Tesis sobre el Partido Imaginario

por Tiqqun



La significación política y moral del pensar no aparece más que en los raros momentos de la historia en que “todo se desmorona, el centro no puede ya ser el apoyo y la simple anarquía se esparce por el mundo”; en que “los mejores no tienen ya convicción, mientras que los mediocres están repletos de una apasionada intensidad”. En estos momentos cruciales, el pensar deja de ser un asunto marginal en las cuestiones políticas. Cuando todo el mundo queda atrapado sin reflexionar por lo que la mayoría hace y cree, aquellos que piensan se encuentran como descubiertos, porque su rechazo a unirse a los otros es patente y deviene entonces una suerte de acción.

Hannah ArendtEl pensar y las consideraciones morales.

I-

El Partido Imaginario es la forma particular que asume la Contradicción en el período histórico en que la dominación se impone como dictadura de la visibilidad y como dictadura en la visibilidad, en una palabra comoEspectáculo. Porque no es, en primer lugar, más que el partido negativo de la negatividad, y porque la hechicería del Espectáculo consiste, ya que no es capaz de liquidarlas, en volver invisibles en tanto que tales a las expresiones de la negación —y esto vale tanto para la libertad en acto como para el sufrimiento o la contaminación—, y su carácter más destacado es justamente que tiene fama de ser inexistente o, para ser más exactos, imaginario. Es sin embargo de él, y sólo de él, que se habla sin interrupción, porque es lo que cada día falla apenas visiblemente en el buen funcionamiento de la sociedad. Pero se ha tenido cuidado de pronunciar su nombre —de cualquier manera, ¿podría pronunciarlo?—, del mismo modo en que se temía invocar al Diablo. Y en esto se hace bien: en un mundo que ha devenido tan manifiestamente un atributo del Espíritu, la enunciación tiene una desagradable tendencia a devenir performativa. Inversamente, la evocación nominal del Partido Imaginario, aquí mismo, vale tanto como su acto de constitución. Hasta ahora, es decir hasta que sea nombrado, no podía ser más que lo que era el proletariado clásico antes de conocerse como proletariado: una clase de la sociedad civil que no era una clase de la sociedad civil, sino más bien su disolución. Y en efecto, no se compone hasta este día más que de la multitud negativa de aquellos que no tienen ninguna clase, y que no quieren tenerla; de la locura solitaria de aquellos que se han reapropiado su fundamental no-pertenencia a la sociedad mercantil bajo la forma de una voluntaria no-participación en ella. Al principio, el Partido Imaginario se presenta entonces simplemente como la comunidad de la deserción, el partido del éxodo, la realidad fugaz y paradójica de una subversión sin sujeto. Pero, así como el alba no es la esencia del día, ésta no es aún su esencia. La plenitud de su devenir está todavía por venir y no puede aparecer más que en su relación viva con aquello que lo ha producido, y que ahora lo niega. “Sólo aquel que tiene vocación y voluntad de hacer nacer el futuro puede ver la verdad concreta del presente” (Lukács, Historia y consciencia de clase).

II

El Partido Imaginario es el partido que tiende a devenir real, incesantemente. El Espectáculo no tiene otro ministerio que el de obviar sin descanso en su manifestación como tal, es decir en su devenir-consciente, es decir en su devenir-real; porque entonces, debería admitir la existencia de esta negatividad de la que cual es, en tanto que partido positivo de la positividad, la denegación perpetua. Está así en la esencia del Espectáculo el otorgar un campo adverso para este residuo despreciable, el hacerlo un no-valor total y, lo que regresa a lo mismo, el declararlo criminal e inhumano en su conjunto, bajo pena de tener que reconocerse él mismo como un criminal y monstruo. Es por esto que no hay fundamentalmente en esta sociedad más que dos partidos: el partido de aquellos que pretenden que no hay más que un solo partido, y el partido de aquellos que saben que en realidad hay dos. Habiendo constatado esto, se sabrá reconocer el nuestro.

III



Es un error que se reduzca la guerra al acontecimiento bruto del enfrentamiento, pero por razones que se explican sin dificultad. Ciertamente, sería completamente perjudicial para el orden público que sea comprendida como lo que es realmente: la eventualidad suprema cuya preparación y aplazamiento trabaja interiormente, en un movimiento continuo, toda agrupación humana, y cuya paz no es en el fondo más que un momento. Se trata idénticamente de la guerra social cuyas batallas pueden permanecer, en su paroxismo, perfectamente silenciosas y, por así decirlo, limpias. Difícilmente pueden ser discernidas en un repentino estallido de la aberración dominante. Tomando esta información, hay que reconocer que los enfrentamientos son exageradamente raros, comparados con las pérdidas.

IV

Es aplicando a este tipo de casos su axioma fundamental, de acuerdo al cual lo que no es visto no existe —esse est percipi—, que el Espectáculo puede mantener la ilusión exorbitante y planetaria de una frágil paz civil cuyo perfeccionamiento exigiría que se le permitiera extender en cualquier dominio su gigantesca campaña de pacificación de las sociedades y de neutralización de sus contradicciones. Pero su fracaso previsible está inscrito lógicamente en el simple hecho de que esta campaña de pacificación es todavía una guerra (ciertamente la más espantosa y destructora que haya habido jamás, porque es llevada a cabo en nombre de la paz). Es además uno de los rasgos más constantes del Espectáculo el que no hable de guerra más que en un lenguaje en que la palabra “guerra” ya no aparece y en que no es una cuestión más que de “operaciones humanitarias”, “sanciones internacionales”, “mantenimiento del orden”, “salvaguardia de los derechos del Hombre”, lucha contra el “terrorismo”, las “sectas”, el “extremismo” o la “pedofilia” y por encima de todo, de “procesos de paz”. El adversario ya no porta el nombre de enemigo, sino que en cambio es colocado fuera de la ley y fuera de la humanidad por haber roto y perturbado la paz; y cada guerra emprendida con el fin de conservar o extender posiciones de fuerza económicas o estratégicas tendrá que hacer uso de una propaganda que la transformará en cruzada o última guerra de la humanidad. La mentira sobre la cual el Espectáculo reposa exige que sea así. Asimismo, este disparate revela una coherencia sistemática y una lógica interna asombrosas, pero no ocurre sino hasta que este sistema, supuestamente apolítico e incluso antipolítico en apariencia, sirva a las configuraciones de las hostilidades existentes o provoque nuevos reagrupamientos entre amigos y enemigos, pues no sabría escapar a la lógica de lo político. Aquel que no concibe la guerra no concibe su tiempo.

V

Después de su nacimiento, la sociedad mercantil no ha renunciado jamás a su odio absoluto de lo político, y es en esto que reside su más gran contrariedad: que el proyecto mismo de erradicarlo sea todavía político. Quiere desde luego hablar de derecho, economía, cultura, filosofía, medio ambiente e incluso de política, pero jamás de lo político, dominio de la violencia y los antagonismos existenciales. Al final de cuentas, la sociedad mercantil no es otra cosa que la organización política de la negación desencadenada de lo político. Invariablemente, esta negación toma la forma de una naturalización, cuya imposibilidad se encuentra traicionada de manera igualmente invariable por crisis periódicas. La economía clásica y el siglo de liberalismo que le corresponde (1815-1914) ha constituido una primera tentativa, y un primer fracaso, de esa naturalización. La doctrina de la utilidad, el sistema de las necesidades, el mito de la autorregulación “natural” de los mercados, la ideología de los derechos del hombre, la democracia parlamentaria son almacenados en muchas formas que se llevaron a cabo en este tiempo, para este fin. Pero es indiscutiblemente en el período histórico que se abre en 1914 cuando la naturalización de la dominación mercantil revela su forma más radical: el Biopoder. En el Biopoder, la totalidad social que se autonomiza poco a poco viene a hacerse cargo de la vida misma. Por un lado, se asiste a una politización de lo biológico: la salud, la belleza, la sexualidad, la energía movilizable, de cada individuo recogen cada año más claramente la responsabilidad gestionaria de la sociedad. Por otro lado, es una biologización de lo político la que se opera: la ecología, la economía, la repartición general del “bienestar” y los “cuidados”, el crecimiento, la longevidad y el envejecimiento de la población se imponen como los principales capítulos en los cuales se mide el ejercicio del poder. Esto, por supuesto, no es más que la apariencia del proceso, no el proceso mismo. De lo que se trata en realidad, es de apoyar sobre la falsa evidencia del cuerpo y la vida biológica el control total de los comportamientos, las representaciones y las relaciones entre los hombres, es decir, en el fondo, de forzar en cada uno el consentimiento al Espectáculo a través de un supuesto instinto de conservación. Porque funda su soberanía absoluta sobre la unidad zoológica de la especie humana y sobre el continuum inmanente de la producción y reproducción de la “vida”, el Biopoder es esta tiranía esencialmente asesina que se ejerce sobre cada uno en nombre de todos y de la “naturaleza”. Toda hostilidad a esta sociedad, ya sea la del criminal, el desviado o el enemigo político, debe ser liquidada, porque va en contra del interés de la especie, y más particularmente de la especie en la persona misma del criminal, el desviado y el enemigo político. Y es así que cada nuevo dictado que restringe un poco más libertades ya mínimas pretende proteger a cada uno de sí mismo, oponiendo a la extravagancia de su soberanía la ultima ratio de la nuda vida. “Perdónalos, no saben lo que hacen”, dice el Biopoder, y saca su jeringa. Ciertamente, la nuda vida ha sido siempre el punto de vista desde el cual el nihilismo mercantil considera al hombre, punto de vista desde el cual la vida humana cesa de ser distinta de la vida animal. Pero ahora es toda manifestación de la trascendencia, cuya política es una forma estrepitosa, todo indicio de libertad, toda expresión de la esencia metafísica y la negatividad de los hombres, la que es tratada como una enfermedad que es importante, para la felicidad general, suprimir. La inclinación revolucionaria, patología endémica cuya campaña permanente de vacunación todavía no ha logrado poner fin, se explica ciertamente por la conjunción desafortunada de una herencia arriesgada, índices hormonales excesivos y la insuficiencia de cierto neuromediador. No puede haber política dentro del Biopoder, sino solamente contra el Biopoder. Ya que el Biopoder es la negación acabada de lo político, la política verdadera debe comenzar por franquearse del Biopoder, es decir revelarlo como tal.

