Francisco, el gran político eclesiástico

por Rubén Dri


Llegó! La gran meta que sin duda se fijó Bergoglio, y para la que trabajó de manera sistemática, pausada e inteligente, fue llegar al vaticano, desde donde podrá desplegar el poder en su máxima expresión. Porque Bergoglio, actualmente Francisco I, es un hombre amante del poder, que disfruta del poder y que sabe desplegarlo con gran inteligencia y eficacia, al mismo tiempo que se presenta como el más humilde de los seres.


Sin duda tiene razón Eduardo Fabbro al afirmar que la llegada de Bergoglio al Vaticano obedeció “a una estrategia que se estuvo elaborando desde bastante tiempo”, en lugar de ser acontecimiento ocasional que a Bergoglio lo habría encontrado desprevenido. Si ello es así, se hace más necesario que nunca avanzar en un análisis que nos permita visualizar las grandes líneas del proyecto con el que llega a la suma del poder que tanto buscó.



¿Cómo desplegará desde el Vaticano este poder, dotado ahora de la infalibilidad? ¿Cuáles son los ámbitos que sentirán todo su peso? En la enorme complejidad de los problemas que deberá enfrentar queremos detenernos en los referentes a dos ámbitos, el de la Iglesia universal, con epicentro en el Vaticano, y el de América latina ,y en especial, de Argentina, desde donde hacemos este análisis.

El largo pontificado de Juan Pablo II y el corto de Benedicto de XVI permitieron a las corrientes conservadoras, enfrentadas a las líneas renovadoras del Vaticano II, desarticular todos los espacios de liberación abiertos y organizados, sacar del medio a todos los obispos comprometidos con dichos espacios, y dar cabida a las corrientes de derecha como el OPUS DEI, el movimiento Comunión y Liberación, los Legionarios de Cristo y, en América latina, condenar la Teología de la Liberación y enfrentar la revolución sandinista que se encontraba jaqueada por el imperio.

Benedicto XVI, frente a la superficialidad de la expresión populista teatral que le había impuesto a la Iglesia el papa polaco, pensó en consolidar el núcleo duro de la Iglesia, desentendiéndose de sus manifestaciones teatrales. Según su análisis “la obra del Concilio Vaticano II fue lamentable y la Iglesia debía recuperarse de la decadencia” debido a un pretendido “aggiornamento” que no fue otra cosa que ceder ante la nueva mentalidad moderna. Para ello debía recuperar íntegramente su doctrina, sus valores, aunque la consecuencia de tal actitud fuese que muchos la abandonasen. ¿Era ello una catástrofe? De ninguna manera, porque como decía Toynbee, “el destino de una sociedad depende una y otra vez de minorías creadoras”, por lo cual los creyentes cristianos “deberían verse a sí mismos como una minoría creadora”.

Esta minoría creadora terminaría presentando un proyecto exigente, capaz de galvanizar las hambres de espiritualidad como lo hacen las religiones orientales, especialmente el budismo, y concitaría la adhesión a semejanza del Islam que, “seguro de sí mismo, actúa desde lejos sobre el Tercer Mundo como algo fascinante”.

Fiel a su proyecto, Benedicto XVI replegó a la Iglesia al núcleo duro y logró la realización de la primera etapa, es decir, el alejamiento de los fieles, pero no la segunda, o sea, el proyecto exigente para las almas sedientas de espiritualizad y la seguridad de doctrina que concitase la adhesión tercermundista.

Fue todo lo contrario, el núcleo duro directamente se pudrió: cardenales corruptos, pedofilia, chantajes sexuales, oscuros manejos monetarios, despiadada lucha por espacios de poder, hipocresía generalizada, todo revestido de ceremonias religiosas que escondían una realidad putrefacta.

Benedicto XVI experimentó una amarga, profunda y prolongada sensación de frustración como consecuencia del fracaso del proyecto al que había dedicado décadas de trabajo, primero desde la presidencia de la Congregación de la doctrina de la fe, bajo el pontificado de Juan Pablo II, y luego como sumo pontífice. Es esa frustración la que le hizo sentir que se encontraba sin fuerzas para continuar y lo decidió a dar el golpe de su renuncia que, evidentemente, no se hizo en el vacío como se pudo pensar. Bergoglio estaba listo para asumir el proyecto y salvarlo de las turbulentas aguas en que se encontraba naufragando.

