¿Qué es la fiesta hoy? (VI)



Por E.S.

La fiesta, algunas líneas. Se me pide, cumplo (no tarde: a contrapelo de la seudo-velocidad, vicio de una época en la que poco y nada contiene movimiento). Y qué mejor que una confesión, para arrancar: nunca fui afecto a las fiestas. En el mejor de los casos, por aburrimiento; en el peor, por incomodidad, producto de un ejercitado sentido de la inadecuación. Ya que la fiesta, en este mundo nuestro, es la patria de lo convencional: gregarismo, urbanidad barata, paquete prediseñado de reglas sociales que por supuesto varían según el caso (casamiento, rave, quince, reviente, estudiantina, despedida de soltero, cumpleaños infantil, etc.) pero suponen similares y predecibles nociones del tiempo, el espacio y las relaciones intersubjetivas. En la actualidad, la fiesta es un animal de costumbre: la medida de su éxito radica en modular las expectativas de euforia durante un lapso acotado de tiempo y por medio de procedimientos generalmente berretas y agentes en todo sentido precarios, provenientes del curioso y oximorónico campo de la “organización de eventos”, el cual se nutre a su vez de disciplinas tan diversas y reconocidas como el DJing, la ambientación, el stand-up, la animación sociocultural y la globología.


Las fiestas contemporáneas son lo opuesto al carnaval que tanto apreciaba Mijail Bajtin: por eso lo popular, si no una ausencia, es una impostura que contrabandea valores de garcas (el cheerleaderiano “ser popular”, tan anhelado como el he-manista “tener poder”, moda retro que hace furor actualmente dentro de las filas zombificadas de la pop-militancia bienpensante). Sólo bajo el efecto de algún tipo de sustancia psicoactiva podemos encontrar alguna relación entre la supresión temporaria de las jerarquías y los órdenes cotidianos, la instauración de una “tierra de nadie” anónima, de mezcla, promiscuidad y apertura a lo eventual de lo carnavalesco con, por caso, el summum de la diversión y el placer que pareciera suponer en un no menor número de festividades el combo cotillón/samba for export/trencito carioca (por poner un ejemplo clásico, nomás: cada tipo de fiesta tiene su escena patética definitoria).


Ojeando unos ensayos de Fabián Casas —valioso sensei literario—, me topo con un par de páginas donde, en oportunidad de un Personal Fest de mitad de los años dos mil, las retinas del cronista retienen “una parva de gente domesticada”, seres que, “definitivamente, habían perdido la posibilidad de experiencia”. “Sobre el fin del milenio”, agrega, “las personas que tienen asegurada casa, comida, entradas al cine, ropa y discos viven hostigadas por la idea de que hay una fiesta, una gran fiesta, pero que está siempre sucediendo en otro lado. Les tengo malas noticias: la fiesta no está en ningún lado”. Las palabras de Casas resuenan en tiempos como los actualísimos, de "climas" eleccionarios (entre parántesis, la remanida definición de "fiesta de la democracia" en referencia al voto y sus aledaños es de una justeza que pasma), cuando llegamos a padecer ciertos desasosiegos, ciertas angustias, al estilo del convidado de piedra o del que queda del lado de afuera rumiando por no haber podido entrar. ¿No son sentires por lo menos curiosos cuando sabemos que, de entrar, no haríamos más que seguir rumiando y hablando con acidez de todo el mundo? Somos noventistas: nuestra actitud ante el mundo tiene a Seinfeld y las diez primeras temporadas de los Simpsons en su perfil genético. Lo que hoy se barre abajo de la alfombra es, no por azar, nuestro arsenal más potente.

Última acotación: percibo, a contrapelo del evidente parentesco, cierta posible distinción entre “fiesta” y “festejo”: mientras que la fiesta pareciera constituir una especie de territorio soberano (a una fiesta se va: “voy a una fiesta”, soy "invitado", sujeto pasivo; o bien se hace: “hago una fiesta”, en cuyo caso soy agente y propietario: “te invito a mi fiesta”), un “festejo” pareciera aludir más bien a una acción —el "festejar"— en la que la actividad o es más indeterminada o, finalmente, es inversa al caso anterior. Porque ¿quién garantiza que un festejo tenga lugar? En el festejo —quizás sea más preciso hablar de “celebración”— el “festejado” depende de los “festejantes” para llevar a buen puerto el acto en cuestión. A un festejo lo que importa no es ir con tal o cual vestido, regalo o conjunto de gestualidades ad hoc, sino simplemente llevar cierta “capacidad de festejo”, una disposición afectiva que, puesta en acción y en común, permita que el festejar suceda. En la distinción tal vez se pongan en juego éticas de lo festivo en cierto modo antagónicas. Una más de Casas, esta vez admonitorio: “los que entran ahí, que abandonen toda esperanza”. ¿Qué hacer, entonces, si seguimos porfiando en llevar la esperanza a cuestas?
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