Habemus Papam: La despedida del camaleón

por Claudio Mardones

Se lo acusa de cómplice de la dictadura tanto como se le agradece su protección a las víctimas de la esclavitud contemporánea. El cardenal Bergoglio -o Francisco como a partir de ahora se lo conocerá- llega a Roma luego de haber construido en la Argentina un poder terrenal envidiable. Perfil de un equilibrista que forjó su capital político combinando la astucia y el trabajo de base.



A  su alrededor dicen que este será su último verano de trabajo activo, el próximo lo encontrará jubilado. Hasta que eso suceda, seguirá abriendo las rejas del 415 de avenida Rivadavia a las 5.30 de la mañana. Luego cruzará frente a la Casa Rosada para comprar los diarios que leerá, entre mate y mate, antes de que la Catedral Metropolitana y el Arzobispado de Buenos Aires arranquen el día. Si tiene que salir, no usará auto oficial ni la protocolar sotana con un cinturón ancho de seda púrpura. Se perderá en la escalera del subte o entre los pasajeros de los colectivos que conducen a las parroquias de sus amigos en Almagro, Flores o Barracas. Llevará saco si la recorrida es por trabajo, si es de puro gusto, le alcanzará con camisa, pantalón y algún libro en la mano. Todo lo necesario para que nadie advierta que se trata del mismo tipo que estuvo a un paso de ser Papa en 2005, después de la muerte de Juan Pablo II. No lo fue, pero estuvo muy cerca de ocupar el puesto que detenta el alemán Joseph Ratzinger. Dicen que Benedicto XVI también pensó en designarlo como secretario de Estado del Vaticano apenas ganó el último cónclave en la Capilla Sixtina. Ocho años después, cuando ya se había acostumbrado a que nadie repare en su rostro, Ratzinger y la crisis de la Iglesia Católica le dieron una nueva oportunidad. Luego de seis años al frente del Episcopado político y después de haberse transformado en uno de los intermitentes adversarios del gobierno nacional, tiene la exposición pública suficiente y la vigencia de un político que comprueba que su poder trasciende la coyuntura. Jorge Mario Bergoglio, cardenal primado de la Argentina y arzobispo de Buenos Aires, tiene 76 años. Como si deshojara una margarita, espera el momento en que el nuevo Papa –apostamos a su derrota en el cónclave 2013– le acepte la renuncia que presentó el 17 de diciembre de 2011, el día que llegó a los 75 y, como ordena el derecho canónico, inició los trámites para jubilarse. El bumerang todavía no ha vuelto desde las oficinas romanas. Mientras tanto, el cardenal aprovecha el verano para visitar amigos y saludar a la extensa tropa de propios y aliados que les dejará a sus sucesores.


El 28 de febrero de 1998, extraño día bisiesto, un infarto al corazón del ultraconservador Antonio Quarracino le abrió el camino a este sacerdote jesuita ordenado en 1969. A la década del 70 Bergoglio había llegado como un joven de 32 influenciado por los sacerdotes tercermundistas. Cuando arrancaron los ochenta se había convertido en moderado, con matices provenientes de su simpatía por el peronismo y por un nacionalismo católico que lo llevaron a coincidir con Guardia de Hierro, la organización nacida de la resistencia peronista y luego parte del sector más reaccionario y católico de la juventud peronista.

En 1997, Quarracino ya estaba por cumplir una década bendiciendo al menemismo y varias combatiendo la homosexualidad. Antes del invierno de ese año, después de una serie de amargas advertencias médicas, el cardenal porteño viajó a Roma y mencionó a Bergoglio dentro de una terna de posibles sucesores. Para Juan Pablo II el jesuita argentino no era un desconocido y lo designó arzobispo coadjutor en junio de 1997. Fue la antesala administrativa para suceder a Quarracino. Ahora, las oficinas que vieron envejecer a su predecesor, también lo ven transformarse en un hombre de la tercera edad, aunque desde que llegó para ocuparlas, Jorge Mario, como le dicen sus amigos, las instituyó en el epicentro político de una red paralela de poder que se extendió por toda la capital desde el fin del menemismo.

