La escena pública posnacional como reconocimiento (y ninguneo) posneoliberal

por Pablo Hupert

El Estado posnacional es un Estado raro. Siempre se hace difícil ubicarlo en una topología de lo social, y solemos recaer en topologías de tiempos nacionales. Tesis, entonces: el Estado posnacional funge como tercero, pero no como Otro. “Es un elemento importante, pero ya no fundamental, de las situaciones” (Ignacio Lewkowicz).

Vengo proponiendo que el Estado posnacional no solo redistribuye recursos económicos sino también sentidos, y que lo hace de maneras distintas a las del Estado-nación. Tesis: lo hace creando una escena pública que no es central ni centralizadora.

El kirchnerismo viene mostrando eficacia electoral, eficacia gubernativa, fiscal, económica, consensual[1], eficacia también organizativa en lo que hace a la cohesión de sus filas y en lo que hace a la legitimación de la clase política, etc. y un largo etc. Por supuesto, cuando hablamos de eficacia, no hablamos de logros positivos, mucho menos de logros inmejorables, sino sencillamente de logros de objetivos tales que la gobernabilidad se sostiene y va consolidando un régimen político posnacional, es decir, que no se confunde, no del todo al menos, con los gobiernos kirchneristas. Sin embargo quiero detenerme en un punto que vaya a ser, tal vez, el más duradero luego de un eventual recambio del gobernante; aun en el caso en el que el gobernante deje de ser de las filas kirchneristas, que es el de la eficacia simbólica del régimen político kirchnerista.


Ahora, leyendo a Janine Puget, encuentro una manera más adecuada de pensar qué es redistribuir sentidos, que es algo así como: atribuir o retribuir, según cómo se lo mire, existencia. A quienes habían sido producidos como des-existentes,[2] como nadies en los términos de Galeano,[3] como desubjetivados en los de Ignacio Lewkowicz.

Puget define la crueldad como “la manifestación de la imposición de un acto, de un enunciado, de una idea a otro-sujeto que no está en condición de recibir (digerir, pensar, hacer), sea porque le excede en ese momento o porque el acto conlleva un imposible en cualquier momento, como una producción que excede la situación, acarreando una brusca destitución-expulsión de quienes ocupan la escena. La imposibilidad de digerir-pensar-hacer lo que otro transmite-hace-impone, despoja a otro humano […], de alguna de las cualidades que le posibilita ir siendo sujeto humano. El otro cruel desconoce […] las condiciones de posibilidad de quien es receptor del acto de crueldad”.[4]

Así, crueldad es ignorar la capacidad de procesamiento simbólico del otro, es decir, ignorar, el emisor, la capacidad del receptor de atribuir sentido al acto o enunciado del emisor.

Puget agrega que la escena de crueldad es pública, visible y que allí se sustrae la humanidad del otro, esto es, “eso que podría hacer imposible” la escena misma (p. 131). Esta sustracción hace que el otro se convierta en un “des-existente”. Esta des-existencia encuentra en Argentina dos ejemplos cruelmente macabros que la misma Puget convoca: el de la desaparición física de las personas y el de su desaparición laboral que, por extensión, es una desaparición social,[5] una pura presencia que nadie ve.

Ahora bien, esta sustracción de la humanidad del otro, hace que, en la escena en la cual la crueldad se da, sea imposible hablar de esa crueldad. Así, la experiencia de deshumanización queda privatizada; queda privatizada la sustracción misma de humanidad o existencia, esa que fue sustraída públicamente. La crueldad es una sustracción, y la crueldad de esta sustracción radica, entre otras cosas, en que la deshumanización que opera públicamente no puede ser hablada, procesada públicamente. Una escena humana deshumaniza e impide procesar la crueldad humanamente. “En consecuencia, la escena humana también queda destituida” (“La crueldad…”, p. 130). Esta destitución de lo humano no queda para siempre así, pero “[…] luego ya no se va a tratar de recuperar humanidad, sino de adquirir una nueva, y ello requiere de otra escena y el reconocimiento de que en ella no se es el mismo que en la anterior. Desde esta otra escena se podrá hablar-testimoniar del acto cruel.”

