De-Generaciones-políticas y reconocimiento

Por Juan Pablo Maccia


“Encontré a Borges en los años 80, intentando cruzar una calle. Un impulso cholulo me llevó a tomarle del brazo para ayudarlo a cruzar. Solo le dije: ‘Borges, es usted para mí un admirable enemigo. Soy una veterana de guerra, una revolucionaria’. El anciano me dio el brazo y acotó: ‘No se preocupe, estamos los dos ciegos”.
S.S.

Con nuestros contemporáneos, sabemos que la política no se deja confundir con ninguna otra instancia estructural o dimensión sociológica clave (no es la economía –estúpido–, ni la moral, ni el derecho). El análisis político requiere de una comprensión inmanente de las situaciones políticas del presente a partir de sus propios términos, y de los modos en que estos se relacionan. En este articulo, los términos políticos en cuestión serán las generaciones. Y sus relaciones específicas constituyen el problema a determinar.

Hace tiempo que percibo la existencia de, por lo menos, tres generaciones activas en la vida política argentina: la generación del 73, que hoy gobierna; la del 2001, que hoy carece de protagonismo político; y la generaciónjoven que ingresa a la militancia tras la muerte de Kirchner, y que llenó el estadio de Vélez hace unos pocos meses, a la que podemos llamar –para seguir con las fechas– generación 2012.


Sobre la generación 2001 he escrito de modo abundante. Al respecto se me han hecho señalamientos contradictorios.  Mi impresión es que esta generación es bastante poco política. Diría que es más bien “filosófica”. Su acción resulta inseparable de un saber secreto: que el sentido no preexiste. Este saber le da una fuerza intima, una aptitud para actuar en el sin-sentido; y al mismo tiempo la condena a una debilidad pública, una ineptitud para entusiasmarse con creencias ya-dadas. Me han criticado el no tomar en cuenta la exitosa participación de miembros de esta generación –los cuadros cuarentones– que integran el gobierno en un lugar privilegiado. Cuando indiqué que estas participaciones no se sustentaban en una construcción de poder propio, sino que venía “de arriba”, y que había algo del orden de la conversión en quienes se sumaban al régimen de creencias elaborada y sostenida por las otras generaciones, se me criticó haber citado como caso ejemplar el trayecto completo del fallecido Iván Heyn.

Sobre la generación más joven no me he pronunciado hasta el momento de un modo decidido. Son ellos –que no vivieron la experiencia de la crisis, sino el discurso de la reparación nacional y social– quienes deben tomar la palabra en nombre propio a partir del que habitan este tiempo. Si la generación 2001 guarda el secreto del nihilismo (y, tal vez, el de sus modos de salida), esta novel generación debe pasar aún la prueba de la construcción propia, inseparable de la creación de lenguajes políticos propios.

Pero la generación de-generaciones de la que quiero tratar ahora es la malograda e insoportable generación del 73. Y para ello voy a hacer referencia a los textos que componen Testamento, del veterano militante montonero Héctor Ricardo Leis, cuyo principal mérito es el de una disposición excepcional que le permite desplegar una escritura no mistificada de la generación. Su principal demerito, en cambio, es haberse dedicado a la meditación de base filosófica para evaluar su pasado político, lo que lo conduce hacia ciertos enunciados pretenciosos y escasos de sustento (pienso en el modo en que declara “inexistente” a la generación de los 70 (la generación que existió propiamente, nos dice, fue la de los 60) o en la calificación de “terroristas” a las organizaciones que siguieron la táctica de la lucha armada en condiciones urbanas o en el modo juzga legítimo el accionar de las fuerzas armadas durante aquellos años (sin que, claro, esto se constituya, ni de cerca, en una justificación de la represión criminal de la dictadura).

Con matices y aclaraciones, tomo esta referencia por lo que habilita, en términos de una lectura original del papel de las generaciones en la política. Su planteo se basa en un esquema simple y eficaz: la Argentina se desdobló política y militarmente en dos generaciones: la de quienes querían cambiar la naturaleza del poder gobernante (los revolucionarios y sus organizaciones) y la de quienes deseaban conservarlo (los conservadores y sus Fuerzas armadas).  Leis asume que esta guerra generacional opuso a parricidas a filicidas. Y que incluso el lugar de los “nietos” desaparecidos se debe explicar a partir del hecho de que los filicidas se creían salvadores de nueva generación.

