La economía no existe

Por Raúl Cerdeiras
 

La economía no existe, es una verdad puesta en juego por Marx hace más de 150 años. Sin embargo sigue insistiendo, como si al paso del tiempo, a medida que más y más se va confirmando la afirmación de Marx, la economía tratara de disfrazarse de…economía, ya que su único cuerpo real y legible se llama: capitalismo.

No existe “la producción en general” decía el viejo Marx, toda producción de bienes se hace dentro de una manera, un modo, los modos de producción. Hubo épocas en que varios modos convivían, pero desde la primera Guerra Mundial el capitalismo se dispara de una manera fulminante a conquistar el objetivo de destruir a cualquier otra manera de producir socialmente e imponer su ley y su lógica a toda la humanidad. Hace unas cuantas décadas que reina en el podio en donde no hay ni segundos ni terceros, sólo él. Nombramos este hecho diciendo que vivimos la mundialización del capitalismo. Un triunfo espectacular porque además de esa posición de privilegio tuvo la capacidad de realizar un truco perfecto, es la magia del Capital, que consiste en ponerse como una especie de realidad objetiva, casi neutra, que se entrega para que sea estudiada y analizada por una ciencia (que incluso cuenta con Facultades a nivel Universitario) llamada economía.


Pero este pase mágico necesitaba condiciones especiales para realizarse con éxito, entre ellas un público casi hipnotizado capaz de decir que “si” a toda la felicidad que se le prometía bajo el nombre de mercancía. Si, mercancía, eso que se compra y se vende por todos lados y que además nos da un atractivo modelo de vida para que también compremos y vendamos cualquier otra cosa como si fuera una simple mercancía. Una vez logrado el embobamiento generalizado, el capitalismo se prepara para retirarse de la escena visible y poner en su lugar a un sustituto, la economía. La gente se sentirá envuelta, atraída o atormentada por la economía, y nuestros gobernantes pondrán en ella toda su dedicación a tal punto que desplegar y sostener un exitoso plan económico, o que la economía marche de maravillas, será no solo el anhelo de todos sino la carta de presentación irrefutable de un verdadero y fecundo estadista. El pueblo, feliz.

Pero este truco parece que no es lo más sutil que puede tramar el capitalismo. Ha creído que la situación de adormecimiento general es propicia par dar una vuelta de tuerca más y echar a rodar la idea de que hay distintos modelos económicos, es decir, diversas variantes dentro del juego económico. De esta manera su acción solapada quedaría más lejos aún de la superficie visible. ¿Qué busca con esta maniobra? Que la gente invierta su tiempo en discusiones acerca de implementar distintas orientaciones, métodos, medidas, etc. para imponer tal o cual modelo económico. Esto asegura una variopinta canasta de opciones cuyos nombres forman parte de las materias de la carrera universitaria, pero que todos podemos leer en los diarios, escuchar en la radio o ver por la televisión: estatismo, librecambistas, regulativismo, monetaristas, desarrollistas, etc. De tal manera, al suponer que  existen distintas economías, se oscurece aún más el hecho que esas diferentes alternativas no son otra cosa que las variaciones de un mismo tema que, como todo tema, siempre permanece oculto. El tema que maneja las marionetas, lo sabemos, es el capitalismo.

Ahora sugiero una situación de alto contenido imaginativo pero lo suficientemente fuerte para desbaratar esta ficción. Supongamos que por imperio de una fuerza “equis” se hace imposible pronunciar la palabra economía y en su lugar hay que nombrar lo que ella ha desplazado, es decir, capitalismo. Cada vez que un gobernante diga, por ejemplo, “la economía se ha consolidado en el rubro de la producción industrial”, ahora debe decir: “el capitalismo se ha consolidado en el rubro de la producción industrial”. Cuando se dice “nuestra economía”, debe leerse “nuestro capitalismo”. En fin, demos vuelo al lector e imagínese todos los términos que se suponen económicos que andan dando vuelta por allí y por allá, día y noche, hagamos el simple desplazamiento del sujeto del enunciado y en vez de economía entendamos la verdad, se trata siempre del capitalismo. Ejemplos sobran. 

