La nausea amarilla (VII)

Las elecciones de Buenos Aires tienen ese… qué sé yo. Qué se yo. Tal es la respuesta que analistas políticos, pensadores impertérritos, comentaristas de la copa América, críticos de cine e, incluso, sujetos dignos del acontecimiento deberían dar ante la pregunta sobre por qué ganó Macri. Temo que, a veces, por intentar decir algo ante aquello que nos conmueve –suerte de tramitación psicoanalítica del trauma-, acabamos embarrando más la cancha y, faltos de botines con tapones largos (amo las metáforas futboleras en tiempos que así lo ameritan), ahí sí nos conmovemos y vamos a parar directo al suelo. ¿Realmente nos conmueve tanto que haya ganado Macri? ¿Creemos que en verdad su derrota hubiera permitido mayores posibilidades de organización y de lucha? Yo creía que sí, hasta que el Gobierno Nacional –cuyas políticas eran la única campaña de un candidato cuya única propuesta era sumar a Buenos Aires al proyecto nacional y popular- ordenó desplegar 2500 gendarmes (tampoco es para tanto –como me dijeron-, según fuentes oficiales, se estima que el número real es de 2497 y ½) en el sur de la ciudad. Y a la mierda. Ni en pedo iba a entregarle mi voto a quien sostuviera una política de militarización, segregación y destierro contra los sectores más precarizados de la población. Sí, destierro. Porque los gendarmes no sólo controlan las fronteras, los movimientos de cruce hacia un lado y el otro (está todo permitido, excepto cruzar, dice al campesino el guardián), también las trazan con su sola presencia y, más allá de ellos, el bosque: hábitat natural de los otros. Imagino la elección del momento para dar la orden de corrimiento fronterizo no debe haber sido ingenua. Me pregunto si, con tal decisión, habrá Filmus ganado algún votito más del bien llamado populismo de derecha porteño. Por mi parte, debo confesarlo, en algún punto me alivió. Si no, seguramente, también me hubiera arrepentido de haberlo votado como lo hizo D.S.


Tal vez, en vez de preguntarnos por qué ganó Macri, hallemos posibles respuestas a la pregunta sobre por qué no ganó Filmus. Si, en verdad, la única propuesta del candidato del Gobierno Nacional era la suma del díscolo miembro céfalo del cuerpo patrio al proyecto orgánico de “lo popular” –seguramente haya tenido alguna que otra más, lo desconozco, nunca abrí el envoltorio, me dejo llevar por la marca, siempre compré Coca Cola y nunca supe su fórmula-, estaría bien preguntarnos cuáles fueron las políticas implementadas por Cristina y compañía para la ciudad capitalina. Los zócalos publicitarios durante los partidos de la Copa tal vez nos ayuden un poco.

- Traslado de la cárcel de Devoto a la ciudad de Mercedes. Medida consonante con el despliegue gendarme y su política de expulsión a los márgenes de los marginales. Felices los vecinos de uno de los barrios más coquetos y con más espacios verdes de la ciudad: finalmente tendrán una plaza más.

- Construcción de un edificio extra y en tiempo récord para la Facultad de Ciencias Económicas –una de las que recibe mayor cantidad de inversiones privadas de la UBA- y del edificio único para Sociales que, luego de casi diez años de lucha de sus estudiantes –la cual no estuvo exenta de procesamientos y represiones por parte de la Policía Federal y Nacional- sigue aún siendo múltiple, y no como metáfora clastreseana de resistencia contra lo Uno.

- Construcción del Polo Científico y Tecnológico en las ex Bodegas Giol. Buenísimo, al fin los investigadores en carrera del CONICET, especialistas en nanotecnología y renuentes a la teología, tendrán un lugar adecuado en el cual realizar sus experimentos. Y el barrio de Palermo un nicho menos de ratas.

Políticas, todas, dignas de ganar la simpatía de los sectores con mayores necesidades y, por ende, evitamente, mayores derechos vulnerados de la ciudad. Me pregunto qué análisis de la EPH deduce que el electorado porteño sigue siendo aquel de los dorados años del Estado Benefactor.

Las elecciones –ya no sólo de Buenos Aires sino de cualquier localidad del cosmos- tienen ese… qué sé yo. Lo único que conmueven es el arrepentimiento o la posibilidad de mantenerse asquerosamente coherente en relación a lo que, durante el tiempo que media entre elección y elección –momento propicio, como le diría Humpty Dumpty a Alicia, para la fiesta democrática de las no-elecciones-, uno cree sostener (en algunas situaciones, excepcionales pero no menores, conmueven ambas emociones). En mi caso –gracias a Cristina por haber dado la orden justo a tiempo-, ocurrió lo segundo.

Imagen familiar: El domingo al mediodía fui a comer a la casa de mis viejos, tal como había acordado haría cuando aun pensaba dar mi voto a Filmus ya que, no habiendo hecho nunca el cambio de domicilio, la escuela asignada para votar quedaba cerca de allí. Apenas llegué, comenzaron a espetarme toda clase de cuestionamientos sobre mi decisión de no ir a votar. Que la mía era una actitud individualista. Que lo de los gendarmes no era tan grave. Que no ir a votar podía traerme problemas para conseguir un trabajo en el Estado (preocupación materna por el futuro de su hijo o apología a la des-responsabilización de la política o frío cálculo de inversión entre decisiones políticas y posibles consecuencias laborales). Que por lo menos votara a Pino o al Frente de Izquierda o en blanco o impugnara (lo importante es participar). Que era un gorila [Nota al pie: me lo decía mi viejo, militante durante sus mozos ´70 del PC, quien durante el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes del ´78 en Cuba se agarrara a las trompadas contra los Monto para impedir que éstos –quienes, exiliados, obviamente no venían del país- fueran los delegados de la comisión argentina.]. Sólo faltaba acusarme de ignominioso ante las vidas entregadas por la vuelta de la democracia y cartón lleno. Al rato llegaron de votar mi hermana y mi hermano. Ella, haciendo alarde de su excelsa capacidad organizativa junto a los cientos de miles que, como ella, votaron a Filmus. Él, haciendo gala de estratega político por haber cortado boleta: Filmus para jefe de gobierno y la lista integrada por el padre de un amigo (no recordaba bien el nombre del partido, creía que la Coalición Cívica) que le había implorado lo votara para poder cobrar el sueldo de legislador. Habiendo cumplido (casi) toda la familia con su deber cívico, nos sentamos a comer en paz.

Nota marginal: intentaré, antes de las próximas elecciones, realizar el cambio de domicilio. Igualmente tengo tiempo, según me dijeron, por no haber votado en estas, tampoco podré hacerlo en el ballotage ni en las presidenciales. Las últimas no me interesan. El ballotage sí. Habiendo experimentado ya la coherencia, quisiera ahora sentir el arrepentimiento. (S.S.)
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