El propio Leis recuerda su paso por Montoneros en términos de una cierta resistencia a emplear la táctica del asesinato político como modo de determinar al miembro más prominente de esa generación anterior (al propio Perón). 

No quiero meterme ahora en el debate que suscitó la entrevista a Héctor Jouvé –que Leis cita– en la que analiza los fusilamientos del EGP, la guerrilla conducida a fines de los 60 por Jorge Masetti que estaba vinculada al Che Guevara. Indico el hecho de que Leis extiende el asunto a la generación entera. A la izquierda también, no solo al peronismo. La citada entrevista ha dado lugar –como Leis recuerda- a una larga polémica de tinte moralista, a partir de un texto inicial del filósofo Oscar del Barco, y en la que luego se sintieron obligados a fijar posición casi la totalidad de la intelectualidad de izquierda del país. Allá los moralistas, los intelectuales y allá también el modo en que cada generación salda su propia historia política. No es ahí donde creo que hay que escarbar.

Sí, creo, más bien, que la posibilidad de leer los derroteros de una generación nos permiten comprender que los problemas políticos no son estáticos y que el tiempo los replantea. Los problemas políticos evolucionan, no hay nada más pavote que repetir escenas o fórmulas cuando los problemas han mutado.

Como se ha dicho muchas veces –aunque cada vez se lo considere con menor énfasis–, un problema para nosotros, los que nos ocupamos de la política, es el peso de las generaciones pasadas sobre las presentes. Un peso que oprime la conciencia de los jóvenes. Hay una generación, la del 73, que no para de hablar. Y habla de todo. Y dice haber vivido de un modo tal que hay más remedio que escucharla atenta y eternamente. No deja de llenarse de gloria. Una generación enferma, ayer y hoy, en su deseo de poder.

Y hay otra generación, la 2012, que engordó mágica e imprevistamente –según dicen sus referentes–, que asume una continuidad más o menos lineal y armónica con la narración que no para de oír. No niego que no pueda haber una identificación saludable desde el punto de vista afectivo, ni que haya algo nocivo en una comunicación de orden mítica, de cierto espíritu de lucha y de entrega que las nuevas generaciones se dispongan a recuperar para sí. Pero es innegable que hay un riesgo inmenso en la falta de ruptura desde el punto de vista de la evolución de los problemas mismos que a la política necesariamente se le plantean.

Claro, el diagrama se completa con la generación intermedia, la de 2001, que ha sucumbido ante el peso aplastante del homenaje y la incondicionalidad con la que recibe a los nuevos. Este conglomerado humano ha carecido de la astucia necesaria para saber acomodar los melones en el camino, sin imaginar, seguramente, que ese carro desvencijado es el de la historia.

La política actual resulta inseparable del arte del gobierno de las generaciones (en los dos sentidos del genitivo). A cada una de ellas se le da el crédito espiritual necesario para cerrar sus heridas y realizar sus más profundas añoranzas. A cada quien se le ofrece lo más inesperado: a los más viejos, un final feliz. A los 2001, un sitio en el mercado. A los mas pibes, una época de construcción de una nación emergente. El kirchnerismo pasa, así, de la reparación histórica a la satisfacción subjetiva, haciendo política en base a un componente esencial común a las tres generaciones: el deseo de reconocimiento

Con todo, este tiempo detenido de la política actual esconde un dinamismo dramático que no conviene subestimar. El reverso de las generaciones es de naturaleza infame. Está constituido por una zona oscura, ciega, un fondo sin el cual ninguna figura luminosa brotaría. No es fácil individuar la infamia. En general, solo percibimos individuaciones luminosas. 

El apellido Ferreyra, sin embargo, puede ayudarnos. Con ese nombre fueron asesinados de personas “jóvenes”. Una en el monte santiagueño; otra en las militancias obreras ferroviarias.  Ninguno de los dos cabe en estos esquemas hoy luminosos. Este transcurrir sin kairós nos recuerda la fábula del rey David y su hijo Salomón. Cuando al artesano de la corte le fue encomendada la confección un anillo real capaz de recordar las vicisitudes del devenir, su pequeño hijo le aconsejó al obrero la siguiente inscripción: “Todo pasa”. 
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