Me atrevo a decir que el reconocimiento de que no se es el mismo en la nueva escena que en la anterior no es absolutamente necesario y me quedo con la idea de que hablar la sustracción, testimoniar la crueldad, hablar la privatización crea una nueva escena pública donde lo privado, es decir, la humanidad antes cruelmente sustraída, se hace nuevamente pública. De modo tal que hace existir al des-existente o deshumanizado.

Tenemos entonces, esquematizando, tres momentos que podemos nombrar de distintas maneras:

Momento 1
Momento 2
Momento 3
Escena pública I >>
acto cruel
>> escena pública II
Humanidad I >>
des-humanización
>> humanidad II
Escena pública I >> crueldad pública >>
Sustracción de lo humano /
privatización de la existencia
>> habla-testimonio/ escena pública II

(En realidad, la ubicación del acto cruel es intermedia o doble: a la vez pertenece al primer momento tanto como al segundo, pues se da en la escena pública a la vez que la destituye tanto como sostiene la sustracción de la humanidad. Algo similar ocurre con la ubicación del habla-testimonio: instala la segunda escena pública tanto como participa de ella.)

Hasta aquí, un resumen de la tesis de Puget, más o menos fiel. Ahora, una apropiación con la siguiente secuencia:

Estado-Nación >>
Neoliberalismo y Dictadura/ ninguneo
acto de politización
reparación/ Estado posnacional
1976/2001[6]
1976-2001
2001
2002 en adelante[7]

Estoy diciendo que la escena pública estatal posnacional es una escena donde se pueden hablar-testimoniar los actos de crueldad producidos en tiempos dictatoriales y neoliberales, esto es, en tiempos que agotaron la escena pública estatal-nacional o, incluso, la destituyeron, para usar el término de Puget.

De esta manera, podemos pensar el Estado posnacional como a un tercero que no es Otro, no es un Tercero, sino que es un tercero, como proponía en “No hay dos sin tres, el Estado en la fluidez”. Así podemos pensar qué es lo público posnacional, a pesar de que no se trate de un público central y total.

La escena pública posnacional no es centro ni todo ni metaestructura; es esa escena donde se puede hablar de lo sustraído, de manera tal que el ninguneo, la deshumanización a la que habíamos sido sometidos en neoliberalismo y Dictadura aparecen reparados. El Estado posnacional, en este sentido, sería el que escucha el testimonio del acto cruel, y este escuchar es en sí mismo una escena diferente a la del Estado agotado, el Nacional, pero igualmente estatal, igualmente pública. No es pública porque sea estatal, es pública porque es socialmente visible. Sin embargo, esta visibilidad es la que restaura algún tipo de estatalidad a esa esfera política que había sido impugnada en 2001 por los ‘des-existidos’.

Así queda más claro qué es eso de “redistribuir sentidos”; es producir una escena en la que el des-existido recupera una existencia que, aunque sea nueva, se aparece como aquella perdida, una escena de testimonio donde el el Estado funge como testigo (y no como Juez[8]) y donde el desaparecido encuentra un reconocimiento y ve como restituida su humanidad, sin reconocer que ya se trata de una escena y una humanidad nuevas. Como esta escena pública posnacional no es ni central ni total, no deja sólidamente instituido al reconocido ni a la escena donde el reconocimiento se da y, por esto mismo, por dejar precario el reconocimiento, convierte al reconocido en alguien más dependiente de este Estado que habilita una escena pública.

Entonces, redistribución posnacional de sentidos es: 

• Un funcionamiento del Estado como testigo del ninguneo anterior, 
• una construcción pública de la escena testimonial, 
• una publicitación de la escena.[9] 

Estos fenómenos resultan en poner al tercero como reconocedor universal[10] de la humanidad de sus gobernados (incluyendo el reconocimiento de rasgos considerados rechazables o al menos accesorios para la humanidad propia de la escena pública anterior: la homosexualidad a todas luces, pero también los derechos de la mujer, el de muerte digna, alfabetización digital, jubilación, consumo, etc.).