Tres años después de ocupar el arzobispado porteño, el 2001 lo impactó por partida doble. El 21 de febrero, el Papa lo creó cardenal y le abrió las puertas para calificar como sucesor. Cuando volvió a Buenos Aires desde Roma, con el título en la mano, le faltaban diez meses para ver la represión en la Plaza de Mayo desde la ventana de su departamento. Como a toda la Iglesia, la crisis de diciembre de ese año lo llenó de miedo pero también de poder ante unos vecinos tambaleantes. En pocas semanas tuvo que bendecir a cinco presidentes. Pero sólo encabezó el tedeum para el interinato de Eduardo Duhalde, el caudillo lomense, cercano a su amigo Agustín Radrizzani, por entonces obispo de Lomas de Zamora. “Radri” venía de suceder a Jaime de Nevares en Neuquén, donde conoció al kirchnerismo santacruceño en su etapa inicial. Esos lazos le permitirían ser la principal figura religiosa de la mesa del Diálogo Argentino, un invento del duhaldismo para enfrentar los conflictos. Las sotanas aportaron todo el apoyo posible y detrás siempre estuvo el jesuita, con una influencia que no paró de crecer hasta 2003.

Cuando el 2001 le estalló en la cara, las oficinas de Bergoglio eran un centro estadístico nutrido de información. Cada parroquia no solo pedía auxilio, también aportaba un detallado panorama. Con ese mapa desarrollado con precisión por Cáritas Argentina, un verdadero ministerio social dentro de la curia, la lectura de este peronista conservador fue certera y resultó la base de un tejido político que tuvo a los sacerdotes tercermundistas como uno de sus principales aliados. Apenas llegó al arzobispado, creó la Vicaría Episcopal para las Villas de Emergencia. El ente, único en la Iglesia Católica, reúne a todos los curas de las villas de la ciudad, congregados hace tres décadas, y reporta directamente a su oficina. Desde ese lugar, por ejemplo, Bergoglio buscó proteger al padre José María Di Paola, cura de la villa 21 de Barracas. El padre Pepe había recibido en la puerta de su parroquia de la Virgen de Caacupé una bala de regalo, entregada por un vecino del barrio. El envío provenía de los narcos de la villa que jamás le iban a perdonar sus denuncias contra el consumo de pasta base y la recuperación de parte de sus clientes. La advertencia no era la primera, pero a Bergoglio le pareció la última aceptable. Cuentan sus colaboradores que le buscó protección en Europa. Preguntó en los mismos lugares donde estudió, como Alemania. Pero ninguna diócesis se animó a protegerlo, hasta que le consiguió refugio en Añatuya, Santiago del Estero. Dentro del arzobispado, no existen dudas sobre la preocupación permanente del cardenal por la seguridad de los sacerdotes tercermundistas. Sus detractores sostienen, por el contrario, que esa pasión es parte de un doble juego. Una búsqueda de rectificación de los errores del pasado o una marca personal de la forma de hacer política del cardenal primado.

Desde 2005, el periodista Horacio Verbitsky es uno de los mayores problemas de Bergoglio con ese pasado lejano. Según el libro El Silencio, el cardenal entregó a los sacerdotes tercermundistas Francisco Jalics y Orlando Yorio. Ambos fueron secuestrados por un Grupo de Tareas de la Armada el 26 de mayo del 76 y llevados a la ESMA donde fueron interrogados, torturados y pasaron seis meses en cautiverio. Tras la revelación, publicada antes del cónclave papal, “Bergo” rompió el silencio en un largo reportaje autobiográfico con los periodistas Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti. En su descargo, el cardenal recordó que ambos jesuitas estaban organizando otra congregación. “Vivían en el llamado barrio Rivadavia del Bajo Flores. Nunca creí que estuvieran involucrados en ‘actividades subversivas’ como sostenían sus perseguidores, y realmente no lo estaban. Pero, por su relación con algunos curas de las villas de emergencia, quedaban demasiado expuestos a la paranoia de caza de brujas. Como permanecieron en el barrio, Yorio y Jalics fueron secuestrados durante un rastrillaje. (…) Afortunadamente, tiempo después fueron liberados, primero porque no pudieron acusarlos de nada, y segundo, porque nos movimos como locos. Esa misma noche en que me enteré de su secuestro, comencé a moverme. Cuando dije que estuve dos veces con Videla y dos con Massera fue por el secuestro de ellos”, se defendió el cardenal, que en ese momento era la principal autoridad de la provincia jesuítica de Argentina y Uruguay, un cargo, ayer y hoy, muy influyente.

