Confesiones de un nazi en Bolivia

por Pablo Stefanoni


Nací el 28 de noviembre de 1887, a la una de la madrugada en Munich. Me imaginaba ser homosexual, aunque sólo lo ‘descubrí’ de verdad en 1924. Hasta entonces tuve algunas experiencias, en sentimientos y actos, que incluso se remontan a mi infancia”. La carta, fechada en La Paz, el 25 de febrero de 1929 está firmada por Ernst Röhm, el fundador de las SA –las secciones de asalto del partido nacional-socialista alemán– y el destinatario es Karl-Günther Heimsoth, un médico y político nazi –también homosexual– a quien le solicitaba la elaboración de una carta astral.

Aunque se sabe que Röhm estuvo en Bolivia entre 1929 y 1930, se trata generalmente de un paréntesis poco estudiado cuya historia fue investigada por el periodista boliviano Robert Brockmann en el libro El general y sus presidentes: Vida y tiempos de Hans Kundt, Ernst Röhm y siete presidentes de Bolivia, 1911-1939 (Plural Editores).


Kundt fue un alemán que dirigió durante varios años el ejército boliviano y quedó registrado en las páginas del diario La Nación de Buenos Aires cuando un corresponsal se lo encontró en las trincheras de Galitzia en la Primera Guerra Mundial y el alemán sólo quiso hablarle sobre Bolivia, en plena batalla. La estadía boliviana de Röhm no fue tan larga como la de Kundt pero dejaría profundas huellas en su vida. De hecho, siguió usando las insignias bolivianas sobre su uniforme nazi.

Entre fines del siglo XIX y 1940, muchos militares alemanes eran contratados por países latinoamericanos y asiáticos para profesionalizar sus ejércitos. Röhm ya tenía una intensa historia en el nazismo al llegar a Bolivia. Había sido uno de los organizadores de los Freikorps, una milicia protofascista durante la República de Weimar, participó del putschde Munich de 1923 y lideró las temidas SA conocidas como Camisas pardas.

Llegó a La Paz desilusionado por los desencuentros con Hitler, y se incorporó como teniente coronel del Ejército boliviano y jefe de Sección III (Operaciones) del Estado Mayor. Aunque se adaptó a la vida local, su mayor padecimiento estuvo relacionado con sus dificultades para entablar relaciones homosexuales en una ciudad pequeña y conservadora, y parte de su catarsis la dejó escrita en al menos cuatro cartas despachadas hacia Alemania desde los Andes.

Esas misivas bolivianas serían una incómoda evidencia durante su posterior persecución en Alemania por su homosexualidad, en ese momento penada por ley. Luego del párrafo citado, el militar teutón agregaba: “El clima de altura de La Paz (3.600 metros) no me resulta especialmente duro. Vivo bien y puedo comer al estilo alemán. Si no me faltara el objeto de mis amores. Incluso me he traído un acompañante, un pintor muniqués de 19 años. Cuando se va de viaje de estudios, la paso terriblemente mal”. Explica que es “un muchacho realmente hermoso”, pero se queja de que el pintor prefiere a las mujeres. Röhm confiesa que aunque los paceños son “en gran parte muy guapos” no encuentra la forma de acercarse a ellos. De hecho, comenta haber “sondeado cuidadosamente” el tema con su profesor de español, quien le habría respondido que “en La Paz no se da esto”, y que “para eso” había que viajar a Buenos Aires. Pero –continúa con desazón– el viaje “requiere por lo menos diez días y cuesta más de mil marcos”. “Por las noches, hago mi recorrido, hasta ahora sin éxito, por todos los barrios de La Paz. Es algo para llorar”.

La segunda carta, que tradujo Brockmann, está fechada en Uyuni (zona del famoso salar), el 11 de agosto de 1929. En la misiva –“desde esta fría y ventosa pocilga fronteriza”– cuenta que recorre los cuarteles y su nazismo no le impide sentirse atraído por los jóvenes indígenas y negros. Finalmente le anuncia con mejor ánimo haber encontrado en La Paz “la manera de proveerme”. Al parecer, el amante de Röhm era un muchacho llamado Alberto Llanque, quien habría obtenido varias ventajas en el cuartel.

Como recuerda Brockmann, estas cartas serían fatales para la trayectoria de Röhm. Al parecer, a su regreso a Alemania a pedido de Hitler, actuó sin demasiadas inhibiciones. Sus enemigos internos no eran escasos y entre ellos Joseph Goebbels, Herrmann Goering y Heinrich Himmler, todos ellos celosos del poder que había acumulado Röhm y sus SA. El tema era un secreto a voces y la fiscalía de Berlín ordenó una investigación por “delitos sexuales contra natura”. Pero como suele ocurrir, la historia no ahorra en paradojas. Hitler justificó a Röhm, respondiendo que las SA no era “una institución dedicada a la educación de señoritas refinadas, sino una formación de luchadores duros cuyas vidas privadas no pueden ser objeto de escrutinio”. Entretanto, el diario socialdemócrata Vorwärts publicaba las cartas filtradas y el Münchener Post las reimprimió como panfleto para escandalizar con la homosexualidad de Röhm. Las SA destruyó Vorwärts y sus imprentas.

Pero la suerte del líder nazi se selló la noche de los cuchillos largos de 1934. Fue detenido y más tarde asesinado en esa puja dentro del nazismo que acabó con varias facciones disidentes. Ahí Hitler, para justificar la muerte de su ex amigo, se acordó de las “perversiones” de Ernst Röhm y de muchos de los integrantes de las otrora poderosas SA.  
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