VI

En el Biopoder, la dimensión física del hombre se le escapa, colocándose enfrente de él y oprimiéndolo; y es precisamente por esto que el Biopoder es un momento del Espectáculo, así como lo físico es un momento de lo metafísico. Es entonces una necesidad de hierro la que, incluso a través del detalle en apariencia más simple, más inmediato, más material, el cuerpo, condena la contestación presente a que se coloque sobre el plan metafísico, o a no ser nada. Incluso no puede ser comprendida, ni siquiera vista, desde el corazón del Espectáculo o del Biopoder, como todo lo demás que concierne al Partido Imaginario. Por el momento, su atributo principal es su invisibilidad fáctica en el seno del modo de desarrollo mercantil, el cual es ciertamente metafísico, pero de una metafísica bastante singular que es la negación de la metafísica, y en primer lugar de sí misma como metafísica. Pero, el Espectáculo tiene horror al vacío, no puede simplemente negar la evidencia masiva de un nuevo tipo de hostilidades que agitan cada vez más violentamente al cuerpo social; hace falta por otra parte que las oculte. Por lo tanto, es apropiado a las múltiples fuerzas de la ocultación inventar pseudoconflictos cada vez más vacíos, cada vez más fabricados y ellos mismos cada vez más violentos, aunque antipolíticos. Es sobre este sordo equilibrio del Terror que reposa la calma aparente de todas las sociedades del capitalismo tardío.

VII

En este sentido, el Partido Imaginario es el partido político, o más exactamente el partido de lo político, ya que es el único en designar como hogar de esta sociedad al trabajo metafísico de una hostilidad absoluta, es decir la existencia en su interior de una verdadera escisión. Así, toma incluso el camino de una política absoluta. El Partido Imaginario es la forma que reviste a lo político a la hora del hundimiento de los Estados-Nación, de los que sabemos, en adelante, que son mortales. Recuerda dramáticamente a todo Estado que no tiene la demencia, o el vigor, de pretenderse total, que el espacio político no es, en su realidad, distinto del espacio físico, social, cultural, etc., que en otros términos y de acuerdo a una vieja formulación, todo es político, o al menos lo es en potencia. En este punto, lo político aparece más bien como el Todo de aquellos espacios que el liberalismo creía poder, predicado tras predicado, fragmentar. La era del Biopoder es el momento en que, con la dominación viniendo a aplicarse incluso sobre el cuerpo, incluso la fisiología individual toma un carácter político, a pesar de la risible coartada de la naturalidad biológica. Lo político es entonces más que nunca el elemento total, existencial, metafísico, en el cual se mueve la libertad humana.

VIII

Asistimos, en estos días oscurecidos, a la fase final de la descomposición de la sociedad mercantil, de la cual convenimos que ha durado demasiado tiempo. Es en la escala planetaria donde vemos divergir en proporciones cada vez más enormes al mapa de la mercancía y los territorios del Hombre. El Espectáculo pone en escena un caos mundial, pero este “caos” no manifiesta más que la ineptitud, ahora probada, de la visión económica del mundo al no captar nada de la realidad humana. Ha devenido evidente que el valor no mide ya nada: las compatibilidades giran en el vacío. El trabajo mismo no tiene ya otro objeto que satisfacer la necesidad universal de servidumbre. Y es incluso el dinero el que ha terminado por ser derrotado por el vacío que propagaba. Al mismo tiempo, la totalidad de las viejas instituciones burguesas, que reposaban sobre los principios abstractos de la equivalencia y la representación, han entrado en una crisis de la cual parecen muy fatigadas para lograr recuperarse: la Justicia ya no puede juzgar, la Enseñanza enseñar, la Medicina curar, el Parlamento legislar, la Policía hacer cumplir la ley, ni siquiera la Familia consigue educar a los hijos. Ciertamente, las formas exteriores del edificio antiguo permanecen, pero toda vida lo ha abandonado definitivamente. Flota en una intemporalidad cada vez más absurda y perceptible. Para burlar el ascenso del desastre, suele todavía, de vez en cuando, ostentar sus símbolos de desfile, pero nadie los comprende ya. Su magia ya no fascina más que a sus magos. Así, la Asamblea Nacional ha devenido un monumento histórico, que no excita más que a la curiosidad estúpida de los turistas. El Viejo Mundo ofrece a nuestra vista el paisaje desolador de ruinas nuevas y carcasas muertas, que aguardan una demolición que no llega y podrían aguardarla por la eternidad, si no llegara a nadie la idea de emprenderla. Jamás se tuvo el proyecto de tantas fiestas, nunca tampoco su entusiasmo pareció más falso, más fingido y más obligado. Incluso los júbilos más groseros consiguieron desprenderse más de cierto aire de tristeza. Contra cualquier apariencia, el debilitamiento del conjunto ocurre no tanto cuando se descompone y corrompe órgano tras órgano, ni, por otra parte, en algún otro fenómeno positivamente observable, sino más bien en la diferencia general que aquél desata; indiferencia que provoca el claro sentimiento de que nadie se juzga concernido por él, ni está decidido de algún modo a remediar. Y como “contradice a la cordura tanto como a la dignidad el que uno ante el sentimiento del estremecimiento de todas las cosas, no haga más que esperar paciente y ciegamente al derrumbamiento del viejo edificio lleno de fisuras y atacado en sus raíces, dejándose aplastar por la pila de ruinas” (Hegel), se ve, en algunos signos que no permite descifrar el modo de develamiento espectacular, prepararse el inevitable Éxodo fuera “del viejo edificio lleno de fisuras”. Ya, masas de hombres silenciosos y solitariosaparecen, los cuales escogieron vivir en los intersticios del mundo mercantil y rechazan participar en todo lo que tenga relación con él. No se trata solamente de que los encantos de la mercancía los dejen obstinadamente fríos, sino que portan una sospecha inexplicable sobre todo lo que les liga al universo que ella ha formado, y que ya se hunde. Al mismo tiempo, los disfuncionamientos cada vez más patentes del Estado capitalista, devenido incapaz de cualquier integración en la sociedad sobre la cual se erige, garantizan en su interior la subsistencia necesariamente temporal de espacios de indeterminación, de zonas autónomas cada vez más vastas y numerosas. Se bosqueja allí todo un ethos, todo un mundo infraespectacular que se asemeja a un crepúsculo, pero que en realidad es un alba. Formas de vida aparecen, cuya promesa va mucho más allá de la descomposición. En muchos aspectos, esto se asemeja a una experiencia masiva de la ilegalidad y la clandestinidad. Hay momentos en que ya se vive como si este mundo no existiera más. Mientras tanto, y como una confirmación de este mal presagio, vemos multiplicarse las crispaciones y endurecimientos desesperados de un orden que siente que muere. se habla de reforma de la República, cuando el tiempo de las repúblicas ha pasado. se habla todavía del color de las banderas, cuando es la era de las banderas la que se ha ido. Tal es el espectáculo grandioso y mortal que se devela a quien osa considerar su tiempo desde el punto de vista de su negación, es decir desde el punto de vista del Partido Imaginario.

