“El gobierno ruso creeque puede canalizar las protestas y se equivoca”

Entrevista exclusiva a 

Boris Kagarlitsky


Ramón Freitag entrevistó en una bar de Paternal al teórico marxista y sociólogo ruso, Director del Instituto sobre la Globalización y Movimientos Sociales  de Moscú, Boris Kagarlitsky. Acá parte de lo charlado:

Freitag: Las reacciones al fallo judicial del proceso contra Pussy Riot demuestran que las protestas continúan en Rusia. Pero el movimiento ni es unitario ni dispone de programa. A pesar de todo en los medios occidentales se le concede mucho espacio, ¿por qué?

Kagarlitsky: Por desgracia en Occidente no se entiende lo que verdaderamente está sucediendo aquí en Rusia. Quienes votaron en las elecciones presidenciales de marzo por Putin no son en ningún modo partidarios suyos. A menudo se trata de rusos que odian más a Putin que la propia oposición, pero que tenían miedo de que llegase al poder gente que tomase la misma senda neoliberal por la que Putin ahora anda.


RF: Desde el resto del mundo se percibe de una manera completamente diferente.

BK: Porque allí no se tiene en cuenta que Rusia atraviesa una crisis económica que procede de las inconsistencias del sistema que Putin ha creado. Un sistema que no es capaz de resistir una caída de los precios para nuestras materias primas en el mercado mundial.

RF: ¿Se acabaron los años de vacas gordas gracias a los elevados precios del petróleo?

BK: En realidad en esos años no se hizo nada para mejorar nuestra economía. No hubo inversiones, ni en la economía ni se modernizó la industria. El dinero simplemente se consumió. Peor aún: se gastó en el consumo suntuario. El sistema está construido de tal manera que sencillamente es imposible invertir de manera efectiva. Lo que tenemos es, pura y simplemente, un capitalismo de rentistas.

RF: ¿Es consciente de ello la clase gobernante en Rusia?

BK: No entiende nada y no lo entenderá a corto plazo. Para ellos todo se reduce al precio del petróleo, el gas u otros recursos naturales. Mientras los precios en el mercado mundial suben, todo marcha bien, pero en el momento en que bajan la estructura de la sociedad queda en cuestión. Para otros países un descenso de los precios, digamos de un 10%, no supondría ninguna catástrofe. Pero para la Rusia actual lo es.

RF: ¿Por qué?

BK: Tiene que ver con la constitución de nuestro país. Para una parte del país los efectos de la caída de esta fuente de elevados ingresos es insignificante, pero para la otra no lo es en absoluto. La primera parte puede trabajar duro para conseguir los ingresos necesarios para vivir, la otra no. ¿Y qué es lo que ocurre? Se desata una lucha por la distribución. Cuando hay una subida de los precios como ocurre ahora. La medida se dirige contra los más débiles, que apenas pueden defenderse. De todos modos una liebre asustada puede transmitir el miedo a todo el bosque. El gobierno no se da cuenta de ello: millones de personas son empujadas cada vez más y más a unas condiciones de vida que se encuentran ya a pique de ocasionar una revuelta social. Prácticamente sólo les falta la ocasión.

RF: ¿Podría mencionar algún ejemplo?

BK: Por supuesto. Uno de los colaboradores de nuestro instituto vive en Pensa, a unos 600 kilómetros al sureste de Moscú. Hace poco vino a la capital y nos explicó que antes veíamos a la gente tener que escoger entre la estabilidad y el cambio y cómo se decantaban siempre por la estabilidad. Eso significa que si tuvieran que elegir entre la oposición y el poder elegirían al poder. En los últimos años la cuestión era: ¿protestamos o soportamos la situación? Muchos se decantaron por soportar la situación. Ahora la situación ha modificado la pregunta: protestamos, ¿pero cómo? El desarrollo es muy lento y empieza desde muy abajo, como una olla en la que el contenido se cuece a fuego lento. ¿Y qué hace el gobierno? Se limita a intentar poner una tapa sobre la olla. Decidió limitar de manera absurda el derecho a la manifestación, aprueba leyes contra las organizaciones no gubernamentales. El problema no son las ONG, sino otras cuestiones completamente diferentes, que implican otras formas de protesta completamente diferentes.

