Unasur y los efectos de la crisis: nuevos instrumentos económicos


Por Alejandro Horowicz

Algo comienza a quedar claro: la crisis que golpea a Europa devoró la pacífica convivencia colectiva, y la brutalidad de los enfrentamientos, que remite a la disparidad de los intereses en juego, empieza a quedar a la vista.

Las llamas de Tottenham iluminan Europa. Una protesta por la muerte de un joven, a manos de la policía londinense, se transformó en refriega con 26 agentes lastimados y 42 detenidos. Además, se quemaron edificios, dos automóviles policiales, un autobús de dos pisos, mientras se saqueaban tiendas y los cócteles Molotov volvían a iluminar el cielo de Londres. Un rango de violencia inusitado, para una ciudad cuya cultura cívica no es equiparable a la de San Pablo o Caracas, permite registrar el tenso cambio de la escena global. Algo comienza a quedar claro: la crisis que golpea a Europa devoró la pacífica convivencia colectiva, y la brutalidad de los enfrentamientos, que remite a la disparidad de los intereses en juego, empieza a quedar a la vista. Las hasta ayer pacíficas y multitudinarias manifestaciones londinenses cambiaron de carácter, ya no son los indignados de España: son los furiosos del Reino Unido.


Esto sucedió al norte de Londres, cuando el comportamiento de los mercados globales ya había mostrado claros signos de deterioro creciente. No sólo porque la deuda pública norteamericana –más allá de los tecnicismos– impulsa, alimenta, impone un programa hiperconservador que puede culminar en el anunciado default, sino porque refrenda como único interés legítimo el de los bancos. 

Para rescatar a la banca se utilizaron, desde 2008, todos los recursos financieros de los estados más poderosos de la tierra; y una vez reparado el colapso, en lugar de reorientar la política financiera –después de todo los bancos tuvieron que ser nacionalizados con fondos públicos para evitar un derrumbe  del que eran directamente responsables–, se les devolvió el control de la situación. Los dueños históricos de los bancos recompraron los paquetes accionarios, que los estados cedieron graciosamente, y como era obvio volvieron a hacer lo mismo que ya habían hecho: realimentar la burbuja financiera, desatando una nueva espiral de la crisis global. 

Todo ya no es igual que entonces. Esta vez el peso de los pasivos empresarios atenaza la muy debilitada actividad productiva norteamericana, y la destrucción de puestos de trabajo se combinó con una recesión fenomenal. Entonces, con una economía todavía más incapaz que ayer de generar excedentes significativos, con una demanda solvente aun menor, el peso de la deuda pública amenaza con arrasarlo todo. Y, como el aumento de la capacidad de endeudamiento del gobierno norteamericano surge a resultas de un programa de recortes drásticos del gasto público, los factores dinamizadores de la economía desaparecen. Sin un nuevo ciclo expansivo, este recorte sólo puede prenunciar recortes aun más drásticos en el futuro inmediato, y la depuración que impondrá la marcha de la crisis –cierre de empresas y nuevas fusiones para mejorar la competitividad empresarial– retomaría el ritmo enloquecido de la administración Bush.

En definitiva, la naturaleza del acuerdo bipartidario aceptado por el presidente Obama supone, contiene, impone un elevado nivel de creciente crispación social; y muy posiblemente, tanto enfrentamiento no pueda ser procesado con suficiente amabilidad. Si bien en los Estados Unidos no se esperan escenas como las de Tottenham, nadie sabe a ciencia cierta qué terminará sucediendo. Sobre todo, cuando los efectos del paquete pergeñado por el Congreso se hagan sentir con claridad. 

ECONOMÍA, POLÍTICA CONCENTRADA. La marcha de la crisis impuso la reciente agenda de los ministros de Economía de Unasur. El viejo proyecto de un banco sudamericano, que remplace las políticas y las acciones del Fondo Monetario Internacional, y facilite los intercambios comerciales directos, volvió al tapete. El proyecto no es nuevo. En diversas oportunidades fue reconsiderado, pero el cambio de la situación global modifica el sentido de su puesta a punto. La primera cuestión pasa por el tipo de banco a construir. Si el modelo no se aparta de los bancos clásicos, los aportes de capital determinaran la composición del directorio. Es decir, como Brasil, Argentina y Venezuela disponen de cash, en una proporción mayor que el resto, su presencia terminaría siendo decisiva. Existe otra propuesta: un país, un voto. De tal manera que el aporte de capital, si bien nunca deja de contar, terminaría siendo políticamente regulado. Como se trata de una construcción que debe compensar un complejo mosaico de intereses, la idea de que una lectura puramente financiera pueda imponerse no parecería la más adecuada. En rigor de verdad, todo lleva a pensar que terminará funcionando una estructura mixta. Una composición igualitaria en el directorio, y una menos balanceada en las gerencias ejecutivas. 

Sin embargo, la clave de la organización del banco pasa por la moneda en que se realizaran los aportes, y sobre todo en la elección de la moneda que regirá su comportamiento. ¿El dólar terminará siendo la divisa común, o por el contrario se marchará hacia la conformación de una moneda propia?

Si algo debilitó la marcha de la crisis global es el poder del dólar. No sólo porque China ya propuso la creación de una canasta de monedas para el funcionamiento del FMI, sino porque el continuo decaimiento de la economía norteamericana no puede no terminar siendo el de su moneda. Entonces, si se recuerda la reunión de febrero pasado entre el ministro de Economía de Brasil, Guido Mantega, con su par argentino, las cosas tienden a aclararse.  

Mantega recordó entonces que en el encuentro con Dilma Rousseff, la presidenta argentina había puesto énfasis en desarrollar el comercio bilateral en la moneda de ambos países, obviando así la intervención de una tercera moneda, en este caso el dólar. Siguiendo esa indicación presidencial, Mantega informó que Amado Boudou había retomado ese hilo de negociación, y que ambos –esto lo dijo con exquisita cortesía pero con máximo rigor– ya se habían  puesto de acuerdo sobre tan delicado asunto. 

No se trata de un problema sencillo. A nadie se le escapa, y Boudou lo hizo saber a Tiempo Argentino sin cortapisas, que las economías de ambos países distan de ser iguales. Ni tienen la misma variación de precios internos, ni crecen a la misma velocidad –Brasil durante 2010 lo hizo al 7,5%, Argentina al 9% – ni poseen similar estructura productiva –aunque ambos países son fuertes exportadores de commodities–, y una política comercial que potencie el intercambio bilateral sin intervención del dólar requiere de un sistema de compensaciones diseñadas desde los bancos centrales de ambos países. 

Es evidente que avanzar en esa dirección precisa de un estudio que anticipe los efectos de semejante novedad en las respectivas economías. Sobre todo, porque hasta el momento, si bien los intercambios obviaban nominalmente la divisa norteamericana, en rigor de verdad el tráfico partía de un dólar implícito, ya que las ventas se hacían transcribiendo el precio en dólares a pesos o reales.

Ahora bien, si la crisis amenaza la actual estructura del mercado mundial, si el dólar pierde su lugar de moneda de reserva, para que el flujo de los intercambios no decaiga, una moneda común se vuelve insoslayable. Como los estudios planteados por Mantega y Boudou existen, si se los complejiza integrando a los demás integrantes de Unasur, la posibilidad de una moneda común abandonaría el reino de las abstracciones económicas, para ingresar en la cocina de la lucha política.  En el ínterin, la oposición no sabe siquiera de qué se trata. Y esa tampoco es exactamente una novedad.
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