Memoria desdentada: Traición y Violencia

(A 40 años del triunfo de Héctor Cámpora)


por Bruno Nápoli




La repetición ponzoñosa de escenas, no pasadas, sino incubadas en la construcción de algún pasado (glorioso o maldito) por momentos se presenta como un quiste para la actual administración. Una gestión puntillosa de recuerdos rehabilitados con muchos esfuerzos, y con inmensos hiatos que prefiguran lo difícil (y a la vez efectivo) de la empresa. Pero de todas formas, en esa cadena de imágenes para traer u olvidar, está el Perón que muere y está su esposa que sigue su camino como presidenta. Claro que es imposible la comparación, por mil y un motivos: allí no hubo elecciones, ella era su vice, la actual presidenta legitima su mandato con millones de votos y sabe gobernar, y tantos, pero tantos etc. más; de todas formas la inclinación a las vidas paralelas es un hábito que por la negativa también se construye maliciosamente, y se intenta desanudar, pues la actual primera dama (segunda mujer en ejercer la presidencia de la Argentina, mal que nos pese) intenta la mímesis con la otra, con “esa” mujer, la peronista de verdad, la Eva, en un gesto por alejar cualquier fantasma de prefiguración asimilable al matrimonio peronista de los 70.

Pero a la vez, el juego direccional de las palabras en cada discurso, como reivindicación de una militancia tenaz combatiendo por una “patria justa”, desata los demonios de esa contradictoria rememoración. Si por un lado hay que parecerse al primer peronismo por nacimiento y pertenencia, hay que parecerse al “setentista”, por estrategia y representación política volcada a una apuesta con recambio generacional, que prefigure la imagen de una “militancia revolucionaria”. Los dos peronismos, el que en junio de este 2013 cumple 70 años de vida desde su nacimiento con un golpe de Estado, y el setentista, que se sabe decir “militante” del proyecto nacional y popular de mayo del ´73, se funden en la figura de Cámpora. Su imagen pareciera ser la conjunción perfecta, el número mágico para una igualación útil y efectiva, en la programación del actual formato de ejercicio de la política: la acumulación simbólica. La representación por voluntad de reivindicación y necesidad de diferenciarse de los últimos peronistas que gobernaron el país: Juan Perón, Isabel Perón y Carlos Menem.


Cámpora cumple los requisitos. Nace con el peronismo. Es funcionario del gobierno militar producto del golpe de Estado de junio de 1943, designado por esa dictadura, que lo junta con Perón en la función pública en 1944. Y es el presidente del peronismo de la resistencia de 18 años de proscripción que nace acunado en la idea del regreso del mismo Perón. Entre esos dos eventos constituidos como un solo relato que marcó la historia argentina (y sigue definiendo sus tiempos políticos) la gestación de la figura de Cámpora parece querer desentrañar, desde un olvido persistente, la revuelta emancipadora que su breve gobierno intentó capturar. Un “interinato” fugaz y contundente, que habla de revolución y liberación nacional, “…en mi calidad de presidente electo de los argentinos -dirá luego de su triunfo electoral- me dirijo al pueblo que el 11 de marzo me designó para encabezar el proceso revolucionario de liberación y reconstrucción nacional. Ese proceso revolucionario fue plebiscitado en las urnas. Ese mandato será ejecutado desde el principio, y hasta sus últimas consecuencias, en beneficio de todos nuestros compatriotas”; y que pretendió cambiar las nociones de violencia política de su presente, poniendo el acento en la crítica a la violencia represiva estatal.

Lamentablemente, la retahíla deshilachada de ofrendas que el relato actual le hace a la memoria política, desentona con la Historia y con sus eventos más absolutos: los de la Traición y la Violencia, como sucedáneos de una lealtad extemporánea. Una historia circular por momentos cancelada, que nos dice en los hechos que Perón va a reivindicar como propia la liberación nacional en el mismo acto de su regreso, pero anulando con esos dos conceptos en su diccionario, todo lo hecho por Cámpora. 

