestra presidenta no acostumbra) le hacen el caldo gordo a la vuelta del peronismo, máxima aspiración estratégica de la derecha argentina.    

Como nunca ser peronista es hoy dejar de serlo. El peronismo es el ancla y la hipoteca más reaccionaria para quienes movidos por la sensibilidad social y las tentativas de justicia política intentan renovar las posibilidades espacio-temporales de la emancipación: el peronismo es nacional, mientras que el kirchnerismo de Cristina es regional; el peronismo soñado es mejora subordinada de los trabajadores, mientras que el kirchnerismo soñado por Cristina tiene como condición ineluctable la centralidad creciente de un proletariado plebeyo extendido en los territorios (cosa ante la cual reaccionan no sólo los mediocres dirigentes de la CGT oficialista sino, sobre todo,  dirigentes como Moyano, el heredero de José Ignacio Rucci); el peronismo es, en su memoria, fiesta y goce, acompasada con una dosis nada menor de social cristianismo, mientras que el kirchnerismo de Cristina es un jardín de mil flores, laico y racionalista, fundado en una conciencia profunda del lugar de los derechos humanos y sociales; el peronismo es estado-céntrico y keynesiano (cuando no mercado-céntrico y neoliberal), mientras que el kirchnerismo de Cristina es tanto postestatal como postmercantil, en la medida en que utiliza al estado y al mercado a fin de realizar un programa abierto y en construcción que intenta desbordar ambas categorías.

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Sucede últimamente a los más entrañables cuadros del kirchnerismo una desagradable pérdida del buen humor. Justo ellos, que lo tuvieron más que nadie. El humor, recordémoslo, es una condición estricta para superar la lógica formal. Sólo quien puede reír con ganas es apto para el pensamiento paradojal. Perder esta batalla es adocenarse en el más rígido de los pensamientos.

Y eso es lo que no deben lograr los ataques enemigos. Sean las valijas (esa forma nómade y viajera de la riqueza colectiva), la insípida reforma de la justicia, la postergada ley de medios, se trata, aquí y allá de ensuciar la voluntad reformista y democratizadora sin la cual el sentido mismo y la justificación histórica del kirchnerismo no serían nada. 

Algo debemos estar haciendo mal, intuyo, cuando la única literatura política con pretensiones estratégicas que recibo, convaleciente, en mi cristiana Santa Fe cristiana llevan la firma de José Pablo Feinmann, Hernán Brienza o de Ricardo Foster: egocentrismo, cinismo, filisteísmo rabínico.  No son, le digo a la embelesada Lau, los mejores perfiles para atravesar discursivamente este momento difícil de la vida del país. La autocomplacencia -estética e ideológica- es la peor de las enfermedades que hace nido en lo más íntimo de nuestras fuerzas.

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Economía, corrupción, peronismo, república y medios. No es un combo fácil. Y no es bueno responder a los ataques arteros con boludeces de bajo calibre. Enfrentamos una tentativa para destruir el proyecto de los movimientos sociales argentinos. Precisamos relanzar una ofensiva en todos los frentes. Una ofensiva capaz de reponer la “diferencia” que caracterizó al proyecto kirchnerista en todos los planos. A nivel económico debemos apuntalar la infraestructura de la vida popular y combatir sin embragues la inflación, en lugar de insistir tanto en lastimosas políticas “sociales”, o en garantizar “confiabilidad” a los dueños del capital; en el judicial, debemos dar un contenido efectivamente popular a la “democratización” a partir del mapa de las luchas contra el delito social, institucional y económico; en el mediático es urgente reponer la superioridad moral e intelectual de un proyecto que pueda dibujar la diferencia entre la vida del común y el cinismo neoliberal; en el plano simbólico debemos abandonar el ensalzamientos canónico de Néstor y producir nuevos referentes legítimos del proyecto que expresen la radicalización de la lucha por nuevos derechos sociales; y en el político, esto es lo más difícil, pero también lo más importante, debemos redoblar esfuerzos por reforzar el objetivo táctico de la alicaída re-re-elección de Cristina.

Lau sonríe ante semejante programa. Cree, además, que está en marcha. Le pregunto: ¿Quién se toma en serio estas tareas? La Cámpora, responde. No es suficiente, me digo. El peronismo aliado de los Scioli/Massa siguen siendo los más temibles amigos. El FPV a lo Tomada (cuyas conocidas  conversaciones con el convicto Pedraza resuenan aún, amargas, entre los más sanos cuadros del FpV de las provincias) deprimen. Lo mismo el periodismo staliniano de la TV pública dedicado casi toda una semana a perseguir ideológicamente a un triste movilero del propio canal.

La iniciativa ahora mismo la tiene la economía: es el equipo oficial y la propia presidenta la deben mostrar triunfos inmediatos. No hay mucho más tiempo. La gente banca, por suerte, pero se requieren signos claros. Estamos en tiempo de descuento, haciendo literatura sin escritores. Somos, ahorita, como Don Quijote sin Sancho ni romanticismo. No es que los molinos sean ilusorios, sino que –a pesar de tanto Néstor-nauta- se ha apostado todo al héroe solitario. Abajo, a media altura, la burocracia y el facilismo pueden arruinarlo todo. Eso es lo que entiende Laura.
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