¿Qué es la fiesta hoy? (II)

La Fiesta del Monstruo

por D.P. 


Seamos exagerados a riesgo de pasar por extravagantes” 
              
                                      Gabriel Tarde

¿Por qué festejan tanto estos cerditos? ¿Qué es estrictamente la fiesta hoy (Argentina, veintiunavo siglo)?  ¿Nos hallamos realmente –tal como cerciora el reconocido politólogo marxista Escolnick– ante una disputa en torno a quién organiza la fiesta y a qué signos la identifican (si se regalan globos de colores o estampitas de Scalabrini Ortiz; si se baila Gilda o Zamba Quipildor)?


Con todo, no es un lugar común, natural, de la militancia contemporánea esta declinación festiva: más bien, fueron los gestos adustos, la estética del sacrificio y del héroe y cierta ascendente dominación de las prácticas y valores militares los que colorearon mayoritariamente el compromiso político durante la segunda mitad del siglo que se nos fue. Una militancia que era, en términos generales, mayoritariamente autoritaria, machista, homófoba, racista, además de conservadora y torpe respecto del sexo y el uso de drogas. Una delicia.

Y muchas menos fueron las veces que la política se sostuvo en algo tan pueril como la ideología felicista (¡Vamos, sé feliz! ¡Es cuestión de intentarlo! ¡Tú puedes!) Dicho de otro modo (y me viene a la memoria un gran libro de Miguel Benasayag y alguien –un otro: el quía siempre busca un otro, algún joven talento, para co-escribir—llamado Crítica de la Felicidad donde, justamente, desnuda este discurso felicista: la imposición de ser feliz en un mundo que se empeña en todo lo contrario)… De otro modo, decía, es la primera vez que una fuerza política asume este discurso felicistas que hasta hace no tanto era territorio no-político (incluso, anti-político) del capital (de las empresas, de la publicidad, del consumo, de las mercancías).

Así, propias de la vida boba, ambas dinámicas, la declinación festivista y la ideología felicista, se presentan como modos desproblematizadores de la política y de la vida. La vida boba es vida sin dramaticidad, sin capacidad de problematizarse (en ese punto, las fiestas actuales tienen algo de menemistas: la política como juerga y espectáculo … hasta que el estallido nos devuelve al costado gris de la vida concreta).

Empero, una y otra tienen suelo común: idéntico desvelo por evidenciar júbilo, obstinada convocatoria al optimismo colectivo, a una existencia distinguida por su espontánea felicidad. Todxs somos parte de esta Gran Fiesta. De este circo (sea en su versión Cumpleaños de Quince –con trensito, cotillón y carnaval carioca—; sea en versión Camping de El Bolsón –con la buena conciencia de sus artistas, con sus buenas noticias y su buena onda. Buena onda, buena soja–.). Pero también, suelo de felicidad común: lograron volver a ser políticos profesionales luego del “¡Qué se vayan todos”! Algo que llegó a resultarles difícil de imaginar. Sin futuro. Infierno dosmilyunero que hemos dejado atrás (para entrar en este menos vertiginoso purgatorio). ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Néstor! Buena onda, buena soja. Mucho que festejar entre pares.

Porque en el fondo, y como no podía ser de otro modo en una sociedad capitalista bien consolidada, la fiesta es celebración del consumo, de la producción y circulación desenfrenada y desigual de mercancías. Se festeja una dinámica que ha logrado conquistar la vida entera, sus deseos más hondos e inconfesables. La totalidad de los tiempos y los espacios. El conjunto de los vínculos y de las motivaciones. Una obviedad con previsible destino de tragedia.

Y ahora que de tragedias hablamos me viene a la cabeza una amiga que, en su confusión estructural e inteligencia envidiable, arengaba ayer –con cierta eficacia a juzgar por los aplausos y vivas— a un auditorio que estaba más bien para el té con masas en Las Violetas: “Macri usa un discurso no-político para hacer política; nosotros usamos un discurso político para no hacer política”.

Groso, aunque aguafiestas. Dos pájaros de un tiro: una clave fundamental para pensar el kirchnerismo y otra para pensar el macrismo; un dato que obliga a dejar de entender al kircherismo como una gran maquinaria política todoterreno (y ver, en cambio, la fragilidad de su declive); y al macrismo como una suerte de excepción menor (encabezada por un torpe empresario de derecha bien asesorado por un hermano ecuatoriano) al proceso de transformación que se está viviendo   

Y si de tragedias hablamos, el fútbol argentino tiene destino de tragedia. Por suerte: si así no fuese, como dice mi amigo oriental, con globos, soja y futbol exitoso tenemos cien años obligados de vida boba.
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