La Violencia

Con solo leer los fundamentos de la Amnistía Social propuesta por Cámpora en su discurso del 25 de mayo de 1973[1] es imposible no ver el cuestionamiento que supone al sistema de representación estatal de su tiempo. Una represión con basamento institucional de todos sus órdenes, impuesta por monopolio de la fuerza y de la historia de años de proscripción que el breve presidente, intenta socavar con su proyecto. Propone una amnistía para todos los presos condenados o procesados por delitos calificados de políticos, pero además pone en cuestión todos los procesos judiciales para presos comunes, pues sostiene que “si bien (…) nos ceñimos en esta ocasión a los presos políticos gremiales y estudiantiles, como a todos aquellos que han sufrido sanciones por su alzamiento contra el sistema, también es verdad que de una manera lógica debiera incluirse la pretensión de revisar la situación de quienes han sido presos o condenados por los denominados delitos comunes sin ninguna vinculación directa con fines políticos. Parecerá extraña esta afirmación, pero los considerandos expuestos en la parte denominada ‘la violencia como sistema’ muestran que es injusto haber penado a quienes en actitud de defensa por la vida, han violado las normas del Código Penal, dictadas sobre la base –que no se da en nuestro caso- de que el orden social es justo. Por vía de ejemplo cabría señalar que resulta irritante reconocer la existencia de millares de personas condenadas por la violación del derecho de propiedad en un país como el nuestro, en que son millones los que no tienen fuente de trabajo...”.[2] Sin rodeos, la cuestión así planteada reconoce sus palabras en las consignas que las organizaciones de resistencia convocaron para ejercer el derecho de violencia como continuación de una lucha que en el terreno político legal parecía agotada. Y los sucedáneos de estas propuestas serán la revisión de esas condenas, la libertad inmediata de los “presos de guerra” (como los definía “El Descamisado”) y la disolución inmediata de la Cámara Federal en lo Penal (CaFePe) un organismo que solo dedicó sus esfuerzos a encerrar militantes para “mantener el orden constitucional” bajo las órdenes de Onganía y Lanusse.

Quienes acompañaron este esquema con épica revolucionaria, fueron un grupo de gobernadores (Santa Cruz, Salta, Córdoba, Mendoza, Formosa y Buenos Aires) y otros tantos diputados de la juventud peronista, mas un espacio de poder importante en ministerios y secretarías. De todos modos, la decisión salvadora de incubar desde el Estado decisiones “revolucionarias” invitando a miles de voluntades a aunar fuerzas alrededor del proyecto liberador, no fue un suficiente dique de contención para detener las inveteradas alianzas que las burocracias repletas de privilegios habían establecido con un Estado represor e injusto, que ahora se ponía en cuestión. Un monopolio de fuerza y organización capaz de resistir cualquier vendaval revoltoso, por mas institucional que fuera.

La traición

En un marco de engaños y certezas, quienes determinaron su formación a base de privilegios prebendarios y no de trincheras polvorientas, no dudaron en descorazonar la capacidad de acción política de los “imberbes”, su proyecto de desembarco en pos de la “patria socialista”, y los eventuales socios que pudieran conseguir. Pero sobre todo, contaban con la figura patriótica, general, casi mítica, que podía desenfundar su sable sin ningún problema en beneficio de unos sobre otros. Sus pares, sus institucionales pares de la burocracia que lo ungieron en el 46 y ahora, viejos pero con todas las cartas marcadas, reclamaban lugar en la toma del Estado que tanto les había dado, exigieron el escarnio ante tanta irreverencia.

Con la presión sobre sus hombres y sus vidas, Cámpora es retirado de la escena sin siquiera la sombra de una victoria, y el programa de Reconstrucción Nacional prontamente será tomado por quienes se reivindican como los hacedores de la patria contra los antipatria. Y el Perón electo presidente firma el 1 de Octubre el documento que reza: “los grupos o sectores que en cada lugar actúen invocando adhesión al peronismo y al General Perón, deberán definirse públicamente en esta situación de guerra contra los grupos marxistas y deberán participar activamente en la acciones…” (Clarín, 02/10/73)*[3]

A los pocos días le toca el turno al más “leal” de todos, al que lo había traído del exilio, al que había aceptado ser presidente para no serlo: Cámpora es intimado por el Consejo Superior Peronista, a ratificar o rectificar si adhiere o no a la juventud peronista que agravia a Perón. (La Prensa, de Lima, el 23/10/73, bajo el título “Depuración Ideológica sigue”, destaca la inquina contra un ex presidente argentino. De todos modos y a pesar de sus dichos, echan a Cámpora del peronismo en mayo del ´74).

Mientras tanto, el gobierno de Córdoba está jaqueado y el de Mendoza sufre el paro total que declaran la CGT y la UOM locales, porque “se niega a la depuración ideológica de su gabinete”. Finalmente, el Consejo Superior Peronista “separa del peronismo al Gobernador de Mendoza”. (Télam, cable fechado el lunes 29/10/73)

