Misa ricotera


por Gaby 

Increíble la banda de personas que peregrinaron por ruta al recital. Motos, camiones, micros, desde los que tienen dos pisos al escolar. Autos último modelo, 0kms; y también renaults pegaditos al piso, no por pisteros sino porque cargan a nueve agitando desde adentro. Todos colapsando una ruta, encontrados en canciones. Piel de pollo me ponía ver esa mezcla, que coreaban frases como “el futuro ya llegó”.


Siete horas tardamos en el viaje. Al llegar tuvimos que dejar el coche a kilómetros del recital. Caminata, agitando, siendo parte. Haciéndonos cargo cada uno de cuánto le pegó la letra ricotera. En nuestro caso, lo que queríamos era empaparnos de la vibra que genera esa mezcla cultural, mas que el recital en sí. Es más, teníamos que vender unas cositas para gestionar la moneda, sea para reponer el viaje o para el chori. Mala idea, ya que para laburar tenés que tener una especie de conducta que en el ambiente no encajaba. Veinte minutos estuvimos queriendo vender y en cuanto cajeteamos un toque ya estábamos ojeando cómo pasar sin entrada al grito de “vamos las bandas”.

En el rejunte de los que no teníamos tickets, la mayoría eran pibes que no tenían guita para garpar y también se hacían cargo de ese cross a la mandíbula que generan las letras ricoteras. Llegaron hasta allá, presentes, pero el pasaporte era de $ 150.

La media naranja

No eran vallas lo que contrataron para que frenen a la banda sin entrada. Eran centenares de pibes tipo barra-brava con chaleco naranja, dirigidos por gordos gigantes con handys.

La postal mostraba a los de naranja bien parados, organizados, esperando la voz de ataque, mirando todo; los tortugas contra un alambrado, cuidando los que tenían “entrada en mano”; y polis no tortugas juntando botellas, preparando el campo de batalla. Tremendo, no me dan las palabras para contar lo que pasó cuando llegó la orden de ataque. Al que agarraban los de naranja lo chupaban hasta el desmayo. Yo no sabía qué mierda hacer, paralizado unos minutos, apretándome las bolas para bloquear al cagazo.

Me mandé a levantar a un tipo de la edad de mi viejo ya desmayado que lo pateaban entre seis naranjas. Tuve “suerte” que no me peguen ya que tres fuimos a separar y a mí sólo no me arrebataron. Agachado, despertando al hombre en medio de una locura. Se acercaron unos gordos de naranja y a mí me hablaban, mientras a todos los que estaban alrededor les pegaban. Ahí fue cuando me cayó la ficha. Mi look de anteojos, barba, tez blanca, no entraba en el tipo de gente que tenían que fajar. A los de gorrita olvídate: los marcaban con un láser verde y todos atacaban a ese. Y los/las que tienen remera del Che, look bien progre-rockero o parecido al mío, como si nada, atrás de los tortugas, hasta nos gritaban “compren la entrada ratas”. ¿Qué onda?

Vas a robarle el gorro al diablo así: adorándolo, como quiere él, engañándolo…

Pasó como una hora hasta que el viejo arrancó el recital. Perdimos al Galle, uno de los pibes. Rogamos que no le haya pasado nada. Maldiciendo desde mi existencia a la de todos. Abren las puertas con la condición de que se haga una fila de dos bien domadita. Entramos buscando al Galle, amargadísimos, después de ver cuál está siendo la solución represiva: tirar unos mangos a estas neo-patotas mercenarias, que un día se ponen el chaleco naranja y otro día el de los ferroviarios.

Finalmente lo encontramos al Galle, y le cuento a los gritos lo que pasó afuera. Una pavada de mi indignación: quería que me escucharan los que se subían a cocochito cuando el indio coreaba “este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene”. El galle me mira y dice: “cabeza, aproveché cuando se estaban matando y me metí en la fila de los que tenían entrada y ni me pidieron la entrada”. En ese momento mi mente colapsó y me fui del recital con un llanto auto reprimido, muy parecido “al festejo del día de los DDHH” en la Plaza de Mayo, cuando tiraban petardos y luces con el Indomericano prendido fuego aún.

¿Todo piola?

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