El actual pontífice se encuentra bien pertrechado para actuar eficazmente sobre la cabeza putrefacta de la Iglesia, es decir, sobre el Vaticano, en primer lugar, y sobre las diversas jerarquías desparramadas por el universo, después. Austero, lejos de los fastos de la corte, aparentemente humilde, inteligente, con dotes sobresalientes de gobierno, se presenta como el candidato ideal para la tarea. Ello no quiere decir que necesariamente vaya a triunfar en el cometido, pero es el que tiene las mayores chances de lograrlo.

Naturalmente que no se trata de “otra Iglesia” que no sea la Iglesia sacerdotal, de poder, que se logró retomar, después de dejar atrás los intentos de una iglesia-pueblo o iglesia más cercana a los ideales que emanan de Jesús de Nazaret, que se intentaron no precisamente en el concilio Vaticano II, pero sí como consecuencia de la apertura que allí se dio.

Limpieza de la curia vaticana y de las diversas jerarquías caídas en los lodazales de la pedofilia, de los desarreglos sexuales y monetarios del Banco del Vaticano. El tema del IOR será uno de los huesos más duros de roer. Limpiar esa Iglesia de tal putrefacción y relanzarla con el mismo proyecto de poder, con las mismas alianzas con los poderosos de este mundo. Si alguien espera otra cosa no encontrará más que frustración. Es más de lo mismo, o lo mismo redoblado. Apariencias de humildad pero, en la realidad, ejercicio del poder.

El otro tema, central para quien redacta esta nota, se refiere al comportamiento que tendrá Francisco I con relación a América latina en general y a Argentina en particular, sobre todo en lo referente a la nueva realidad motorizada por fuertes movimientos populares dirigidos por sus respectivos líderes que han ido rompiendo las ataduras ancestrales de dominación.

Como seres humanos, somos sujetos históricos, somos nuestra propia historia. En ella nos reconocemos. Para orientarnos sobre la posible conducta que observará Bergoglio sobre los movimientos populares latinoamericanos, debemos echar una mirada sobre su comportamiento con relación al movimiento popular que comenzó en el 2003 con el gobierno de Néstor Kirchner. La historia de ese comportamiento nos orientará no para saber exactamente, pero sí para aproximarnos a la actitud que tomará en relación a esos movimientos.

Al respecto distinguimos en Bergoglio dos actitudes diferentes asumidas por él mientras estuvo al frente del arzobispado de Buenos Aires. Por una parte, el enfrentamiento con el gobierno que lidera el movimiento nacional, popular, que recuperó la política como instrumento de transformación de la sociedad y dio respuestas positivas fundamentales a toda la inmensa problemática social, como ningún gobierno desde la recuperación de la democracia lo había hecho, y por otra, el acercamiento a esa problemática, propiciando una solución a-política, por medio de la acción de la Iglesia.

No sólo se opuso a la política de los Kirchner, sino que hizo intentos de articular a la oposición con cuyos dirigentes se reunió en múltiples oportunidades, mientras que nunca lo hizo con el Gobierno, al que en cambio acusó de confrontativo y crispado.

En principio, Bergoglio no rechazaba la posibilidad de reunirse con Kirchner siempre que la reunión se realizase en “su” territorio y no en el del Gobierno. Ello es muy significativo. Él representaba y ejercía el poder religioso, el poder de la Iglesia que, según su concepción, está por sobre el poder del Estado. Si Kirchner quería hablar con él debía venir al pie. Con ello, Bergoglio no hacía otra cosa que poner en práctica la doctrina del poder elaborada por Gelasio I en el siglo V sobre la superioridad del poder religioso sobre el político.

Por otra parte, nunca escuchamos alguna palabra de aprobación a los procesos latinoamericanos con los cuales se han logrado grandes avances en los derechos de los sectores populares como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador.

El problema no deja de ser preocupante. Sin duda que Bergoglio aprobaría todos los avances de los sectores populares latinoamericanos si no fuesen producto de los nuevos proyectos políticos en los cuales la Iglesia puede participar pero no dirigir. En otras palabras, el problema de la pobreza se resuelve siguiendo las directivas de la Iglesia. Para que ello sea posible es necesaria la derrota de los movimientos populares.



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