IX

El período histórico al cual entramos debe ser un tiempo de extrema violencia y grandes desórdenes. El estado de excepción permanente y generalizado es la única manera con la que puede mantenerse la sociedad mercantil, cuando ha acabado de minar sus propias condiciones de posibilidad para instalarse durablemente en el nihilismo. Ciertamente, la dominación aún tiene para sí la fuerza —tanto la fuerza física como la simbólica—, pero no tiene más que esto. Al mismo tiempo que el discurso de su crítica, esta sociedad ha perdido el discurso de su justificación. Se encuentra ante un abismo, del cual descubre que es su corazón. Y es esta verdad por todas partes sensible a la que disfraza sin parar, abrazando sobre todo al “lenguaje de la adulación”, en el cual “el contenido del discurso que el espíritu tiene de sí mismo y sobre sí mismo es la perversión de todos los conceptos y realidades, es el engaño universal de sí mismo y de los otros, y la desvergüenza de enunciar ese engaño es por ello la más alta verdad”, y en el cual “la simple consciencia de lo verdadero y del bien (…) no puede decir nada a este espíritu que no haya sabido y dicho él mismo”. En estas condiciones, “si la simple consciencia al fin reclama la disolución de todo este mundo de la perversión, no obstante no puede pedir al individuo apartarse de este mundo, ya que incluso Diógenes en el tonel está condicionado por él; además, esta exigencia puesta en el individuo singular es precisamente lo que pasa por el mal, porque el mal consiste en preocuparse de sí mismo en tanto que singular (…) La exigencia de esta disolución no puede más que dirigirse al espíritu mismo de la cultura”. Se reconoce en esto la descripción verdadera del lenguaje que a partir de ahora habla la dominación en sus formas más avanzadas, cuando ha incorporado en su discurso la crítica de la sociedad de consumo, del espectáculo y de su miseria. La “cultura Canal+” y el “espíritu Inrockuptibles” proporcionan, para Francia, ejemplos pasajeros, pero significativos. Más generalmente es el lenguaje centelleante y sofisticado del cínico moderno, el que ha identificado definitivamente todo uso de la libertad con la libertad abstracta de aceptar todo, pero a su manera. En su soledad charlatana, la consciencia afilada de su mundo se enorgullece de su perfecta impotencia de cambiar. Se encuentra incluso movilizada de manera maníaca contra la consciencia de sí y contra toda búsqueda de sustancialidad. Un mundo que “sabe todo como extrañado de sí mismo, sabe al ser-para-sí separado del ser-en-sí, o lo que es apuntado y el objeto separados de la verdad” (Hegel), que, en otros términos, dominando todo efectivamente, se ha atado al lujo de reconocer abiertamente su dominación como vana, absurda e ilegítima, no llama contra sí, y como única respuesta a lo que enuncia, más que a la violencia de aquellos que, habiendo sido desollados por él con todo derecho, extraen su derecho de la hostilidad. se está ya impedido a reinar inocentemente.

X

En este estadio, la dominación, que siente la vida inexorablemente escapándole, deviene loca y pretende una tiranía de la cual no tenga más los medios. El Biopoder y el Espectáculo corresponden, como momentos complementarios, a esta última radicalización de la aberración mercantil que aparece como su triunfo, y preludia su derrota. En ambos casos, se trata de erradicar de la realidad todo lo que, en ella, excede a su representación. Al final, un desencadenado arbitrario se ata a este edificio en ruinas que intenta dirigir todo y aniquilar lo antes posible todo lo que atreva a darse una existencia independiente de él. Allí nos encontramos. La sociedad del Espectáculo ha devenido intratable sobre este punto: hay que participar en el crimen colectivo de su existencia, nadie debe poder pretender residirle exteriormente. No puede ya tolerar la existencia de este colosal partido de la abstención que es el Partido Imaginario. Hay que “trabajar”, es decir mantenerse en todo instante a su disposición, ser movilizable. Para conseguir estos fines, usa en cierta medida a la Jovencita. La cantinela marchitada de la “ciudadanía”, la cual se esparce sobre todo y sin importa quién, expresa la dictadura de ese deber abstracto de participación en una totalidad social que se ha autonomizado de todas las maneras. Es así, del hecho mismo de esta dictadura, que el partido negativo de la negatividad llega poco a poco a unificarse, y que adquiere un contenido positivo. Porque los elementos de la multitud de los indiferentes que se ignoran mutuamente y que no piensan ser parte de ningún partido, se encuentran todos igualmente como blanco en una dictadura única y central, la dictadura del Espectáculo, de la que el asalariado, la mercancía, el nihilismo o el imperativo de visibilidad no son más que algunos aspectos parciales. Es entonces la dominación misma que les impone, a los que estarían contentos de una existencia flotante, reconocerse para lo que son: unos rebeldes, unos Waldgänger. “El enemigo contemporáneo no cesa de imitar a la armada del faraón: persigue a los fugitivos, a los desertores, pero no consigue jamás precederlos o afrontarlos” (Paolo Virno, Milagro, virtuosidad y déjà-vu). En el curso de este éxodo, solidaridades inéditas se constituyen, amigos y hermanos se reúnen detrás de las nuevas líneas de frente que se dibujan, y la oposición formal entre el Espectáculo y el Partido Imaginario deviene concreta. Se desarrolla así, entre aquellos que toman acta de su marginalidad esencial, un poderoso sentimiento depertenencia a la no-pertenencia, una suerte de comunidad del Exilio. La simple sensación de la extrañeza en este mundo se muta, al grado de esta circunstancias, en una intimidad con la extrañeza. La fuga, que no era más que un hecho, deviene una estrategia. Ahora bien, “la fuga, dice la trigésimo sexta estratagema, es la política suprema”. Pero entonces, el Partidos Imaginario ya no es solamente imaginario, sino que comienza a conocerse como tal y camina con lentitud hacia su realización, la cual es su pérdida. La hostilidad metafísica en esta sociedad ha cesado de ser a partir de ahora vivida sobre un modo puramente negativo, como indiferencia lisa a todo lo que puede sobrevenir, como rechazo deactuar un personaje, como puesta en riesgo de la dominación por rechazo de la denominación. Ha tomado un carácter positivo y de este modo tan perfectamente inquietante, que el poder no falla, en su paranoia, al ver terroristas por todas partes. Es un odio frío y limpio, como puede serlo una angina, que por el momento no se expresa abierta y teóricamente, sino más bien como una parálisis práctica de todo el aparato social, como una hostilidad muda y obstinada, como el sabotaje de toda innovación, todo movimiento y toda inteligencia. No hay en ninguna parte “crisis”, no hay más que la omnipresencia del Partido Imaginario, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna, porque opera sobre el mismo territorio que el Espectáculo.

XI

Cada uno de los fracasos de esta sociedad debe entonces ser comprendido positivamente, como la obra del Partido Imaginario, como la obra de la negatividad, es decir de lo humano: en una guerra así, todo lo que niega a uno de los partidos, incluso sólo subjetivamente, respalda objetivamente al otro. La radicalidad de los tiempos impone sus condiciones. Independientemente del Espectáculo, la noción de Partido Imaginario es lo que vuelve visible la nueva configuración de las hostilidades. El Partido Imaginario reivindica la totalidad de lo que en pensamientos, palabras o actos conspira por la destrucción del orden presente. El desastre es su obra.

XII

Hasta cierto punto, el Partido Imaginario corresponde al espectro, la presencia invisible, el retorno fantaseado, de lo Otro en una sociedad en que toda alteridad ha sido suprimida; la puesta en equivalencia separada de todo lo ha generalizado. Pero esta pesadilla, esta idea de suicidio que pasa por la cabeza del Espectáculo, teniendo en cuenta el carácter mismo imaginario de la producción social presente, no puede tardar en engendrar su realidad como consciencia deviniendo práctica, como consciencia inmediatamente práctica. El Partido Imaginario es el otro nombre de la enfermedad vergonzosa del poder estremecido: la paranoia, que Canetti ha definido muy vagamente como “la enfermedad de la potencia”. El despliegue desesperado y planetario de dispositivos de control del espacio público cada vez más masivos y sofisticados materializa de manera punzante la locura asilaria de la dominación herida, que persigue aún el viejo sueño de los Titanes, aquel de un Estado universal, cuando no es más que un enano entre los otros, y una enfermedad por esto mismo. En esta fase terminal, no habla más que de lucha contra el terrorismo, la delincuencia, el extremismo y la criminalidad, porque tiene constitutivamente prohibido mencionar explícitamente la existencia del Partido Imaginario. Esto además representa para ella, en el combate, una desventaja ciertamente, ya que hacia el odio de sus fanáticos no puede nombrar “al enemigo verdadero que infunde una valentía infinita” (Kafka).

