Política del no-todo: respuesta a Juan Pablo Maccia

por Rosa Lugano
 


No pretendo polemizar de modo frontal. Maccia me da la razón en su respuesta a mi crítica, más allá de sus intenciones. Y es que la política en su inmediatez encandila y se nos impone casi sin que nos demos cuenta. Veamos sino lo que pasó estos días en la política “concreta” a la que me remite Maccia. Tomemos algunos episodios de los diarios: los llamados “dragones” destruyeron la infraestructura de una de las refinerías que operan en el yacimiento petrolífero más importante del país; el gremio de los camioneros, liderado por los Moyano, desplegó un protagonismo inédito sitiando una decena de refinerías en todo el país y convocando luego a un flojo paro con movilización para el 27 de junio en la Plaza de Mayo; se produjo un vergonzoso golpe de estado en Paraguay disfrazado de revocación parlamentaria tras una masacre de campesinos y policías, a todas luces preparadas por algún potente servicio de inteligencia; una violenta ola de huelgas policiales azotó a seis provincias de Bolivia, hasta que pudo ser desactivada por el gobierno.

Ante todo nos vemos confrontados con “hechos de fuerza”: cuerpos, golpes, camiones, muertos, armas, palos, petróleo, masas: el lenguaje entero de la política del siglo XX.


Es cierto que no podemos detener allí la mirada. Es forzoso reparar en una serie igualmente relevante de sucesos de las últimas dos semanas, en los que la acción directa y las coacciones institucionales son sustituidos por el poder de los discursos y las finanzas: las cumbre del G-20, y de Rio; la visita de la presidenta a los EE.UU, donde se anunciaron importantes inversiones de empresas multinacionales en el país; la reciente visita del segundo hombre en importancia del gobierno de la República Popular China para confirmar el financiamiento de la construcción del Belgrano cargas o, mejor dicho, del Tren Sojero.

Todo esto, y muchos más sucedió en aproximadamente dos semanas.

Fuerzas, finanzas, palabras reúnen toda la violencia que los órdenes imaginarios y simbólicos pueden elaborar. Y sin embargo, la política no trata exactamente de estos términos. No, al menos la política que hace centro en los cuerpos, en su materialidad vital, sus posibilidades creativas, sus relaciones siempre sujetas a invenciones (¿qué otra cosa es una institución sino una invención transindividual?). La política es asunto del no- todo y no de las fuerzas que totalizan.

¿Cómo piensa la política de las fuerzas? En términos de alternativas. Es lo que hace Maccia. Al final su razonamiento es este: “Cristina no es la emancipación a la que aspiramos, pero toda alternativa es ostensiblemente peor”. En la lógica del “todo”, su conclusión es rigurosamente exacta. El problema es que a esa conclusión le cabe tanto al partido de los pobres como el de los ricos. Al de la nación, y el del mercado mundial. De allí el incontestable consenso político efectivo del que goza

Pero veamos cómo funciona esta lógica cuando se la aplica a un dominio subordinado. Y es que también de Moyano se puede decir algo parecido en el nivel sindical (que no hay alternativa mejor). Y sin embargo el peso del razonamiento en el nivel de la política presidencial no funciona igual hacia abajo, porque hacia abajo se da la división de intereses, la componenda de fracciones, la cosmética de las fuerzas.

La política del “todo” de las fuerzas opera sobre todo en las junturas, en donde los tejes y destejes se trasmutan en problemas de personas (semblantes): Moyano se pelea con Cristina y entonces el más feo se tiene que ir. Esto quiere decir que fuera de foco se van a reacomodar las diversas estructuras comprometidas en las formas vigentes de gobierno.

Un libro de reciente aparición (Soledad: común) del analista Jorge Alemán nos propone considerar los límites de la política de la “totalidad”, que nunca sirven para transformar nada. En su perspectiva, la política de las fuerzas (de derechas, pero también de izquierdas) sirve siempre para dejar las cosas como están, porque en su “realismo” resulta completamente incapaz de invención alguna.

Aunque lo mejor de sus argumentos se ajusta mejor con filosóficas que critica antes que con las que defiende, nuestro autor (lacaniano y kirchnerista de estricta observancia) demuestra a la perfección hasta qué punto el desafío de una política radical transcurre menos por la gestión de las objetividades sociales, y muchos más por una analítica de los estabilizadores subjetivos bajo el mando directo del complejo tecno-capitalista  

Puedo anticipar la sonrisa suspicaz de Maccia, hábil maestro de la “política”, siempre dispuesto a acusar a sus adversarios de quedarse en una argumentación “filosófica”. Quisiera por un momento cambiar los términos del debate. Él llama política concreta a una lógica de los poderes, siempre justificada por el ensayismo militante o bien por las retóricas de las ciencias sociales. De mi lado todo esto es fuente de abstracción. Solo las potencias de cambio son concretas.

Veamos esto funcionando para los “hechos” de las semanas que acaban de pasar. Al volver sobre ellos podemos darnos cuenta como su dinámica acaba siempre de organizarse bajo la rúbrica de las mutaciones del capital, el estado y la economía. Siempre los mismos significantes, los mismos universales se atribuyen la potencia de mutación que solo los cuerpos cooperantes poseen. Estamos hart@s de sociología política al servicio del poder, Maccia. Eso es lo que pasa.
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