Un mundo de mierda


Es increíble, pero en un puñado de años se murieron los noticieros. El periodismo en general. Y la democracia. ¿Volviéronse show? Sí, pero no es eso… o no es sólo eso. Más que el show, la cuestión central es el artero trabajo sobre los sentimientos, sobre el alma, sobre el costado más sensible (menos racional) que hay en nosotros. En todos nosotros. Es esa labor meticulosa, paciente, de orfebre, la que a inquieta. Cada gesto, cada calculada palabra, cada diálogo entre María Laura Santillán y Santos Biasatti (revelando un asesinato, un soñado gol de chilena, un/otro toba  desnutrido, un nuevohechodeseguridadqueazotanuestrasvidas, un nuevoparodocente, otro toba que se muere y otro nuevohechodeinseguridad. Y cada vez cada día  asombrados por el tráfico o por las lluvias vaticinadas para el fin de semana (ya alguien, seguro, lo habrá pensado mejor, pero cuán sintomático de nuestras –bobas— vidas son esos nuevos subgéneros periodísticos como el informe de tránsito o el informe meteorológico. Tema de otro boletín).


La tele pega ahí, donde somos más débiles. Los noticiosos –como decía mi abuela del campo— apuntan allí sus miras infrarrojas. Y si es el fin de los noticiosos y de la democracia, es porque, sobre todo, parece el fin de cualquier noción de “verdad”, o de “seriedad”, o incluso de cientificidad (aunque fuese ese tipo tan singular de ciencia a lo Reader Digist propia de la tele). Bonelli es el discurso del experto (en economía, en política). Otro habla de balística como si hubiese hecho un doctorado en Texas (en la quinta de los Bush). Ni hablar del que habla de fútbol –aunque sólo masculle chismes, embustes, pelea entre Riquelme y Falcioni, entre Riquelme y el mundo. (“Román: el ídolo que no puede eludir la polémica”). O analicen a los barras y sus chanchullos. O a los dirigentes y sus chanchullos. O al Fútbol para todos (ese chantaje populista que disfrutamos y defendemos como conquista popular) y sus chanchullos. Pero de fobal, de lo que se dice fobal, nada. Con suerte te pasan los goles de le fecha. Vende Messi (aunque haya perdido una gorra en la playa). Y las peleas de Román.

Con todo: ¿cuánto se paga por “buen tipo”, por alguien que sea creíble, que tenga legitimidad pública? No, Román no, pero sí Ginobilli. ¿Cuánto vale un Manu Ginóbilli, ese que para venderte una hojita de afeitar te hace fumar su vida, sus éxitos, su esfuerzo, su talento, sus mellizos y su compulsión a mandar mensajes insignificante en Twiter (¡una gran vida puesta al servicio de la de un gran afeite). ¿Y un Darín o un Gianolla? ¿Un Bianchi, acaso? Sbaraglia garpa. Varsky y su cara de boludo honesto, también. Pergolini está muy en baja (quizá dejó de ser creíble) y el Diego está gastado (los Dioses también envejecen y su poder se debilita). En el envés: ¿quién pondría a Ortega ofreciendo créditos o seguros? ¿O a Ricardo Jaime paseándose entre góndolas de un super o a un sonriente Fontanet aconsejándote sobre una compañía de celular? Pero Manu es, indiscutiblemente, el más caro. Es el que triunfó allá, allá donde nadie triunfa, sino donde mejor saben hacerte el otro. No nos va a agarrar ahora un ataque de latinoamericanismo, de antiimperialismo. Pero la verdad es que, desde que tengo memoria, en yanquilandia te abrochan. Pero a éste no le fue nada mal. Eso sí, tenés que ser un robotito. Cuatro partidos semanales en ciudades que quedan a miles de kilómetros. Tenés que poner todo, todo. Entregar tu vida. Y a una “franquicia” (¿qué mierda es una franquicia? ¿cómo Mc Donall’s? ¿cómo Pizza Hut?).

