Obama, el mal menor

por Martín Caparrós


Chicago, la semana pasada. En una sopa popular para americanos hambrientos –hay muchas, hay muchos más que lo que uno imagina–, un hombre negro flaco arruinado sesentón lleva una camiseta con la cara de Obama muy grande en blanco y negro. Yo le pregunto si lo va a votar:

–¿Yo? ¿Por qué?

–Por la camiseta.

–Ah. Me la dieron y la uso.
El hombre tiene pocos dientes, la mirada apagada, su plato en las dos  manos, pocas ganas de hablar.

–¿Pero le gusta?

–Es una cara que me gusta.

–A eso voy, ¿por qué?

–Porque siempre está sonriendo, igual que yo.

Aquí, en Chicago, empezó hace casi 30 años su militancia política el joven abogado mulato. Venía de estudiar en Columbia pero se fue a trabajar al sur de la ciudad, a los barrios más marginalizados; esos barrios, ahora, siguen siendo la gran reserva de pobres: buena parte de las 800.000 personas en estado de “inseguridad alimentaria” que hay en la ciudad vive cerca de aquí.

–¿Y ahora lo va a votar?

–No, para qué. Yo estoy igual que antes de que fuera presidente. Todo está igual que antes.
Aquí, en Chicago, Obama ganó las elecciones de 2004 con 1.100.000 votos contra 150.000 de John McCain. Y los festejos duraron días; ahora, muchos de los que festejaron se preguntan si van a ir a votar.

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Obama fue el último de una especie en vías de extinción: el político esperanzador. Lo fue por sus slogans encendidos y sobre todo por él mismo; su programa nunca estuvo claro. Pero su figura, el concepto de presidente no-blanco de los Estados Unidos, funcionó –como habían funcionado hace ya treinta años las primeras mujeres que empezaron a gobernar grandes democracias: Thatcher, Gandhi, Bhutto. Como funcionaron hace diez los primeros pobres que llegaron a gobernar sus democracias: Lula en Brasil, Evo Morales en Bolivia.

Salvo –se podría discutir– en el caso de Morales, su origen o condición no definieron sus mandatos. Lula hizo una política capitalista clásica y bien hecha, Thatcher fue la más macha de todas, Gandhi reprimió lo suficiente para que sus víctimas contraatacaran, y así de seguido. Ahora ya nadie cree que una mujer en el gobierno será distinta de un hombre en el gobierno: es un avance y es, al mismo tiempo, un retroceso con respecto a cuando todavía creíamos que esa condición era en sí un cambio. Ya nadie está convencido de que un pobre en el poder hará política para los pobres, ni cualquier otro relegado para los relegados. Cada vez está más claro que la máquina del poder es más fuerte que sus maquinistas.

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Obama fue la quintaesencia de esa decepción: un presidente casi negro que actuó como cualquier presidente casi blanco. Era, pese a todo, fácil de imaginar: “Alguna vez pensé que lo bueno de los movimientos contra la discriminación y la opresión era que sus integrantes querían acabar con cualquier juego de discriminaciones y opresiones; fue triste descubrir que muchos sólo querían cambiar su lugar en el juego”, escribí en el diario Crítica hace cuatro años, cuando asumió. “Por eso me pareció revelador el único párrafo (del discurso inaugural) de Barack Obama sobre el mundo circundante: ‘A todos los que hoy nos miran desde más allá de nuestras playas, desde parlamentos y palacios o a los que se reúnen alrededor de una radio en los rincones más olvidados del mundo, quiero decirles que nuestras historias son singulares pero nuestros destinos son compartidos, y un nuevo amanecer del liderazgo americano está llegando. A los que quieren destrozar el mundo: los derrotaremos. A los que buscan paz y seguridad: los apoyaremos’. Un ‘nuevo amanecer del liderazgo americano’: es lo que nos anuncia. Un ‘nuevo amanecer del liderazgo americano’: la versión corregida y aumentada de lo que ya nos dieron Wilson, Roosevelt, Eisenhower, Kennedy, Nixon, Reagan, Clinton, Bushes, de la superpotencia que dominó el mundo en uno de sus siglos más violentos, que influyó más que ninguna para que el mundo fuera lo que es. Para cambios así, quién necesita a los conservadores.”