En nuestro país la presidenta cuando asumió su segundo mandato y cuando inauguró este año el período parlamentario, pronunció sendos discursos y entre ambos consumió más de 5 horas. No habló de otra cosa que de capitalismo (bajo la máscara de la economía). Por su puesto que el país automáticamente queda transformado en una gran empresa que hay que conducir, administrar y gestionar con eficiencia. El balance final, debe ser, como en toda empresa “privada”, positivo: superávit interno y externo, reservas adecuadas, etc. El cálculo de los expertos elevará un presupuesto que será aprobado por la Asamblea (de accionistas…) y deberá ser instrumentado por el Ejecutivo (el CEO…). En resumidas cuentas nuestra felicidad como pueblo depende de la implementación de un modelo económico (capitalista) y el firme rechazo de las recetas económicas (capitalistas) que los militantes de otro modelo (capitalista) nos quieren imponer. Hace tiempo que el capitalismo no gozaba de un triunfo tan espectacular. Como espectacular es el asombro que causa ver a todas las fuerzas políticas enredadas en el mismo lodo discutir encarnizadamente sobre las bondades de tal o cual implementación económica (capitalista).

Sin embargo, hay algo que pareciera perturbar lo que aquí se intenta decir porque no se puede negar que en los medios se habla con bastante asiduidad acerca de la crisis mundial del capitalismo, y si bien esta circunstancia queda envuelta bajo el manto de los “problemas de la economía mundial”, tanto el protagonismo como la presencia de la palabra capitalismo es evidente. Respuesta: no hay tal perturbación. ¿Por qué? Porque el círculo que el capitalismo es capaz de producir para envolvernos y condicionar nuestra manera de pensar y de vivir aún no se ha cerrado con su retiro de la escena visible poniendo a la economía y luego a los modelos como máscaras para distraernos. Aún falta el golpe más audaz.

Esta obra virtuosa se corona borrando de la faz de la tierra toda política emancipativa. Esa política que puso en marcha Marx y que recorrió el siglo pasado articulando las luchas de los pueblos bajo el ideal del comunismo, buscando destruir al capitalismo y soñando con un proyecto de economía socialista, impuesta desde el Estado, una vez que este pasara a manos de los partidos revolucionarios. Hace más de 30 años que vivimos en el vacío dejado por esa desaparición. Habrá que analizar profundamente esa experiencia, dar por concluida su capacidad emancipativa y re-comenzar un nuevo ciclo emancipativo. Pero esta no es la cuestión central de estas líneas. Lo que hay que destacar es que ese vacío fue rápidamente cubierto por el capitalismo que no sólo impuso su ley en el plano de la producción sino que además diseñó las formas políticas del Estado por medio de las cuales se podría dar cuerpo a la antigua sentencia de Marx cuando afirmaba que el Estado era el administrador de los intereses del capital. Hoy eso se dice sencillamente: la política es gestión, gestión de lo que hay y nada más. Pero hay que reconocer que en este punto el capitalismo fue más flexible porque nos dio dos opciones en cuanto a las formas políticas: la democracia y el totalitarismo. En general recomienda a la democracia, pero no deja de ver con buenos ojos que de vez en cuando una expedición armada a un país un poco díscolo podría ser bienvenida si, por supuesto, es para instalar plenamente la democracia. Y también, si hay alguna conmoción interna, un poco de orden y disciplina puede ser recomendable. En fin, hace varias décadas que nos tiene convencidos que la única elección política que podemos los humanos hacer es entre esas dos posibilidades. Y ahí estamos…

El capitalismo “sabe” mejor que muchos que se creen adelantados en la materia que el problema no es la economía, es decir, él mismo, sino la política, por eso trata de diseñarla de acuerdo a sus necesidades.

Esta circunstancia obliga a que analicemos la siguiente secuencia de la relación de la política con la economía-capitalismo.

Marx sostenía que la economía es política porque es el núcleo duro del poder real sobre el que se edifica la vida social que se presenta intrínsecamente atravesada por la lucha de clases. Es el determinante en última instancia. El Capital lleva como subtítulo “crítica de la economía política”, ¿por qué?, porque el pensamiento liberal burgués de la época también hablaba de “economía política” pero lo hacía presuponiendo la neutralidad de la economía sobre la que se podía instrumentar una “política” exactamente igual que hoy se habla todo el tiempo de la “política económica” de tal o cual gobierno. La crítica de Marx  se dirige a deshacer esa maniobra. Al desentrañar científicamente el funcionamiento del Capital (especialmente la explotación del trabajo humano), Marx despliega el siguiente argumento crítico: el modo de producción y las relaciones sociales que de él se desprenden son el fundamento material de toda dominación política, y en su época, bajo el “inocente” nombre de economía, la burguesía disimula lo que estaba realmente en juego que es la explotación capitalista.