En enero de 1974, una acción del ERP destruye las pocas vallas de autocontención que delimitaban la matanza ya comenzada y se desbocan los caballos: Perón invierte todo lo hecho por Cámpora impulsando profundas reformas del Código Penal (Clarín, 26/01/74) haciendo de este instrumento tan revoltosamente cuestionado por su antecesor, la herramienta de todo el rigor represivo del Estado en un formato legal. Es la inversión exacta de lo que la primavera camporista había planeado pocos meses antes. Y el presidente en ejercicio Juan Perón, vestido de uniforme, advierte: “a la lucha (…) no hay nada que hacerle, mas que imponerle y enfrentarla con la lucha. (..) nosotros desgraciadamente tenemos que actuar dentro de la ley porque si en este momento no tuviéramos que actuar dentro de la ley ya habríamos terminado en una semana. Estamos con las manos atadas dentro de la ley (…). Nosotros vamos a proceder de acuerdo con la necesidad, cualquiera sean las medios. Si no hay ley, fuera de la ley también, y lo vamos a hacer violentamente”. (Clarín. 23/01/74)*

Mercenarios Asesinos y Drogadictos

En paralelo, la tropilla hace loas de este retorno a las fuentes: las burocracias comienzan a firmar declaraciones de guerra y a la vez apoyo al antiguo líder.

“Contra los delirantes de la revolución utópica que hacen el juego con el terrorismo anárquico a la extrema derecha. (…) terminar con las sectas asalariadas que asesinan sin ningún freno”. Federación Argentina de Luz y Fuerza y Sindicado de Luz y Fuerza de Capital Federal. (La Razón. 22/01/74)

“Unidos contra la agresión apátrida”. Sindicato Obrero Marítimo (La Razón.23/01/74)

“Los intendentes de la tercera sección electoral unidos en la doctrina para la reconstrucción y la liberación nacional. Contra la barbarie de un minúsculo grupo de inadaptados y representantes de intereses antinacionales.” Firman los intendentes: Herminio Iglesias, Manuel Quindimil, José Rivela, Nicolas Milazzo, Oscar Alberto Blanco. (Clarín. 23/01/74)

“Una sola patria: la justicialista. Una sola bandera: la azul y blanca. Un solo líder: Juan Perón”. Unión Obrera Metalúrgica. (Clarín. 23/01/74)

“...repudiar a los agentes de la sinarquía internacional que van del brazo del comunismo apátrida. CGT La Matanza. (Clarín 25/01/74)
“La consigna es: a muerte defender a Perón”. Consejo Directivo de la Unión de Trabajadores Gastronómicos.

Los trabajadores de Sanidad, acusando a “infiltrados de afuera (…) tendencia izquierdizante y apátrida, bajo el pomposo título de Juventud Trabajadora Peronista deciden disolver su agrupación Eva Perón dentro del Gremio porque sostienen que “ante esa siniestra conjura de la izquierda trasnochada, preferimos quemar la nave antes que entregarla a los enemigos” Firma: Teresa Nocetti. (Clarín. 26/01/74)

 “…que las reformas en el código penal sean una valla de contención  a la reacción vil  y apátrida”. Agrupación Metalúrgica Peronista José Ignacio Rucci. (Clarín. 29/01/74)

Pero las palmas se las lleva una propaganda que aparecía en los diarios de la época, y ordenaba: argentino, no permitas que mercenarios asesinos y drogadictos destruyan tu país”; firmada por la Agrupación de Liberación Nacional, el texto era acompañado por la imagen de un joven barbudo golpeando y cortando un mapa de la Argentina con un martillo y una hoz. (en archivo FDCL s/f). Este discurso es coincidente con la declaración del Consejo de Seguridad Nacional formado por Perón en diciembre del 73, en el que dice: Deben ser reprimidos con mayor preocupación y severidad el tráfico de drogas, armas y literaturas que instruyan en la subversión y el caos, conscientes de que tales males, sería ingenuo no reconocerlo, responden al deseo de crear estados de angustia colectivos que no se compadecen de la realidad que construye el país día a día” (La Opinión, 21/12/73)*

El escarnio

Pronto, los gobernadores de la Tendencia serán borrados del mapa por el mismo Perón: el gobernador de Formosa (A. Gauna) debe renunciar en noviembre del ´73. Oscar Bidegain renuncia a la provincia de Bs As en enero del 74; al mes siguiente, el jefe de policía de Córdoba da un golpe de Estado y detiene al gobernador Obregón Cano (Perón dirá “que se cocinen en su propia salsa”, y una semana mas tarde envía a Antonio Cafiero como interventor) y en junio deja el cargo Martinez Baca, gobernador de Mendoza. Los dos restantes soportan un poco mas el asedio, pero ya con Isabel Perón como presidente de la nación (luego de la muerte de Juan Perón) Ragone en Salta es derrocado (y desaparecido por el mismo gobierno, aun permanece en esa situación) y Cepernic deja el sillón de Santa Cruz para ocupar un calabozo por años.
Un diario de La Paz publica La Juventud Peronista se reveló contra Perón”, destacando que no asistieron a la tradicional reunión de los jueves con el General. (diario Hoy, 29/01/74) A la semana siguiente, Perón les dice a los jóvenes que “es hora de dejar de pelear, porque si no saco un decreto de movilización y esto se acabó” (La Razón, 07/02/74). Para completar una imagen que condensa la temperatura de ese tiempo, el interventor de la Universidad del Comahue, Remus Tetú, ordena sacar la placa que bautizaba el aula magna con el nombre de Salvador Allende. (Diario de Neuquén, nota de Issca Gdansky, 29/01/74)