La autodefensa pública del purpurado sostiene que nunca quiso echar ni desproteger a sus hermanos de congregación, pero hay una decena de testimonios que indican que el jesuita habría dicho a las fuerzas armadas que los iba a sacar de la congregación, la desprotección suficiente para el calvario que vivieron después.

Ambos sacerdotes vivieron para contarlo y el caso obligó a Bergoglio a declarar ante la Justicia Federal y responder un extenso cuestionario donde queda en evidencia la cotidiana relación de la curia con las fuerzas armadas. Algo que hace improbable el desconocimiento eclesiástico del robo de hijos de detenidos desaparecidos. Más allá de las desmentidas de “Jorge Mario”, todavía no se ha podido esclarecer el papel que tuvo el cardenal para el desembarco de Guardia de Hierro en la Universidad del Salvador, dependiente de la orden jesuítica, la misma academia que le entregó el título honoris causa a Massera. “Creo que no fue un doctorado, sino un profesorado. –aclara Bergoglio a sus biógrafos– Yo no lo promoví. Recibí la invitación para el acto, pero no fui. Y, cuando descubrí que un grupo había politizado la universidad, fui a una reunión de la Asociación Civil y les pedí que se fueran, pese a que la Universidad ya no pertenecía a la Compañía de Jesús y que yo no tenía ninguna autoridad más allá de ser un sacerdote. Digo esto porque se me vinculó, además, con ese grupo político. De todas maneras, si respondo a cada imputación, entro en el juego.”

Las explicaciones, según los voceros eclesiásticos, ya han sido dadas, y no hay nada que ocultar. Aún así, nada logra borrar la sospecha que deja un documento confidencial de la Cancillería. Allí Bergo pide, en secreto, que no le otorguen pasaportes a Jalics y Yorio. Pero en el mismo momento, estaba entregando una nota formal para solicitar que se los dieran.

A pesar del escarnio, alrededor del cardenal justifican esos movimientos camaleónicos. Dicen que son parte de la combinación de súplicas cristianas y silencios cómplices que tuvo la mayoría de las autoridades de la Iglesia con la dictadura. Haber sobrevivido a su sombra, al parecer, fortaleció su cintura política. Un atributo que le permitió detentar durante seis años la jefatura política de la Conferencia Episcopal Argentina, elegido por la mayoría de sus 120 pares. La combinación del arzobispado con el mando de tropa que otorga la presidencia de la CEA, le dio más poder.


La opción por los esclavos


“A principios de 2008 tuvimos una audiencia en donde le dijimos al cardenal: ‘mire, en La Alameda hay gente que es religiosa y gente que no lo es. Estamos peleando contra la trata de personas, nos estamos metiendo en lugares muy pesados, ya tuvimos varios atentados (16 para esa época). Usted está tratando algunas cosas en su homilía que coincide con lo que planteamos nosotros. Y necesitamos claramente un respaldo porque si no vamos a terminar flotando en un río’. Así de simple”, recuerda el maestro de primaria Gustavo Vera, presidente de la Fundación La Alameda.

