¿Qué es la fiesta hoy?

¿Por qué festejan tanto estos cerditos?


La fiesta

por D.S.


En su inminente libro sobre la última década de política argentina el historiador Pablo Hupert describe una ingeniosa secuencia en la que cada uno de los gobiernos que hemos tenido desde el año 83 a la fecha aprende (para bien o para mal) del anterior, descuidando en ese empeño, a la larga, los nuevos desafíos. Alfonsín contra los militares y las “corporaciones antidemocráticas”, resulta derrotado por el mercado, es decir, por el poder de la moneda. Menem/la Alianza gobiernan por y para la estabilidad de la moneda y resultan destituidos por “la gente” (2001). Néstor y Cristina Kirchner gobiernan contra ese riesgo continuo de destitución. No es necesario estirar demás este artificio. Alcanza con lo dicho para distinguir elementos del kirchnerismo tal como ha existido hasta ahora, y lo que pueda venir de aquí en más. El kirchnerismo auténtico, el realmente existente, ese que no se reduce a peronismo histórico ni a progresismo estándar, tiene como marca original de enunciación el miedo a la destitución. Es su seña y parte esencial de sus razones de ser. Y consecuentemente gobierna para obtener legitimidad y estabilidad respecto de eso a lo que Laclau llama “las demandas”. El arco que describe esta oscilación anímica va de la fiesta a la angustia y de la angustia a la fiesta según ocurra que la posibilidad del gobierno se encuentre momentáneamente cuestionada o aparentemente sólida. Fiesta de lo que se conquista (o se restaura o recupera) y lamento azorado por todo aquello que pervive bajo perenne amenaza de perderlo todo. Quizás –solo quizás- los últimos episodios (digamos, lo ocurrido durante los últimos 9 meses) ayuden a recomponer este formato. Ya lo aconsejaba Maquiavelo: no resulta sabio enfrentar las nuevas batallas descansando excesivamente sobre los aciertos de las batallas anteriores. Cada nuevo período desafía con obstáculos singulares.



¡Esos tres chanchitos felices! Nos tientan a acercarnos al misterio de la actualidad a partir de una breve historia de nuestros festejos correspondiente a los períodos ya señalados. Digamos que la celebración del mundial 78 y la plaza de Malvinas del 82 constituyen la contra-imagen de la primavera democrática que va de la asunción de Alfonsín a la Semana Santa del 87 (“felices pascuas”, “la casa está en orden”, los “amotinados” “son héroes de Malvinas”). Luego de la hiperinflación y los saqueos viene la fiesta de las privatizaciones, del voto-cuota y la plaza del sí. La fiesta del consumo que se transmuta en fiesta desesperada en las villas y barriadas de casi todo el país. El 2001 y el “que se vayan todos” extienden este enlace entre descalabro de la moneda y crisis de los modos tradicionales de enunciación –los partidos, los intelectuales, la prensa (como se decía en las asambleas una década antes de las clases de semiología de 678: “nos mean, y la prensa dice que llueve”)-: puebladas, fiesta asamblearia y piquetera que se transmuta en bronca y dolor en junio del 2002.

Durante el ciclo actual hubo todo tipo de festejos. Desde las marchas destituyentes contra la “inseguridad” (donde ese experto en fiestas comunitarias llamado Bergman cambió la letra del himno argentino para gritar “seguridad, seguridad, seguridad”) y las cacerolas y marchas del “campo”; a las de la “buena onda” y de la “militancia” (o “restituyentes”), del bicentenario a tecnópolis. Todo esto puede ser contado así, rápido y simple, a golpes oscilantes de angustia y/o alegría. Pero nada de esto permite comprender la fiesta actual, ¿efímera?, del voto a Macri.

Tal vez convenga repasar rápidamente todo aquello que no señalamos cuando hacemos la genealogía de la fiesta. Volvamos a esos últimos “nueve meses” de nuestra actualidad más reciente, a partir de una enumeración de los hechos cotidianos que culminan en la impactante secuencia anti-festejos que va del asesinato a Ferreira y la muerte de Kirchner a la toma del Indoamericano. Acontecimientos arduos que tal vez no hemos tenido tiempo y ocasión de elaborar a fondo. Por triste que resulte, reconstruir algo de lo que allí se jugó supone reponer la sucesión de casos de gatillo fácil (en Bariloche, Buenos Aires y Baradero por citar de entre varios tres de los más recordados), asesinatos a población indígena por parte de las mafias oficialistas en Formosa (denunciados por los Qom), cientos de conflictos violentos por la tierra y los llamados recursos naturales. Desalojos. Luchas gremiales. Estas escenas oscuras transcurren como fondo continuo en cuya superficie se alternan la voluntad de fiesta y de política junto al “aumento del consumo”.  Con el ritmo alterno de Gilda y Fito Paez (ver en Lobo Suelto! la admonitoria crónica de Etson Vera de aquella presentación bicentenaria de Páez). Todo a tal punto que ni legitimidad para deprimirnos tenemos los hinchas de River.

Y es que las fiestas a las que asistimos eluden cada vez más (como en casamientos, cumpleaños y navidades) al poder de enloquecimiento que deberían pertenecerles por concepto y no resultar tan mansitas a las razones autocomplacientes que la economía y las leyes nos prescriben. Pocas veces hemos sentido necesidad de unir al príncipe con la fiesta. Pero cuando los saberes de la virtud y los secretos de la fortuna reposan en los nuevos ensambles entre los dictados de la economía y las retóricas vaciadas de la pseudo-diferencia comenzamos a sentir la necesidad de otro tipo de música, de luces y de bailes. Quizás sea cierto, después de todo, que el príncipe es el pueblo. Y que el pueblo constituye la pregunta última y compartida de la política y la fiesta.
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