Ahora bien, en la secuencia que propongo hay cuatro momentos y no tres. Aquí sigo yo y ya no estoy encontrando necesariamente asidero en Puget, aunque sí una vaga resonancia. La verdad es que para pasar del ninguneo neoliberal a la ‘reparación’ estatal posnacional hizo falta un acto de politización del ninguneo, es decir, diciembre de 2001, es decir, la creación autónoma de escenas públicas. El Estado posnacional ningunea ese acto de politización, para presentarse como el único posible garante de una escena pública donde quedemos todos reconocidos, y aquí no importa si fuimos alguna vez desaparecidos, desempleados o familiares de ellos porque, en tiempos de globalización “lo humano es una cualidad que se puede perder” (“La crueldad…”, p. 126). Así que el Estado posnacional afianza su predominio a través de un psicopateo, que es un enunciado implícito: “si yo no estoy, vos no existís”.

Así es como el Estado posnacional, para operar su redistribución de sentidos, debe ningunear el acto de politización que obligó al Estado a dejar de ningunear. Este Estado posnacional, esta escena pública que monta, no instituye una esfera pública central, sino que más bien publicita universalmente una esfera publica que no instituye centralmente, lo cual es otra manera de arribar a esta idea de que el Estado posnacional es un Estado fluido, que astituye, que monta precariamente relaciones, subjetividad, interfaces, escenas desmontables y, por lo tanto, su reconocimiento también es una cualidad que se puede perder.

Con todo este desarrollo y este retome de la idea de crueldad, deshumanización y humanización que propone Puget se me aclara cómo puede ser que un Estado no sea sólido o, al menos, no produzca solidez en el sentido lewcowicziano del término y, sin embargo, pueda producir una escena pública, que un Estado sea otro con el que conversar, ante el cual humanizarse, y que no sea un Otro que me sostenga con sólidos pilares.




[1] Esta eficacia no se limita a lo electoral, sino también a la capacidad de generar un consenso en la opinión pública a través de recursos extra electorales (fuera de las elecciones) como los mediáticos, la tergiversación, a veces, simple engaño, a veces la  construcción de discurso sincero, lo cual no quiere decir verdadero, sino simplemente que no engañan deliberadamente, etc.
[2] “En casos de extrema violencia, un sujeto o conjunto puede quedar reducido a un estado de pura-presencia por lo cual es mirado sin ser visto: es testimonio mudo en espera de un testigo. El concepto de ‘pura presencia’ me fue sugerido a partir del de ‘nuda-vida’ propuesto por Agamben” (Puget, “Sujetos destituidos en la sociedad actual. Testimonio mudo del des-existente”, Página/12, 26/4/01).
[3] “Los nadies: los ningunos, los ninguneados…” (http://blogs.20minutos.es/ poesia/2009/09/25/los-nadies-eduardo-galeano-1940/).
[4] “La crueldad y algo más”, en Asistencia y condiciones de existencia en la Argentina actual. Revista de la AAPPG, Buenos Aires, setiembre de 2002, pp. 129-30. Subrayados en el original.
[5] “El desaparecido y el des-existente tienen en común la exclusión de un dado contexto mediante métodos violentos, aunque los respectivos espacios de exclusión difieren fundamentalmente” (“Sujetos destituidos…”).
[6] El Estado-nación tiene varios finales, varias “cesaciones”, y no una: el golpe del 76, el mundial 78, la guerra de Malvinas, el menemismo, 2001. 2001 es, además, de una cesación objetiva, el nombre del movimiento subjetivo que lo agotó. (La diferenciación entre cesar y agotar la trabaja Ignacio Lewkowicz en Sucesos Argentinos, Paidós, Buenos Aires, 2002.)
[7] Por supuesto, tiene varios comienzos, algunos anteriores incluso a 2001, pero termina de tomar forma con, por el lado económico, la salida del patrón de valorización financiera y, por el lado político, la articulación de lo que Basualdo llama “transformismo político” de los ’90 con la gestión como modo de gobierno de los colectivos infrapolíticos (ver P. Hupert, El Estado posnacional. Más allá de kirchnerismo y antikirchnerismo, Pie de los hechos, Buenos Aires, 2011).
[8] Un Juez no pide perdón, como pidió el Estado argentino a través de Néstor. Si lo hace, ese solo acto lo hace mutar de Juez en parte.
[9] “Publicitación” no figura el diccionario, pero creo que es claro que significa “acción de publicitar”, que es muy distinta de la acción de publicar representada en el tradicional y sólido “archívese y comuníquese”.
[10] Esta universalidad es mediáticamente obtenida, por transversalidad reticular y no por totalización estructural.
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