RF: ¿Cuáles serían?

BK: Los disturbios callejeros, quizá la ocupación de edificios públicos o enfrentamientos con la policía. Todo es posible. El gobierno cree que puede canalizar las protestas. Se equivoca. Los dirigentes de las protestas tienen un peso muy relativo. Prohibir manifestaciones no comporta nada. El verdadero problema se encuentra en otro lugar.

RF: ¿Dónde?

BK: Sirva como explicación el siguiente ejemplo: hace un año y medio estaba en Voronezh para dar una conferencia. Al terminar conversé con un funcionario de la administración local que me explicó lo siguiente: este funcionario recibió el mismo día dos órdenes. En la primera se le instaba a ocuparse por todos los medios posibles para que en el sistema educativo todo estuviera en orden. La segunda orden amenazaba a cualquier gestión no autorizada del funcionario con un castigo. ¿Qué hizo el hombre? Se ajustó a lo que le pedían. Todas las mañanas acudía a la oficina, rellenaba formularios irrelevantes y se dedicaba a beber té el resto del día. Cualquier otra actividad podía llegar a convertirse en un inconveniente para él.

RF: Rusia se ha convertido entretanto en miembro de la Organización Mundial del Comercio, la OMC. ¿Qué consecuencias tendrá eso para la situación del país?

BK: Será una catástrofe, especialmente para la industria. Volverán a venderse rápidamente las empresas, bajo mano y a precio de ganga.

RF: ¿Dispone del gobierno en última instancia de una propiedad pública en la que sostenerse?

BK: Tras 1990 la sociedad pudo sobrevivir gracias a las viejas estructuras. A pesar de todos los aspectos negativos, la Unión Soviética artículo una economía muy buena. Alguien lo ha formulado correctamente como sigue: todo el país estaba preparado para sobrevivir a un ataque. Pero no se produjo ningún ataque, lo que tuvimos fueron reformas económicas. ¿A qué se nos permitió recurrir para sobrevivir? Vivimos de lo que aún quedaba de la Unión Soviética. Pero aquello se ha terminado definitivamente.

RF: ¿Se sobrestima el poder real de Putin?

BK: El poder real no descansa en Putin. Mientras el sistema funcionaba fue un gestor estupendo. Siempre negociaba en interés de las élites. ¿Por qué es ahora objeto de críticas? Porque no se encuentra ya en la situación de tomar decisiones que conduzcan a un consenso entre las élites. Y además hay que buscar a alguien en quien concentrar la responsabilidad.

RF: ¿Y quién podría ser?

BK: ¿Quizá el gobierno actual? Resulta revelador que actualmente nadie quiera ya a este gobierno. Putin sólo puede salvarse si el círculo de amistades más cercanas cierra filas en torno a él y se forma un nuevo gobierno. Un gobierno en el cual podrían incluso llegar a participar algunos miembros de la oposición. El bloguero Alexei Navalny trabaja de hecho para Aeroflot, con la aprobación del gobierno.

RF: Debe ser una broma...

BK: No, es una prueba. El Kremlin no tiene otro camino que atraerse a Navalny. Compare la situación con lo que ocurre entre el canal de televisión NTW y la emisora de radio Eco de Moscú. Los programas de la NTW son tan progubernamentales que resultan casi imposibles de aguantar. El Eco de Moscú, por el contrario, se presenta claramente como una emisora de la oposición. Todos los días crítica a Putin y apoya a las protestas. ¿Y quién es el propietario de NTW? ¡Gazprom! ¿Y quién lo es del Eco de Moscú? ¡Gazprom! Ésa es la realidad. En Europa ha de rascarse la superficie para encontrar estructuras parecidas. A diferencia de Europa occidental, estas cosas no se ocultan bajo la fachada de doscientos años de democracia. Estoy seguro de que las protestas inevitablemente alcanzarán al gobierno y veremos cambios en el ejecutivo, quizá incluso elecciones anticipadas a la Duma. Pero nada de eso significará que cambie algo en Rusia de veras.
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