El voto de Le Pen es también testimonio de inseguridad cultural

. Entrevista Laurent Bouvet


Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Versailles - Saint-Quentin-en-Yvelines y enseñante en Sciences Po Paris, autor de Le sens du peuple, [Flammarion, Gallimard, 2012], Laurent Bouvet analiza para Lobo Suelto! los resultados de la primera vuelta y sus consecuencias políticas, la necesidad de que la izquierda se ocupe de la temática de la inseguridad cultural que revela el voto a Marine Le Pen y la recomposición de un paisaje político que se ha vuelto completamente ilegible.

En Causeur [www.causeur.fr] decía usted temer que el pueblo se refugie masivamente en la abstención, con el riesgo de tener un presidente sin adhesión popular. ¿Cómo analiza usted esta movilización relativamente elevada?

Laurent Bouvet: Yo pensaba que cuando la abstención es fuerte, la izquierda consigue mejores resultados, porque las clases populares se abstienen. Ahora bien, en este caso las clases populares han ido a votar, se han abstenido menos que de costumbre. Pero no han votado masivamente a la izquierda. Las banlieus [barrios populares del extrarradio] han votado más bien a Hollande, los empleados públicos a Mélenchon, el resto a Marine Le Pen. Mediante esta movilización, los franceses han mostrado que esta elección atípica en las grandes democracias europeas les preocupa enormemente y que perciben lo que está en juego.

¿Eso significa también que Marine Le Pen ha sabido seducir a la «France invisible»?

El discurso de Marine Le Pen ha seducido incontestablemente a una parte de la «Francia invisible», la que sufre directamente la mundialización y considera a Europa responsable de sus males. La izquierda siempre ignora que el 80% de la gente que se encuentra en el umbral de la pobreza no vive en las zonas urbanas sino fuera.

Es un resultado que invalida, por otro lado, las dos explicaciones dadas a izquierda y derecha sobre el ascenso del Frente Nacional. Se encuentra eso ya en 2002. En la izquierda, antes del 22 de abril, la idea dominante era que Sarkozy hacía progresar al FN porque hizo ruido con este tema durante cinco años. El problema es que en el 2002 el FN estaba alto mientras que Sarkozy no estaba en el poder. Eso invalida igualmente el argumentario sarkozysta: hay crisis y por tanto suben los extremismos.  

La agitación sarkozysta permanente y la crisis han contribuido evidentemente a remitir a la gente que había votado por él hacia Marine Le Pen. Pero estas explicaciones no bastan. Hay un tercer factor, el de la inseguridad cultural, que viene a añadirse a la inseguridad económica y social. 

¿Qué entiende usted por inseguridad cultural?

Se trata de un concepto que ha sido largamente desarrollado por el sociólogo Alain Mergier y el geógrafo Christophe Guilluy. Es el fenómeno en el que las gentes se sienten amenazadas de manera difusa. Se trata de gente que está en un contexto en el que no se cruzan forzosamente con extranjeros o supuestos extranjeros todos los días. Pueden ser las representaciones de la televisión.

Estos ciudadanos no le tienen miedo únicamente a la deslocalización, al hecho de perder su empleo, su capacidad adquisitiva, etc. Ven también una degradación de su estatus, de su modo de vida general y lo atribuyen a los demás.   

En este sentido, se trata de una seguridad que está ligada a la inseguridad económica y social. El populismo se dirige contra las élites – es la dimensión vertical – pero también contra los «otros», que es la dimensión horizontal.

¿Cómo explica usted la incapacidad de los partidos tradicionales de comprender esos temas?  

Las categorías populares, sobre todo las que han votado a Le Pen, tienen una demanda que es complicada y sofisticada políticamente. No se saldrá de ello exclamando «si hay crecimiento, todo irá mejor». Los dos mayores populismos están en Suiza o en Noruega, que son los dos países más ricos de Europa, donde los problemas sociales no son en nada comparables a Francia.

Hay que ser conscientes de que el PS «central» es completamente hermético a estas cuestiones.  

Hay siempre este superego marxista, la idea de que las relaciones de las fuerzas productivas lo explican todo y deben decirlo todo. Hay una izquierda liberal multiculturalista que hace aspavientos sobre las minorías desde hace una treintena de años y no puede ver esta inseguridad cultural, puesto que la alimenta. Es una cosa muy importante en las representaciones mediáticas. 