XIII

Hay que reconocer, sin embargo, que esta paranoia no carece de razones, teniendo en cuenta la dirección del desarrollo histórico. Es un hecho que en el punto al que hemos llegado en el proceso de socialización de la sociedad, cada acto individual de destrucción constituye un acto de terrorismo, es decir que apunta objetivamente a la sociedad en su conjunto. Así, al extremo del suicido, manifiesta, en un gesto en que muerte y libertad se confunden, lo que limita, suspende y anula la soberanía del Biopoder, y que adquiere así el sentido de un atentado directo contra la dominación, la cual observa cómo se priva así de una bella fuerza de consumo, producción y reproducción de su mundo. De manera similar, cuando la ley no reposa más que sobre su promulgación, es decir sobre la fuerza y lo arbitrario, cuando entra en una fase de proliferación autónoma, y por encima de todo, cuando ningún ethos le da ya sustancia, entonces todo crimen debe ser comprendido como una contestación total de un orden social sólidamente arruinado. Todo asesinato ya no es el asesinato de una persona particular —suponiendo que una cosa como una “persona particular” sea todavía posible— sino asesinato puro, sin objeto ni sujeto, sin culpable ni víctima. Es inmediatamente un atentado contra la ley, que si buen no existe, quiere reinar en todas partes. A partir de ahora, las infracciones más insignificantes han cambiado de sentido. Todos los crímenes han devenido crímenes políticos, y es esto precisamente lo que la dominación debe a toda costa ocultar para velar a todos el hecho de que una época ha quedado atrás, que la violencia política, una vez enterrada viva, viene a saldar cuentas bajo formas que se desconocía pudieran ocurrir. Así entonces, es flanqueado de cierto carácter de terrorismo ciego como se manifiesta el Partido Imaginario, al cual el Espectáculo puede captar intuitivamente. Ciertamente, se puede interpretar como el momento en que todas las sociedades mercantiles desarrolladas interiorizan la negación que mantenían en la exterioridad ilusoria, aunque catártica, del “socialismo realmente existente”, pero esto es su aspecto más superficial. También es lícito para cada uno disminuir el carácter insólito que se suscita al constatar que, por regla general, “una unidad política puede existir solamente como res publica, como publicidad, y esto se pone en discusión cada vez que en ella se crea un espacio de no-publicidad, que sea una desaprobación efectiva de la primera”. No es ciertamente raro, entonces, que algunos tomen el partido de “desaparecer en la sombra y transformarla en un espacio estratégico, del cual partirán los ataques que destruirán el lugar en el cual hasta ahora el imperium se encuentra manifestado así como a la vasta escena de la vida pública oficial, todo lo cual una inteligencia tecnocrática no sabría organizar” (Carl Schmitt, Teoría del partisano). Es una tentación constante, en efecto, concebir la existencia positiva del Partido Imaginario simplemente bajo la figura familiar de la guerrilla, la guerra civil, la guerra de partisanos, como un conflicto sin línea de frente precisa ni declaración de hostilidades, sin armisticio ni tratados de paz. Y en muchos aspectos, lo que tratamos aquí es una guerra que no es nada más allá de sus actos, sus violencias, sus crímenes, y que hasta este punto parece no tener otro programa que el de devenir violencia consciente, es decir consciente de su carácter metafísico y político.

XIV

Debido a que el Espectáculo no puede, en virtud de la aberración congénita de su visión del mundo así como de consideraciones estratégicas, decir nada, ver nada, ni comprender nada del Partido Imaginario, cuya sustancia es puramente metafísica, la forma particular bajo la cual este último hace irrupción en la visibilidad es la de la forma-catástrofe. La catástrofe es aquello que devela pero que no puede ser develado. De esta manera, hay que entender que la catástrofe no existe más que para el Espectáculo, del cual arruina de un solo golpe y sin retorno toda la labor paciente de hacer pasar por el mundo lo que no es más que su Weltanschauung, indicando que es incapaz, como todo lo que ha terminado, de concebir la destrucción. En cada “catástrofe”, es el modo de develamiento mercantil mismo el que se encuentra develado y suspendido. Su carácter de evidencia se hace aquí añicos. La totalidad de las categorías que impone usar en la aprehensión de la realidad queda arruinada. El interés, la equivalencia, el cálculo, la utilidad, el trabajo, el valor, se han descarrilado por lo inasignable de la negación. Y así el Partido Imaginario es conocido en el Espectáculo como el partido del caos, la crisis y el desastre.

XV

Es en la medida exacta en que la catástrofe es la verdad en un estado de fulguración, que los hombres del Partido Imaginario trabajan para hacerla advenir, por todos los medios. Los ejes de comunicación son blancos privilegiados para ellos. Saben cómo las infraestructuras que “valen millones” pueden ser destruidas con un solo golpe de audacia. Conocen las debilidades tácticas, los puntos de menor resistencia y los momentos de vulnerabilidad de la organización adversa. Son asimismo capaces de escoger más libremente que ella el teatro de sus operaciones, y actúan en el punto en el que incluso algunas fuerzas ínfimas pueden causar grandes daños. Lo más problemático es que cuando se les interroga al respecto, ciertamente saben todo, aunque sin saber que lo saben. Así, un obrero anónimo de una fábrica de embotellamiento “como ésta” vierte un poco de cianuro en un puñado de latas, un hombre joven asesina a un turista en nombre de la “pureza de la montaña” y firma su crimen como “el mecías” (sic), otro revienta “sin razón aparente” los sesos de su padre pequeñoburgués el día de su fiesta, un tercero abre el fuego sobre el rebaño prudente de sus camaradas de escuela, un último arroja “gratuitamente” bloques de cemento sobre los coches en marcha desde lo alto de los puentes de una autopista, cuando no los está incendiando en sus estacionamientos. En el Espectáculo, el Partido Imaginario no parece estar compuesto de hombres, sino de actos extraños, en el sentido en que los entiende la tradición sabbetaica. Sin embargo, estos actos mismos no están ligados recíprocamente, sino sistemáticamente contenidos en el enigma de la excepción; porque se carecía de la idea de ver las manifestaciones como una sola y misma negatividad humana, porque se desconoce lo que es la negatividad; además, sedesconoce también lo que es la humanidad, e incluso si eso existe. Todo esto salió en el registro del absurdo, y a este precio no es gran cosa que no volviera a salir. Por encima de todo, el se no quiere ver que se tratan en realidad de ataques dirigidos contra él y su ignominia. Así entonces, desde el punto de vista espectacular, desde el punto de vista de cierta alienación del estado de explicitación pública, el Partido Imaginario se resume a un conjunto confuso de actos criminales gratuitos y aislados, de los cuales los autores no poseen el sentido, así como a la irrupción periódica en la visibilidad de formas cada vez más misteriosas de terrorismo; todas las cosas terminan por producir, de cualquier modo, la impresión desagradable de que se carece de abrigo en el Espectáculo, de que una oscura amenaza pesa sobre la planificación vacía de la sociedad mercantil. Indiscutiblemente, el estado de excepción se ha generalizado. Nadie puede ya apelar a, en cualquiera de los campos, la seguridad. Y esto es bueno. Sabemos ahora que el desenlace está próximo. “La santidad lúcida reconoce en sí misma la necesidad de destruir, la necesidad de una salida trágica” (Bataille, El culpable).

XVI

La configuración efectiva de las hostilidades que la noción de Partido Imaginario vuelve legible está esencialmente marcada por la asimetría. No lidiamos en este momento con la disputa entre dos campos que rivalizarían por la conquista de un mismo trofeo alrededor del cual, al final, se volverían a encontrar. Aquí, los protagonistas se mueven sobre planos perfectamente extraños el uno del otro, de tal manera que no se vuelven a encontrar más que en muy raros puntos de intersección, y considerando todo, más o menos al azar. Pero esta extrañeza misma es asimétrica: porque, si para el Partido Imaginario el Espectáculo no es un misterio, para el Espectáculo el Partido Imaginario debe permanecer como algo arcano. De esto se deduce una consecuencia estratégica de primera magnitud: mientras que nosotros podemos fácilmente designar a nuestro enemigo, que es asimismo por esencia lo designable, nuestro enemigo no puede designarnos. No existe ningún uniforme del Partido Imaginario, pues el uniforme es precisamente el atributo central del Espectáculo. Así todo uniforme debe sentirse amenazado ahora y, con él, todo aquello que representa como moneda. En otros términos, el Partido Imaginario reconoce sólo a sus enemigos, no a sus miembros, porque sus enemigos son precisamente todos aquellos que se reconocen. Los hombres del Partido Imaginario, al reapropiarse de su ser-Bloom, se han reapropiado del anonimato al cual habían sido forzados. De este modo, devuelven contra el Espectáculo la situación a la que los llevó, y la emplean como una condición de invisibilidad. De alguna manera, han hecho pagar a esta sociedad el crimen imprescriptible de haberlos despojado de su nombre —es decir del reconocimiento de su singularidad soberana, y con esto de toda vida propiamente humana—, de haberlos excluido de toda visibilidad, toda comunidad, toda participación, de haberlos arrojado a la indistinción de la muchedumbre, a la nada de la vida ordinaria, a la masa suspendida de los homo sacer, y de haber impedido a su existencia el acceso al sentido. Es de esta condición, en la cual se querría mantenerlos, que ellos parten. Es perfectamente insuficiente, aunque al mismo tiempo significativo de cierta impotencia intelectual, remarcar que, en este terrorismo, los inocentes reciben el castigo “de no ser nada, de quedar sin destino, de haber sido desposeídos de su nombre por un sistema él mismo anónimo del que deviene entonces la encarnación más pura. (Visto que) son los productos finitos de lo social, de una socialidad abstraída a partir de ahora mundializada” (Baudrillard). Porque cada uno de estos asesinatos sin motivación ni víctima designada, cada uno de estos sabotajes anónimos, constituye un acto de Tiqqun. Ejecuta la sentencia que este mundo ha pronunciado ya contra sí mismo. Reduce a la nada lo que el Espíritu había abandonado, a la muerte lo que ya no vivía más que sobreviviendo, a la ruina lo que después de mucho tiempo ya no eran más que escombros. Y si había que aceptar para estos actos el absurdo calificativo de “gratuitos”, era sólo porque no apuntaban más que a manifestar lo que ya es verdad, pero está todavía oculto, a realizar lo que ya es real, pero no reconocido como tal. No agregan nada al discurso del desastre, simplemente toman y dan acto.