Definitivamente la violencia estatal, puesta en cuestión por Cámpora, había sido devuelta a la escena de mano de la traición. El Terrorismo de Estado había comenzado con Juan Perón, y continuaría con Isabel y sus jefes militares. Los discursos todos, son difíciles de diferenciar en autoría:

“Estamos en presencia de verdaderos enemigos de la Patria, organizados para luchar en fuerza contra el Estado (…) pido a todas las fuerzas políticas y al pueblo en general que tomen partido activo en defensa de la República que es la afectada”. (Juan Perón 02/01/74). “Si es preciso, en la Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país (Jorge Rafael Videla a “La Prensa” 24/10/75). “Yo quiero significar que la ciudadanía argentina no es victima de la represión, la represión es contra una minoría a quien no consideramos argentina (Jorge Rafael Videla a “Clarín” 19/12/77)

Dos generales hablando el mismo idioma, en sintonía: los enemigos de la patria, los no argentinos, la lucha por la república y la seguridad….el mal absoluto contra los jóvenes.[4]

Epílogo inconcluso

La calificación de “setentistas” a las promesas de tribuna que, declamadas con más vigor que convicción, se desprenden de la construcción política mediática como formato de acumulación de voluntades, es pronunciada casi como reflejo impotente de los nostálgicos, más que como adjetivo inquino. Tiene poco vigor ya la palabra a la vista de estos hechos, y contiene más su peyorativo deseo de calificación, que su intensa significancia apocalíptica original. La gravitación de esas voluntades humanas que en los setenta denostaron modelos imperantes, combatieron al Estado, y pensaron que una Revolución es eso o nada, tiene muy poca comunión (en su sentido mas religioso) con la viralidad de palabras que se utilizan hoy para definir políticas de Estado, mas allá de la potencia de los símbolos actuales.
Si la memoria es un imprescindible juego de olvidos masacrados, que la construyen para saldar pasados, repararlos o sepultarlos, los ejercicios repetitorios de símbolos en blanco y negro, puestos ahora en color y con desagradables entonaciones histriónicas, no hacen más que obligarnos a pensar en las genealogías de esos olvidos. Y en los motivos de algunas desmemorias.

Las cualidades “revolucionarias” de los planteos camporistas originales, tal vez tengan poco que ver con el liberalismo capitalista exitoso que hoy se aplica y que no pretende ya una “patria socialista” sino todo lo contario: una patria sin socialistas ni “anarco-capitalistas”. Pareciera ser una reedición de los múltiples rostros que los peronismos mostraron en los últimos decenios: el industrialista, el militante, el neoliberal y el actual de “capitalismo humano”. Todos juntos en diferentes medidas y gestos. Y de todos esos, los actuales exégetas del buen militante rescatan solo 49 días para sus propios jóvenes. Más no estaría nada mal que esos mismos jóvenes se permitieran conocer de manera crítica la complejidad de todo el periodo, sobre todo para poder reconocerse herederos de algo mas que un fragata llena de marinos (símbolo de la Esma y el genocidio para miles de víctimas) o de la copa de leche Néstor Kirchner repartida en los pagos del conurbano. Y no nos referimos a los jóvenes funcionarios (esos solo están dedicados a acumular dinero y poder) sino a los sinceros militantes barriales que día a día patean la calle rememorando lo mejor de un relato que de todos modos, les es esquivo.




[1] Amnistía que se hace efectiva el mismo día que asume, mediante un decreto-indulto, y se aprueba en forma de ley dos días después.
[2] Sandler, Héctor, De la amnistía a la represión, imprenta del HCN, 1974.
[3] Todas las citas de Hemeroteca pertenecen al archivo personal del autor excepto las tres señaladas* que  figuran en  Franco, Marina, Un enemigo para la nación, FCE 2012.
[4] Juan Perón, en diciembre de 1973 designó a Videla Jefe del Estado Mayor del Ejército, y a Masera Comandante en Jefe de la Armada (la condición de peronista de este último le valió la confianza de Perón y fue el almirante  más joven en ese cargo, lo que obligó a pasar a retiro a 14 marinos para que asuma)

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