La intervención sobre los curas tercermundistas no es la única del jesuita en las villas porteñas. Desde allí, confiesan en su entorno, apoya las denuncias contra la complicidad policial con el consumo de paco y el narcotráfico. Lo mismo hace contra las redes de tráfico de personas y reducción a servidumbre en la ciudad, el campo y la industria textil con dos organizaciones aliadas que nacieron en diciembre de 2001. Una comenzó como la Asamblea Popular de Parque Avellaneda, creada en la génesis de los cacerolazos barriales del 20 de diciembre. La otra nació poco después. Es el Movimiento de Trabajadores Excluidos, una organización que reunió a los primeros trabajadores cartoneros después de 2001. Está encabezada por Juan Grabois, hijo de Roberto, uno de los principales dirigentes del Frente Estudiantil Nacional (FEN) que se fusionó con Guardia de Hierro en 1972. El MTE es una de las principales cooperativas que fueron formalizadas en la Ciudad por la gestión de Mauricio Macri, luego de una larga serie de reclamos, pero también gracias al peso de la buena relación que tenía el cardenal con el jefe de gobierno de la ciudad que en 2012 destinó 1660 millones de pesos a subsidiar a los colegios católicos.

Un llamado, una nota formal, una dura homilía, una bendición, una movida de piezas del tablero en nombre de la Catedral Metropolitana. Así se mueve en superficie la influencia eclesial pero por debajo tuerce voluntades y presupuestos. A veces también brinda protección. Como es el caso de los antiguos integrantes de la Asamblea conducida por Vera que comenzó a reunir a los trabajadores textiles rescatados de los talleres clandestinos que funcionaban en el sur porteño. La explotación extrema de la industria del vestido es uno de los costados más descarnados del capitalismo argentino, pero su denuncia no estuvo en manos de los movimientos sociales nacidos en 2001 o los sindicatos sino que, al menos en la última década, fue impulsada por La Alameda. También denunciaban la explotación en el campo, hasta que el cardenal se acercó a Gerónimo Venegas, líder de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (UATRE), uno de los sindicatos que debería combatir el esclavismo rural.

La llegada del Momo al círculo cardenalicio, se sumó a la relación con el líder de la CGT Hugo Moyano y el gobernador cordobés José Manuel De la Sota. Todos beneficiados con el apoyo púrpura para reclamar la apertura de la causa que investiga el asesinato de José Rucci en 1973. El elenco también incluye al alcalde porteño y a la diputada nacional Gabriela Michetti, hasta que Mauricio decidió autorizar el matrimonio entre personas del mismo sexo en la Ciudad y Bergoglio acusó traición: había quedado desautorizado ante el Vaticano y ante sus opositores internos como el ultraconservador Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, que envió emisarios para pedir que “Bergo” excomulgara a Macri y a todos los ministros que hubieran intervenido. El pedido se volvió a repetir cuando la Ciudad reglamentó el aborto no punible, pero la alarma no llegó tan lejos porque la cúpula eclesiástica sabe que CFK no está de acuerdo con la legalización del aborto.

“A mi modo de ver, ha salvado muchas vidas. Puso el peso institucional de su figura para salir a bancar a denunciantes que la tenían muy complicada contra la trata. El esclavismo es un subproducto de la forma de acumulación mafiosa del capital. Si me preguntás si es lo mismo que piensa Bergoglio, sí. Lo dijo en la cuarta misa contra la trata y el tráfico de 2012: ‘Hoy los esclavistas comen en Puerto Madero’”, dice Vera y reconoce que en su red Bergoglio también sumó a los curas villeros y a las Oblatas y Adoratrices, las dos órdenes de monjas que luchan contra la trata y la esclavitud y aportan datos y rescatadas a La Alameda, la misma organización que denunció al miembro de la Corte Suprema Raúl Zaffaroni por alquilar departamentos de su propiedad a presuntos prostíbulos. Cuentan en la Catedral que después del escándalo, el cardenal llamó al ministro para jurarle que no tenía nada que ver con las denuncias. Palabra de Dios.
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