XVII

Que su enemigo no tenga ni cara, ni nombre, ni nada que forme parte de una identidad, que se presente siempre, a pesar de sus designios colosales, bajo el disfraz de un perfecto Bloom, esto es lo que desencadena la paranoia del Poder. Johann Georg Elser, cuyo atentado de bomba, en Múnich el 8 de noviembre de 1939, perdonó la vida de Hitler sólo por un ligero golpe de suerte, proporciona el modelo de lo que, en los años que vienen, hundirá a la dominación mercantil en un pavor cada vez más sensible. Elser era un Bloom modelo, tanto lo era que una expresión así no enuncia una contradicción inaceptable. Todo en él evoca a la neutralidad y la nada. Su ausencia en el mundo era completa, su soledad absoluta. Su banalidad misma era banal. La pobreza del espíritu, la falta de personalidad y la insignificancia eran sus únicos atributos, pero nunca llegaron a singularizarle. Cuando cuenta su vida cualquiera de carpintero, lo hace a partir del modo de una impersonalidad que no tiene fondo. Nada despierta en él alguna pasión. La política y la ideología le dejan igualmente indiferente. No sabe ni lo que es el comunismo, ni lo que es el nacionalsocialismo, y sin embargo es un obrero, en Alemania, en los años 30 de este siglo. Y cuando los jueces le interrogan sobre los motivos de un acto que le ha tomado un año preparar con un cuidado minucioso, no llega más que a mencionar el aumento de los descuentos sobre el salario de los trabajadores. Declara incluso que no tenía la intención de eliminar el nacionalsocialismo, sino solamente algunos hombres que juzgaba malos. Y fue un ser así el que casi salvó al mundo de una guerra mundial y sufrimientos sin igual. Su proyecto no reposaba sobre nada, sino en la resolución solitaria de destruir aquello cuya existencia le negaba, aquello que le era indeciblemente enemigo, aquello que representaba la hegemonía del Mal. No sacaba su derecho más que de sí mismo, es decir de lo rompiente absoluto de su decisión. El “partido del orden” se enfrentará, y lo hace ya, a la multiplicación de tales actos elementales de terrorismo, a los cuales no puede ni comprender ni prever, porque no se autorizan por nada más que la inquebrantable soberanía metafísica, la loca posibilidad de desastre que cada existencia humana porta en sí, aunque en dosis infinitesimal. Nada puede proteger de tales erupciones, las cuales apuntan a lo social en respuesta al terrorismo de lo social, ni siquiera la gloria. Su blanco es vasto como el mundo. Por eso, todo lo que se emplea para permanecer en el Espectáculo debe a partir de ahora vivir en el terror de una amenaza de destrucción, de la cual nadie sabe de dónde emana ni a qué concierne y de la cual apenas se puede adivinar que se quiere como algo ejemplar. En semejantes acciones brillantes, la falta de objetivo descifrable forma necesariamente parte del objetivo mismo, pues es por esto que manifiestan una exterioridad, una extrañeza, una irreductibilidad al modo de develamiento mercantil, y es por esto que lo corroen. Se trata de esparcir la inquietud que hace metafísicos a los hombres, y la duda que agrieta piso tras piso la interpretación dominante del mundo. Es entonces vano que se nos atribuyera cualquier objetivo inmediato, si no es quizá la promesa de provocar una avería más o menos durable de la máquina en su conjunto. Nada es más capaz de abolir a la totalidad del mundo de la alienación administrada que una de esas suspensiones milagrosas en que bruscamente vuelve toda la humanidad que el Espectáculo eclipsa habitualmente, en que se derrota al imperio de la separación, en que las bocas redescubren la palabra en la cual se encuentran, en que los hombres renacen en relación a sus semejantes y a la inextinguible necesidad que tienen de ellos. La dominación a veces emplea algunos decenios para recuperarse completamente de uno solo de esos momentos de intensa verdad. Pero uno se confundiría gravemente sobre la estrategia del Partido Imaginario si la redujera a la persecución de la catástrofe. Menos se confundiría al atribuirnos la niñería de querer pulverizar de un solo golpe no se sabe qué cuartel general en el cual el poder se encontraba concentrado. Uno no toma por asalto a un modo de develamiento, como si se tratara de una fortaleza, incluso si una pudiera útilmente conducir a otra. Por eso, el Partido Imaginario no pretende la insurrección general contra el Espectáculo, ni siquiera su destrucción directa e instantánea. Más bien agencia un conjunto de condiciones tales que la dominación sucumbe lo más deprisa y largamente posible a la parálisis progresiva que es la condena de su paranoia. Aunque no abandona en ningún momento el designio de acabarlo él mismo, su táctica no consiste en atacarlo de frente, sino en el acto mismo de escurrirse, de orientar y apresurar el desenlace de su enfermedad. “Es en esto que es temible para los detentadores de un poder que no lo reconoce: al no dejarse aprehender, al ser tanto la disolución del hecho social como la obstinación reacia a reinventarlo con una soberanía que la ley no puede circunscribir” (Blanchot, La comunidad inconfesable). Impotente frente a la omnipresencia de este peligro, la dominación, que se siente cada vez más sola, traicionada y frágil, no tiene otra elección que extender el control y la sospecha a la totalidad de un territorio cuya libre circulación permanece, sin embargo, como su principio vital. Puede rodear esas “gated communities” de tantos guardias como quiera; el suelo continuará, sin embargo, escurriendo por debajo de sus pies. Está en la esencia del Partido Imaginario mermar por todas partes el fundamento mismo de la sociedad mercantil: el crédito. Su acción disolvente no conoce otro límite que el derrumbamiento de lo que mina.

XVIII

No es tanto el contenido de los crímenes del Partido Imaginario el que tiende a arruinar el imperium de la paz sanguinaria, como lo es su forma. Porque su forma es la de una hostilidad sin objeto preciso, de un odio fundamental que surge, independientemente de cualquier obstáculo, de la interioridad más insondable, de las profundidades inalteradas en que el hombre mantiene un contacto verdadero consigo mismo. Es por esto que emana de ellos una fuerza que toda la habladuría del Espectáculo no consigue encauzar. Los niños japoneses, que se pueden merecidamente considerar como una vanguardia delirante del Partido Imaginario, han forjado locuciones verbales para designar estos accesos de cólera absoluta, en que algo los arrastra, algo que es y no es ellos, que es mucho más que ellos. La más extendida de entre ellas es mukatsuku; significa originalmente “tener náuseas”, es decir estar poseído por la más física de las sensaciones metafísicas. Hay en esta rabia especial algo sagrado.

XIX

Sin embargo, es evidente que el Espectáculo ya no puede contentarse, ante sus masacres, crímenes y catástrofes que le asedian, ante este peso de lo inexplicable que se acumula, con constatar la extensión de una dilatación en su visión del mundo. Además, lo expresa sin rodeos: “nos gustaría que esta violencia fuera fruto de la miseria, de la gran pobreza; eso sería más fácil de admitir” (Événement du jeudi, 10 de septiembre de 1998). Como podemos observar con una enternecedora regularidad, su primer movimiento consiste en adelantar una explicación a todo precio, incluso si arruina todo aquello sobre lo cual reposa en teoría. Así, cuando el patético de Clinton es llamado a dar una razón, así como las consecuencias, del Bello Gesto de Kipland Kinkel, Bloom ejemplar en muchos aspectos, no pudo encontrar a otro responsable que “la influencia de la nueva cultura de las películas y los juegos violentos”. Al hacerlo, constata la transparencia, insustancialidad y liquidación radicales del sujeto por la dominación mercantil, y reconoce públicamente que la trágica robinsonada sobre la cual pretende fundarse, la irreductibilidad de la persona jurídica individual, ya es intolerable. Socava ingenuamente el principio mismo de la sociedad mercantil, sin el cual el derecho, la propiedad privada, la venta de la fuerza de trabajo e incluso aquello que llama “cultura”, a lo sumo conciernen a la literatura fantástica. El se prefiere incluso sacrificar al edificio completo de su pseudojustificación antes que penetrar las razones y naturaleza del enemigo. Porque entonces, tendría que estar de acuerdo con Marx en que “la coincidencia de la transformación de las circunstancias y de la actividad humana o la autotransformación del hombre sólo puede ser captada y comprendida como praxis revolucionaria”. Ya que, en un segundo paso, se cae de nuevo sobre esta confesión, que se trata actualmente borrar; es el momento penoso en que se queda exhausto con epílogos ridículos sobre la inexistente psicología del Bloom que ha pasado al acto. A pesar de estas interminables consideraciones, uno no logra prevenirse del sentimiento que en el fondo es, en este proceso, el se mismo siendo juzgado, y la sociedad teniendo el lugar del acusado. Es muy evidente que el origen de su gesto no tiene nada de subjetivo, que simplemente se opone, en estado de santidad, a la objetividad de la dominación. En este punto, todavíase llega a confesar, de mala gana, que en efecto es una guerra social la que se está llevando a cabo, sin precisar, no obstante, cuál guerra social, es decir quiénes son los los protagonistas: “los autores de estos golpes de locura, estos nuevos bárbaros, no son todos inadaptados sociales. Son la mayoría de las veces personas muy ordinarias” (Evénement du Jeudi, 10 de septiembre de 1998). Sin embargo, es esta última retórica de hostilidad absoluta, en la cual el enemigo, que se ha tenido cuidado de nombrar, es declarado bárbaro y arrojado fuera de la humanidad, la que tiende a imponerse de manera universal. La prueba es que a partir de ahora es posible escuchar, en el bello entorno de un período de supuesta paz social, a un potentado cualquiera de los transportes públicos proclamar: “nosotros vamos a reconquistar el territorio”. Y de hecho, vemos esparcirse por todas partes, bajo formas generalmente confeccionadas, la certeza de la existencia de un enemigo interior innombrable, el cual perseguiría una acción continua de sabotaje; pero esta vez, desgraciadamente, ya no hay kulaks para “liquidar en tanto que clase”. Sería un error, entonces, no suscribir la perspectiva paranoica, que supone detrás de la multiplicidad inarticulada de las manifestaciones del mundo a una voluntad única armada de designios oscuros: porque en un mundo de paranoicos, son los paranoicos quienes tienen razón.

