Santiago Llach: “Me quedo con la poesía de Facebook antes que con el hijo de puta de Juan Gelman”


Santiago Llach es una pieza clave en la literatura argentina: editor del sello independiente Siesta y del transnacional Emecé, poeta, creador de narradores y eventos. Anduvo recién en Chile con sus dos niñitos. Escribió un cuento acerca de Chile desde la perspectiva fetal: su padre venía al proceso de la Unidad Popular. Los dejo con él, que analiza, sin anestesia, la realidad política argentina, peronismo y kirchnerato incluidos, y de la escena literaria independiente argentina, a la que califica de “patética”.


Acabas de publicar en Chile “Muchacha Kirchnerista”. Por favor, trata de dar algunas claves sobre el libro, introducirlo.

-Ojalá “Muchacha kirchnerista” sea mi último libro de poesía. Es muy patética la poesía, autoayuda en su peor versión. “Muchacha…” es un libro que no escribí, es más bien un mashup. Tomé un viejo poema mío que miraba la Buenos Aires de los 90 y en el medio le intercalé unas desgrabaciones (descaseteos) de un derechista cocainómano que me habló en la vereda de Kim y Novak, un antro horrible, una madrugada. La palabra “muchacha” tiene dos connotaciones de lectura muy marcadas, que vienen de dos canciones célebres del siglo XX argentino, dos canciones que usan versos octosílabos.

¿Cuáles?

-La marcha peronista, casi un rasgo gestual de pertenencia al peronismo, que todavía hoy muchos argentinos conocen de memoria, comienza diciendo “Los muchachos peronistas / todos unidos triunfaremos”. Debe ser la única marcha de un partido político que se ha cantado durante décadas en los estadios de fútbol, tanto con la letra intacta como con la letra cambiada. Y después está “Muchacha ojos de papel”, el tema de Spinetta, un lugar común amoroso del primer rock argentino. Y bueno, “Muchacha kirchnerista” es un poema pensado con relación a una sensación de incomodidad que produce el revival del militantismo setentista, todos estos chicos y chicas que de pronto han sido inducidos a “descubrir” la política a la luz del kirchnerato.

Hay un lavado de cabezas que a mí me resulta entre cómico e irritante, sobre todo porque la estructura de sentimientos mía está próxima a ellos. Pero son nenes de 30 años jugando a los soldaditos montoneros, hay chicos de colegios privados que a los 35 años de pronto se convierten al peronismo… Cuando se produzca una nueva encarnación del peronismo, una encarnación de derecha, me pregunto qué van a decir. A todas esas chicas les canto, casi con angustia. Y en el marco de esa Buenos Aires de 2010 que es muy similar a la de los noventa, aun cuando en todo este clima de ideas revisionistas hay un rechazo bastante papelonero a los años noventa. Se puede leer un poema de los noventa como si hablara de la ciudad de hoy. La única diferencia es que la cocaína es mucho más barata y de mucho peor calidad y su consumo se ha extendido de manera terrible.

Eres un personaje fundamental en lo que fue la literatura under de los 90. En argentina circula la literatura independiente, aunque mal editada, eso mantiene viva una hoguera creo yo. Dime cómo ves eso con respecto a los tiempos de ahora…

-La escena independiente es patética. Anuncia algo, y es que tener libros publicados no significa nada. Tampoco es una escena under respecto de nada, todo es under, salvo alguna cuestión que vale la pena recordar, que es que el hecho de que el poeta nacional del gran diario de izquierda, Juan Gelman, es un tremendo cínico que refrendó la lucha armada hasta 1979, cuando aquello hacía rato era una carnicería. Este tipo, que cada año nos regala un libro más horrible que el anterior, formó parte de un delirio organizado por los jóvenes de clase media que mató a inocentes propios y ajenos.

Pero lo peor es que los restos de esta banda se ofrecieron como prenda de cambio para la reconciliación nacional, y le sugirieron a Menem que indultara a los generales de la dictadura y a cambio los indultara a ellos. Eso fue en 1990, Gelman ya no estaba en la banda, y la banda sólo administraba sus negocios residuales (como también Gelman había administrado el dinero de los secuestros). Pero este poeta tan tan sentimental tenía procesos penales en su contra y fue indultado por Menem (por su puesto, Gelman salvó la ropa oponiéndose a la compañía de esos militares en la letra del decreto, a la que no lo arrojaron otra cosa que sus propias decisiones políticas). Esa generación setentista e izquierdista odia, sólo odia, y sus poetas están muy sobrestimados.

