La segunda vez de Obama

por Michael Hardt


Como muchos señalaron, la relección de Obama reveló que, a diferencia de 2008, se movilizaron solo grupos muy pequeños de activistas y que la campaña generó en la izquierda un entusiasmo y una esperanza mucho más modesta que la de aquella ocasión. Esto explica, al menos en parte, su reducido margen de victoria. Sus partidarios, hoy, ya no estamos hipnotizados por el sueño de transformación social, como sucedió luego de la primera victoria, sino impulsados por la consideración más sobria de que la alternativa habría sido un desastre. Y tal vez ahora, paradójicamente, la relección de Obama podría tener un efecto directo más positivo sobre el fermento de los movimientos sociales antagonistas en relación al primer mandato.

La victoria de 2008 produjo reacciones complejas y contradictorias en los movimientos de los Estados Unidos. Por un lado, la imponente movilización para su campaña electoral y la emoción que siguió a la victoria condujeron, luego de instalado en la Casa Blanca, a una rápida disminución del activismo. El gobierno de Obama no dio espacio a los movimientos: por el contrario, trató de silenciarlos. La práctica general fue la de callar a la izquierda y negociar con la derecha, siguiendo una línea política moderada y alejada de las ardientes esperanzas sostenidas por los partidarios de Obama. Pero además de silenciar a los movimientos, esta estrategia pragmática fracasó estrepitosamente, incluso en la realización de sus objetivos más modestos.


Además, es fácil suponer que todos aquellos militantes que tanto habían luchado por el triunfo de Obama, se mostrasen reacios a atacar al nuevo gobierno en el plano político, a pesar de la continuación de la guerra en Afganistán, del fracaso del cierre de Guantánamo, de las decepcionantes políticas en el plano social, y así sucesivamente. Por lo tanto, el período post noviembre de 2008 se caracterizó por unos movimientos sociales bastante apaciguados. Por otro lado, estoy convencido de que la explosión de Occupy Wall Street y de los otros movimientos Occupy que se han diseminado por el resto del país en 2011 fueron gestados y sostenidos por una suerte de contragolpe producto de la experiencia de la elección de Obama. Mi opinión es que muchas de las personas que habían depositado toda la confianza en Obama y que quedaron profundamente decepcionados por sus acciones, se fusionaron en los movimientos de ocupación. Desde esta perspectiva, el desencanto con Obama desató consecuencias muy positivas. Pasado el enamoramiento, y como reacción, Occupy se convirtió en algo en lo que de nuevo creer.

Durante el período de los campamentos, los militantes de Occupy se mantuvieron alejados del gobierno de Obama, e incluso después de los desalojos y del inicio de la campaña, se negaron a participar de las dinámicas electorales. Si hay un acuerdo común a las tan variadas experiencias que pusieron en el centro el hecho de ocupar es la desconfianza y la antipatía a los programas electorales. Por lo tanto, es razonable suponer que, al menos indirectamente, Occupy y su retórica jugaron un papel importante en la elección presidencial de 2012. Los candidatos fueron obligados a regresar constantemente al tema de la brecha entre ricos y pobres –el 99%, 47%–, y así sucesivamente. Y la decisión política de Romney de encarnar los valores de las finanzas y de los grandes poderes se evidenció desafortunada, sobre todo gracias al terreno preparado por Occupy. La ventaja que Obama sacó de todo esto no fue sino el resultado de un apoyo directo por parte de los viejos activistas.

Ahora que Obama fue relegido, se me ocurre que son dos los escenarios posibles que pueden facilitar la re-emergencia de los movimientos. Una primera posibilidad es que en el segundo mandato de Obama se puedan romper los cálculos electorales y orientar sus políticas hacia la izquierda. Dar voz a los movimientos de migrantes o apostar a políticas fuertes en torno a la salud y al bienestar, que pueden ser útiles como disputa con el intransigente Partido Republicano, aunque sólo sea para lograr modestos resultados.

La otra posibilidad, quizás más probable, es que el giro a la izquierda no sucede, y que Obama siga siendo indiferente a los movimientos y, presumiblemente, continúe sus negociaciones con la derecha. Sólo que esta vez, los movimientos no impulsaron este gobierno y, por lo tanto, serán mucho menos reacios a atacar su obra. En consecuencia, es probable que asistamos a una evolución mucho más agresiva de la oposición de los movimientos, que ya no tienen la suficiente paciencia como para soportar la incapacidad y la falta de voluntad de Obama para impulsar los cambios que tanto se esperan. Así que creo que la falta de entusiasmo de la izquierda en estas elecciones y el lúcido reconocimiento de los límites de Obama podrían dar vida a una situación potencialmente favorable: su relección podría inaugurar, para los movimientos, un ciclo de luchas, mucho más participativas y antagonistas, respecto de las que vimos durante el primer mandato.

Traducción de Diego Picotto
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