Pero no hay bien que por mal no venga. Esta clara afirmación del Prusiano Rojo traerá como consecuencia que la política revolucionaria para liquidar al capitalismo quedará ella misma en una zona de dependencia de la economía, es decir, del capitalismo. Es el comienzo de una compleja y larga historia que terminará subordinando la política a la lógica económica. Solo menciono dos hitos. Primero por la vía del Stalinismo que hipotecó el destino de la Revolución Rusa concentrando todos sus esfuerzos en el desarrollo de las fuerzas productivas afirmando que era la clave del triunfo del socialismo; y luego China, que después que se agota el primer impulso de la Revolución Cultural (en la que se planteó la relación entre comunismo y economía) se transforma en la segunda potencia capitalista liderada por el Partido Comunista. Soy consciente que he debido simplificar los argumentos, pero lo cierto es que el marxismo no pudo autonomizar a la política de su determinante en última instancia, como creo que debe hacerse si se quiere recomenzar sobre otras bases un nuevo ciclo político-emancipativo.

Entonces, la obra final del capitalismo será destruir toda idea-práctica  de emancipación política y someter la política a una visión por la cual se presenta como una simple pragmática de gestión desde el Estado por la cual se administran los vaivenes de las luchas entre los diversos intereses en juego. Lo que no se tocan son las reglas del juego. Hoy esas reglas del juego son la democracia como sistema político y el capitalismo como la materia principal que hay que administrar. Por más que se hable de crisis mundial del capitalismo y se denuncie lo insoportable de sus efectos, mientras la clave de toda transformación, que es la política, esté sometida al Estado (democracia: representación, partidos, votos, derecho, instituciones, consenso, tolerancia, minorías, represión legal, libertad de opinión, etc. o dictadura: totalitarismo, verticalidad, partido único, represión arbitraria, etc.) desde done se garantiza el funcionamiento de las relaciones sociales de producción (el capitalismo), podemos augurar larga vida a nuestro infernal modo de existencia colectiva. 

Lo cierto es que entre el Estado (democracia/dictadura) y la economía (capitalismo) se dará un juego de alternativas prescriptas por los distintos modelos que se pueden instrumentar para administrar a lo mismo según los intereses y las circunstancias. Como sucede siempre que no existe trazada una línea divisoria clara que permita ver que aquello que se nos presenta como diferencias reales sin embargo está sometido a un mismo dispositivo, el murmullo de la opinión pública y la forma de aceptar masivamente esta realidad casi natural, se verá inundada por la peste que aflora por todos lados toda vez que las políticas emancipativas se debilitan, peste cuyo nombre corriente es: el mal menor, y la disposición subjetiva que promueve es que jamás decidamos abrir nuevos caminos y que nos resignemos a elegir lo que se nos ofrece como lo único posible.

Nuestra decisión es sustraer a la política, de una vez por todas, de una pesada carga. Esa pesada carga creemos que fue finalmente la que paralizó el impulso emancipativo de las políticas comunistas del siglo pasado. Si una política es emancipativa tiene que pensarse a sí misma a distancia del Estado y por fuera de la lógica que organiza la vida social de los pueblos (hoy el capitalismo, bajo el fetiche de la economía). Podemos llamar a eso diciendo que la política es autónoma y su significación real y efectiva es la de sepultar para siempre la idea de que la política es un simple medio de expresión de otra cosa exterior a ella misma, generalmente el Estado y las clases sociales. La política es una afirmación colectiva que inventa sus ideas y pensamientos así como  sus formas orgánicas propias, como condición para que la humanidad encuentre el lugar desde donde decidir sobre el destino de su vida colectiva. El resto es gestión, reacción u oscurantismo.  

Entonces, si el capitalismo es salvaje, el primer paso es: subvertir la política, arrancarla de su subordinación al Estado y a la vida social que organiza el propio capitalismo.
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