Eso se vio durante el debate sobre los rom [gitanos del Este de Europa]. Los alcaldes socialistas están sumamente pendientes de ver instalarse a los rom en su municipio. Porque, en general, todos los comerciantes y los habitantes hacen frente común en contra de su presencia. Así pues, hay un verdadero desajuste entre el partido central y el partido local. Y luego hay un hecho político: desde hace treinta años, la única manera de combatir al FN ha sido gritar «¡son fascistas!». Y eso, manifiestamente, no funciona.  

En la derecha, la cuestión se plantea de manera diferente, en la medida en que desde 2007, Sarkozy ha conocido muchos fracasos en el poder adquisitivo, la delincuencia. Se ha situado  en competencia con el FN en la escalada por identificar y estigmatizar sus blancos. El blanco es el Islam, las formas de vida musulmanas, los alimentoshalal, los rezos en la calle. Sarkozy no  tiene más que eso para seguir adelante. Pero se encuentra en un callejón sin salida, pues todo lo que hace alimenta al Frente Nacional. Es lo que ha demostrado la primera vuelta.

¿Eso que describe usted es una implosión potencial de todos los partidos?

Es lo que se llama en ciencias políticas un realineamiento general. Mi hipótesis es que se necesita para la claridad casi visual del paisaje político una recomposición política cuyas fronteras y delimitaciones partidistas recuperen mejor las delimitaciones ideológicas y sociológicas. Porque hoy en día esto resulta totalmente ilegible.

¿Sobre una nueva temática, en torno a Europa, por ejemplo?  

Precisamente eso, no. Es otra de las enseñanzas de este escrutinio, Europa ha sido totalmente integrada. No es un tema en sí misma, pero subyace a todas las discusiones y es unánimemente objeto de gran escepticismo. Si eso ya no es…  

Quienes han seguido declarándose pro-europeos lo han pagado caro. Y casi todos los candidatos han sido euroescépticos. Las divisiones prioritarias por venir se centrarán en torno a la cuestión de la inseguridad social y cultural. La dificultad estriba en que hay poco espacio en la izquierda para tratar estas cuestiones de manera republicana.  

El voto de los extranjeros es una señal muy importante. Hollande quiere hacer de ello la reforma social emblemática de su quinquenio, aunque en concreto eso no tiene una enorme importancia, pero simbólicamente es considerable. Los electores de Marine Le Pen no irán a votar a la izquierda, aun cuando  Hollande tiene necesidad de recuperar una parte de esos votos.

Según un sondeo de Opinion-Way, dos tercios de los electores de Nicolas Sarkozy serían favorables a una alianza con el Frente Nacional. ¿Piensa usted que ya se ha llevado a cabo el reparto de cartas en la derecha?

Eso corresponde en todo caso a una demanda muy fuerte, que yo llamo el fin de la barrera de especies entre la derecha y la extrema derecha. Salimos de un sistema de treinta años que ha permitido a la izquierda ganar numerosas elecciones locales gracias a la triangulación y entramos en un nuevo sistema. Va a haber recomposición, reconfiguración, muchas cosas de las que no podemos hoy estimar ni las consecuencias ni las formas. Lo mismo a izquierda que a derecha lo que se abre ante nosotros es un periodo de gran inquietud e incógnitas.

¿Cómo ve usted la segunda vuelta?

Creo que va a ganar Hollande, pero temo que la izquierda se vea atenazada por los estrechos márgenes de maniobra económicos y sociales a causa de Europa, las cuestiones presupuestarias y el ataque de los mercados financieros; y que François Hollande no dé abasto  por su sola voluntad, considerando que le pondrán a prueba una izquierda muy reivindicativa o los grupos de presión identitarios, con el riesgo de hacer algo simbólico, porque no podrá hacer nada real. Paradójicamente, el arranque puede proceder de una izquierda bloqueada por sus propias contradicciones e inmovilizada por los mercados financieros. Hará falta ser capaces de proponer una visión, pero desgraciadamente, la izquierda no reflexiona lo bastante sobre esto y en general el ejercicio del poder no es propicio a la reflexión ni al cuestionamiento.
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