Era lo que se veía hace unos días en el último debate entre los dos candidatos, que dizque hablaban de política exterior: toda la discusión –más de hora y media– fue un largo devaneo sobre las estrategias militares de su país en Oriente Medio, Asia Central, el norte de África. Los dos se felicitaron por haber asesinado al asesino Ossama y Romney, siempre tan rápido para señalar las incoherencias de su rival, no le hizo el menor reproche por no haber cerrado, como prometió, la base de torturas de Guantánamo.

Y eso fue todo: ni una palabra para la crisis europea, los BRICS, América Latina, el hambre en África o las enfermedades curables en el mundo: pura conversación sobre cómo mantener mejor el imperio americano –para que “la paz y la seguridad se impongan”, por supuesto.

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En otra calle de Chicago, cientos de personas hacen cola a la puerta de una iglesia, bajo la lluvia suave. En la iglesia Metodista del Amor de Dios les dan productos crudos: lechuga, calabaza, naranjas, pan, frijoles, cilantro, algún poco de pollo. Fernando espera afuera: su silla de ruedas no pasa por las escaleras.

–Mientras tuve mi pierna todo caminaba muy bien.

Fernando es mexicano, inmigrante ilegal. Fernando se rompió la pierna hace cuatro años y no tuvo dinero ni seguros para arreglarla –y la perdió.

–Ahora tengo que venir a pedir comida para alimentar a mi familia.

Fernando me agarra del brazo para que me incline, que lo escuche de cerca. Fernando tiene las puntas de los dedos chatas, anchas.

–¿Sabe qué me da miedo de venir aquí? Que un día se aparezca la migra y nos levante a todos. Ellos saben que los que estamos aquí no tenemos papeles. Bueno, que muchos no tenemos los chingados papeles. Hace un año fueron a una iglesia de allá abajo y se llevaron un chingo de compadres.

–¿Y el gobierno no hace nada al respecto?

–¿El gobierno? Claro que hace. Ellos son el gobierno.

Y, aún así, tres de cada cuatro hispanos van a votar a Obama, porque la amenaza de un cambio para peor está clara en los discursos de Mitt Romney.

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Las historias podrían seguir interminablemente. De hecho, siguen: hipotecas ejecutadas, desempleados por millones, bancos rescatados, recortes en los programas sociales, impuestos cada vez más regresivos. Y, aún así, es muy probable que Obama gane el martes próximo. Pero ya no será un triunfo de la esperanza sino de la desazón, de la negociación, del miedo: otro Gran Festival del Mal Menor, el nombre de estos tiempos.
La razón principal por la que muchos votantes de Obama volverán a votar a Obama es Mitt Romney: para que no gane. Un voto desencantado, defensivo. Que define, además, la actitud de quienes lo reciben: hay analistas que dicen que los demócratas, que saben que la amenaza reacionaria alcanza para que su ala izquierda le sea fiel, dedican sus políticas a cautivar al centro e incluso a cierta derecha, y se vuelven cada vez más conservadores. Tanto que, ayer, el periódico neoliberal más influyente, The Economist, declaró su apoyo a Obama.

El resultado de estas elecciones, sea cual sea, ya está claro: el último político esperanzador ha dejado de serlo –y su especie está cada vez más cerca de la desaparición o, por lo menos, no le quedan especímenes notorios. La extinción del político esperanzador puede ser un golpe interesante: la democracia de delegación necesita esas figuras para seguir despertando alguna expectativa. Tiende a buscarlas, a crearlas, pero últimamente no le salen. Hollande en Francia, Peña Nieto en México, el pobre Rajoy en España: ni nada. Y, si no las hay, si todo lo que la política tiene para ofrecer a sus ciudadanos es la posibilidad de eleccionar –algo tan distinto de elegir– entre Obama y Romney, entre Fernández, Scioli y Macri, entre Guatemala y Guatepeor, no es raro que ella misma se haya transformado también en un Mal Menor. Y que los ciudadanos actúen en consecuencia: la repudien, la desprecien. Es un giro interesante: por lo menos no se sabe adónde lleva.
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