Discutir el estudiante (II)


El Estudiante y la real-politik
 por Juan Pablo Hudson


No encuentro una manera posible de iniciar una lectura de la película El Estudiante que no empiece –paradójicamente- por su final: ese No estentóreo que enuncia Roque, el protagonista principal de esta historia, ante la propuesta de su ex jefe político de reinsertarse, a través de una tarea urgente, en la rosca institucional universitaria; pero si ese No que afirma con tanta contundencia Roque tiene un peso sobresaliente es porque -por lo menos en Rosario y así parece en Buenos Aires- fue acompañado por un inmediato y cerrado aplauso del público que estaba presente en la sala.


Me quedé en la butaca tratando de asimilar esa masiva aprobación de un final que me había resultado tan explícitamente moral como pedagógico. Ya en mi casa, leí en Internet una crítica en un diario nacional en la que se destacaba la creación, por parte del director (Santiago Mitre), de una “ética y estética a las que podría definirse como “realismo idealista””. Tal como suele ocurrir con los autores en ciertas oportunidades, Mitre afirma en una entrevista en el mismo diario algo que la película nunca muestra ni parece interesada en mostrar: “(…) hay mucho prejuicio en torno de la militancia estudiantil, que a muchos les parece que es pura agitación, mientras que hay un nivel de discusión política muy interesante, más que en otros ámbitos; es un plano donde se habla de política en estado puro, el 90 por ciento no está en busca de los cargos, y todavía se puede discutir de política por el placer de hacerlo”.

El testimonio de Mitre nos otorga claves de lectura de ese oxímoron que surge del supuesto “realismo idealista” que encarnaría la película: por un lado, un idealismo romántico del director en la caracterización del nivel de la discusión política universitaria, que, salvo en secuencias muy mínimas, no aparece en la película. Situación, por cierto, que no hubiera sido deseable que se planteara bajo este tinte mítico que, según parece indicar, si no es por cargos, la discusión política es por mero placer. Cualquier malestar que pueda provocar el enfoque de El Estudiante no implica de ninguna manera una defensa ni exaltación del mundo político que transcurre en los recintos universitarios, sea en la facultad de Sociales de la UBA o en una sede de la Universidad Nacional de Rosario, aunque tampoco su esquematismo ni reduccionismo. Por el otro, como relato único que aparece en pantalla, un realismo bien coyuntural que se desprende (más allá de las intenciones del director) de ese No final acompañado de aplausos que cierra la película. Un No  que es menos la negación de la política –o la afirmación de la antipolítica- que la admisión de que no habría, en definitiva, otra alternativa posible (a las de las roscas en –y para- las altas esferas del poder, las aceptaciones pasivas de la verticalidad, las pujas institucionales, los consensos y alianzas amargas pero imprescindibles, etc.) si lo que se intenta es la construcción de una política real, concreta, en mayúsculas, que no es más que aquella que se dispone a asumir la gestión y el control de las instituciones estatales. Este enfoque realista asume y se emparienta con cierto sentido común hegemónico (incluidos el de determinados sectores juveniles) que determina y cierra en muchos casos el panorama y las apuestas políticas en la actualidad. Las otras imágenes posibles de la política se resumen, desde la exigua perspectiva de la película, en las bravuconadas troskistas que pueden tener cierto protagonismo estudiantil pero que no van a lograr mayores adhesiones que las obtenidas en los pasillos universitarios, el fin de la militancia para sumergirse en la vida profesional/familiar (opción que parecería asumir hacia el final una Paula decepcionada y enojada), o en un purismo ingenuo, abstracto, asambleísta, que no roza –ni a va a rozar- el poder real.
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