Por un lado tenemos a esta momia, y por otro lo que yo llamaría la poesía Facebook. La escena poética argentina es un gran grupo de autoayuda. Uno de los procedimientos típicos es el de un perdedor que se pone una “editorial” a imitación de Eloísa Cartonera, edita a un par de autores conocidos y después edita a minitas que por las fotos de Facebook parecen lindas, para tratar de cogérselas. En realidad es todo bastante más entretenido. Me quedo con la poesía Facebook antes que con el hijo de puta de Gelman.

Uh, directo eh, bien argentino. Siempre hablé de la izquierda que mandó al pueblo al horno mientras ellos estaban encaramados en un avión rumbo a Europa, a pasarlo bien y entender los secretos para volver a gobernar el país. Ni huevones. O de la que sin tener competencia, obra, idoneidad, administraba las platas de la cultura. Es un dilema, porque de cualquier manera alguien tiene que hacerlo, mantener viva una escena cultural; de lo contrario, no estaríamos en un país sino en un caserío. En México existe un sistema de becas, acá algo, en Argentina no. Porque hay mercado editorial quizás. De cualquier manera,  ¿cuál es el balance que haces de la administración de Néstor K y de la de Cristina K?

-Partamos de la base de que Argentina es un país donde circuló una foto de un presidente con, literalmente, un pepino en el culo (el “presidente de los seis días”, el gargantuesco Adolfo Rodríguez Saá, que fue objeto de un chantaje en un hotel por horas). Así que Argentina es un país al que, en lo que hace a la política, hay que analizar en clave de sainete, en clave de comedia. La democracia argentina, además, fue gestada al calor de una mentira. La dictadura desapareció a lo sumo a 8000 personas, eso lo sabe todo el que esté un poco informado. Pero las organizaciones de derechos humanos tienen el leit motiv de los 30000 desaparecidos.
Pregúntale a cualquier joven, incluso a personas grandes, y todos creen que la dictadura mató a 30000 personas. 30000 personas no son lo mismo que 8000. Y creo que legalmente es difícil argüir que se trató de un genocidio. Además, ¿se supone que el último gobierno de Perón, votado por el 62% de los argentinos, tenía que quedarse de brazos cruzados frente a una banda armada que asaltó un cuartel? Estas cosas no se pueden decir en la Argentina, sólo las dicen los impresentables de derecha. Y creo que desde una posición progresista hay que hacer un esfuerzo por desarticular todos estos mitos de la democracia. Es por estas mentiras y por el odio de la generación setentista y por el militantismo anacrónico que instiló el kirchnerismo que seguimos discutiendo estas cosas en lugar de resolver problemas mucho más urgentes. Esto se relaciona con el peronismo, claro. Antes quiero hacer una aclaración personal.

Dale.

-Mi abuelo paterno nació en un conventillo del barrio de La Boca, en un hogar súper humilde. Él estudió abogacía y formó parte de la construcción y la fundación del peronismo. El tipo era intendente de Avellaneda el 17 de octubre de 1945, el día en que espontáneamente las masas obreras del conurbano fabril (principalmente, de Avellaneda) irrumpen en el centro de la ciudad ante la mirada asombrada de los blancos porteños para pedir por la libertad de Perón, encarcelado por la misma dictadura militar de la que él había sido vicepresidente hasta unos días antes.

Después, durante los tres primeros gloriosos años del gobierno ya democrático de Perón, en que la clase obrera incrementó notoriamente su participación en el PBI, mi abuelo fue el principal asesor del canciller Atilio Bramuglia, un abogado de origen sindical y socialista, que fue figura descollante de aquel gobierno. Poco antes, mi abuelo había inaugurado también la Bombonera, el estadio de Boca, un equipo raigalmente popular. De modo que puedo decir que llevo el peronismo en la sangre. Dicho esto, lo que quiero señalar es que las sucesivas encarnaciones del peronismo son bandas que toman por asalto al Estado para hacer negocios privados en nombre del pueblo y de la ideología de moda.

Hay una virtud que tiene el peronismo, y es que puede gobernar a la Argentina. Eso es todo, y cabe también para el kirchnerato. Kirchner navegó las aguas de los precios altos de las commodities y tomó medidas arriesgadas. Como todos los gobiernos latinoamericanos, aprovechó esta situación inédita en que los países periféricos están más sólidos que los centrales. Pero no dejó nada. Sólo dejó a Cristina, una mujer mucho más sensata que él. Sus primeras medidas tras su liberación (tras la muerte de su marido, que sin dudas fue para ella una liberación) giró hacia la ortodoxia en lo económico y está enfrentando a la policía y al sindicalismo más rancios. Pero si sacas la figura de Cristina, lo que queda son dirigentes de derecha. Ningún peronista progresista puede ganar con el voto. Si Cristina tiene la fuerza psicológica para presentarse, es probable que gane la reelección, pero al día siguiente de asumir ya quedará renga.

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