XX

Que el Espectáculo tema alojar en su corazón un partido imaginario, incluso si de hecho es lo inverso lo que sucede —en efecto, es más bien el Partido Imaginario quien aloja en su aura el Espectáculo—, traiciona bastante su sospecha de que cuando ha calificado aquellos actos de destrucción como “gratuitos”, no ha dicho todo lo que hay que decir sobre ellos. Es flagrante que el conjunto de las malas acciones que se atribuye a estos “locos”, estos “bárbaros”, estos “irresponsables”, contribuyen todas de manera adyacente a un proyecto único no formulado: la liquidación de la dominación mercantil. En última instancia, se trata siempre de volverle objetivamente la vida imposible, de propagar la inquietud, la duda y el recelo, de hacer, en la modesta medida de los medios de cada uno, todo el mal posible. Nada puede explicar la ausencia sistemática de remordimiento en estos criminales más que el sentimiento mudo de participar en una grandiosa obra de devastación. Evidentemente, estos hombres en sí mismos insignificantes son los agentes de una razón severa, histórica y trascendente que reclama la destrucción de este mundo, es decir el cumplimiento de su nada. Lo único que los distingue de las fracciones conscientes del Partido Imaginario es el hecho de que éstas no trabajan por el final del mundo, sino por el final de un mundo. Esta diferencia puede, en un momento dado, dejar un espacio suficiente al odio más razonado. Pero esto no tiene importancia para el Partido Imaginario mismo, el cual debe permanecer en la próxima figura del Espíritu.

XXI

Los hombres del Partido Imaginario combaten de manera irregular. Son voluntarios en aquella guerra de España en que el ocupante espectacular queda arruinado al estacionar sus tropas y municiones, y en que una dialéctica paroxística castiga bajo los términos en que “la fuerza y la importancia de la irregularidad son determinadas por la fuerza y la importancia de la organización regular que pone en causa” (Carl Schmitt), y viceversa. El Partido Imaginario puede contar con el hecho de que un puñado de partisanos bastan para inmovilizar todo el “partido del orden”. En la guerra que se libra actualmente, no queda nada de un jus belli. La hostilidad es absoluta. Al mismo “partido del orden” no le avergüenza recordarlo de vez en cuando: hay que operar como partisano en todas partes en que haya partisanos (basta saber lo que las prisiones han llegado a ser en la última década, y de qué manera los diversos policías han tomado al mismo tiempo la costumbre de proceder con los “marginales”, para comprender lo que una consigna así puede significar en términos de sangrienta arbitrariedad). Por eso, en tanto que subsista la dominación mercantil, los hombres del Partido Imaginario tendrán que esperar el ser tratados como criminales, o animales de caza, dependiendo. La desproporción de las armas y penas que se blanden a partir de ahora en su contra no se relacionan a una coyuntura cualquiera de la política de represión, sino que es consustancial con lo que es, y con lo que es su enemigo. Lo que se expresa en esto, es el simple hecho de que el Partido Imaginario contiene en su principio la negación de todo sobre lo que se basa la dominación mercantil, una negación que será manifestada en acto, antes de manifestarse como discurso. A diferencia de las revoluciones del pasado, la rebelión que viene no apela a ninguna de las trascendencias seculares que el desgaste continuado por tantos regímenes de opresión ávidos de justificarse ha terminado por volver odiosas. En ningún momento pretende obtener su legitimidad del Pueblo, la Opinión, la Iglesia, la Nación o la Clase Obrera, incluso bajo una forma atenuada. No funda su causa sobre nada, pero esta nada es la Nada que sabemos idéntica al Ser. Que estos crímenes manifiesten tal soberanía milagrosa, proviene del hecho de que no se inscribe en ninguna de esas trascendencias particulares, por otra parte difuntas, sino que se arraiga más bien en la Trascendencia en tanto que tal, sin mediaciones. Es por esto que representa para el Estado Mercantil el peligro más formidable que haya visto jamás montar frente a sí. Lo que a partir de ahora le obstaculiza no pone en tela de juicio este o aquel aspecto del derecho, ni esta o aquella ley, sino que más bien ataca a lo que precede a toda ley, a la obligación de obediencia misma. Peor aún, el partisano del Partido Imaginario evoluciona en la más completa violación de todas las reglas existentes sin tener jamás el sentimiento de transgredirlas, actuando con total desprecio a éstas. No se opone al derecho, lo depone. Aspira a una justificación superior a todas las leyes escritas y no escritas: el texto sin ley que él mismo es. Renueva así el escándalo absoluto de la doctrina sabbetaica, que afirmaba que “el cumplimiento de la Ley es su transgresión”, y la deja atrás. Constituye él mismo un fragmento del Tiqqun, en tanto que es la abolición viviente de la ley antigua, que compartía, dividía y separaba. Responde al estado de excepción con el estado de excepción, y devuelve así todo el edificio jurídico a su triste irrealidad. En fin, si no representa a nadie ni nada, esto no es así en absoluto por defecto, sino más bien al contrario por exceso, por rechazo al principio mismo de la representación. Partiendo de la irreductibilidad fundamental de toda existencia humana, se proclama él mismo como algo no susceptible de representación, como lo irrepresentable, pero también por esto como el irrepresentante. Análogo en este sentido a la totalidad del lenguaje, o del mundo, desafía toda puesta en equivalencia concreta. Tal Partido Imaginario, que devuelve todo el monumento del derecho a su origen ínfimo de ficción novelesca, reduce el Estado mercantil al rango de una asociación de malhechores solamente más consecuentes, más organizados y más poderosos que los otros. Esto no supone para nada una desorganización social cualquiera. Chicago, en los años veinte, fue ejemplarmente administrado. Como se ve, el Partido Imaginario es tan fundamentalmente antiestatal como antipopular. Nada le es más odioso que la idea de unidad política, excepto tal vez aquélla de obediencia. En las condiciones presentes, no puede ser otra cosa que el no-partido de la multitud porque, así como lo observaba fuertemente aquel cabrón de Hobbes, “cuando los ciudadanos se rebelan contra el Estado, ellos son la multitud contra el pueblo”.

XXII

Si la noción de Partido Imaginario nombra todo comenzando por la negatividad en suspensión de la época, al mismo tiempo que la invisibilidad de ésta, hace falta concebirla inseparablemente como la noción a partir de la cual se deja aprehender el contenido positivo de todas estas prácticas, de las cuales el Espectáculo captura solamente lo negativo, es decir lo que ellas no son. Él, que califica como “crisis de la política” a la deserción masiva del infecto espacio político instituido, como “crisis de la cultura” a la indiferencia obstinada que alberga todos los conmovedores residuos que elabora temporada tras temporada el arte contemporáneo, como “fracaso de la educación” al rechazo creciente del encarcelamiento escolar, como “crisis del vínculo social” a aquello que no es más que el rechazo transparente de las relaciones sociales alienadas y las costumbres espectaculares, permanece ciego a esta “revolución silenciosa (…) que es invisible a muchos ojos y es especialmente difícil de observar por los contemporáneos, a la vez que es arduo comprenderla y caracterizarla”. Ignora que “el espíritu que se forma va madurando lenta y silenciosamente hacia su nueva figura, desintegrando fragmento tras fragmento el edificio de su mundo precedente y los estremecimientos de este mundo se anuncian solamente por medio de síntomas esporádicos; la frivolidad y el tedio que se apoderan de lo que subsiste todavía y el vago presentimiento de lo desconocido son los signos premonitorios de que algo otro se avecina. Estos paulatinos desprendimientos, que no alteran la fisionomía del todo, se ven bruscamente interrumpidos por la aurora que, de pronto, ilumina como un rayo la imagen del nuevo mundo” (Hegel). Durante la mutación, es cierto, la serpiente permanece ciega.

