El neoextractivismo como matriz del nuevo conflicto social

Taller Hacer Ciudad, 
Cazona de Flores, 2012
(Borrador de trabajo)


Hace unos pocos años hablamos de neo-extractivismo para referirnos a la dinámica económica fundada en la depredación de recursos naturales (básicamente minería e hidrocarburos, pero también la plantación de soja, etc) para exportación. Se trata de una realidad regional de Latinoamérica, producto del tipo de inserción lograda en los mercados globales. Entre los efectos que produce esta dinámica económica suelen citarse: el desplazamiento de comunidades, la restricción de la pluralidad de alternativas económicas a un patrón único, que supone empobrecimiento económico, social y cultural del país y una fisonomía colonial en los regímenes políticos que gestionan los territorios en donde se practica la extracción.

Sobre esta base, sin embargo, los últimos años ha funcionado una retórica de inclusión social y combate contra la pobreza, vinculada a un imaginario industrializador y neodesarrollista, en base a la generalización de planes (y diversos beneficios) sociales y estímulo del consumo. Además de enormes inversiones en infraestructura dirigida a la extracción, circulación y exportación de la riqueza natural.

Constatamos un desfasaje entre lo que podríamos llamar muy rápidamente dinámicas “urbanas” y “rurales”, dificultando la producción de imágenes políticas que articulen la realidad común de la explotación.

Sin embargo, la operatoria misma del capital financiero permite pensar una realidad común, precisamente “extractivista” dada la relación de exterioridad que el capital financiero plantea con respecto a las formas de la cooperación social. Y cabe añadir, que por un lado, el capital financiero representa hoy la forma dominante del poder económico, y por otro, las dinámicas de los mercados financieros globales juegan un papel cada vez mas importante en la determinación de los mismos precios de los recursos naturales (objetos de la actividad extractiva).

Esta actividad extractiva –en un sentido amplio, es decir, el conjunto de la actividad económica bajo el mando del capital financiera- produce efectos sobre el tejido de la vida cotidiana. Fundamentalmente sobre el patrón de consumo, ya que un modelo de desarrollo fundado en el extractivismo produce un patrón consumista extremo, en el sentido en que la redistribución de la riqueza a través de planes y subsidios se orienta a una modalidad cortoplacista del consumo.

¿En qué consiste entonces la relación entre explotación-extractivista y paradigma consumista, que encontramos en la base del llamado “nuevo conflicto social”? Nos parece que la exterioridad cada vez mayor del capital con respecto a la cooperación social -los procesos de trabajo- acaba por plantear el tejido común de la vida cotidiana menos como una instancia colectiva de valorización y más como un bien común a expoliar de modos diversos (del agro-negocio al narcotráfico, etc). La hipótesis que nos proponemos trabajar tiene que ver con la posibilidad de nombrar todas estas modalidades de apropiación de valor como “extractivo”.

El llamado walfer (bienestar), planteado desde arriba (planes sociales y subsidios) suponen un tejido social pasivo, desvalorizado en su capacidad productiva. Un cambio de perspectivas, que es lo que nos interesa, supone concebir al walfare a partir una valorización activa del proceso mismo de producción y reproducción de lo social, como un elemento activo, y capaz de autodefensa respecto de la violencia extractivo-terrorista que aparece bajo las formas del sicariato, el narco, y la violencia policial.
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