La verdad es que no importa tanto, sólo destacar que ante la muerte del noticiero, ante la muerte del periodismo, y de la democracia, y de la verdad, y de la ciencia, un tipo como Manu es oro en polvo.

Porque antes ese territorio fangoso, dudoso, era exclusivo de Crónica. Sólo Crónica era inmune. Impune. Sólo Crónica se paraba sobre esa delgada línea que separa la noticia de la ficción, la realidad de la performance. Sólo Crónica ponía en juego (descaradamente) la capacidad de afectar, de producir sensaciones. Además, sólo crónica podía poner la misma placa roja, la misma y obstinada musiquita cuando habla de la muerte del Presidente o cuando protesta en Plaza de Mayo un  músico que “se coció la boca”. O cuando “El `Pitufo Enrique’ llegó a la bailanta”. O cuando nos quedamos con “diez ‘pungas’ menos”. O cuando un “tigre se comió a empleado de Circo" y "detuvieron a dueño y domador”. 
Ahora todos los hacen. Todos están dispuestos a ser comprandos, a ser vendidos en este gran mercado de los sentimientos, de las emociones. Y (arriesgamos) ese es aún territorio de la TV. La fuerza de Internet muy lejos está de destronar (aún) a la caja boba en su capacidad de expresar (colaborar en conformar) la vida boba. La vida de todos nosotros. La vida que dio vida a  Gran Hermano. Sus “condiciones ecológicas”, de existencia. No puede existir aquello para lo que no hay condiciones de existencia (ya lo dijo Marx). Pero esa capacidad de conducción de masas a la distancia (ya lo dijo Lazzaratto y dice que lo dijo Tarde) es territorio de la tele. La tele en la que lloró la Chiqui, en la que lloró Duhalde, en la que lloró el Diego, en la que lloró Palito Ortega y lo descubrieron (y… hacerse el vivo en el menemismo era más fácil… te comés la del progreso individual, la del sueño americano: de cafetero a famoso millonario que vive en Miami. Pero te hacías el vivo y te salió mal. Como a Ibarra. ¡Quién puede olvidarse de cuando el pelotudo armó esa teatralización en la que la gente lo paraba y lo besaba y lo alentaba… y eran todo amigos. Miltantes (ojalá). O actores de segundas pagos (lo más probable). ¡Todo organizado tenía el pelotudo y le salió mal! Lo descubrieron. ¿Hace falta argumentar mucho más acerca de por qué se murieron los noticieros? ¿De por qué se murió la democracia y la verdad? Si ese hijo dilecto de la progresista clase media porteña, profesional; si ese brillante bachiller del Nacional Buenos Aires, si ese abogado cum laude de la Universidad de Buenos Aires, si ese ex activo militante de la Federación Juvenil Comunista (el más civilizado de los partidos de la política argentina); si este pelotudo de Ibarra, insistimos, había fraguado el afecto, quería jugar con nuestro afectos, nos tomaba de idiotas y creía que lo íbamos a querer (y votar) más si la gente lo quería en la calle. Pero como esa gente no existe (y sí muchos padres de Cromagnon dispuestos a lincharlo) decidió el artificio. Y terminó la posibilidad de la verdad. De la política. De la democracia. Un show de lo sensible ocupa su lugar. Un trabajo de orfebrería sobre el alma. María Laura Santillán y Santos Biasati. Van Der Koy, Leuco o Majul. Pero también Barone, Víctor Hugo o Sandra Russo. Ni hablar de Tinelli o de Rial. Primera línea. Orfebres del alma. Un mundo donde somos exitosos como Ginobilli, transgresores y triunfantes como Pergolini, buenos tipos y algo cancheros como Darín. Pero, también, un mundo en el que nos sentimos felices de ser un opinador de 6, 7, 8 más, un mundo en el que Tognietti tiene algo importante que decir y en el que tenemos que volver a convivir con Marcelo Araujo. Sí, un mundo de mierda. Artesanalmente de mierda. Instrumentalmente de mierda. 

Ermindo T. Omega
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