XXIII

Toda la positividad del Partido Imaginario se encuentra en el gigantesco ángulo muerto de lo irrepresentable, sobre el cual el Espectáculo es atávicamente incapaz de simplemente entrever. Porque el Partido Imaginario no es, en todos sus aspectos, más que la consecuencia política de esta positividad, cuya Metafísica Crítica es el concepto y el Bloom la figura. Cuando el Bloom (esa criatura que no es justiciable por ninguna otra determinación social que no sea negativa, y cuya característica principal, de acuerdo a Hannah Arendt —que lo identificó muy rápido con el hombre-masa—, es “el aislamiento y la falta de relaciones sociales normales”) deviene el modelo humano dominante en más de un mundo, la sociedad mercantil descubre que ya no tiene ningún mando sobre esas subjetividades que fueron, sin embargo, enteramente formadas por ella, y que de esta manera, siguiendo su propio curso, ha engendrado su propia negación. El fracaso de la dominación, causado por sus propios productos, aparece de manera privilegiada en la esfera de la sociología: el Bloom está en todas partes, pero la sociología no lo ve en ninguna. De manera similar, sería vano esperar de ella el que fuera capaz de dar una indicación cualquiera sobre la existencia efectiva del Partido Imaginario, cuya esencia le es extraterrestre. Y esto, dicho sea de paso, no es más que uno de los aspectos de la muerte de la sociología, la cual ha echado a perder definitivamente la socialización de la sociedad, lo que arrastra también con la socialización de la sociología. En este proceso, se ha perdido al realizarse, encontrándose ridiculizada como ciencia separada por sus lacayos mismos, aquellos que mientras tanto se vieron obligados a devenir sus propios sociólogos. Así, cuando una instancia central, única e indiferenciada, el Espectáculo, se hace cargo de la secreción continua de todos los códigos sociales, las ciencias sociales han reducido su participación, desde Weber a Bourdieu,  al mero peso de sus mentiras. Con la muerte de la sociología, todo un sector de la crítica social clásica fundada sobre la sociología y como sociología termina por revelar su esencia bribona y servil al colapsarse. Esa crítica ya no está al nivel de la época, ya no es apta ni para describirla, ni para discutirla. Esa tarea regresa a partir de ahora a la Metafísica Crítica.

XXIV

Hasta ahora, se ha hecho mal al dibujar la línea del frente, a lo largo de la cual se reparten amigos y enemigos del orden dominante, como una recta continua. Hay que sustituir esta representación con una imagen de líneas del frente circulares e innumerables, cada una de las cuales mantiene en su espacio-tiempo interior a comunidades de hombres, prácticas y lenguajes absolutamente desobedientes a la dominación mercantil, y a las cuales esta última, de acuerdo a su lógica inmanente, asedia sin descanso. Todo lo que contribuye a mantener la representación antigua pertenece al campo del enemigo. La primera consecuencia de esta nueva geometría de la lucha concierne a la forma de propagación de la subversión. Ya no estamos tratando, frente al mundo de la mercancía autoritaria, con la avanzada, campaña tras campaña, de un frente —aquel de los pobres, los trabajadores o los condenados de la Tierra—, sino con un contagio semejante a la sucesión de las ondas concéntricas sobre la superficie del mercurio cuando cae una gota. Aquí, el efecto de masa del pasado es idénticamente afectado por la intensidad de aquello que es vivido en el punto de caída. Se sigue que el sujeto revolucionario elemental ya no es la clase, o el individuo, sino la comunidad metafísica, sin importar su grado de exilio (Esto es lo que testimonia por defecto el carácter fundamentalmente insignificante e inconsecuente, en el Espectáculo, de toda aventura personal, de toda historia privada). El buen geómetra no juzga exagerado reducir el mundo en su conjunto a esos minúsculos y dispersados hogares, pues todo lo que no sea ellos, todo lo que da vida a un contenido existencial particular y compartido, está muerto, más allá del baile fastidioso de las apariencias. Cada una de estas comunidades metafísicas se eleva desde un mundo extremo en que los hombres ya no pueden encontrarse más que sobre la base de lo esencial y constituye, en medio del desierto, un polo exclusivo de sustancialidad. Todo reconocimiento que no poseyera sus propias leyes, toda superficialidad simple, son excluidos de su interior. Allí, algunas condiciones son creadas, en las cuales el Absoluto podría recubrir sus pretensiones temporales; y algunas posibilidades se abren, las cuales se habían perdido desde los levantamientos milenaristas y los movimientos mesiánicos judíos del siglo xvii. Sin importar lo que se haya dicho al respecto, la exigencia aguda de una fuerza y lenguaje nuevos hace sentir que un rayo ilumina mucho más allá de la miseria de nuestros tiempos. Y esto es precisamente lo que temen las fuerzas de descomposición, que prometen tan excesivos favores a aquellos que consentirían renunciar a sí mismos para hacerse amar por ellas. El Partido Imaginario designa únicamente, en primer lugar, el hecho positivo de una multitud de zonas autónomas libres de la dominación mercantil, las cuales experimentan hic et nunc, al margen del debilitamiento de lo Común alienado y de los últimos sobresaltos de un organismo social que perece, formas propias de la Publicidad. Hasta aquí, no ha habido ninguna otra federación que no sea para la intelección. Y lo que las une no es en efecto, inicialmente, sino un carácter pasivo: son comunidades en las cuales el sentido y forma de la vida priman sobre la vida misma, donde el deber de ser ha sido elevado hasta un punto de incandescencia. Comparten pues la misma sustancia metafísica, aunque no lo saben todavía. Sólo bajo los negros auspicios de la común persecución, a la cual las condena la hegemonía mundial de la mercancía, deben llegar a reconocerse ellas mismas como lo que son: fracciones del Partido Imaginario. Hay en este proceso algo ineluctable; la resistencia de estas comunidades puestas en equivalencia generalizada les coloca expresamente ante las compactadoras de la abstracción reinante. Pero al final, el único efecto identificable de esta opresión es que estos universos independientes se ven forzados uno por uno a salir de la inmediatez de su particularidad, y esto es así por su enemigo mismo, del que reciben, en el curso del combate, su carácter universal. Y es en la medida exacta en que este enemigo no es otra cosa que un trabajo permanente de negación de la metafísica que acceden a la consciencia de lo que los une: no la afirmación de una metafísica particular, sino de la metafísica en tanto que tal. Este vínculo, el cual no es ciertamente inmediato, no tiene nada de formal, nada de construido, más bien es algo anterior a toda libertad, y que la funda: la hostilidad existencial, absoluta y concreta al nihilismo mercantil. De esto se sigue que el Partido Imaginario no converge, contrariamente a todo lo que se ha llamado “partido” en el pasado, hacia una voluntad general, puesto que ya comparte lo Común, identificado aquí con el lenguaje, el Espíritu, la metafísica o incluso una política de la finitud (todos estos términos devienen en estas circunstancias pseudónimos para un solo y mismo Indecible). Decir que la cohesión del Partido Imaginario es de un orden metafísico, no quiere evocar entonces otra cosa que la guerra cotidiana en la cual cada uno de entre nosotros se encuentra siempre ya comprometido, cohesión que le opone a la negación rumiante de toda forma de vida. En este punto, la necesidad de su unificación se impone a todos sus elementos, como idéntica a su devenir-consciente: “La lucha es entre el mundo moderno, por una parte, y por otra todos los otros mundos posibles” (Péguy, Notas conjuntas). Todos aquellos que, amando la verdad pero no ciertamente la misma verdad, simpatizan en devastar el despotismo de la irrisoria metafísica mercantil, se afilian al Partido Imaginario. Pero el movimiento por el cual la unidad se produce es también aquel por el cual las diferencias se posan y congelan. Cada comunidad particular, en la lucha contra la universalidad vacía de la mercancía, se reconoce poco a poco como particular y se eleva a la consciencia de su particularidad, es decir que aprehende su reflejo y se mediatiza por lo universal. Se inscribe en la generalidad concreta del Espíritu, cuya progresión a través de las figuras es celebrado con un banquete en que todas las irreductibilidades están embriagadas. Fragmento tras fragmento, la reapropiación de lo Común continúa. Es así que a lo largo del combate, el ballet nómada de las comunidades adquiere la estructuración compleja y arquitectónica de un sistema de castas metafísicas, cuyo principio no puede ser más que eljuego, es decir la consciencia soberana de la Nada. Cada reino metafísico lleva lentamente a cabo el aprendizaje de las fronteras de su territorio sobre el continente de lo Infinito. Al mismo tiempo, un común general se constituye, el cual contiene en sí todas las totalidades diferenciadas de los comunes regionales, lo cual quiere decir que es el trazado de sus limes. Es de prever que con la aproximación de la victoria, los hombres del Partido Imaginario librarán esta batalla tanto para derrotar a un enemigo totalmente debilitado como para al fin dar un libre curso a sus desacuerdos metafísicos, a los cuales planean vaciar físicamente y en el juego. En esto, son salvajes partisanos de la violencia, pero de una violencia agonística, altamente ritualizada y rica de sentido. Como se puede ver, y sería un error estar decepcionados al respecto, el triunfo del Partido Imaginario es a la vez su ruina, y su desintegración.

