Rastros de carmín es un libro que traza la historia de un atavismo

por Agustín Valle




¿Qué es un atavismo? Intentemos formalizar la intuición. Un atavismo es algo que recorre los tiempos, las generaciones, pero no se traspasa visiblemente, o literalmente; es algo que desde una conexión con elementos de su tiempo, uno encuentra en conexión íntima con disposiciones que se remontan hacia el fondo de la historia. Un atavismo es aquello que, cuando hacemos de algún punto de nuestro tiempo una puerta para salirnos por su espalda, por la espalda de la época, nos encontramos que estaba allí esperándonos. Algo que nace ahora pero es consustancial con una corriente subyacente en la historia, una fuga hacia lo eterno.

Por ejemplo. Recuerdo una novela de RL Stevenson, si mal no recuerdo Aventuras de David Balfour, que comenzaba con la muerte del padre del pibe protagonista, David. En el testamente, el padre lo anoticia de que tiene un tío, y que vaya en su busca. David sale, entonces, por primera vez, de su comarca. Se emociona como sólo se emociona un hombre que advierte que empieza a ser un hombre. Pasa colinas, bosques y prados; pasa pueblos y se acerca a la comarca donde, según le dejó dicho su padre, conocerá a su tío. En las cercanías comienza a preguntar, pero encuentra que, al decir su nombre, el nombre de su tío sanguíneo, las gentes contestan crispadas. Odio y rencor parece haber producido ese hombre, nada más. David sigue caminando, hasta que consigue que una matrona le indique cuál es la casa de “ese horrible hombre”, a un par de cientos de metros. Cuando la divisa a la distancia, se apesadumbra, porque parece claramente abandonada, derruida, sin una sola marca de cuidado o presencia humana. Está cayendo el sol y David está muy sólo y muy lejos de casa. Pero, de pronto, a la distancia, ve desde la chimenea de la casa asciende una delgada línea de humo. Humo: señal inequívoca de que, dentro, hay alguien. El signo visible de la manipulación del fuego evidencia vida humana, y devuelve el alma al cuerpo de David, que va, ahora sí, firme a tocar la puerta. Y ahí empieza la novela. Pero lo importante es otra cosa. Lo importante es que cuando nosotros nos juntamos, en la casa de uno u otro amigo, llevamos trozos de ternera, algunas verduras, queso si hay plata, vino para inundarnos del mismo humor, cuando nos agrupamos en ronda, circulan puchos varios, todo en torno a uno que agarra papel, lo dispone, agarra maderas, las dispone, agarra carbones o leña, y con las manos sucias, enciende una llamita que crece, crece iluminando la reunión, crece largando humo para arriba, por la chimenea, ahí, en esa sensación tan difícil de definir, pero sensiblemente palmaria, ahí en ese tiempo del asado que es la ética de la demora máxima, la suspensión de la utilidad rutinaria (salvados del motor eterno!), ahí entramos en lo atávico. Un material que ofrece nuestro tiempo es usado como puerta para salir de él. El asado no compite con el presente, nos sustrae por elevación.


Entonces. Lo atávico sirve para distinguir la composición de una práctica. Porque una misma práctica tiene disintos elementos que la componen. Fumar, por caso. Agrupar un montoncito de hierba, de una planta que sólo tras centurias mostró ser más apropiada que las otras para inhalar el humo de su combustión; sus hebras ya convenientemente secas, envolverlas en un recipiente que las unifique según la función que le daremos, hacer, nuevamente, fuego, escuchar como se estremecen las primeras en quemar, aspirar para meter ese humo que nos gusta en los pulmones, sentir esa leve enturbiación de los  sentidos, sentir cómo las cosas de pronto se sienten de otro modo, sentir el poder de la percepción, compartirlo con otro… Y ahí podemos, también, encontrarnos con una posibilidad del humano, y su naturaleza cultural, en contigüidad, ciega pero certera, con filas interminables de semejantes en la historia. Fumar es atávico; tiene algo atávico, puede tenerlo. Pero Philip Morris no es atávico. La marca, la propaganda, el logo, la identificación con un life style, son accesorios superfluos sobre el atavismo de fumar. Es más, obstruye la fuga de nuestro tiempo hacia la eternidad (acaso para salir por la espalda de la época haya que encarar sus elementos de frente?). Entonces, ahí una potencia de discriminación valorativa que nos ofrece la noción de atavismo.

Bueno: Rastros de Carmín escribe la historia de un atavismo: el atavismo de la negación radical, el rechazo de lo habido que por la fuerza de su afirmación (afirmación de rechazo) abre espacios de libertad, sin la exigencia de proponer una alternativa global de sociedad. Empieza por los Sex Pistols. Lo ve a Johnny Rotten cantando, o más bien aullando, puesto que las formas del arte humano no parecen corresponder con ese cuerpo descuarejingado que grita obscenidades y soy un anticristo; las formas del cuerpo humano, de hecho, no resultan fáciles de reconocer en ese desparpajo enojado y ofensivo para el que, está claro, todo es una mierda. Todo, salvo su propia convicción de que todo es una mierda.

Marcus empieza a buscar antecedentes, empieza a buscar la historia de lo que pasa en Rotten, que ni Rotten conocía; es, dice, un médium, a través del cual hablan voces que vienen desde mucho tiempo atrás: los dadaístas del Cabaret Voltaire (Zurich, 1916), los letristas y luego situacionistas franceses en los cincuenta y sesenta, y antes aún, la Hermandad del espíritu libre y otros movimientos de cristianos libertinos del medioevo, para quienes el pecado no podía existir, el único pecado era obstaculizar un deseo. Y fuera de occidente, el árabe lider de los hachichinis (o algo así), grupo islámico que fumaba hasch y aniquilaba cristianos cruzados que invadían sus tierras (de ahí el término asesino), cuando declaró: Nada es verdad; todo está permitido.
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