XXV

La forma de Publicidad que arrastra y prefigura al Partido Imaginario no tiene nada en común con todo lo que ha podido elaborarse en la filosofía política clásica. Si se le tuviera que atribuir algún ancestro, tendríamos que remontarnos a lo que se ha esbozado fugitivamente en raros y preciosos momentos de insurrección, en los Soviets, en las Comunas, en las colectividades aragonesas de 1936-1937, o en las escuelas secretas de la Cábala, por ejemplo la de Safed. Cada vez que esta última consiguió abrirse un acceso en la ingrata escena de la Historia, las consecuencias no tenían límites. Pocos de entre aquellos que vivieron los instantes en que ésta se dejaba divisar, haciendo estallar por bloques enteros a todas las formas reducidas y limitadas de la Publicidad, fueron posteriormente capaces de soportar la visión del mundo tal como es, ellos cuyos ojos habían vislumbrado la aurora sin precedentes de la restitutio in integrum, del Tiqqun. Pero actualmente es por una consecuencia necesaria de la evolución, tal como se ha perseguido en todas las sociedades mercantiles desarrolladas, que esta cosa, de la cual no se había conocido más que el rompimiento violento, se instala silenciosamente en la calma y la duración, como desapercibida en tanto que su avanzada parece obvia. Curioso espectáculo, ciertamente, este Mundo en que las formas de existencia dominantes se saben, según el concepto, superadas, pero que persisten en el ser, como si nada hubiera pasado; mientras que, del otro lado de la alienación extrema de la Publicidad que el Espectáculo impone, y como contrapeso, vemos aparecer, todavía mezclado con el principio contrario, a una humanidad de la que el sentido es el alimento exclusivo, aunque sea adulterado. Despreocupados de la necesidad de producir, liberados del encadenamiento en la gleba del trabajo, mundos frágiles se componen para los cuales la afinidad electiva es todo y la servidumbre nada. Las ruinas de las metrópolis ya no contienen nada viviente además de estos agregados humanos fluidos, o individuos, que, al no encontrar ya una verdadera razón para su alienación, la recorren en todos sus sentidos. La esclavitud de los hombres del Espectáculo les parece tan extravagante como su libertad es incomprensible a los primeros. En la suspensión de su existencia, la problematicidad del mundo ha cesado de ser problemática; ha devenido la materia de lo que viven. El lenguaje ya no les aparece como una laboriosa exterioridad que tendría que ser recuperada en sí para enseguida aplicarla al mundo; ha devenido su sustancia inmediata. En ningún momento se desata su acción como algo separable de su palabra. Se comprende entonces que el Espectáculo, donde lo político y lo económico permanecen como abstracciones separadas de lo metafísico, representa para ellos una figura pasada de la Publicidad. Pero se trata de hecho de todos los viejos dualismos petrificados que, en la continuidad sustancial del sentido, han sido abolidos. Al interior de estas totalidades ricas de sentido, plenas y abiertas, la eternidad encuentra dónde alojarse en cada instante, y el universo entero en cada uno de sus detalles. Su mundo, su ciudad, los protege como una interioridad, mientras que su interioridad ha tomado las dimensiones de un mundo. Están ya, de manera parcial y desgraciadamente reversible y provisoria, en la “restauración de la unidad destrozada, de lo real y lo trascendental” (Lukács). No siendo parte de los caprichos de la dominación, su vida misma tendería hacia la realización de todas las virtualidades humanas que contiene. Esta figura próxima de la Publicidad corresponde al máximo despliegue de ésta, es decir que abraza el lenguaje sin la menor reserva, que es el lenguaje, como conoce el silencio. Allí, la esencia ya no puede ser distinguida de la apariencia, pero el hombre ha cesado de confundirlas consigo mismo. Allí, el Espíritu tiene su Residencia, y asiste pacíficamente a sus propias metamorfosis. El lenguaje aquí es la única, nueva y eterna Ley, que va más allá de todas las leyes pasadas de las que era ciertamente su materia, pero en un estado congelado. Si las formas antiguas de la Publicidad se levantaban en construcciones más o menos equilibradas, más o menos armoniosas, ésta es por el contrario horizontal, laberíntica, topológica. Ninguna representación le sobresale en ningún punto. Todo su espacio reclama ser recorrido. En cuanto a la articulación operacional del Partido Imaginario, en cuanto a la inervación de este mundo, no se ha asegurado de ningún sistema vertical de delegación, sino de un modo de transmisión que está inscrito en la horizontalidad sin límites del lenguaje: el Ejemplo. La geografía plana del mundo del Tiqqun no significa en absoluto la abolición de los valores o el fin de la muy humana persecución del reconocimiento. Es solamente por “la autoridad del prototipo y no la normatividad del orden” (Virno, Milagro, virtuosidad y déja-vu) que es lícito a los hombres, como lo es ya a las fracciones del Partido Imaginario, imponer su excelencia. El mapa del mundo que esbozamos no es otro que el mapa del Espíritu. Y es actualmente esta Publicidad del Espíritu que, en todas partes, desborda al partido de la nada, cuya imbecilidad y tosquedad devienen cada día más feroces e intolerables. Y nosotros le pondremos fin, inevitablemente.

XXVI

La guerra a ultranza que el Espectáculo libra en contra del Partido Imaginario y la libertad, sin duda, ha devastado ya regiones enteras del espacio social. Allí, se decretan medidas de protección a las que únicamente los conflictos mundiales nos habían acostumbrado: toques de queda, escoltas militares, fichaje metódico, control de los armamentos y las comunicaciones, adquisición de sectores enteros de la economía, etc. Los hombres de esta época avanzan directo hacia un temor sin medidas. Sus pesadillas están pobladas por suplicios que ya no pertenecen solamente al dominio de los sueños. Una vez más, se habla de los piratas, los monstruos y los gigantes. Ligado al progreso de un sentimiento universal de inseguridad, la expresión de las miradas lleva el testimonio de una acumulación fatal y continua de pequeñas fatigas nerviosas. Y como cada época sueña a la siguiente, pequeños caudillosproliferan, los cuales se disputan el control de un espacio social ya reducido al mero espacio de circulación. Los espíritus más débiles se rinden a tan locos rumores que nadie es capaz de confirmar ni de desmentir. Unas tinieblas infinitas han llenado el espacio vacío de la distancia que los hombres dejaron entre sí. Cada día requiere un poco más, a pesar de la oscuridad creciente, el perfil lúgubre de la guerra civil, en la cual ya nadie sabe quién combate y quién no, en la cual la confusión es limitada únicamente por la muerte, en la cual lo único seguro es que lo peor está por venir. Y así seguimos entonces, más acá de todo nacimiento, en la evidencia del desastre, pero nada impide a nuestra mirada dirigirse más allá. Así parece entonces que estos son los “dolores del parto”, de los cuales ninguna época nueva tiene el derecho de sustraerse. Aquel que agudiza su mirada para distinguir en la noche el combate que se avecina entre los colosos descubrirá que toda esta desolación, todos estos sordos ecos de cañón, todos estos gritos sin cara, no son más que la obra del único Titán repugnante de la dominación mercantil, el cual, en su ensangrentado delirio, lucha, aúlla, dispara, patalea, asegura que alguien quiere su piel, manda intensas órdenes, se revuelca en la tierra y termina golpeando con sus pies las paredes de su living-room. Desde las profundidades de su locura, jura que el Partido Imaginario es la oscuridad que le rodea, y que debe ser abolida. Al escuchar, parece que realmente tiene un problema con este territorio maléfico que se obstina a nunca coincidir con el mapa, y ya le amenaza con las peores represalias. Pero a medida que el día avanza, nadie le escucha más, e incluso sus más cercanos súbditos no prestan más que un oído distraído al viejo demente que salta. Fingen escuchar, y entonces guiñan un ojo.

XXVII

El Partido Imaginario no espera nada de la presente sociedad y su evolución, porque ya es prácticamente, es decir existiendo en los hechos, su disolución y su más allá. Por consecuencia, para él no puede tratarse de tomar el poder, sino solamente de derrotar a la dominación en todas partes, al ponerla durablemente en la imposibilidad de hacer funcionar su aparato (el carácter temporal, e incluso en algunos puntos fugitivo, de la contestación que se opera bajo el estandarte del Partido Imaginario puede ser explicado por esto: le garantiza que ella misma nunca devendrá un poder). Es por esto que la violencia a la que recurre es de una naturaleza totalmente diferente a la del Espectáculo. Y también es por esto que el último se debate solo en la oscuridad. Incluso cuando la dominación mercantil desencadena su “libertad del vacío”, su “voluntad negativa que sólo tiene el sentimiento de su existencia en la destrucción” (Hegel), así como cuando su violencia sin contenido aspira sólo a la extensión infinita de la nada, el ejercicio de la violencia por el Partido Imaginario, aunque ilimitado, no se centra más que en la preservación de las formas de vida que el poder central se prepara para alterar, o ya amenaza. De allí su fuerza e incomparable aura. Incluso en la cumbre de su ofensiva, es una violencia conservadora. Reencontramos allí la disimetría de la que hemos hablado. El Partido Imaginario no corre tras los mismos objetivos de la dominación, y si son concurrentes, es que cada uno de ellos quiere destruir aquello de lo que el otro persigue su realización; la diferencia es que el Espectáculo no quiere más que esto. Que el Partido Imaginario venga a poner fin a la sociedad mercantil y que esta victoria sea irreversible, eso dependerá de su facultad de dar intensidad, grandeza y sustancia a una vida exenta de toda dominación, no menos que de la aptitud de sus fracciones conscientes para explicitarlo tanto en su práctica como en su teoría. Es de temer que la dominación encuentre un suicidio generalizado, en el que al menos se asegura de llevarse consigo a su adversario, preferible a la eventualidad de su derrota. De un extremo al otro, es una apuesta la que hacemos. No pertenece más que a la historia y su juego glacial, el juzgar si esto que emprendemos es meramente un comienzo, o ya un resultado. El Absoluto es en la historia.
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